Capítulo 19 #2
Se giró. Los miró a los dos durante un segundo exacto. Tenía una expresión seria, casi adulta, pero los ojos todavía eran los de una niña de doce años que acababa de dejar algo importante sobre la mesa sin dramatismo ninguno.
Luego se encogió de hombros, como si hubiera terminado de cumplir una tarea, y salió hacia el salón.
—Voy a terminar el capítulo —anunció por encima del hombro—. No me esperéis despierta.
Se escuchó el roce de sus calcetines sobre la madera, el suave crujido del sofá al sentarse, y poco después el sonido casi inaudible de las páginas al pasar.
Diego y Daniela se quedaron en el umbral de la cocina.
El silencio que se instaló entonces era distinto: más amplio, más lleno.
Diego giró la cabeza hacia ella. Daniela le sostuvo la mirada. La luz de la lámpara del techo les caía encima, cálida y amarillenta. Él todavía tenía un resto de romero en el dorso de la mano. Ella podía olerlo.
—Doce años —dijo Diego, apenas un susurro.
—Doce años —confirmó Daniela.
Ninguno de los dos añadió nada más.
No hacía falta.
En el salón, Sofía pasó otra página.
Fuera, Madrid seguía su curso nocturno: un coche lejano, el viento moviendo las hojas de los árboles del paseo, el murmullo constante de una ciudad que nunca terminaba del todo.
Dentro, en la cocina todavía húmeda y olorosa a limón y a cena casera, dos adultos se miraron un segundo más. Luego Diego levantó una mano y le rozó a Daniela la muñeca con los dedos, un contacto mínimo, casi distraído. Ella no se apartó.
Se quedaron así un rato, escuchando el roce de las páginas en el salón y el silencio cómodo de una casa que, por fin, sonaba exactamente como debía sonar un sábado por la noche.
Sin urgencia.
Sin explicaciones de más.
Solo el peso ligero y real de las cosas que se habían dicho… y de las que, por primera vez, ya no hacía falta decir.
Un mes después del acuerdo, Claudia mandó un correo.
A Daniela, no a Diego.
Sin asunto. Tres líneas:
El abogado tiene una propuesta para los seis meses. Una sociedad estratégica en lugar de una adquisición. Sin control. Sin asiento en el consejo. Participación minoritaria como socio financiero.
Si Diego quiere, que llame.
Si no quiere, también es una respuesta.
Daniela lo leyó dos veces.
Lo reenvió a Diego con una sola línea: Llegó esto.
La respuesta de Diego llegó en cuatro minutos.
Lo leo. Esta tarde.
Y luego, media hora después:
¿Qué piensas tú?
Daniela lo pensó.
Pienso que Claudia cumplió lo que dijo que haría. Y que una sociedad estratégica es diferente a una adquisición.
¿Es algo que conviene?
No lo sé. Depende de lo que la empresa necesite en los próximos cinco años. —Pausa.— Y de si confías en el criterio de Claudia sobre lo que la empresa necesita.
Diego tardó diez minutos en responder. Daniela supo que estaba pensando, no que no estaba.
No todavía. Pero quizás en seis meses.
¿Le dices eso?
Sí.
Y le dijo eso a Claudia. Sin más. Sin la hostilidad de lo que había pasado ni la calidez de lo que podría pasar.
Claudia respondió en una hora.
De acuerdo. En seis meses.
Y eso fue todo.
Por ahora.
El viernes de esa semana, en el sofá de Salamanca con el café y Madrid afuera y Sofía en Barcelona con sus cosas, Diego le hizo la pregunta.
No la del trabajo.
No sobre Claudia ni la empresa ni los consejeros.
La otra.
—Daniela.
—¿Sí?
—Vértice está en Salamanca. —Pausa.
Daniela lo miró.
—Sí.
—Siete minutos.
—Sí.
—¿Lo elegiste por eso?
Daniela lo miró durante un momento.
—Sí y no. —Una pausa.— Isabel tenía el despacho disponible y el barrio era correcto. —Otra pausa.— Y sí.
Diego la miró.
—¿Cuándo lo decidiste?
—Cuando Rodrigo me mandó la dirección de tu casa para la reunión del jueves. —Pausa.— Calculé la distancia en el metro.
—Tres semanas antes de la reunión.
—Sí.
Diego procesó.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque no había nada que decir todavía. —Daniela lo miró.— Y porque decirlo antes de saber si había algo que construir habría sido apresurar algo que necesitaba ir a su ritmo.
Diego asintió.
—¿Y ahora?
—Ahora ya hay algo que construir. —Daniela lo miró directamente.— Y ya no importa si lo elegí conscientemente o no. Lo que importa es que estoy a siete minutos.
Diego la miró.
—¿Te quedas?
No era una pregunta sobre esta noche.
Era la pregunta sobre la dirección.
Daniela lo miró.
—Ya me quedé —dijo.— Hace semanas. Meses. —Pausa.— La pregunta que me haces ya tiene respuesta, Diego.
Diego la miró durante un momento.
—Sí —dijo.— Lo sé.
—Entonces ¿por qué la haces?
—Porque quería oírla de ti. —La misma respuesta de siempre, la del despacho de la quinta planta cuando le había pedido que dijera en voz alta lo que sentía.— No inferirla. No deducirla. Oírla.
Daniela lo miró.
—Me quedé —dijo Daniela.— Y no me voy.
Diego asintió.
Sin drama. Sin el peso de todo lo que había costado llegar aquí.
Solo el asentimiento tranquilo de alguien que ha recibido lo que esperaba y que esperarlo era ya en sí mismo algo que no habría podido hacer un año atrás.
La besó.
Brevemente. Con la mano en su mejilla, el pulgar en el pómulo, el gesto que había sido el primero que había habido y que seguía siendo el más suyo de todos.
Cuando se separó Daniela tenía los ojos en los de él.
—Diego.
—¿Sí?
—Las preguntas que dijiste que harías cuando tuvieras las respuestas.
—Sí.
—¿Hay alguna más?
Diego la miró.
—Una.
—¿Cuál?
—Todavía no tengo la respuesta del todo. —Una pausa.— Pero casi.
—¿Cuándo la tendrás?
—Pronto.
Daniela lo miró.
—¿Me la dices cuando la tengas?
—Sí.
—De acuerdo.
Se quedaron en el sofá con el café y Madrid afuera y la noche entera por delante.
Sin urgencia.
Sin nada que resolver esta noche.
Solo la pregunta que todavía no tenía respuesta del todo.
Que existía.
Que pronto la tendría.
Y que mientras tanto, los dos sabían que existía y que eso era suficiente para seguir construyendo en la misma dirección.
Esa noche, más tarde, en la habitación con el techo alto y las luces apagadas y Madrid afuera, Diego dijo algo que no había dicho antes.
No en voz alta. No de la manera que las palabras se dicen cuando hay luz y hay contexto y hay la posibilidad de analizarlas.
Lo dijo en la oscuridad, despacio, con la voz de los espacios entre una cosa y otra.
—Te quiero.
Daniela lo oyó.
No respondió de inmediato.
No porque no supiera qué decir. Sino porque las palabras correctas necesitaban el momento correcto y el momento correcto era este: la oscuridad y el silencio y Diego que había dicho algo que no decía nunca porque nunca antes había sabido que podía.
—Yo también —dijo Daniela.
Diego no dijo nada más.
No hacía falta.
Era suficiente.
Más que suficiente.
Era todo.
Y esta vez, a diferencia de otras veces que habían llegado a algo que parecía todo, no había una razón para que terminara.
No había Morales ni Claudia ni votación ni dimisión.
Solo la oscuridad y Madrid afuera y dos personas que habían llegado al mismo sitio por caminos que no habían sido directos pero que habían sido exactamente los correctos para llegar aquí.
Daniela cerró los ojos.
Durmió bien.
Diego también.