1. EL PUNTO DE NO RETORNO #3
—¿Tu compromiso con Lisandro? —Ivanna soltó una risa seca, cruel, que llenó el habitáculo de una atmósfera ponzoñosa. —¿El mismo Lisandro que te besa en la mejilla delante de tus padres y luego me busca en la oscuridad de los pasillos porque le aburre tu maldita perfección?
Dafne clavó los ojos en Ivanna. El auto dio un pequeño bandazo sobre el asfalto húmedo al perder momentáneamente la tracción, pero ella apenas lo corrigió con un volantazo brusco. El pánico en su rostro ya no era por la tormenta exterior; era por el abismo que acababa de abrirse bajo sus pies.
—¿Qué… qué estás diciendo? —susurró Dafne, con los labios trémulos. —Lisandro… ¿tú y Lisandro? Mientes. Estás celosa. Estás loca, Ivanna.
—Pregúntale por qué huele a mi perfume cada vez que regresa a tu casa “tarde de la oficina” —dijo Ivanna, inclinándose ligeramente hacia ella, disfrutando de cada milímetro de dolor que se dibujaba en el rostro de su amiga.
—Pregúntale por qué me tocaba por debajo de la mesa mientras tu madre hablaba de tu luna de miel en Italia.
Él no te ama, Dafne. Te necesita por el dinero de tu padre.
Pero a la que busca cuando quiere sentir algo de verdad… es a mí.
—¡Cállate! ¡CÁLLATE! —gritó Dafne, perdiendo por completo el control. Las lágrimas le nublaban la vista, mezclándose con la luz cegadora de los relámpagos que afuera partían el cielo.
Dafne giró la cabeza con violencia hacia Ivanna, soltando el volante con una mano para empujarla, en un gesto desesperado por apartar a la persona que acababa de destruir su mundo perfecto.
Fue en ese preciso instante de distracción y furia cuando los faros del coche iluminaron la silueta masiva de un camión de carga pesada que había patinado sobre la pista mojada, invadiendo por completo su carril en sentido contrario.
—¡Ivy, cuidado! —gritó Dafne, volviendo a aferrar el volante con las dos manos y clavando el freno a fondo.
Pero ya era demasiado tarde.
El neumático deportivo del auto perdió toda adherencia sobre el asfalto inundado.
El coche se deslizó de costado a una velocidad brutal, directo hacia la masa de hierro del camión.
Ivanna vio la carrocería del camión acercarse como una pared gris a través de la ventana del copiloto.
El sonido que siguió fue el fin del mundo: un estruendo ensordecedor de metal retorciéndose, el estallido violento de los vidrios templados y la fuerza brutal de la inercia que sacudió sus cuerpos como si fueran muñecas de trapo mientras el auto comenzaba a dar vueltas de campana en la oscuridad de la cuneta.
El crujido del metal asentándose sobre la tierra húmeda de la cuneta fue el último sonido de la colisión.
Ivanna abrió los ojos despacio, sintiendo un zumbido agudo en los oídos que amortiguaba el rugido de la tormenta que arreciaba afuera.
El auto había quedado volcado sobre su costado izquierdo.
La cabina estaba impregnada de un olor espeso a humo, plástico quemado, pólvora de los airbags desplegados y el inconfundible aroma metálico de la sangre.
Tenía la cara apoyada contra el marco roto de la ventana del copiloto; las gotas de lluvia helada le golpeaban la frente, espabilándola de golpe.
Trató de moverse. Un dolor punzante le atravesó las costillas, pero al estirar las piernas y flexionar los dedos de las manos, comprobó que no había huesos rotos. La adrenalina, fría y ruidosa, le corría por las venas, anestesiando temporalmente el dolor físico.
A su izquierda, en la penumbra del vehículo volcado, se escuchó un gemido que apenas parecía humano.
—Ivy… Ivy… —el susurro de Dafne fue un hilo de aire ahogado.
El parabrisas hecho trizas dejaba entrar ráfagas de viento frío que movían el cabello de Dafne, ahora empapado de un fluido oscuro y viscoso que manaba de su cuero cabelludo.
Tenía el rostro hundido contra el volante deformado por el motor.
Ivanna se quedó inmóvil, suspendida en la oscuridad del coche.
No emitió un solo sonido. Apoyó las manos en la puerta abollada y, arrastrándose centímetro a centímetro, logró liberar su cuerpo de la trampa del cinturón de seguridad, cayendo con un golpe sordo sobre lo que antes era el techo del vehículo.
—Me duele… no siento las piernas, Ivy… —volvió a suplicar Dafne, estirando una mano temblorosa hacia la silueta de su amiga. Sus dedos, adornados con ese anillo de brillantes que minutos antes reflejaba su opulencia, rozaron apenas el dobladillo del abrigo beige de Ivanna.
Ivanna bajó la mirada hacia esa mano débil.
Luego, observó el bolso de Dafne tirado en el suelo, abierto.
Entre el lodo y los cristales rotos, destacaba la billetera de cuero fino con las tarjetas de crédito de Dafne, su identificación y, al lado, su teléfono móvil parpadeando con una llamada perdida de Lisandro.
Si sacaba a Dafne de allí, si llamaba a emergencias, el auto no ardería.
Dafne sobreviviría. Sobreviviría para contarle a sus padres que Ivanna se había acostado con su prometido.
Sobreviviría para destruir la reputación de Ivanna, para condenarla de por vida al desprecio de su círculo y a la miseria absoluta de la que tanto le costaba escapar.
Lisandro jamás volvería a mirarla; se arrodillaría ante la fortuna de los padres de Dafne pidiendo perdón, y ella volvería a ser la sombra pobre y rechazada.
Pero si Dafne no salía…
Ivanna miró el capó doblado del deportivo. Un hilo de humo gris y denso empezaba a serpentear desde el motor, acompañado por un rítmico y peligroso clac-clac-clac del sistema eléctrico dañado. El olor a gasolina se volvió más intenso, mezclándose con el aire helado.
—Por favor… sácame… te lo ruego… —la voz de Dafne se quebró en una tos seca provocada por el humo negro que empezaba a acumularse en el techo del vehículo.
Ivanna no respondió. Con movimientos lentos y calculados, estiró la mano hacia el bolso de su amiga.
Tomó la billetera de Dafne y su teléfono, guardándolos con cuidado en los bolsillos profundos de su abrigo.
Luego, se impulsó hacia arriba, asomando la cabeza por la ventana rota del copiloto para salir al exterior.
—¿Ivy? ¿A dónde vas? ¡No me dejes! —el grito de Dafne, agudo, aterrorizado y ahogado por la humareda, resonó con una fuerza que hizo temblar a Ivanna por un milisegundo. Sus dedos arañaron inútilmente el asiento buscando el agarre de su amiga.
Ivanna trepó por la carrocería deformada del deportivo gris, resbalando un poco por la lluvia, hasta que sus pies pisaron el asfalto mojado de la autopista. Se deslizó hacia la cuneta y dio tres pasos hacia atrás.
Bajo el chasis del coche, una pequeña llama anaranjada comenzó a lamer el metal con avidez.
—¡Ivy! ¡Por favor! ¡Me estoy quemando! ¡Ayúdame! —los gritos desesperados de Dafne golpeaban el interior del auto. El fuego iluminaba la niebla espesa con un resplandor dorado y monstruoso.
Ivanna observó el espectáculo durante diez segundos que parecieron eternos.
Su rostro, frío como la piedra, no mostró una sola gota de arrepentimiento.
Se acomodó mecánicamente los puños gastados de su abrigo beige, se limpió un hilo de sangre que le corría por la mejilla con el dorso de la mano y le dio la espalda a la hoguera.
Empezó a caminar por el borde de la autopista desierta. La tormenta amortiguaba los alaridos de la mujer que moría detrás de ella. Con cada paso que daba alejándose del fuego, Ivanna sentía que se despojaba de su propia piel. No era una huida; era una marcha triunfal hacia su nueva vida.
A lo lejos, muy a lo lejos, el eco de una sirena de bomberos comenzó a cortar la noche húmeda. Ivanna no aceleró el paso. Se adentró en la niebla y dejó que la oscuridad de la carretera se la tragara por completo, lista para convertirse en Dafne.