Mi cara en tu tumba 3. LA COSTURA DE LA MENTIRA
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3. LA COSTURA DE LA MENTIRA

LA COSTURA DE LA MENTIRA

El olor a anestesia y a gas antiséptico era el aire que Ivanna respiraba ahora. Un aire frío, artificial, que le resecaba la tráquea cada vez que el respirador mecánico emitía su rítmico silbido.

En la sala de operaciones del ala este de la clínica, el silencio solo era interrumpido por el pitido constante del monitor cardíaco y el choque metálico de las pinzas sobre las bandejas de acero inoxidable.

Sobre la mesa de operaciones, el rostro de Ivanna estaba expuesto bajo la potente luz blanca de la lámpara cenital.

Un mapa de líneas de tinta azul, dibujadas meticulosamente por las manos del Dr. Ortega, dividía su frente, sus mejillas y la línea de su mandíbula.

—El pómulo derecho presenta una fractura menor, pero lo que nos preocupa es la asimetría residual del párpado y la cicatrización fibrosa en la mandíbula —decía la voz pausada del Dr. Ortega, cuyas manos enfundadas en guantes de látex palpaban con suavidad clínica la piel adormecida de Ivanna.

—Vamos a proceder con la blefaroplastia reconstructiva y a liberar la tensión del tejido conectivo en el maxilar.

Ivanna estaba bajo los efectos de una sedación consciente.

Su mente flotaba en un limbo espeso, incapaz de mover un solo músculo, pero con los sentidos lo suficientemente agudos como para sentir la presión fría del escalpelo abriéndose paso por el borde de su oreja.

No había dolor inmediato, gracias al bloqueo nervioso, pero sí una vibración sorda, un sonido húmedo de tejido separándose que le recorría los huesos del cráneo.

«Corta más profundo», pensaba ella en su delirio químico. «Borra todo lo que fui. No dejes rastro de Ivanna».

Durante las ocho horas que duró la intervención, Ivanna se entregó al cincel de Ortega.

Había sido ella misma quien, días antes de entrar al quirófano, había sugerido de manera sutil, fingiendo una gran angustia estética por las secuelas del choque, que el doctor utilizara las fotografías más recientes del pasaporte de Dafne para “devolverle su simetría natural”.

Ortega, conmovido por la tragedia de la joven heredera y halagado por el reto profesional, había aceptado el desafío de recrear la perfección que el accidente supuestamente había destruido.

El despertar fue un descenso lento hacia un infierno de dolor físico.

Cuando la sedación se desvaneció por completo en la suite de recuperación, Ivanna sintió como si le hubieran vertido cemento hirviendo debajo de la piel del rostro.

Cada latido de su corazón era una pulsación de dolor ardiente que le nacía detrás de los ojos y se extendía hasta el cuello.

Sentía la cabeza aprisionada en un vendaje de compresión tan ajustado que apenas le permitía entreabrir los labios para succionar el agua que una enfermera le ofrecía a través de un sorbete de plástico.

—No intente hablar, señorita Dafne —le susurró la enfermera con suavidad, acomodándole las almohadas.

—El Dr. Ortega hizo un trabajo magnífico, pero la inflamación es severa.

Es completamente normal que sienta que la piel le tira.

Tiene que mantener el rostro lo más inmóvil posible para no dañar los puntos internos.

Ivanna asintió con un movimiento casi imperceptible.

Permaneció en la penumbra de la habitación durante los siguientes tres días, alimentándose de líquidos tibios y soportando el goteo constante de analgésicos por la vía intravenosa.

El dolor era su ancla; cada puntada dolorosa era la confirmación de que la metamorfosis estaba ocurriendo.

Al cuarto día, el Dr. Ortega entró a la suite seguido por Leonor y un silencioso Lisandro, quien se mantenía al pie de la cama con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, observando la escena con una fijeza casi morbosa.

—Es hora de retirar los vendajes de compresión y los primeros puntos —anunció el doctor con una sonrisa profesional, sosteniendo unas tijeras finas de punta roma.

—La cicatrización va por muy buen camino, aunque el proceso completo tomará meses.

Lo que veremos hoy es solo un lienzo en bruto, muy inflamado, pero libre de peligro.

Leonor se frotó las manos con nerviosismo, soltando un pequeño sollozo contenido.

—Ay, doctor… solo quiero recuperar a mi niña. Verla sonreír otra vez —susurró, buscando apoyo en el brazo de Lisandro, quien apenas se movió.

Ivanna sintió el frío de las tijeras rozar el vendaje detrás de sus orejas.

Con un rítmico sonido de tela rasgándose, el doctor fue retirando las capas de gasa estéril que la habían mantenido aislada del mundo.

A medida que las vendas caían sobre la bandeja metálica, el aire fresco de la habitación golpeó la piel ultrasensible de su rostro, provocándole un escalofrío que la hizo temblar.

El doctor tomó un pequeño espejo de mano y lo colocó frente a ella.

—Mírese, Dafne. Despacio —dijo Ortega con orgullo.

Ivanna abrió los párpados, que aún estaban pesados y ligeramente amoratados por la cirugía.

La imagen que el espejo le devolvió la dejó sin aliento.

El rostro que la miraba no era el de Ivanna, pero tampoco era del todo el de Dafne.

Era una criatura de transición: una máscara hinchada, con moretones amarillentos y violáceos alrededor de los pómulos y los ojos, y una hilera de finos puntos negros que corrían como ciempiés oscuros por el borde de su cuero cabelludo y debajo de sus pestañas.

Sin embargo, la estructura estaba allí. La nariz, antes ligeramente curva en Ivanna, ahora se elevaba en el ángulo recto y aristocrático de Dafne; la línea de su mandíbula era más afilada, limpia.

Leonor dio un paso adelante, tapándose la boca con ambas manos. Sus ojos recorrieron cada facción inflamada con una intensidad devoradora, buscando a la hija que había llevado en su vientre.

—Se parece… se parece tanto… —balbuceó Leonor, con la voz quebrada. —Pero… sus ojos… doctor, ¿por qué siento que sus ojos se ven diferentes?

El corazón de Ivanna se detuvo por un segundo.

El Dr. Ortega soltó una pequeña risa profesional, un sonido ensayado y tranquilizador que de inmediato rompió la tensión flotando en la suite de la clínica.

—Es perfectamente comprensible, señora Leonor —explicó el cirujano, dando un paso adelante y guardando el espejo en el bolsillo de su bata blanca.

—El trauma de un accidente de esta magnitud no solo deforma la piel; altera temporalmente la musculatura facial y la simetría de la mirada.

La inflamación alrededor de las órbitas oculares y el párpado superior es lo último en ceder.

Además, no debemos olvidar el impacto psicológico.

La mirada de una persona cambia cuando pasa por una experiencia tan cercana a la muerte.

Lo que usted ve allí no es falta de parecido, es simplemente cansancio y el proceso natural de curación.

Leonor asintió lentamente, aunque sus ojos no se apartaron de la figura de Ivanna. Una de sus manos, enjoyada con anillos pesados, subió a su propio pecho, apretando la tela de su blusa como si intentara contener un presentimiento físico.

—Supongo que tiene razón, doctor —susurró la mujer, forzando una sonrisa que no ocultaba la sombra de duda en su frente. —Es solo que… la siento tan distante. Tan fría.

En el rincón de la habitación, Lisandro dio un paso atrás, apartando la mirada.

No podía sostener la de Ivanna. Para él, ver ese rostro a medio construir era un recordatorio constante del secreto que cargaba en su propio pecho.

Creía que Ivanna —su amante, la mujer que de verdad le encendía la sangre— estaba bajo tierra, reducida a cenizas por un camión de carga pesada, mientras que su prometida de cuna de oro había sobrevivido de milagro.

El remordimiento lo consumía, pero también el pánico.

Si su “Dafne” se recuperaba del todo, él tendría que cumplir su promesa de boda, arrastrando para siempre la farsa de una vida perfecta que ya no deseaba.

Ivanna, desde la cama, observó la incomodidad de Lisandro y la sospecha incipiente de Leonor. Tragó saliva, sintiendo el roce áspero de la garganta seca.

—Tengo… mucho frío, mamá —susurró Ivanna, forzando un tono tembloroso, más agudo de lo normal, imitando la cadencia melódica que Dafne usaba cuando buscaba afecto. —Solo quiero ir a casa.

El efecto de las palabras fue inmediato. Leonor se olvidó de la mirada extraña y se abalanzó sobre la cama, arropándola con cuidado maternal.

—Sí, mi amor. Ya casi es hora de volver. Tu padre y yo hemos preparado todo en la mansión para que no te falte nada. Vas a estar segura allí. Muy segura.

Tres días después, Ivanna cruzaba el umbral de la imponente residencia familiar.

La mansión era un templo de mármol, madera tallada y techos altos que proyectaban ecos silenciosos con cada pisada.

Para Ivanna, este lugar siempre había sido el símbolo de su exclusión: la casa a la que Dafne la invitaba de niña solo para mostrarle su inmensa sala de juegos, el jardín donde tomaban el té bajo la mirada vigilante de los empleados.

Ahora, ella entraba por la puerta principal no como la invitada pobre, sino como la dueña absoluta del lugar.

Sin embargo, el triunfo pronto se transformó en una jaula de oro y asfixia.

Leonor se tomó la recuperación de su “hija” como una misión divina.

Llenó la suite del segundo piso con enormes jarrones de lirios blancos, las flores favoritas de Dafne.

El aroma denso, dulce y empalagoso de las flores inundó la habitación de inmediato.

Para Ivanna, que sufría de una leve pero persistente alergia al polen de esas flores, cada inhalación se convirtió en un tormento silencioso.

Tenía que contener los estornudos y la picazón en los ojos para no levantar sospechas; Dafne jamás había tenido esa reacción.