1. EL PUNTO DE NO RETORNO
EL PUNTO DE NO RETORNO
El tintineo de las copas de cristal de bohemia al chocar tenía un sonido limpio, agudo y sumamente caro.
A Ivanna siempre le había parecido que la riqueza tenía su propio espectro acústico; no sonaba como los platos de cerámica barata de su apartamento en el centro, ni como el chirrido del viejo refrigerador que la despertaba a mitad de la noche.
La riqueza de la familia de Dafne sonaba a seda rozando el suelo de mármol, a risas moduladas a la perfección y al murmullo apagado del restaurante más exclusivo de la ciudad, un lugar donde no se imprimían los precios en la carta de las mujeres.
Ivanna mantenía los dedos entrelazados sobre su regazo, apretándolos con tanta fuerza que las articulaciones se le habían puesto blancas bajo la mesa.
Tenía que recordar respirar. Inspirar por la nariz, exhalar despacio por la boca.
Un ciclo rítmico para evitar que el rubor de la humillación o de la rabia le subiera a las mejillas.
—De verdad, querida, el vestido te queda precioso —dijo Leonor, la madre de Dafne, inclinándose ligeramente hacia adelante.
Llevaba un collar de perlas que parecía pesarle sobre la clavícula, pero lo portaba con la naturalidad de quien ha nacido con oro en la cuna—Aunque, claro, ese tono de verde es un poco difícil de llevar si no se tiene la tez tan clara como la de mi Dafne, pero en ti… bueno, resalta tu… personalidad.
“Personalidad”. La palabra favorita de la alta sociedad para referirse a la falta de gracia o de dinero.
Ivanna forzó una sonrisa perfecta, elevando las comisuras de los labios exactamente tres milímetros.
Sabía que Leonor la observaba con esa condescendencia tan maternal y ponzoñosa, la misma con la que examinaba a los perros de raza o a los muebles de imitación.
—Muchas gracias, señora Leonor. Es un regalo de Dafne, de hecho —respondió Ivanna. Su voz sonó suave, sumisa, la voz de la invitada agradecida que conoce su lugar. —Ella insistió en que lo usara esta noche.
—Oh, mi niña es tan generosa —suspiró Leonor, dando un sorbo a su copa de champaña.
—Siempre pensando en los demás. Desde pequeña, cuando te traía a la casa para que jugaran, siempre quería regalarte sus juguetes viejos.
Adolfo y yo siempre le dijimos que tenía un corazón demasiado grande para este mundo.
A unos asientos de distancia, Adolfo, el padre de Dafne, asentía con la cabeza mientras conversaba en voz baja con Octavio, el padre de Lisandro, sobre la última adquisición de acciones de la constructora familiar.
Eran dos hombres de cabello canoso y trajes hechos a medida que hablaban de millones como quien habla del clima.
Dafne, sentada justo al lado de su prometido, resplandecía.
No había otra palabra para describirla. Su cabello castaño caía en ondas perfectas sobre sus hombros desnudos, y su vestido de satén blanco perla parecía haber sido esculpido directamente sobre su cuerpo.
No llevaba maquillaje excesivo; la gente como Dafne no lo necesitaba.
Su piel tenía ese brillo saludable de quien jamás ha tenido que preocuparse por una cuenta vencida o por pasar horas bajo el sol esperando un autobús de regreso a casa.
—¡Mamá, por favor, no avergüences a Ivy!
—dijo Dafne, soltando una risa cristalina que atrajo las miradas de las mesas contiguas.
Estiró la mano y acarició el brazo de Ivanna por encima de la mesa —Ivy no es solo mi amiga, es mi hermana.
Sabes que no habría podido organizar nada de la fiesta de compromiso sin su ayuda.
Ella tiene un gusto exquisito para los detalles.
—Claro que sí, mi amor. Solo digo que es una suerte que se tengan la una a la otra. —concluyó Leonor con una sonrisa gélida que no llegó a sus ojos.
Ivanna sintió un pinchazo caliente en el estómago. “Hermana”. La palabra le sabía a ceniza. Dafne la llamaba hermana porque le gustaba la idea caritativa de tener una protegida, una sombra que caminara tres pasos detrás de ella para hacerla lucir aún más brillante por el simple contraste.
Fue en ese momento cuando sintió un roce sutil pero inequívoco en su pierna, por debajo de la mesa.
Al principio fue solo la presión de una rodilla contra la suya, oculta por el largo mantel de lino blanco que caía casi hasta el suelo.
Ivanna no se movió. Se quedó completamente rígida, conteniendo el aliento.
Poco a poco, la presión se transformó en un deslizamiento lento.
Una mano de dedos largos y cálidos subió por la tela de su vestido verde, deteniéndose justo en la parte interna de su muslo, ejerciendo una presión suave, rítmica, casi dolorosa.
Ivanna no necesitó mirar a su izquierda para saber de quién era esa mano.
Lisandro estaba sentado a su lado, justo entre ella y Dafne.
En la superficie, Lisandro sostenía una copa de vino tinto con la mano izquierda mientras escuchaba con atención una anécdota que Octavio compartía sobre un club de golf.
Su rostro era el epítome de la elegancia y la compostura: la mandíbula angulosa bien afeitada, los ojos oscuros fijos en su padre, asintiendo en los momentos correctos.
Pero por debajo del mantel, su mano derecha seguía escalando, acariciando la piel de Ivanna a través de la seda del vestido con una familiaridad posesiva y hambrienta.
Ivanna sintió que el corazón le latía en la garganta. El peligro de la situación la envolvía como un vapor espeso. Si Leonor bajaba la vista, si Dafne dejaba caer su servilleta y se agachaba a recogerla… todo estallaría en mil pedazos.
Miró de reojo a Lisandro. Él no la miró de vuelta, pero el pulgar de su mano derecha presionó un poco más arriba, justo donde la delicada lencería comenzaba.
Un estremecimiento de placer y de puro terror recorrió la columna de Ivanna.
Tres días antes, en el pasillo oscuro y con olor a humedad de aquel bar en el centro del que Dafne se había quejado toda la noche por “la mala ventilación”, Lisandro la había arrinconado contra la pared.
La había besado con una desesperación casi violenta, mordiéndole el labio inferior hasta hacerla gemir, susurrándole al oído que estaba harto de la perfección aburrida de Dafne, que necesitaba sentir algo real, algo sucio.
Y ahora, allí estaba él, con el anillo de compromiso brillando en la mano de Dafne mientras tocaba a su amante a centímetros de su futura suegra.
—¿No es así, Lisandro? —preguntó de pronto Mirella, la madre de Lisandro, desde el otro extremo de la mesa, interrumpiendo los pensamientos de Ivanna.
Lisandro retiró la mano del muslo de Ivanna con una lentitud tortuosa, rozando las yemas de sus dedos contra su piel por última vez antes de apoyar ambos brazos sobre la mesa, entrelazando sus dedos con una naturalidad pasmosa.
—Perdona, mamá, estaba distraído pensando en el menú de la boda. ¿Qué decías? —su voz era aterciopelada, segura, sin el menor rastro de agitación o culpa.
—Decía que tú y Dafne deberían hacer el viaje de bodas a la costa amalfitana. Octavio y yo fuimos allí en nuestro aniversario y es simplemente divino. Muy exclusivo.
—Lo que Dafne decida estará bien para mí —respondió Lisandro, girándose hacia su prometida con una mirada cargada de devoción que hizo que a Ivanna se le revolviera el estómago. —Ella tiene el control absoluto de nuestras vidas a partir de ahora, y yo no podría estar más feliz por eso.
Dafne se inclinó y le dio un tierno beso en la mejilla, dejando una ligera marca de labial rosa que él limpió con una servilleta de tela mientras le guiñaba un ojo.
Ivanna bajó la mirada hacia su plato de salmón casi intacto.
El pescado se había enfriado, y la salsa blanca alrededor de él empezaba a cuajar, tomando un aspecto desagradable.
Sintió náuseas. No por la comida, sino por la farsa.
Por el hecho de que Lisandro la tocara en la oscuridad pero la negara en la luz.
Por el hecho de que Dafne creyera que el mundo entero existía solo para complacerla.
—Ivy, apenas has tocado tu comida —comentó Dafne con un tono de genuina preocupación que a Ivanna le pareció la peor de las ofensas. —¿Te sientes bien? Tienes la carita un poco pálida.
—Estoy bien, de verdad —mintió Ivanna, forzando nuevamente su sonrisa de repuesto. —Creo que solo es el cansancio de la semana. La oficina ha estado un poco caótica.
—Ay, pobre de mi Ivy —Dafne suspiró dramáticamente, buscando la mano de Lisandro para entrelazar sus dedos sobre la mesa, justo frente a los ojos de Ivanna.
—Ojalá no tuvieras que trabajar tanto. Deberías hablar con mi papá, tal vez pueda encontrarte un puesto más sencillo en la constructora, algo administrativo que no te agote tanto. ¿Verdad, papá?
Adolfo levantó la vista de su plato, limpiándose la comisura de los labios con la servilleta.
—Bueno, tendríamos que ver su perfil y si hay alguna vacante para asistentes de nivel básico… —comenzó a decir con un tono que dejaba claro que no tenía el menor interés en emplear a la amiga pobre de su hija.
—No se preocupe, señor Adolfo, estoy muy contenta en mi puesto actual —lo interrumpió Ivanna rápidamente, sintiendo que la sangre le hervía bajo la piel.
“Asistente de nivel básico”. Ella tenía una carrera universitaria, se había esforzado el doble que Dafne solo para obtener una entrevista de trabajo, y ellos hablaban de ella como si fuera una obra de caridad a la que debían mantener ocupada para que no molestara.
La cena continuó durante dos horas interminables.
Dos horas de risas falsas, de comentarios condescendientes de Leonor sobre el precio de los apartamentos en el barrio de Ivanna, de discursos solemnes de Octavio sobre la importancia de la familia, y de miradas rápidas y cargadas de un deseo sucio por parte de Lisandro cada vez que Dafne se distraía hablando con su madre.