1. EL PUNTO DE NO RETORNO #2
Para cuando trajeron el postre y el café, la tormenta que se había estado anunciando en el pronóstico del tiempo finalmente estalló afuera.
El sonido del viento azotando los grandes ventanales del restaurante y los primeros truenos lejanos parecieron una bendición para Ivanna.
Necesitaba salir de ese ataúd de cristal y oro antes de que el aire se le terminara por completo.
Cuando el mozo trajo la cuenta en una elegante carpeta de cuero negro, Adolfo la deslizó hacia sí con un gesto casi imperceptible, como si pagar una cifra que representaba tres meses del alquiler de Ivanna fuera un trámite tan natural como respirar.
Los hombres se pusieron de pie, abotonándose los sacos con parsimonia, mientras las mujeres acomodaban sus abrigos de lana y seda sobre los hombros.
Ivanna se puso el suyo. Era un abrigo de una tienda por departamentos común, de un color beige que ya empezaba a perder vida en los puños.
Al lado del abrigo de visón sintético de Leonor y la espectacular gabardina italiana de Dafne, Ivanna se sintió de pronto desnuda, expuesta a la intemperie de su propia realidad.
—Bueno, la tormenta se ha puesto bastante fea —comentó Octavio, mirando a través de los ventanales empapados por hilos de agua gruesos y ruidosos.
Los relámpagos iluminaban el cielo con un color violáceo y fantasmal.
—Lisandro, deberías llevar a Dafne a su casa.
Las pistas deben ser un jabón a estas horas.
—De hecho, papá, yo vine en mi auto con Ivy —intervino Dafne, acomodándose un mechón de cabello detrás de la oreja con esa gracia innata que a Ivanna le crispaba los nervios.
—Dejamos mi carro en el estacionamiento de la esquina porque el del restaurante estaba lleno cuando llegamos.
Habíamos quedado en que yo la dejaría en su casa después.
—¿Segura, mi amor? —Lisandro dio un paso hacia Dafne, rodeándole la cintura con el brazo.
Sus ojos, sin embargo, buscaron por una milésima de segundo la línea del cuello de Ivanna, un roce visual que a ella le erizó los vellos de la nuca.
—Puedo pedirle al chofer de mi padre que lleve a Ivanna a su departamento y yo te llevo a ti.
No me gusta la idea de que manejes con esta lluvia.
El ofrecimiento de Lisandro no era por caballerosidad.
Ivanna lo sabía perfectamente. Era el pánico de que las dos mujeres pasaran demasiado tiempo a solas en un espacio cerrado.
Lisandro temía que, en un arrebato de intimidad femenina, ella soltara alguna pista, algún detalle del olor a tabaco y humedad del bar del centro, o de los mensajes de texto que él le mandaba desde el baño mientras Dafne dormía a su lado.
—Ay, Lisandro, no seas exagerado —Dafne se rió, dándole un golpecito juguetón en el pecho. —Sé manejar perfectamente bajo la lluvia. Además, Ivy y yo tenemos que planear los arreglos florales del buffet. Es un viaje corto, no te preocupes.
Ivanna observó la sutil tensión que se dibujó en la mandíbula de Lisandro. Él asintió lentamente, forzando una sonrisa que ocultaba su incomodidad.
—Está bien. Pero me llamas apenas llegues a casa, ¿entendido? —le dijo a Dafne, depositando un beso suave en sus labios.
Justo cuando se separaron, la mano de Lisandro descendió y, al pasar por el lado de Ivanna para despedirse con el clásico beso en la mejilla, sus dedos rozaron deliberadamente la parte trasera de su cadera, un apretón rápido, posesivo y silencioso.
«Cállate», parecía decirle ese contacto. «Mantén el secreto».
—Buenas noches, Ivanna —dijo él, con su voz de hombre intachable. —Cuida a mi prometida.
—Siempre lo hago, Lisandro —respondió ella, sosteniéndole la mirada con una frialdad que pareció desconcertarlo por un instante.
La salida del restaurante fue un suplicio de despedidas ruidosas bajo el gran toldo negro del local.
El personal del valet parking corría de un lado a otro con enormes paraguas, protegiendo a los comensales adinerados del agua que caía con una violencia inusual.
Leonor y Adolfo subieron a su imponente camioneta gris; Octavio y Mirella hicieron lo propio en su sedán negro de lunas polarizadas.
Dafne e Ivanna se quedaron solas bajo el toldo, esperando que el flujo de autos disminuyera para caminar los cincuenta metros que las separaban del estacionamiento donde estaba el auto de Dafne.
—Vaya tormenta —dijo Dafne, frotándose los brazos por encima de la gabardina. —Menos mal que el estacionamiento tiene techo. Vamos, Ivy, corramos antes de que nos empapemos por completo.
Dafne le tomó la mano a Ivanna y empezó a correr por la vereda mojada.
El agua salpicaba sus zapatos caros, pero ella se reía, tomándolo como una aventura divertida, una anécdota simpática para contar al día siguiente.
Ivanna, en cambio, corría sintiendo cómo el agua helada se colaba por sus zapatos delgados de taco bajo, empapándole las medias.
Cada paso era una tortura física que alimentaba la rabia sorda que llevaba dentro.
Llegaron al estacionamiento, un sótano de concreto húmedo con olor a monóxido de carbono y tuberías viejas. El auto de Dafne, un lujoso modelo deportivo de color gris plateado, brillaba bajo las luces fluorescentes como un trofeo.
Dafne desactivó la alarma con un pitido agudo que resonó en el sótano y subió al asiento del piloto. Ivanna se sentó a su lado, cerrando la puerta con un golpe seco que apagó el sonido del exterior, dejando solo el golpeteo sordo de la lluvia contra el techo de concreto del lugar.
El habitáculo del auto olía a cuero nuevo, a lavanda y a un perfume de marca que Dafne usaba desde la preparatoria. Era un olor que Ivanna asociaba con todo lo que nunca podría tener.
Dafne encendió el motor, que rugió con una potencia suave y controlada, y activó la calefacción. El aire caliente empezó a circular de inmediato, disipando el frío de la carrera, pero no la tensión que empezaba a acumularse dentro de Ivanna como una corriente de aire comprimido.
—Dios, qué frío —dijo Dafne, acomodándose en el asiento de cuero y mirándose en el espejo retrovisor para retocarse el labial rosa que Lisandro le había quitado a medias.
—Pero la cena estuvo maravillosa, ¿no crees?
Mis papás adoran a Lisandro. De verdad, Ivy, a veces siento que estoy viviendo un sueño.
Todo es tan perfecto que me da miedo que algo pase y lo arruine.
Dafne puso el auto en marcha, saliendo lentamente de la rampa del sótano hacia la superficie, donde la tormenta las recibió con un latigazo de agua sobre el parabrisas. Los limpiaparabrisas empezaron a barrer el agua con un ritmo constante, metódico: clac-clac, clac-clac.
Ivanna miraba de reojo el perfil de su amiga. La luz de los semáforos pintaba el rostro de Dafne de rojo, luego de amarillo, luego de verde. Un rostro sin una sola imperfección. Un rostro que pronto estaría en todas las páginas de sociales de los diarios bajo el título de la boda del año.
—Sí —susurró Ivanna, con la voz apagada, mientras el auto se incorporaba a la avenida principal, casi desierta por la hora y el temporal. —Un sueño perfecto.
—Oye, y sobre lo que dijo mi papá… —continuó Dafne, doblando en una esquina hacia la autopista que conectaba con el distrito donde vivía Ivanna.
—Sé que a veces suena un poco… rudo. Es un hombre de negocios, ya sabes cómo son.
Pero de verdad tiene un puesto libre en la constructora.
No tienes por qué seguir soportando a tu jefe actual, Ivy.
Te pagan una miseria y te hacen trabajar horas extras.
En la empresa de mi papá estarías más protegida. Yo podría hablar con él mañana mismo.
La palabra “protegida” golpeó a Ivanna como un bofetón físico. Sintió que la mandíbula se le tensaba tanto que le dolió el oído.
—No necesito que me protejas, Dafne —dijo Ivanna. Su tono ya no era el de la amiga sumisa del restaurante. Era frío, afilado, desprovisto de cualquier máscara.
Dafne se sorprendió por el cambio de tono. Apartó la vista del camino por un microsegundo para mirarla, con los ojos muy abiertos por la confusión.
—Ivy, solo quería ayudar…
—Sé lo que querías hacer —la interrumpió Ivanna, apretando los puños sobre sus muslos, sintiendo aún el fantasma de la mano de Lisandro en su piel.
—Te encanta sentirte la salvadora. Te encanta verme desde arriba, extendiendo la mano para darme tus sobras.
Tus vestidos viejos, tus consejos, tus puestos de trabajo de asistente de nivel básico…
te hace sentir buena persona, ¿verdad? Te hace sentir que el mundo te debe tu felicidad porque eres “tan generosa”.
El auto avanzaba ahora a mayor velocidad por la autopista mojada.
La niebla se volvía más densa, reduciendo la visibilidad a unos pocos metros frente al capó.
El agua corría por el asfalto creando peligrosas lagunas de aquaplaning, pero ninguna de las dos parecía prestar atención a la carretera.
La verdadera tormenta estaba ocurriendo dentro del vehículo.
—¿De qué estás hablando, Ivy? —la voz de Dafne empezó a temblar, no de rabia, sino del miedo herido de quien no entiende por qué la atacan. —Eres mi mejor amiga. Siempre he querido lo mejor para ti.
—Quieres lo mejor para mí siempre y cuando “lo mejor” sea menos de lo que tú tienes —escupió Ivanna, y por fin la compuerta de años de humillaciones se abrió por completo.
Quieres que sea tu dama de honor para que todos vean lo hermosa que eres tú al lado de mi vestido barato. Quieres que trabaje en la empresa de tu papá para poder recordarme, cada vez que salgamos a cenar, que como gracias a tu familia.
—¡Eso no es verdad! —gritó Dafne, y una lágrima de frustración le resbaló por la mejilla izquierda. —¡Te amo como a una hermana, Ivanna! ¿Por qué me dices esto ahora? ¡Esta noche era para celebrar mi compromiso!