Mi Billionaire (Santaolalla nº 2) Capítulo 19
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Capítulo 19

El miércoles fue el primer día ordinario.

Daniela llegó a Vértice a las ocho y media con el café y sin nada urgente esperando. Trabajó en el cliente de energía renovable. Habló con Isabel sobre la reunión de Sinergia la semana siguiente. Respondió correos. Hizo una llamada.

A las doce y cuarto llegó un mensaje de Diego.

¿Comes?

Daniela miró el teléfono.

¿Dónde?

El italiano de Chueca si tienes tiempo.

Daniela miró el calendario. Nada hasta las tres.

En veinte minutos.

Bien.

El italiano de Chueca a mediodía de miércoles era diferente a las noches de semana: más tranquilo, con la luz natural entrando por las ventanas y el ruido de fondo de la hora de comer que era más relajado que el de la cena.

Diego ya estaba cuando Daniela llegó. Mesa de siempre, fondo del restaurante, sin corbata hoy porque era el día después de algo importante y los días después de algo importante merecían el jersey oscuro y no el traje.

La vio entrar.

Algo en su cara, breve.

Daniela se sentó.

—Hola —dijo.

—Hola. —Diego le pasó el menú.— ¿Cómo está la mañana?

—Normal. El primer día normal en semanas.

—¿Cómo se siente?

—Raro al principio. —Daniela miró el menú.— Y luego bien. Del tipo que uno olvida que era posible hasta que vuelve.

Diego asintió.

Pidieron. Llegó el vino. El camarero que los conocía ya por el pedido habitual los dejó en paz con la eficiencia de los sitios que han aprendido cuándo sobran.

—¿Cómo está la mañana tuya? —dijo Daniela.

—Bien también. —Diego bebió.— Rodrigo con los números del trimestre. Una reunión con el equipo de infraestructuras. —Pausa.— Nada urgente.

—¿Te pesa eso?

Diego la miró.

—¿Qué pese?

—Que no haya urgencia. —Daniela lo miró directamente.— Sé que el trabajo es donde estás más cómodo.

Diego lo procesó.

—Antes sí pesaba. —Pausa.— El trabajo llenaba el espacio donde deberían haber habido otras cosas. Y cuando no había urgencia el espacio aparecía y no sabía qué hacer con él.

—¿Y ahora?

—Ahora sé más lo que hay en el espacio. —La miró.— Eso cambia la relación con la urgencia.

Daniela lo miró.

Era una de las cosas que Diego decía de vez en cuando: frases que parecían sobre el trabajo y eran sobre todo lo demás. O que eran sobre todo a la vez, sin separación, porque para él las dos cosas nunca habían estado tan separadas como la gente solía creer.

—¿Qué hay en el espacio? —dijo Daniela.

Diego la miró directamente.

—Tú, en parte. —Pausa.— Sofía. —Otra pausa.— Las preguntas que dije anoche que haría cuando tuviera las respuestas.

—¿Las tienes?

—Algunas. —La miró.— Las que importan más las tengo.

Daniela esperó.

Diego la miraba con la expresión más limpia, la de las capas quitadas. La que existía cuando había decidido decir algo y lo estaba diciendo.

—Daniela. —Su voz, quieta.— Lo que hay entre nosotros.

—¿Sí?

—No quiero que tenga fecha de caducidad. —Pausa.— Ni implícita ni explícita.

Daniela lo miró.

—¿Hay algo que lo amenace?

—No ahora. —Pausa.— Pero hay cosas que se asumen sin decirse y que después resultan que se asumieron de maneras distintas. —La miró.— No quiero eso.

—¿Qué quieres?

—Que lo que construyamos sea explícito. —Diego habló despacio, con la precisión de siempre.— No en términos formales. En términos de dirección. De que los dos vamos hacia el mismo sitio aunque no sepamos exactamente cómo llegar.

Daniela lo procesó.

Era la conversación que Diego llevaba semanas acercándose y alejándose. No con cobardía: con el cuidado de alguien que sabe que las palabras cambian las cosas y quiere que cambien de la manera correcta.

—¿Adónde quieres ir tú? —dijo Daniela.

—Contigo. —Una pausa.— En el sentido concreto y no solo el poético. —Otra pausa.— Sofía. La empresa. Esta ciudad. Las cosas que construyo y las que construyes tú. —La miró.— Quiero que sean en el mismo sitio en lugar de en sitios paralelos.

Daniela lo miró.

Era mucho. Lo sabía. Era Diego diciéndole que quería que sus vidas convergieran y no solo se rozaran.

Que no fuera tú por allá y yo por aquí y nos vemos los martes y los sábados con Sofía.

Que fuera algo más que eso.

—Diego —dijo Daniela.

—Sé que es pronto para ciertas conversaciones —dijo él antes de que ella continuara.— No te estoy pidiendo que decidas nada hoy. —Pausa.— Te estoy diciendo cuál es mi dirección para que sepas que existe y que es real.

Daniela lo miró durante un momento.

Pensó en la madre y la farmacia y quedarse es el principio de desaparecer. Pensó en que esa era la creencia de cuando tenía veintidós años y había pasado mucho tiempo desde los veintidós años.

Pensó en el techo alto de la habitación de Diego que no tenía respuestas pero tampoco las necesitaba dar.

Pensó en sigo aquí dicho cinco veces, la última sin contexto porque era simplemente el estado de las cosas.

—Mi dirección —dijo Daniela— es la misma. —Una pausa.— No sé el mapa todavía. Pero la dirección sí.

Diego la miró.

—¿Estás segura?

—Completamente.

La misma respuesta que él daba siempre. Devuelta.

Algo cruzó la cara de Diego. Rápido, más que lo habitual. El momento en que algo que ha estado contenido encuentra espacio para moverse.

No lo mostró más que eso.

Pero Daniela lo vio.

Y era suficiente.

Llegó la comida.

Comieron.

Hablaron de Sinergia y del cliente de renovables y de si Sofía iba a aceptar ir a Santander en verano o si tendría cosas que la retuvieran en Barcelona.

Nada urgente.

Nada que resolver.

Solo el mediodía de miércoles en el italiano de Chueca y la dirección acordada sin mapa todavía.

Que era exactamente suficiente.

Las dos semanas siguientes fueron de trabajo real y sin presión externa.

Daniela empezó el encargo de Sinergia Infraestructuras.

Era un trabajo interesante: una empresa sólida con una comunicación que había sido funcional durante años pero que necesitaba evolucionar.

El tipo de proyecto que Daniela hacía bien porque requería ver el contorno de lo que no estaba y construir hacia eso.

Isabel la dejaba trabajar con la autonomía que había prometido desde el principio.

El cliente de energía renovable avanzaba: tres reuniones en dos semanas, una estrategia tomando forma, el tipo de momentum que produce el trabajo bien hecho.

Vértice crecía.

No dramáticamente. Con la solidez discreta de algo que se construye bien.

Diego tenía la empresa de vuelta en sus manos operativamente y las reuniones del comité ejecutivo sin Monreal y sin la presión de Morales en cada decisión. No fácil: Morales seguía siendo Morales. Pero diferente.

Más espacio para construir.

Los seis meses de Claudia avanzaban sin incidentes.

Los sábados con Sofía se convirtieron, simplemente, en sábados con Sofía.

No todos. Algunos fines de semana ella prefería quedarse en Barcelona.

Tenía un grupo de amigos que se reunía en el parque o en casa de alguien, y algo —o alguien— que tenía todo el aspecto de un chico de trece años, aunque Sofía no lo hubiera confirmado todavía.

Diego lo había deducido por la forma en que ella miraba el teléfono a ciertas horas y por el leve cambio en su voz cuando hablaba de “los planes del sábado”.

Sofía sabía que él lo sabía. Ninguno de los dos lo había nombrado.

Era exactamente la dinámica correcta para las cosas que todavía necesitaban tiempo.

Los sábados que sí venía a Madrid, Daniela estaba.

A veces llegaba con una tarta de chocolate todavía tibia, el olor a cacao y mantequilla llenándole las manos.

Otras veces traía un libro subrayado que pensaba que a Sofía le podía gustar.

Y otras, simplemente llegaba. Sin nada en las manos excepto las llaves que Diego le había dado semanas atrás.

Porque eso era, al final, lo que Sofía había pedido aunque nunca lo hubiera dicho con esas palabras exactas: que estuviera.

Esa noche, tres semanas después de la votación del consejo, la casa olía a pollo asado con limón y romero. Habían cenado temprano. El sol de finales de marzo todavía dejaba un resto de luz dorada sobre los tejados de Salamanca cuando Sofía se levantó a recoger la mesa.

—Yo friego —anunció, ya de camino a la cocina.

Diego abrió la boca para protestar, pero Daniela le tocó el brazo con suavidad y negó con la cabeza. Dejaron que lo hiciera.

La cocina se llenó del sonido del agua corriendo, del roce de la esponja contra la cerámica, del leve tintineo de los cubiertos al dejarse en el escurridor.

Daniela y Diego se quedaron en el marco de la puerta, uno al lado del otro, mirándola.

Sofía tenía el pelo recogido en una coleta alta y desordenada.

Llevaba una camiseta oversized de alguna banda que Diego no conocía y calcetines desparejados.

Fregaba con una eficiencia sorprendente para alguien de doce años: sin chapotear, sin dejar restos, con esa concentración seria que ponía en casi todo lo que hacía.

—Mi amiga Lucía tiene padres divorciados —dijo de pronto, sin girarse. La voz le salió casual, como si estuviera comentando el tiempo—. Su madre tiene novio y su padre no tiene a nadie. A Lucía le parece bien la situación del novio.

El agua siguió corriendo.

Diego no dijo nada.

Daniela tampoco.

Sofía cogió otro plato. Lo enjabonó con movimientos precisos. El olor a limón del detergente se mezcló con el residual del romero de la cena.

—Lo digo porque la gente piensa que los hijos de divorciados prefieren que sus padres estén solos. —Hizo una pausa. El plato quedó limpio bajo el chorro de agua—. No es verdad necesariamente.

Daniela se apoyó un poco más en el marco de la puerta. El suelo de madera estaba caliente bajo sus pies descalzos. Desde el salón llegaba el tic-tac suave del reloj de pared.

—¿Lucía te lo dijo? —preguntó en voz baja.

—Lo deduje de cómo habla de la situación. —Sofía dejó el plato en el escurridor y cogió el siguiente—. Soy deductiva.

—Ya lo sabemos —dijo Diego. La voz le salió más suave de lo habitual.

—Bien. —Sofía terminó el último plato, cerró el grifo y se secó las manos con el trapo de cocina de rayas grises—. Lo digo porque a veces la gente no lo dice aunque sea verdad… y luego resulta que podría haberse dicho antes.