Capítulo 17 #2
—Mi padre me lo enseñó y yo se lo enseñé a él y ahora él te lo enseñó a ti. —Sofía pasó una página sin mirarla.— Es una cadena de aprendizaje.
Diego miró a Daniela.
Daniela miró a Diego.
El ajo en el punto correcto. El tomate esperando. La cocina con el ruido lento de algo que se hace bien.
—Ahora —dijo Sofía sin levantar los ojos del libro.
Daniela echó el tomate.
El sonido correcto. El vapor. El olor que cambió.
—Bien —dijo Sofía.
—¿Bien bien? —dijo Daniela.
—Bien bien. —Sofía pasó otra página.— Ya lo tienes.
Diego la miró con la comisura.
Daniela removió la salsa con la cuchara de madera en la cocina de Salamanca con Madrid afuera y el sábado por la noche y la semana antes de marzo y todo lo que vendría después.
Y pensó que había cosas que se aprendían mejor haciendo.
Y que algunas se aprendían en cadena: de una persona a otra, de una mano a otra, de un sábado al siguiente.
Y que el aprendizaje más importante no era técnico.
Era saber que el punto correcto existe.
Y reconocerlo cuando llega.
El domingo por la noche, cuando Sofía ya había vuelto a Barcelona y el piso tenía el silencio específico de cuando alguien que llenaba el espacio ya no está, Diego y Daniela estaban en el sofá.
Sin trabajo encima.
Sin urgencia.
Solo el domingo y la semana que venía.
—Mañana empieza la semana de la votación —dijo Daniela.
—Sí.
—¿Cómo estás?
—Tranquilo. —Diego la miró—. Más de lo que esperaba estar.
—¿Por qué más?
—Porque la semana pasada existía y se manejó. —Una pausa—. Y porque tengo los votos y el tablero correcto… y eso es lo que hay.
—¿Y si algo cambia esta semana?
—Lo manejamos. —Su voz, directa, sin dramatismo—. Como todo lo demás.
Daniela lo miró un momento largo.
—Diego.
—¿Sí?
—Cuando la votación pase y el contrato se renueve y los seis meses de Claudia empiecen… —Hizo una pausa—. ¿Qué viene?
Diego sostuvo su mirada.
—¿Qué tipo de pregunta es esa?
—Del tipo que no es sobre el trabajo. —Daniela no apartó los ojos—. ¿Qué quieres que venga?
Diego procesó.
Lo que él hacía cuando una pregunta merecía la respuesta correcta y no la rápida.
—Tiempo —dijo al final.
—¿Qué tipo de tiempo?
—Sin urgencia. —Una pausa—. Semanas donde lo más complicado sea si Sofía viene el sábado o el domingo. —Otra pausa, más baja—. Y la salsa de tomate.
Daniela lo miró.
—¿Eso es todo?
—Y tú. —Diego la miró directamente, sin ninguna capa—. Sin la presión de todo lo demás encima. Ver qué somos cuando no hay nada que resolver urgentemente.
Daniela sintió que algo se le aflojaba en el pecho.
Era exactamente lo que siempre había temido: quedarse en algo sin la urgencia externa que le diera estructura. Sin la crisis que justificara la presencia.
Solo lo que había.
—¿Y si lo que hay sin la urgencia es menos de lo que parece con ella? —preguntó en voz baja.
Diego no apartó la mirada.
—¿Tú crees que es eso?
Ella lo pensó honestamente.
Pensó en el viernes de la salsa de tomate y el ajo en el punto exacto. En los lichis. En Borges el gato y Neruda el perro que murió feliz. En el techo alto de la habitación de Diego, que no tenía respuestas pero tampoco las necesitaba dar.
En el “ya lo sé” de hace tres semanas, cuando él admitió que era el tipo de persona que aprendía cosas que costaban tiempo.
—No —dijo.
—No —confirmó Diego.
Como si fuera la misma respuesta a la misma pregunta.
Que era exactamente lo que era.
Daniela apoyó la cabeza en su hombro.
Diego no se movió. Solo pasó un brazo alrededor de ella, lento, y la atrajo un poco más cerca. El olor a canela de su piel la envolvió. Ella cerró los ojos un segundo, inhalando.
El silencio se estiró. Cálido. Denso.
Madrid seguía afuera, con sus luces y su ruido lejano. Dentro, solo existían el sofá, el peso de sus cuerpos y la certeza tranquila de que, por una vez, no había nada que arreglar.
Diego giró ligeramente la cabeza. Sus labios rozaron la sien de Daniela. Un contacto mínimo. Luego otro, más deliberado, en la comisura de su ojo. Ella levantó la cara. Se miraron. El aire cambió.
La besó despacio.
No había urgencia.
No había el hambre de las primeras veces ni la intensidad de los reencuentros.
Era otra cosa: profunda, contenida, casi reverente. Sus labios se movieron sobre los de ella con una lentitud que le robó el aliento. Daniela abrió la boca y él profundizó el beso, la lengua rozándola con una suavidad que contrastaba con la firmeza de la mano que ahora le sujetaba la nuca.
El sabor de él —café, algo limpio, algo solo suyo— se mezcló con el rastro dulce de cereza que ella llevaba en la piel. Diego inhaló hondo contra su boca, como si quisiera memorizar ese olor.
La mano libre le bajó por el costado, lenta, hasta la cadera.
Daniela se giró un poco más hacia él. El beso se volvió más hondo.
Más húmedo. Un sonido bajo le vibró en la garganta cuando él le mordió suavemente el labio inferior.
Ella respondió pasando una mano por su pecho, sintiendo el corazón de Diego latirle más rápido bajo el punto del jersey.
—Ven —murmuró él contra sus labios.
Se levantaron sin soltarse del todo. Diego la guió hacia el dormitorio con una mano en la espalda baja. La luz de la calle se filtraba por las cortinas, plateada y suave. No encendió ninguna lámpara.
La besó otra vez mientras le quitaba el jersey con calma.
Cada movimiento era deliberado. Cuando la prenda cayó al suelo, Daniela pasó las manos por su pecho desnudo, explorando la piel caliente, los músculos tensos.
Diego tembló apenas bajo sus dedos. Le devolvió el favor: desabrochó los botones de su blusa uno por uno, besando cada centímetro de piel que iba descubriendo.
El cuello. La clavícula. El borde del sujetador.
Cuando quedaron desnudos, Diego la acostó sobre la cama con una ternura que le apretó el pecho. Se colocó entre sus piernas, apoyado en los antebrazos, y la miró desde arriba. La luz plateada le dibujaba los pómulos y la boca hinchada.
—Dime si quieres que pare —dijo, la voz ronca.
—No pares —susurró ella.
La besó mientras su mano bajaba entre los dos.
La encontró ya lista. Un dedo se deslizó dentro de ella, luego otro, curvándose con precisión mientras el pulgar trazaba círculos lentos sobre su clítoris.
Daniela arqueó la espalda, un gemido bajo escapándosele de la garganta.
Diego la estimuló con una paciencia casi cruel, observando cada reacción, cada temblor, hasta que ella se corrió contra su mano con un suspiro largo y tembloroso.
Solo entonces se acomodó y entró en ella.
Despacio.
Centímetro a centímetro.
Cuando estuvo completamente dentro, se quedó quieto, la frente apoyada en la de ella, respirando juntos.
—Joder —susurró. La palabra le salió rota de sinceridad.
Empezó a moverse. Lento. Profundo. Cada embestida era un enunciado completo: estoy aquí, me quedo, no hay prisa.
Daniela lo miró a los ojos todo el tiempo.
Vio el control derritiéndose. Vio la forma en que su mandíbula se tensaba cuando ella levantaba las caderas para encontrarlo.
El ritmo aumentó solo un poco. El sonido de sus cuerpos, el olor a canela y cereza y sexo, el calor creciente entre ellos.
Cuando el segundo orgasmo la atravesó, Diego la siguió casi de inmediato, enterrándose hasta el fondo con un gemido bajo y gutural, el cuerpo temblándole sobre el de ella.
Se quedaron así un rato largo. Unidos. Respirando.
Después, Diego se retiró con cuidado, se levantó y fue al baño.
Volvió con una toalla húmeda y tibia. La limpió en silencio, con movimientos precisos y tiernos.
Cada roce era una caricia. Cuando terminó, dejó la toalla a un lado, se metió otra vez en la cama y la atrajo contra su pecho.
Daniela apoyó la cabeza en su hombro. Él le besó el pelo, una vez, dos, y dejó los labios apoyados ahí.
—¿Estás bien? —preguntó en voz muy baja.
—Sí. —Ella dibujó círculos distraídos sobre su pecho—. Más que bien.
Diego asintió. Su mano subió y bajó por la espalda de ella en caricias lentas, casi hipnóticas. El silencio que se instaló entonces era distinto a todos los anteriores: no era distancia ni contención. Era paz.
Daniela cerró los ojos. Sintió el corazón de él latiéndole ya más calmado bajo la oreja. El calor de su cuerpo. El olor a canela que ahora también era un poco suyo.
—El tiempo sin urgencia —murmuró contra su piel—. Creo que puedo con eso.
Diego apretó el brazo alrededor de ella.
—Yo también.
Fuera, Madrid seguía su curso indiferente.
Dentro, en la cama amplia, con las luces apagadas y el lunes todavía lejos, se quedaron dormidos así: enredados, presentes, sin ninguna prisa por la mañana.