4. LA PIEL DEL OTRO #2
La mañana siguiente trajo una luz gris y fría que desnudó los rincones del apartamento.
Ivanna estaba en la cocina, sirviéndose un café negro en una taza de cerámica fina que sostenía rígidamente con la mano izquierda, obligándose a ejercitar la lateralidad de Dafne a pesar de la fatiga que sentía en los tendones del brazo.
Lisandro ya se había ido a la constructora de su padre, ansioso por escapar de la asfixiante atmósfera de su hogar.
El intercomunicador del recibidor emitió un pitido agudo que rompió el silencio de la mañana. Ivanna se acercó y presionó el botón de respuesta.
—¿Sí?
—Señorita Dafne, disculpe la molestia —dijo la voz del conserje del edificio. —Hay un caballero en la recepción. Dice que es el Detective Silva, de la división de investigación de accidentes de la policía nacional. Quiere hablar con usted unos minutos sobre el informe del choque.
Un frío repentino e intenso le recorrió la nuca a Ivanna. El café pareció congelarse en su estómago.
—¿El detective? Pensé que el seguro ya había resuelto todo —respondió, esforzándose por mantener la cadencia suave de Dafne, sin revelar el temblor que empezaba a nacer en sus cuerdas vocales.
—Dice que es un trámite de rutina para cerrar el expediente del vehículo siniestrado, señorita. ¿Le permito subir?
Ivanna miró su reflejo en el espejo de la entrada. Su rostro reconstruido estaba impecable, pero sus ojos delataban una tensión salvaje. No tenía opción. Negarse a recibirlo solo levantaría sospechas de inmediato.
—Sí. Déjalo subir, por favor.
Tres minutos después, el timbre del ascensor privado sonó.
Las puertas se abrieron para revelar a un hombre de mediana edad, de baja estatura y contextura gruesa, que vestía un abrigo de gabardina marrón arrugado que desentonaba por completo con la elegancia del recibidor.
El hombre tenía el cabello canoso y rebelde, unos ojos pequeños y oscuros que se movían con una rapidez felina, registrando cada detalle del apartamento en una sola mirada.
—Señorita Dafne, es un honor y un alivio verla tan recuperada —dijo el detective Silva, quitándose un sombrero de fieltro húmedo por la llovizna y sosteniéndolo contra el pecho con un gesto de cortesía anticuada.
—Lamento mucho molestarla en su convalecencia, pero hay un par de detalles de rutina en el informe del accidente que necesito corroborar para poder archivar el caso.
—No se preocupe, detective. Pase, por favor —dijo Ivanna, indicándole el sofá de cuero mientras se obligaba a mantener una sonrisa amable. —¿Gusta un café?
—No, muchas gracias. El médico me tiene prohibida la cafeína por la presión —respondió Silva, sentándose en el borde del sofá y sacando una pequeña libreta de notas de hojas amarillentas y un bolígrafo desgastado.
El detective la observó fijamente durante un par de segundos. Ivanna sintió que aquella mirada fría y experimentada no se limitaba a ver el rostro de Dafne; parecía estar buscando la costura de las vendas, el pegamento de la mentira.
—Verá, señorita… he estado revisando las peritaciones técnicas del vehículo de esa noche —comenzó Silva, pasando las hojas de su libreta con un crujido lento.
—El informe de los bomberos y de la policía de carreteras que llegó al lugar detalla que el auto deportivo se incendió debido a una ruptura en el tanque de combustible tras el impacto con el camión de carga.
Usted declaró en su primera intervención en la clínica que el vehículo explotó casi de inmediato tras el choque, y que por eso no pudo ayudar a su amiga, la señorita Ivanna, a salir del interior. ¿Es correcto?
—Sí, así fue —respondió Ivanna de inmediato, manteniendo el tono melódico de Dafne. —Todo pasó tan rápido… el impacto, el humo… yo logré salir por la ventana del copiloto y en segundos el auto ya era una bola de fuego. Fue horrible, detective. Aún tengo pesadillas con sus gritos.
Ivanna se llevó una mano al rostro, fingiendo contener un sollozo, ocultando convenientemente sus facciones tras sus dedos.
Silva anotó algo en su libreta con un trazo rápido. Luego, levantó la vista, sosteniéndole la mirada con una fijeza que a Ivanna le pareció alarmante.
—Es una tragedia espantosa, sin duda. Sin embargo, hay un detalle que no me cuadra en la física del accidente, señorita Dafne —dijo el detective, inclinándose ligeramente hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.
—Los peritos de la aseguradora examinaron los restos del motor y la cabina ayer por la mañana.
Descubrieron que el incendio comenzó en la zona del radiador y tardó aproximadamente entre cinco y siete minutos en extenderse al tanque de gasolina trasero.
Además, las marcas de frenado en el asfalto y la posición de la colisión indican que el impacto del lado del piloto fue severo, pero que el lado del copiloto quedó prácticamente intacto al principio.
Silva hizo una pausa, dejando que el silencio de la sala amplificara la tensión del momento.
—Según los cálculos de los ingenieros forenses, el auto no pudo haber explotado de inmediato.
Hubo un lapso de tiempo considerable en el que una persona en el asiento del copiloto, incluso herida, habría tenido tiempo suficiente no solo para salir, sino para intentar abrir la puerta del piloto desde afuera.
Sin embargo… no encontramos marcas de arrastre ni intentos de apertura en esa manija exterior.
Solo sus huellas dactilares, que corresponden a su salida por la ventana contraria.
El aire en la sala pareció volverse de plomo. Ivanna sintió que la respiración se le atoraba en la laringe. El detective Silva no era un simple burócrata de la policía; era un sabueso que había detectado la inconsistencia física entre su mentira y la fría realidad del metal retorcido.
—Yo… yo estaba en shock, detective —balbuceó Ivanna, esforzándose por mantener la voz de Dafne, aunque el tono se le quebró de verdad por el miedo.
—La adrenalina… el humo dentro del habitáculo hacía imposible respirar o ver con claridad.
Pensé que iba a estallar. Sentí el calor del fuego en mi propia piel…
solo quería sobrevivir. No calculé los minutos. Para mí, todo sucedió en un parpadeo.
Silva la observó en silencio durante lo que pareció una eternidad. Luego, cerró su libreta con un golpe seco que sonó como una sentencia en la quietud de la sala.
—Comprendo, señorita. El miedo altera nuestra percepción del tiempo de formas muy extrañas.
Es una reacción humana perfectamente normal —dijo el detective, poniéndose de pie y colocándose el sombrero de fieltro húmedo.
—Lamento mucho haberle hecho recordar momentos tan dolorosos.
Con esto es suficiente por ahora. Si necesito algo más, me comunicaré con el señor Lisandro o con su padre. Que tenga un buen día.
Silva caminó hacia el ascensor. Ivanna lo acompañó en silencio, sintiendo que sus piernas eran de plomo.
Cuando las puertas del ascensor se cerraron, ocultando la silueta del detective, Ivanna se apoyó contra la pared del recibidor, deslizándose lentamente hasta quedar sentada en el suelo de madera. Su respiración era rápida, entrecortada.
El detective Silva no se había tragado su historia por completo.
Había una duda sembrada en su mente, y ahora Ivanna sabía que su farsa no solo dependía de engañar a la familia de Dafne y a Lisandro, sino de evadir la mirada perspicaz de un hombre de la ley que empezaba a tirar del hilo de la verdad.
La red de mentiras que había tejido con tanta sangre estaba empezando a tensarse, y el peligro ya no solo venía de los recuerdos de su pasado, sino de las huellas físicas que había dejado atrás en esa carretera oscura.