4. LA PIEL DEL OTRO
LA PIEL DEL OTRO
El apartamento que Dafne y Lisandro compartían en uno de los edificios más exclusivos de la ciudad se sentía como un santuario de cristal y concreto expuesto.
Las enormes mamparas de vidrio templado ofrecían una vista panorámica de las copas de los árboles y las luces de los edificios vecinos, pero a Ivanna solo le transmitían una profunda sensación de intemperie.
No había dónde esconderse en ese espacio tan abierto, tan minimalista, tan diseñado para ser visto.
El sonido del motor del ascensor privado abriéndose directamente dentro de la sala fue el heraldo de su nueva realidad.
Lisandro dejó las maletas de Ivanna cerca del recibidor con un golpe sordo que resonó en el piso de madera estructurada.
Ivanna caminó lentamente, arrastrando el paso, fingiendo que la debilidad en sus piernas se debía a las secuelas del accidente y no al pánico frío que le atenazaba el estómago desde que cruzaron el umbral.
—Por fin en casa, Daf —dijo Lisandro. Su voz sonó plana, carente de ese entusiasmo que un novio debería sentir al recuperar a su prometida de las garras de la muerte. No se acercó a abrazarla; se limitó a quitarse el saco y colgarlo en el perchero con una lentitud que delataba su incomodidad.
—Sí… por fin —respondió Ivanna, forzando la voz para mantenerla en el tono suave y cantarín de Dafne.
Se abrazó a sí misma por encima de la gabardina de marca que ahora le pertenecía.
El apartamento olía exactamente igual que el auto deportivo antes de la tragedia: a lavanda, a cera de madera fina y a ese perfume costoso que ella misma había estado aplicándose en el cuello y las muñecas todas las mañanas para enmascarar su propio olor.
—He pedido a la cocina del edificio que suban algo ligero para la cena, pero si prefieres irte a dormir de una vez, lo entiendo —añadió Lisandro, caminando hacia la cocina de concepto abierto para servirse un vaso de agua. Sus movimientos eran mecánicos, rígidos.
—Creo que prefiero ducharme y descansar, Lis —dijo Ivanna, dando unos pasos hacia el pasillo que conducía al dormitorio principal. —Ha sido un día muy largo.
—Claro. Ve tú. Yo me quedaré un rato aquí organizando unos correos de la constructora —respondió él, sin mirarla.
El dormitorio principal era un espacio de tonos grises y blancos, dominado por una cama King Size con sábanas de quinientos hilos de algodón egipcio.
Para Ivanna, entrar allí fue como profanar un templo.
Se desvistió despacio frente al espejo del baño, observando las delgadas líneas de sutura que aún rodeaban sus orejas y la base de su cuero cabelludo.
La inflamación había bajado lo suficiente como para revelar la estructura ósea que el Dr. Ortega había esculpido.
Ya no era Ivanna. Al menos, no en el espejo.
Pero al mirar sus propias manos, sentía un vacío aterrador; el cuerpo seguía siendo suyo, pero el mundo le exigía ser otra.
Abrió la llave de la ducha, dejando que el vapor caliente empañara los vidrios y los azulejos de mármol.
Se metió bajo el agua helada durante unos segundos para obligarse a despertar del letargo mental, y luego la cambió a templada.
Mientras el agua le corría por el rostro y el cuerpo, se frotó con el gel de baño de verbena y cítricos de Dafne.
Se lavó el cabello con su champú favorito.
Necesitaba que cada poro de su piel exudara a Dafne antes de meterse en esa cama.
Cuando salió, envuelta en una bata de seda blanca que le quedaba ligeramente holgada, encontró a Lisandro sentado en el borde de la cama. Estaba de espaldas a la puerta, con la cabeza baja y los codos apoyados en las rodillas.
El corazón de Ivanna dio un vuelco. Se acercó con sigilo, el roce de sus pies descalzos sobre la alfombra de felpa fue inaudible.
—¿Lisandro? —susurró.
Él se sobresaltó ligeramente y se giró. Sus ojos oscuros, cargados de una fatiga que no tenía que ver con las horas de oficina, la recorrieron de arriba abajo.
Ivanna vio el destello de duda y dolor en su mirada.
Él estaba buscando a Dafne, pero al mismo tiempo, la sola visión de su “prometida” recuperada parecía clavarle una espina de culpa en el pecho.
—Te… te ves muy bien, Daf —dijo él, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos. Se puso de pie y se acercó a ella, pero sus movimientos carecían de la urgencia que Ivanna recordaba de sus encuentros clandestinos.
Lisandro estiró la mano y le acarició la mejilla con las yemas de los dedos, justo por encima de la línea donde la piel aún lucía un tono sutilmente diferente debido a la cicatrización. El contacto físico fue frío, casi clínico.
—La reconstrucción ha sido milagrosa. Ortega es un genio —añadió, pero su voz tembló ligeramente.
—¿Te… te gusto? —preguntó Ivanna, dando un paso hacia él, invadiendo su espacio personal. Quería probarlo. Necesitaba saber qué tan fuerte era la venda de culpa que él llevaba sobre los ojos.
—Claro que sí, mi vida —respondió él de inmediato, pero el apelativo sonó vacío.
Lisandro se inclinó para besarla. Ivanna cerró los ojos, preparándose para el choque sensorial.
Cuando sus labios se encontraron, ella sintió una rigidez inmediata en el cuerpo de él.
El beso de Lisandro fue casto, cuidadoso, desprovisto de toda la pasión hambrienta con la que la arrinconaba en los callejones húmedos o en el baño del bar apenas unas semanas atrás.
Besaba a su “prometida herida”, a la mujer a la que le debía respeto y fidelidad, no a la amante prohibida que creía haber perdido para siempre.
Cuando se separaron, Lisandro le acarició el cabello castaño con un gesto distraído y se dio la vuelta.
—Voy a ducharme —dijo, dirigiéndose al baño sin esperar respuesta.
Ivanna se quedó de pie junto a la cama, sintiendo que el frío del aire acondicionado le calaba los huesos a través de la seda.
Una sonrisa amarga y silenciosa se dibujó en su rostro.
La ironía era perfecta: el hombre que ella tanto había codiciado ahora la trataba con la distancia sagrada que siempre le había profesado a Dafne, mientras su verdadera pasión y sus lágrimas estaban reservadas para el fantasma de la “amiga muerta”.
Dos horas más tarde, la habitación estaba sumida en la penumbra. El único sonido era el golpeteo sutil de una llovizna persistente contra la mampara de vidrio.
Ivanna fingía dormir, manteniendo una respiración pausada y rítmica. A su lado, Lisandro se movía con inquietud en las sábanas. Llevaba más de una hora cambiando de posición, soltando suspiros profundos que delataban su insomnio.
Finalmente, Lisandro se incorporó muy despacio, cuidando de no hacer ruido.
Se sentó en el borde de la cama, ocultando el rostro entre las manos.
Ivanna entreabrió los ojos en la oscuridad, observando la silueta recortada de su novio contra el tenue resplandor de las luces de la ciudad que se filtraban por la ventana.
Un sollozo ahogado y trémulo escapó del pecho de Lisandro.
—Lo siento… Dios, lo siento tanto… —susurró él para sí mismo, con una voz rota por la culpa.
Ivanna sintió un pinchazo caliente en el pecho. Se incorporó lentamente en la cama, dejando caer la sábana de algodón sobre su regazo, imitando el despertar confuso de Dafne.
—¿Lisandro? ¿Qué pasa, mi amor? ¿No puedes dormir? —su voz sonó suave, cargada de una ternura impostada que le sabía a veneno.
Lisandro se sobresaltó, limpiándose apresuradamente las lágrimas de las mejillas con el dorso de la mano antes de girarse hacia ella en la penumbra.
—No… no es nada, Daf. Solo un dolor de cabeza. No quería despertarte.
Ivanna se deslizó por el colchón hasta quedar justo detrás de él. Estiró los brazos y le rodeó el cuello, apoyando la barbilla en su hombro. El olor a sudor frío y loción de afeitar de Lisandro la embriagó.
—Sé que no estás bien, Lis —susurró ella al oído, sintiendo cómo el cuerpo de él se tensaba bajo su abrazo. —Desde el accidente… te siento tan lejos. Sé que la muerte de Ivanna te ha afectado. Ella… ella era mi mejor amiga, mi hermana, pero sé que para ti también era alguien importante.
El cuerpo de Lisandro se sacudió con un estremecimiento violento ante la mención del nombre. Ivanna sintió una satisfacción oscura al notar el impacto de sus palabras. Estaba obligando a su amante a llorar por ella frente a ella misma.
—Yo… yo no debí… —comenzó a decir Lisandro, con la voz quebrada. —Dafne, tú no sabes… hay cosas que no sabes sobre esa noche. Sobre nosotros.
—¿Sobre ustedes? —preguntó Ivanna, conteniendo la respiración, midiendo cada milímetro de la red que estaba tejiendo a su alrededor. —¿A qué te refieres?
Lisandro se quedó congelado. El pánico de confesar la infidelidad a su prometida recién recuperada del coma luchó visiblemente contra el peso insoportable de su culpa. Se soltó suavemente del abrazo de Ivanna y se puso de pie, dándole la espalda.
—Nada. No es nada. Es solo que… me duele pensar que ella murió sola en esa carretera mientras yo no pude hacer nada para salvarla. Me atormenta pensar que pudiste haber sido tú la que se quedara en ese auto ardiente.
—Pero estoy aquí, Lisandro —dijo Ivanna, levantándose de la cama y acercándose a él por detrás, rodeándole la cintura con sus manos. —Sobreviví. El destino quería que estuviéramos juntos. Tienes que dejar ir el pasado. Tienes que dejar ir a Ivanna. Ella ya no está. Ahora solo importamos tú y yo.
Lisandro le tomó las manos, apretándolas con una fuerza desesperada.
—Sí —susurró él, con la mirada perdida en la tormenta exterior. —Solo tú y yo.
Pero Ivanna sabía que, en la mente de Lisandro, el fantasma de la amante muerta siempre sería más brillante, más deseado y más puro que la esposa perfecta con la que ahora estaba condenado a vivir.
Su victoria sobre Dafne era absoluta en el plano material, pero en el plano del deseo, se había convertido en su propio verdugo.