Capítulo 20
El lunes de la semana siguiente llegó con un mensaje de Rodrigo a las siete cuarenta y ocho.
Llámame cuando puedas. Antes de entrar a la oficina.
Daniela lo leyó en el metro. La puntualidad de Rodrigo con los mensajes era siempre informativa: si podía esperar, esperaba al correo. Si mandaba mensaje temprano, no podía esperar.
Llamó antes de bajar en su parada.
—¿Qué pasó? —dijo.
—Los documentos de las posiciones cortas —dijo Rodrigo.— El abogado que estaba siguiendo el rastro del fondo encontró algo esta mañana.
Daniela se quedó quieta en el vagón.
—¿Qué encontró?
—La estructura del fondo tiene una capa más de la que vimos. —Rodrigo habló despacio.— Por debajo del fondo luxemburgués hay otra estructura. Un fondo en las Islas Caimán registrado hace cuatro años.
—¿Y?
—Y el beneficiario final de ese fondo no es Claudia Vega.
Daniela procesó.
—¿Quién es?
Rodrigo tardó dos segundos.
—Morales.
El metro llegó a la parada. Las puertas se abrieron. Daniela no se movió.
—¿Morales financió las posiciones cortas?
—Indirectamente. A través de dos estructuras. —Rodrigo habló con la precisión de quien ha repasado los números tres veces antes de llamar.— Claudia era la intermediaria visible. Morales era el capital detrás.
—¿Sabe Diego?
—Todavía no. —Pausa.— Por eso te llamo a ti primero.
Daniela salió del vagón antes de que las puertas cerraran.
Subió las escaleras del metro.
Pensó.
Morales.
No solo el consejero que quería control. No solo el hombre que había construido doce años de posición en el consejo.
El hombre que había apostado dinero a que la empresa de Diego bajaría.
Que había ganado dinero cuando la votación de marzo del año pasado había deprimido las acciones.
Que había usado a Claudia como cara visible mientras él era el capital invisible.
—Rodrigo. —Daniela se detuvo en la acera.— ¿Las pruebas son suficientes para la CNMV?
—El abogado dice que sí. Con la estructura de los dos fondos y el timing, hay base para una investigación formal.
—¿Morales lo sabe?
—No lo sabe todavía. —Pausa.— Daniela. El acuerdo con Claudia era que las posiciones cortas no llegaban a ningún regulador en seis meses. Pero ese acuerdo era sobre las posiciones cortas de Claudia. No de Morales.
Daniela procesó esa distinción.
Era exacta. El acuerdo había sido específico: las posiciones cortas de CV Capital Partners. No decía nada sobre lo que hubiera detrás de CV Capital Partners.
—Rodrigo. Antes de hacer nada, Diego tiene que saber.
—Sí. —Pausa.— Pero hay algo más.
Daniela esperó.
—Si Morales sabe que encontramos la segunda capa, puede moverse. Tiene acciones. Tiene contactos. —Rodrigo habló despacio.— Y tiene a Claudia, que técnicamente cumplió el acuerdo con Daniela pero que ahora es la intermediaria de alguien que no está cubierto por ese acuerdo.
—¿Crees que Claudia lo sabe? ¿Que Morales era el capital detrás?
—No lo sé. —Pausa.— Eso es lo que más me preocupa.
Daniela miró la calle de Salamanca.
Ocho y cuarenta y dos de la mañana. Vértice a tres minutos andando. La casa de Diego a siete.
—Dame dos horas —dijo Daniela.— No hagas nada todavía.
—De acuerdo. Dos horas.
Colgó.
Fue a Vértice.
Se sentó en su despacho.
Pensó.
El problema no era Morales. El problema era el orden en que se decían las cosas y quién se movía primero.
Si Diego lo sabía y se movía contra Morales antes de que las pruebas estuvieran formalizadas con la CNMV, Morales podía cubrir rastros a través de Claudia.
Si la CNMV lo recibía antes de que Diego lo supiera, Diego quedaría como alguien que había presentado una denuncia a través de terceros sin informarle.
Y si Claudia lo sabía antes que nadie, el acuerdo de seis meses se complicaba de maneras que todavía no eran predecibles.
El orden correcto era Diego primero.
Siempre Diego primero.
Pero con las pruebas completas. No con la hipótesis.
—¿Cuándo estará la documentación formalizada? —mandó por mensaje a Rodrigo.
La respuesta llegó en dos minutos: Esta tarde. El abogado puede tenerlo todo en un documento antes de las cinco.
Entonces esta tarde. No antes.
De acuerdo.
Daniela abrió el ordenador.
Trabajó.
O intentó trabajar: el cliente de Sinergia y el correo del de renovables y la reunión de las once con Isabel que era sobre algo completamente diferente a todo esto.
Pero el pensamiento seguía ahí.
Morales.
Detrás de Claudia.
Durante todo este tiempo.
A las nueve y cuarto, Morales llamó a Diego.
Diego lo cogió porque siempre cogía las llamadas de los consejeros aunque no tuviera ganas de hacerlo.
—Diego. —La voz de Morales, con algo diferente debajo.— Hay algo que necesitas saber.
—Te escucho.
—El fondo que estaba detrás de Monreal. Las posiciones cortas. —Pausa.— El abogado de Rodrigo está siguiendo el rastro del fondo.
Diego no respondió de inmediato.
—¿Cómo sabes lo que está haciendo el abogado de Rodrigo?
Silencio de dos segundos.
—Porque tengo contactos en el sector que me informan cuando alguien hace preguntas sobre estructuras de fondos en Luxemburgo. —Morales habló despacio.— Diego. Antes de que lleguen a la segunda capa, necesito que sepas algo.
—¿Qué segunda capa?
—La que encontrarán esta mañana si siguen buscando. —Una pausa.— Mi nombre aparece como beneficiario indirecto de ese fondo.
El despacho de la séptima planta. Madrid afuera. Diego de pie junto a la ventana.
—¿Eres el capital detrás de Claudia.
—Fui el capital detrás de la oferta de 2021. Cuando la oferta falló, Claudia propuso la segunda estrategia. Yo la financié. —Morales habló con la calma específica de alguien que ha decidido que la verdad es más útil que la mentira a estas alturas.— Sin saber exactamente los métodos que usaría.
—¿Las posiciones cortas?
—Las posiciones cortas no las ordené yo. Las ordenó Claudia usando mi capital a través de la estructura. —Pausa.— No sabía el detalle. Pero el dinero era mío.
Diego no respondió.
—¿Por qué me lo dices ahora? —dijo al final.
—Porque es mejor que lo sepas de mí antes de que llegue de otro lado. —Morales habló despacio.— Y porque lo que hice tiene consecuencias que puedo aceptar mejor si las negocio yo que si me las imponen.
—¿Qué tipo de negociación propones?
—Que retiro mis cinco votos del consejo de forma ordenada. Con el tiempo correcto para que la empresa no experimente inestabilidad. —Pausa.— Y que el asunto de las posiciones cortas se gestiona con discreción. Sin CNMV si es posible.
Diego miró Madrid.
—¿Y Claudia?
—Claudia es responsable de las decisiones que tomó con mi capital. —Morales habló sin suavizar.— Lo que pase con ella no es mi negociación.
Diego procesó.
—Necesito tiempo para pensar —dijo.
—Tienes hasta esta tarde. —Una pausa.— Diego. Llevo doce años en esta empresa. Lo que hice no fue correcto. Pero tampoco fue solo codicia. —Otra pausa.— Pensé que la empresa necesitaba una dirección diferente.
—Estabas equivocado.
—Sí. —Morales habló sin defensiva.— Lo sé ahora. Quizás lo sabía antes y tardé en admitirlo. —Pausa.— Lo que propongo es la manera más limpia de salir de esto para todos.
Colgó.
Diego se quedó junto a la ventana con el teléfono en la mano.
Luego llamó a Rodrigo.
Y a los cinco minutos, cuando Rodrigo le confirmó que el abogado había encontrado la segunda capa esa mañana, Diego ya lo sabía.
Porque Morales se lo había dicho él mismo.
Lo que Diego no supo era que Daniela también lo sabía.
Y que los dos tenían la información.
Separados.
Sin saberlo el uno del otro todavía.
A la una y cuarto Daniela llamó a Diego.
—¿Tienes tiempo esta tarde? —dijo.
—Sí. ¿Qué pasa?
—Rodrigo encontró algo esta mañana. Los documentos de las posiciones cortas. —Daniela habló despacio.— Hay una segunda capa. El beneficiario final no es Claudia.
Silencio de dos segundos.
—¿Qué beneficiario encontró Rodrigo? —dijo Diego.
Y en su voz había algo que no era sorpresa.
Daniela lo notó.
—Diego. —Pausa.— ¿Ya lo sabes?
—Desde las nueve y cuarto. —Su voz, quieta.— Morales me llamó.
Daniela procesó.
—Morales te llamó a ti.
—Sí.
—Y Rodrigo me llamó a mí.
—Sí.
—Y ninguno de los dos le dijo al otro esta mañana.
—Yo iba a llamarte esta tarde cuando tuviera los documentos formalizados. —Diego habló despacio.— ¿Tú?
—También esperaba los documentos. Rodrigo dijo que estarían antes de las cinco.
Silencio.
El tipo de silencio que no era incómodo sino que era el espacio donde cada uno procesaba que habían llegado al mismo sitio por caminos paralelos y que el paralelo había durado más de lo que debería.
—Daniela —dijo Diego.
—Ya sé.
—¿Qué sabes?
—Que deberíamos haber llamado antes. —Pausa.— Los dos.
—Sí.
—¿Por qué no lo hiciste?
Diego tardó.
—Porque Morales me lo dijo él. No los documentos primero. Él primero. Y necesitaba procesar qué hacía con eso antes de darte información incompleta.
—¿Y si los documentos hubieran llegado primero a través de Rodrigo?
—Te habría llamado antes.
—¿Sin esperar a tener los documentos formalizados?
Diego no respondió de inmediato.
Era la pregunta honesta. La que señalaba el patrón: Diego esperando a tener la información completa antes de compartirla. El mismo patrón de los meses anteriores. El que habían acordado no usar.
—No —dijo Diego al final.— Probablemente habría esperado a los documentos.
—Sí. —Daniela lo miró aunque no pudiera verla.— Yo también.
Otro silencio.
—¿Qué hacemos con eso? —dijo Diego.
—Lo reconocemos y no lo repetimos. —Pausa.— Esta tarde, con los documentos y todo lo que hay, juntamos lo que sabemos cada uno y decidimos juntos.
—Sí.
—¿A qué hora?
—Las cinco en mi despacho.
—A las cinco.
Colgó.
Daniela se quedó en Vértice con el teléfono en la mano.
Habían llegado al mismo sitio por caminos paralelos.
Y eso era exactamente el problema que tenían que resolver.
No Morales.
No Claudia.
El patrón de los dos de esperar a tener la información completa antes de compartirla.
Que era cuidado, sí.
Pero que en la práctica creaba exactamente los huecos que habían acordado no dejar.
Daniela abrió el portátil.
Trabajó hasta las cuatro.
Y a las cinco estuvo en la séptima planta.
Diego estaba en su silla cuando Daniela entró.
Daniela se sentó frente a él.