3. LA COSTURA DE LA MENTIRA #2
—Te he traído tu té de jazmín con dos gotas de miel, como te gusta antes de dormir, mi vida —dijo Leonor una tarde, entrando a la habitación con una bandeja de plata y tazas de porcelana fina.
—Gracias, mamá —respondió Ivanna, manteniendo el rostro parcialmente oculto tras su largo cabello castaño, que ahora dejaba caer hacia adelante para disimular la hinchazón residual de las mejillas.
El sabor del jazmín le pareció insípido, casi repulsivo, pero se obligó a beberlo hasta el final, sonriendo bajo la mirada vigilante de la mujer.
Cuando la noche caía y la mansión quedaba sumida en un silencio sepulcral, el verdadero trabajo de Ivanna comenzaba.
Mientras todos dormían, ella se aseguraba de cerrar la puerta de su habitación con llave. En la penumbra, encendía la tableta digital de Dafne, cuya contraseña había descifrado tras probar varias combinaciones basadas en las fechas de aniversario con Lisandro que Dafne siempre presumía.
Durante horas, Ivanna se convertía en una arqueóloga del alma de su amiga.
Estudiaba las notas personales de Dafne, sus diarios íntimos guardados en carpetas ocultas, y los miles de mensajes de texto en su teléfono.
Analizaba las inflexiones de su voz en las notas de audio que le enviaba a sus primas: la forma en que alargaba las vocales al final de cada frase, los apodos infantiles que usaba para referirse a su padre (“Ado”) y la manera exacta en que redactaba sus correos electrónicos, utilizando siempre una puntuación impecable y emojis muy específicos.
Frente al gran espejo del vestidor, Ivanna practicaba sus movimientos.
Caminaba con la espalda erguida, la barbilla ligeramente elevada y un balanceo sutil de las caderas que denotaba una confianza adquirida en colegios privados y clubes de campo.
Se miraba las manos, imitando la forma en que Dafne se acomodaba el cabello detrás de la oreja con el dedo índice, o cómo arqueaba la ceja izquierda cuando algo le causaba gracia.
Era un ejercicio de desgaste mental absoluto.
Ivanna no podía permitirse un solo segundo de descanso.
Su propia identidad estaba siendo sepultada bajo toneladas de gestos ajenos, y el cansancio empezaba a pasarle factura en los bordes de sus ojos, que lucían permanentemente oscuros bajo la luz de la luna.
El primer error ocurrió una tarde gris, mientras la lluvia de invierno golpeaba con fuerza los ventanales de la biblioteca familiar.
Lisandro había ido a visitarla. Se sentaban uno frente al otro en los pesados sillones de cuero marrón, rodeados de miles de libros antiguos que despedían un olor a papel viejo y humedad. La tensión entre ellos era tan densa que el sonido de la lluvia afuera parecía un ruido de fondo lejano.
Leonor entró a la biblioteca llevando un juego de té de plata fina, colocándolo sobre la mesa ratona de madera oscura que los separaba.
—He preparado un poco de infusión de manzanilla para aliviar la tensión. Lisandro, querido, sirve a Dafne, por favor —pidió Leonor, con esa amabilidad controladora que la caracterizaba.
Lisandro asintió en silencio, vertiendo el líquido caliente en las tazas de porcelana con flores pintadas a mano.
Ivanna, distraída por un comentario que Lisandro acababa de hacer sobre la reprogramación de la fecha de la boda, extendió la mano derecha sin pensar.
Tomó la taza de porcelana por el delicado asa dorada, levantándola hacia sus labios con una soltura natural, mientras sostenía la cucharilla de plata con la misma mano para remover el azúcar.
Leonor, que se había quedado de pie al borde de la mesa acomodando las servilletas de lino, se congeló de golpe.
Sus ojos se clavaron en la mano derecha de Ivanna. Luego, bajaron hacia su mano izquierda, que descansaba inerte sobre su regazo.
Un silencio sepulcral cayó sobre la biblioteca, solo interrumpido por el rítmico tintineo de la cucharilla de plata contra la porcelana de la taza. El sonido, antes inofensivo, ahora sonaba como una campana de alarma en la quietud del cuarto.
—Dafne… —la voz de Leonor sonó extrañamente baja, desprovista de su habitual tono cantarín.
Ivanna detuvo el movimiento de la taza a milímetros de sus labios. Sintió un frío repentino que le recorrió la espina dorsal, paralizándole los músculos del cuello.
—¿Sí, mamá? —preguntó Ivanna, esforzándose por mantener su voz en el tono agudo de Dafne.
—¿Desde cuándo eres diestra? —preguntó Leonor, dando un paso lento hacia adelante, con los ojos entrecerrados y fijos en la taza que Ivanna sostenía con firmeza en su mano derecha.
El corazón de Ivanna dio un vuelco brutal contra sus costillas. Una oleada de pánico caliente le subió por el pecho, amenazando con hacerle temblar la mano.
Dafne era zurda. Ivanna lo sabía. Había visto a su amiga escribir cartas, cortar la carne y sostener las copas con la mano izquierda durante más de quince años de amistad.
Pero en ese microsegundo de distracción y fatiga mental, el instinto corporal de Ivanna, que era firmemente diestra, se había impuesto sobre la farsa.
Lisandro levantó la vista, mirando de Leonor a Ivanna, sin entender del todo la gravedad de lo que su suegra acababa de notar, pero detectando la súbita tensión en el aire.
Ivanna reaccionó con la rapidez de un animal acorralado.
No bajó la taza. En lugar de eso, dejó escapar un pequeño quejido de dolor simulado y colocó la taza sobre la mesa con un golpe seco que hizo salpicar unas gotas de manzanilla sobre el lino blanco.
Se llevó la mano derecha al hombro izquierdo, apretándolo con fuerza mientras cerraba los ojos, fingiendo una mueca de agonía.
—El… el hombro, mamá —gimió Ivanna, doblando el cuerpo ligeramente hacia adelante.
—Ayer en la sesión de terapia física… el doctor Ortega dijo que la articulación del hombro izquierdo todavía está muy inflamada por el impacto del cinturón de seguridad en el accidente.
Me duele muchísimo hacer cualquier esfuerzo para levantar el brazo izquierdo.
Me recomendó que intente usar la mano derecha para las tareas sencillas hasta que recupere la movilidad completa.
Perdona, me distraje por el dolor y no quería tirar la taza.
Leonor la observó en silencio durante tres segundos que a Ivanna le parecieron tres siglos. La duda maternal seguía flotando en los ojos de la mujer, flotando en el aire húmedo de la biblioteca como el polen de los lirios que Ivanna tanto odiaba.
Finalmente, Leonor exhaló un suspiro largo, aunque la rigidez de sus hombros no disminuyó por completo.
—Oh, mi pobre niña… —dijo Leonor, acercándose para acariciarle el cabello con un gesto mecánico, casi ausente. —No debiste esforzarte. Lisandro, debiste ayudarla. Esa terapia debe ser terrible.
—Lo… lo siento —balbuceó Lisandro, mirando a Ivanna con una mezcla de desconcierto y una extraña fijeza.
Ivanna apoyó la cabeza en el pecho de Leonor, fingiendo debilidad para ocultar la agitación de su respiración.
Había salvado la situación por un milímetro, pero el precio había sido alto.
El instinto de una madre acababa de recibir su primera alerta real, y ahora Ivanna sabía que cada movimiento que hiciera bajo ese techo de mármol sería examinado con una lupa invisible.
La mentira estaba empezando a agrietarse en los bordes, y la sombra de Ivanna ya no era tan invisible como ella creía.