2. EL NACIMIENTO DEL REFLEJO
EL NACIMIENTO DEL REFLEJO
El frío de la madrugada no era solo una temperatura; era una presencia húmeda que se colaba por las costuras del abrigo beige de Ivanna, pegando la seda mojada de su vestido verde contra sus muslos como una segunda piel fría y muerta.
La niebla que subía del acantilado envolvía la carretera en una penumbra tan densa que los postes de luz parecían faros moribundos suspendidos en la nada.
Ivanna caminaba con un ritmo metódico, rítmico, ignorando el dolor punzante de su tobillo izquierdo que amenazaba con hacerla flaquear a cada paso. El sonido de sus tacones rompiendo los charcos de agua sucia era el único eco que la acompañaba.
A su espalda, el resplandor anaranjado del auto en llamas ya se había desvanecido, tragado por la distancia y la bruma.
Las sirenas que había escuchado antes ya no eran un eco lejano; el ulular agudo y estridente de las ambulancias y los patrulleros cortaba el aire húmedo unas cuantas curvas más atrás, justo donde Dafne se consumía en el silencio metálico de la cuneta.
Ivanna metió las manos en los bolsillos del abrigo.
Sus dedos helados y entumecidos acariciaron la textura suave de la billetera de cuero de Dafne.
Sintió el relieve de las letras doradas de la marca.
Al lado, el teléfono móvil de su amiga vibraba intermitentemente en silencio, iluminando el interior del bolsillo con una luz azulada que se filtraba a través de la tela gastada.
El nombre de Lisandro parpadeaba en la pantalla por quinta vez en diez minutos.
Ivanna apretó el aparato con fuerza hasta que la vibración cesó.
Tenía que calcular cada movimiento. No podía simplemente aparecer caminando por la autopista como si nada hubiera pasado; la policía dudaría de una sobreviviente que abandona un vehículo en llamas sin un rasguño grave.
Necesitaba un escenario. Necesitaba una narrativa que justificara su supervivencia y, sobre todo, su shock.
A unos quinientos metros, la silueta difusa de una estación de servicio abandonada y a medio iluminar emergió de la niebla. Era el lugar perfecto.
Ivanna se detuvo al borde de la calzada, mirando hacia atrás, donde la columna de humo negro de la camioneta aún se elevaba contra el cielo nocturno.
Sabía lo que estaba pasando dentro de esa cabina: el fuego devoraba el metal, la tapicería y el cuerpo atrapado de la verdadera heredera.
Dafne se estaba quemando viva; su rostro, sus facciones aristocráticas y sus huellas dactilares quedarían reducidos a cenizas en cuestión de minutos.
«Si el fuego le borra la cara, nadie podrá diferenciarnos», pensó Ivanna, mientras una chispa de ambición oscura y febril le encendía las entrañas.
«Dafne no va a salir de ese auto. Se va a morir ahí dentro.
Esta es mi única oportunidad… Si el mundo cree que la que murió fui yo, yo puedo ser ella.
Puedo tener su vida, su dinero, su apellido. Todo».
Respiró hondo, llenando sus pulmones del aire cargado de salitre y humo que aún persistía en su garganta.
Con una frialdad que la asombró a sí misma, buscó una piedra afilada en la berma.
Sin vacilar, la presionó contra la palma de su mano izquierda, hundiéndola hasta que el dolor le arrancó un jadeo y la sangre fresca comenzó a brotar, mezclándose con la lluvia que le corría por el brazo.
Luego, frotó sus manos sucias de hollín y barro por su rostro, se provocó abrasiones superficiales contra la tierra para simular el impacto del choque y enredó su cabello con brusquedad para deshacer el peinado perfecto que se había hecho para la cena.
Cuando estuvo lista, se dejó caer de rodillas sobre el cemento áspero de la entrada de la estación de servicio.
El impacto le dolió de verdad, pero Ivanna apenas parpadeó.
Arrastrándose con dificultad hacia la única cabina iluminada donde un empleado adormilado miraba la pantalla de su teléfono, empezó a sollozar.
No era un llanto de dolor real; era un ejercicio de control respiratorio que había aprendido en sus clases de teatro de la universidad, una técnica para forzar el diafragma hasta que las lágrimas bajaran calientes y desesperadas por sus mejillas.
—¡Ayuda… por favor… ayúdeme…! —su voz sonó ronca, rota, áspera por el humo y el frío.
El empleado, un muchacho joven con el uniforme de la gasolinera empapado, levantó la vista de golpe. Al ver a la mujer cubierta de lodo, sangre y hollín desplomarse contra el vidrio de la cabina, el pánico transformó sus facciones. Abrió la puerta de un tirón, saliendo a la lluvia.
—¡Señorita! ¿Qué le pasó? ¿Sufrió un robo? —preguntó el joven, intentando sostenerla por los hombros mientras Ivanna fingía perder el equilibrio, dejando que su cabeza colgara inerte.
—El carro… mi amiga… —balbuceó Ivanna, estirando una mano temblorosa que goteaba sangre hacia la oscuridad de la carretera. —Hubo un camión… se incendió… todo se está quemando…
La actuación fue tan impecable que el muchacho no dudó un segundo. Con manos temblorosas, sacó su propio teléfono de radio y marcó el número de emergencias con una urgencia frenética.
—¡Aló, emergencias! Sí, tengo una mujer herida aquí en la estación de la autopista… parece que viene de un accidente grave… está en shock, está sangrando… ¡Manden una ambulancia rápido!
Cuando la ambulancia frenó con un chillido de neumáticos y los paramédicos descendieron con la camilla, Ivanna supo que el punto de no retorno había llegado. Se dejó subir a la unidad médica, hiperventilando, fingiendo un colapso nervioso imponente.
Uno de los paramédicos le colocó una mascarilla de oxígeno y le tomó el pulso mientras le limpiaba la sangre del rostro con una gasa.
—Tranquila, ya está a salvo —dijo el enfermero, sacando una libreta de registro de campo—. ¿Me puede decir cuál es su nombre, señorita?
Ivanna cerró los ojos un milisegundo. En la penumbra de la ambulancia, escuchó la detonación distante de la camioneta al terminar de explotar en la quebrada. Dafne ya era cenizas. La farsa acababa de nacer.
Abrió los ojos, dejando brotar una lágrima cargada de un pánico magistralmente actuado, y miró fijamente al paramédico.
—Dafne… —articuló en un hilo de voz quebrada y temblorosa—. Me llamo Dafne Elizalde.
Mientras la ambulancia de la clínica se alejaba a toda velocidad con Ivanna, otra unidad de emergencia del hospital, llegaba al lugar del siniestro con las sirenas apagadas y las luces parpadeando débilmente en medio de la niebla.
El fuego del deportivo gris por fin había sido sofocado por los bomberos, dejando solo un esqueleto de metal humeante y deformado en la cuneta.
Los paramédicos del hospital general rescataron el cuerpo atrapado en el asiento del piloto.
La mujer no tenía rostro. El fuego y el impacto del parabrisas habían hecho un trabajo devastador; la piel de sus mejillas y frente estaba reducida a quemaduras de tercer grado, cubiertas de hollín, asfalto y sangre coagulada.
Sus manos, las mismas manos delicadas que antes portaban un anillo de diamantes, estaban severamente calcinadas, con las yemas de los dedos carbonizadas por el calor del volante ardiente.
No había huellas dactilares que salvar. No había rasgos que reconocer.
—Femenina, sin identificación —gritó uno de los paramédicos de la ambulancia, mientras subían la camilla a golpes.
—El bolso del auto desapareció, no hay placas legibles y las huellas están completamente destruidas por el fuego.
Está viva de milagro, pero el pulso es casi imperceptible. ¡Presión arterial colapsando!
La ambulancia arrancó con un traqueteo violento, dirigiéndose al hospital general del distrito, un edificio de paredes descascaradas y pasillos ruidosos donde las emergencias se acumulaban por docenas.
Al llegar, la ingresaron como “Paciente NN”.
Para los médicos de guardia de ese hospital saturado, ella no era la heredera de una gran fortuna ni la prometida de nadie; era solo un cuerpo anónimo y desfigurado al borde de la muerte, al que envolvieron en gasas estériles de la cabeza a los pies, ocultando su inexistente rostro bajo un caparazón de vendas blancas.
Mientras tanto, en el ala preferencial de la clínica, la realidad de Ivanna era un mundo completamente distinto.
A ella la habían instalado en una suite médica de lujo.
La luz era cálida, indirecta, y el único sonido era el suave murmullo del aire acondicionado.
Ivanna yacía en la cama articulada, con el cuerpo adolorido pero funcional.
El médico de guardia ya había limpiado sus heridas superficiales y, por orden de ella, que había fingido un ataque de pánico incontrolable al tacto, le habían vendado preventivamente gran parte de la cabeza y el pómulo derecho para contener la supuesta “inflamación traumática”.
Ivanna miraba el techo, con los ojos fijos en las sombras de las ramas que la tormenta proyectaba contra el vidrio de la ventana. En la mesita de noche, la billetera de Dafne y su teléfono móvil descansaban dentro de una bandeja metálica.
De pronto, el sonido de unos pasos apresurados y amortiguados por la alfombra del pasillo hizo que el corazón de Ivanna diera un vuelco.
La puerta de la suite se abrió de golpe.
—¡Mi niña! ¡Dafne, por Dios! —el grito ahogado de Leonor llenó la habitación.
La madre de Dafne entró corriendo, con el abrigo de visón aún húmedo por la lluvia y el rostro desencajado por el llanto.
Detrás de ella, Adolfo caminaba con paso firme pero con los ojos enrojecidos, seguido de cerca por Lisandro, quien tenía la camisa desabotonada en el cuello y el cabello revuelto por la angustia.
Ivanna se obligó a encogerse en la cama, jalando la sábana blanca hasta la barbilla. Las vendas que cubrían la mitad de su rostro, su frente y su mandíbula eran su única defensa.
—Señora, por favor, les pido que mantengan la calma —dijo una enfermera, intentando detener suavemente a Leonor.
—La paciente está muy inestable emocionalmente.
Ha sufrido un shock severo y el impacto le ha afectado las cuerdas vocales debido a la inhalación de humo y el trauma. No debe esforzarse para hablar.
Leonor se desplomó de rodillas al lado de la cama, tomando la mano derecha de Ivanna. Ivanna sintió un escalofrío horrible ante el contacto de la madre de su amiga. Sintió la tentación de retirar la mano, pero se obligó a dejarla inerte, temblando ligeramente para simular debilidad.
—Oh, mi amor… mi Dafne… —sollozó Leonor, besando los dedos de Ivanna sin notar, en medio de su desesperación y la penumbra de la habitación, que los dedos que sostenía eran milímetros más cortos y rústicos que los de su verdadera hija.
—Mírate… tu hermoso rostro… Dios mío, Adolfo, haz algo, que traigan al mejor cirujano de este país de inmediato.
Adolfo se acercó a la cama, colocando una mano pesada sobre el hombro de su esposa, mientras miraba a la mujer vendada con una mezcla de dolor y desconcierto.
—Ya hablé con el director de la clínica, Leonor. El Dr. Ortega, el jefe de cirugía reconstructiva, se hará cargo personalmente de ella en cuanto pase el periodo de observación —dijo Adolfo, con una voz que intentaba ser fuerte pero que temblaba en las esquinas. —Dafne, hija… ¿me escuchas?
Ivanna asintió muy despacio, emitiendo un pequeño quejido ronco y seco desde el fondo de su garganta. Cerró los ojos con fuerza, dejando que un par de lágrimas reales, de puro terror a ser descubierta, se deslizaran por el único lado de su rostro que quedaba libre de vendas.
Lisandro se aproximó entonces por el otro lado de la cama.
Su rostro era una máscara de culpa y pánico absoluto.
Miró la bandeja donde estaban las pertenencias de Dafne, reconociendo el teléfono que él mismo había estado llamando desesperadamente durante la última hora. Luego, miró a la mujer en la cama.
Al ver las vendas que le envolvían la cabeza, Lisandro sintió una mezcla retorcida de alivio y pánico. Se inclinó hacia ella, tomando su otra mano. Su agarre era tenso, casi un interrogatorio físico.
—Dafne… mi vida… estoy aquí —susurró Lisandro, buscando los ojos de Ivanna en la penumbra. —Perdóname… todo esto es mi culpa. No debí dejar que manejaras con esta tormenta. No te preocupes por nada, mi amor. Voy a estar a tu lado cada segundo.
Ivanna lo miró fijamente a través de la estrecha abertura de las vendas.
Detrás de la gasa estéril, una sonrisa fría y triunfal amenazó con dibujarse en sus labios.
Lisandro la estaba sosteniendo de la mano, llorando por ella, creyendo que era la mujer a la que engañaba.
Y la verdadera Dafne estaba en algún lugar de la ciudad, desprovista de nombre, de rostro y de voz, convertida en una sombra que nadie buscaría jamás.
La mentira había sido sellada con el dolor de los que más amaban a Dafne.