Mi Billionaire (Santaolalla nº 2) Capítulo 18
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Capítulo 18

El martes de la votación llegó con el cielo limpio de Madrid en marzo, que era el tipo de día que no tenía opinión sobre lo que iba a pasar.

Daniela lo notó desde la ventana de su piso a las siete menos cuarto. Cielo azul sin nubes. Sol que todavía no calentaba del todo pero que prometía. El tipo de mañana que en otra semana habría sido solo meteorología.

Se duchó. Se vistió. Hizo café.

A las ocho llegó un mensaje de Diego.

Reunión del consejo a las diez. Te llamo cuando salga.

Daniela respondió: Aquí estoy.

Tres minutos después: Gracias.

Daniela miró el teléfono.

Diego no daba las gracias sin motivo. Cuando lo hacía era por algo específico. Esta vez era por aquí estoy, que era exactamente lo que llevaba meses siendo verdad aunque esta mañana, con la votación en dos horas, tuviera un peso diferente.

Dejó el teléfono sobre la mesa.

Fue a Vértice.

Trabajó.

No con la concentración dividida de las últimas semanas. Con la concentración específica de alguien que tiene algo esperando y ha decidido que la mejor manera de esperar es hacer otra cosa bien mientras tanto.

Isabel asomó a las nueve y media.

—¿Hoy es el día?

—A las diez.

—¿Necesitas algo?

—No. —Pausa.— Gracias.

Isabel asintió y desapareció.

Daniela siguió trabajando.

A las diez y cuatro minutos imaginó la sala de reuniones del consejo de Santaolalla Group. La mesa grande. Los doce consejeros. Diego en su silla, con la corbata del martes importante y la calma que construía a propósito sobre lo que sentía debajo.

Morales en la suya, con doce años de trabajo y la mañana en que había calculado que no tenía los votos.

Los tres independientes. El primero que había leído el análisis tres veces. El segundo con sus preguntas sobre las posiciones cortas. El tercero que había dicho que Daniela tenía criterio real y no solo posición.

Cuatro de Diego más tres independientes.

Siete de doce.

Mayoría simple.

La llamada llegó a las doce y veintidós.

Daniela cogió antes del segundo tono.

—Diego.

—Daniela.

Su voz. La misma que siempre. Sin el peso de las semanas anteriores.

—¿Cómo fue?

—Siete votos —dijo Diego.

Daniela soltó el aire.

—El contrato se renueva.

—Sí. —Una pausa.— Con las condiciones originales. Sin las modificaciones que Morales había propuesto.

—¿Cómo reaccionó Morales?

—Con la calma de alguien que ha perdido una batalla y está calculando si la guerra tiene sentido. —Pausa.— Creo que no la tiene. No con los votos que tiene ahora.

—¿Qué significa para él en el consejo?

—Sigue siendo consejero. Sigue teniendo sus cinco votos. —Diego habló despacio.— Pero sin mayoría, el consejo es diferente. Su posición es diferente.

—¿Lo acepta?

—Morales lleva doce años en empresas. Sabe cuándo una posición se sostiene y cuándo no. —Pausa.— Lo acepta porque es lo que hay.

Daniela lo procesó.

—¿Cómo estás?

Diego tardó.

—Bien. —Pausa.— Del tipo de bien que produce haber llegado al otro lado de algo que estuvo a punto de no tener otro lado.

—¿Cuándo lo sintiste por primera vez?

—¿El qué?

—Que podía no tener otro lado.

Diego procesó.

—Cuando el consejo votó en marzo del año pasado. —Pausa.— Cuando perdí el control operativo y presentaste tu dimisión el mismo día.

Daniela escuchó.

—Eso fue el momento más difícil —dijo Diego.— No la votación. Lo que vino después.

—¿Por qué?

—Porque la votación era un problema con solución. —Pausa.— Lo que vino después era la posibilidad de que la solución costara algo que no quería que costara.

Daniela lo entendió.

—Que yo me fuera.

—Sí.

—Pero no me fui.

—No. —Una pausa larga.— Y eso, Daniela, es lo que hace que el martes de hoy sea diferente a todos los demás martes.

El despacho de Vértice. El sol de marzo entrando por la ventana. Madrid afuera.

Daniela miró el teléfono un momento.

—Diego.

—¿Sí?

—Esta noche.

—Esta noche. —Pausa.— ¿Postre?

—Postre.

—¿Qué tipo?

—El que quieras tú.

Silencio de tres segundos.

—Tarta de manzana —dijo Diego.— Si la encuentras.

—La encuentro.

—A las ocho.

—A las ocho.

Colgó.

Daniela dejó el teléfono sobre la mesa.

Miró la pantalla del ordenador con el trabajo a medias.

Luego miró la ventana.

El cielo azul seguía igual. Sin opinión sobre lo que había pasado. Madrid completamente indiferente a la votación de un consejo en un edificio de diecisiete plantas.

Pero aquí, en este despacho de Vértice en el barrio de Salamanca a siete minutos de la casa de Diego, había algo que era diferente a las ocho de la mañana.

No dramáticamente.

Pero diferente.

La semana siguiente tendría el primer día sin urgencia real de los últimos tres meses.

Y el día después también.

Y así.

Hasta que los días sin urgencia fueran simplemente días.

Daniela volvió al trabajo.

Le quedaban seis horas antes de las ocho.

Más que suficiente.

La pastelería de la calle Serrano no tenía tarta de manzana.

Tenía tarta de manzana con canela y crema, que la dependienta le informó que era básicamente lo mismo pero mejor, y Daniela la compró sin discutirlo porque la dependienta probablemente tenía razón.

Llegó a la casa de Diego a las ocho menos tres.

Diego abrió antes de llamar, otra vez.

Miró la caja.

—¿Manzana?

—Manzana con canela y crema. La dependienta dice que es mejor.

—¿Lo es?

—No lo sé todavía.

Diego le quitó la caja y fue a la cocina.

Daniela entró. Colgó el abrigo. Fue al salón.

La mesa tenía dos copas con vino ya servido. El sofá con los cojines en el orden específico de cuando Diego había estado en casa un rato antes. Las luces bajas.

Nada de esto era nuevo.

Pero tenía una textura diferente esta noche.

La textura de después de algo.

Diego volvió del salón sin la caja.

—¿La dejaste en la nevera? —dijo Daniela.

—Para después de cenar.

—¿Qué cenamos?

—Hay cosas. —Diego fue a por las copas.— Nada que tardó noventa minutos.

Daniela lo miró.

—¿Improvisado?

—Improvisado.

—¿Por qué?

—Porque hoy no tenía energía para noventa minutos y quería que cuando llegaras la cena ya estuviera. —Diego le dio la copa.— Hay queso y embutido y pan. Y algo que Carmen dejó el lunes que es probablemente algo cocinado.

—¿No sabes qué es?

—Está en un recipiente de cristal. Marrón. —Pausa.— No abrí.

Daniela lo miró.

—¿Por qué no abriste?

—Porque Carmen pone nombres en los recipientes pero en letra muy pequeña y esta tarde no tenía las gafas.

Daniela se mordió el interior de la mejilla.

—¿Tienes gafas?

—Para leer. No siempre las llevo. —Diego la miró con la expresión de alguien que ha dicho algo que no pretendía decir y ha decidido no retirarlo.— Es información nueva.

—Ya. —Daniela bebió vino.— ¿De cuándo?

—Desde los cuarenta. —Pausa.— Sofía dice que debería llevarlas siempre. Que es inaceptable no poder leer la letra de Carmen.

Daniela lo miró.

—¿Y tú?

—Y yo las llevo cuando las necesito.

—¿Cuándo las necesitas?

—Cuando la letra es muy pequeña. —Pausa.— O cuando quiero leer algo bien.

Daniela lo miró durante un momento.

—Diego.

—¿Sí?

—¿Traes las gafas cuando lees mis análisis?

Silencio de dos segundos.

—Sí.

Daniela no dijo nada.

Fue a la cocina. Cogió el recipiente de Carmen. Lo miró. La letra pequeña en el lado decía: Estofado de ternera. Martes o miércoles.

—Estofado de ternera —dijo Daniela desde la cocina.

—¿Eso es bueno?

—Carmen hace el estofado bien según tu historial de recipientes en la nevera. —Daniela lo abrió.— Lo caliento.

Diego fue a la cocina. Se quedó en el umbral mirándola buscar una olla.

—El armario de la derecha —dijo.

Daniela abrió el de la derecha. Había tres ollas.

—¿Cuál?

—La del medio. —Pausa.— La pequeña hierve demasiado rápido y la grande es excesiva para dos.

Daniela cogió la del medio.

Diego la miraba con la expresión quieta de siempre y con algo más añadido que esta noche tenía una calidad específica, la de alguien que observa algo que le importa y lo deja ser sin necesitar que cambie.

—Diego —dijo Daniela sin girarse.

—¿Sí?

—Hoy fue importante.

—Sí.

—¿Cómo de importante?

—Del tipo que cambia algunas cosas. —Pausa.— No todo. Algunas.

—¿Qué cambia?

Diego tardó.

—El peso de mañana. —Otra pausa.— El tipo de trabajo que hay que hacer en los próximos meses. —Una pausa más larga.— Y algunas preguntas que llevaba tiempo sin poder hacerme porque la urgencia no dejaba espacio.

Daniela lo miró de perfil.

—¿Qué preguntas?

—Las que no son sobre el trabajo.

Daniela esperó.

—¿Las haces ahora o las haces después?

—Las hago cuando tenga las respuestas. —La voz de Diego, quieta.— No antes.

Daniela asintió.

Puso el estofado en la olla.

Encendió el fuego.

Fuego bajo, como la salsa de tomate. Suficiente para que algo pase. No tanto para que pase rápido.

Trabajaron los dos en la cocina con el estofado y el pan y el queso, en el silencio compartido que ya era suyo, el que no necesitaba llenarse porque era completo solo.

Cenaron en la mesa del comedor.

Hablaron de cosas que no eran el trabajo.

De la empresa de Sinergia y el cliente nuevo de energía renovable.

De Sofía y el libro y las decisiones difíciles por razones complicadas.

De los veranos de Diego en Santander de niño, que eran lo más lejos que había estado del trabajo durante años, antes de que aprendiera que el trabajo no ocupaba el espacio sino que llenaba el vacío de no saber qué hacía con los días sin estructura.

—¿Ya sabes qué hacer con ellos? —dijo Daniela.

—¿Con qué?

—Los días sin estructura.

Diego la miró.

—Más que antes. —Pausa.— Sofía ayuda. —Otra pausa.— Tú también.

Daniela lo miró.

—¿Cómo?

—Porque los días contigo tienen una estructura que no es trabajo. —Diego bebió.— Y eso es algo que todavía estoy aprendiendo pero que ya no me parece imposible.

Era la frase más larga que le había dicho sobre ellos en un contexto que no era urgente.

Sin crisis que lo forzara. Sin pregunta directa que lo provocara.

Solo él, diciéndolo porque había decidido decirlo.

Daniela lo miró.

—¿Qué tipo de estructura?

—Café a las siete y huevos revueltos. —La comisura de su boca.— Y la salsa de tomate cuando hay tiempo para noventa minutos.

—Eso es poco.

—Es el principio. —Diego la miró directamente.— El principio es suficiente cuando la dirección es correcta.

Daniela lo sostuvo la mirada.

—¿La dirección es correcta?

—Sí.

Solo eso.

La respuesta de siempre: una palabra, sin pausa, sin elaboración. Completa porque no necesitaba más.

Recogieron los platos.

La tarta de manzana con canela y crema estaba en la nevera.

Diego la sirvió.

La dependienta tenía razón: era mejor que la versión sin canela.

Daniela se lo dijo.

Diego la miró con la comisura.

—No era necesario comprobarlo.

—A mí me gusta comprobar las cosas.

—Ya lo sé. —La miró.— Por eso lo dices ahora y no mañana.

Daniela lo miró.

—¿Y?

—Y tienes razón. —Diego dejó el tenedor.— La canela mejora la manzana.

—¿Eso es todo?

—¿Qué más esperabas?

—Que dijeras que la dependienta tiene buen criterio.

—La dependienta tiene buen criterio. —La miró.— Aunque tú también lo tendrías si hubieras confiado en el original.

—El original era chocolate negro con frambuesa.

—El original era lo que Sofía pidió. —Pausa.— Tú elegiste de acuerdo a lo que yo pedí.

Daniela lo miró.

—¿Eso es lo que hice?

—¿No?

Daniela pensó en el sábado cuando le había preguntado ¿chocolate? y él había dicho chocolate, y ella había ido a Serrano a buscar la tarta de chocolate negro con frambuesa.

—Sí —dijo.— Eso es lo que hice.

Diego la miró con la expresión más limpia, la más real, la que existía cuando no había capas.

—Bien —dijo.

Y en esa palabra había algo que no era solo la tarta.

Era todo lo que la tarta representaba: que Daniela había escuchado lo que Diego quería y había ido a buscarlo. No porque tuviera que hacerlo. Porque quería que lo tuviera.

Y que Diego lo sabía.

Y que decirlo era tan simple como bien.

Esa noche Daniela se quedó.

Sin decidirlo en voz alta. Con la naturalidad de algo que ya tenía ritmo.

Y en el silencio de la habitación de Diego, con el techo alto y Madrid afuera y el martes terminado, pensó en lo que había dicho sobre las preguntas que haría cuando tuviera las respuestas.

Pensó en que quizás ella también tenía preguntas de ese tipo.

Las que no eran sobre el trabajo.

Las que necesitaban tiempo antes de poder hacerse.

Y que el tiempo, por primera vez en mucho tiempo, parecía existir.

Sin urgencia.

Sin Morales ni Claudia ni el tablero.

Solo el tiempo.

Y lo que podrían hacer con él los dos cuando las preguntas tuvieran respuestas.

Cerró los ojos.

Durmió bien.

Claudia Vega, en su despacho de CV Capital Partners, había recibido la notificación de la votación del consejo a las doce y media.

Siete votos.

Contrato renovado.

Morales sin mayoría.

Lo había leído una vez. Había dejado el teléfono sobre la mesa. Había mirado Madrid desde su ventana durante diez minutos.

Y luego había hecho algo que no había hecho en veinte años.

Había llamado a Diego directamente.

Dos tonos.

—Claudia —había dicho Diego, sin sorpresa visible en la voz.

—Diego. Vi el resultado.

—Sí.

—Enhorabuena.

Silencio de tres segundos.

—¿Para qué llamas? —había dicho Diego.

—Para decirte que los seis meses siguen. Las condiciones del acuerdo se mantienen. —Pausa.— Y para decirte algo que debería haberte dicho hace más tiempo.

—¿Qué?

Claudia había mirado Madrid.

—Lo que construiste. —Su voz, más quieta que en todas las conversaciones anteriores.— Es exactamente lo que dijiste que ibas a construir cuando teníamos veintidós años y trabajábamos en aquella constructora que hacía las cosas mal.

Diego no había respondido de inmediato.

—¿Lo creíste entonces?

—No completamente. —Claudia había tardado.— Pensé que el sector te cambiaría. Que en algún punto encontrarías el compromiso que encontraba todo el mundo. —Pausa.— Me equivoqué.

—¿Eso es lo que querías decirme?

—Eso. Y que CV Capital buscará otra empresa. —Otra pausa.— Una que quiera lo que tenemos para ofrecer.

Silencio largo.

—Claudia. —La voz de Diego.— Los seis meses. La salida limpia que prometiste.

—Existe. —Pausa.— Tendrá otra forma de la que imaginé. Pero existe.

—De acuerdo.

—Diego.

—¿Sí?

—La mujer que tienes. —Claudia había mirado su pantalla.— Negoció bien. Sin crueldad y sin ceder lo que no era suyo ceder. —Pausa.— Cuídala.

Diego había tardado.

—Ya lo hago.

—Ya lo sé. —Otra pausa.— Por eso lo digo de todas formas.

Había colgado.

Se había quedado en su despacho con la ciudad afuera y los seis meses por delante y algo que era más parecido a la resolución que al final.

Porque las cosas que habían costado algo raramente terminaban del todo.

Solo encontraban una forma diferente de existir.

Y eso, para Claudia Vega, que llevaba veinte años aprendiendo la diferencia, era suficiente por ahora.

¿Seguimos con el Capítulo 19?