Mi Billionaire (Santaolalla nº 2) Capítulo 17
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Capítulo 17

El martes fue el primer día en semanas que Daniela llegó a Vértice sin nada urgente esperándola.

Lo notó en el metro: la calidad diferente de la mañana cuando no hay una crisis en el horizonte inmediato. El café sabía igual. El trayecto era el mismo. Pero había algo en el peso del bolso, o en el peso que no tenía, que era distinto.

Isabel estaba en la cocina cuando llegó.

—Buenos días. —Isabel la miró.— Tienes mejor cara que la semana pasada.

—La semana pasada fue larga.

—Esta semana también tiene trabajo. —Isabel le dio un café.— Pero diferente tipo de trabajo.

Daniela cogió la taza.

—¿Cómo de diferente?

—Del tipo que construye en lugar de defender. —Isabel la miró.— Hay dos clientes nuevos que quieren reunirse. Uno es interesante. El otro es muy interesante.

—¿Cuál es cuál?

—Te lo cuento a las diez.

Daniela fue a su despacho.

Se sentó.

Abrió el correo.

Entre los mensajes del día había uno de Sofía. Las nueve y cuarenta y dos de la mañana, que para un martes lectivo era inusual.

Hola. Estoy en un descanso. El tercer acto del libro no era tan corto. Me equivoqué. Solo era que quería más.

Daniela lo leyó dos veces.

Respondió: Eso dice algo bueno del libro.

La respuesta llegó en cuarenta segundos, lo que significaba que Sofía tenía el teléfono en la mano en el descanso.

Ya lo sé. Lo dijiste tú el sábado. —Pausa.— El próximo libro ¿tienes alguna recomendación?

Daniela pensó.

¿Qué tipo de historia te gusta?

Las que tienen personajes que toman decisiones difíciles y las razones para tomarlas son complicadas. No los malos que son malos y los buenos que son buenos.

Daniela miró la pantalla.

Doce años y buscando exactamente lo que la mayoría de la gente tarda décadas en saber que quiere de una historia.

Tengo dos o tres. Te los digo el próximo fin de semana.

Bien. —Pausa.— Daniela.

¿Sí?

¿Vendrás el sábado que viene también?

Daniela pensó en la conversación de Diego y ella sobre hablar con Sofía. El próximo fin de semana, con tiempo.

Si tu padre me invita, sí.

Te va a invitar. —Pausa.— Ya lo sé porque soy deductiva.

Daniela sonrió sola en su despacho.

Hasta el sábado, Sofía.

Hasta el sábado.

Diego llamó a Sofía a las siete de la tarde.

Ella cogió al segundo tono, con la voz de alguien que estaba leyendo y todavía no había salido del todo del libro.

—Hola, papá.

—Hola. ¿Tienes un momento?

—Siempre tengo un momento para ti. —Una pausa breve, casi divertida—. Aunque esté en la parte buena del libro.

—Puede esperar.

—¿Qué puede esperar?

—El libro.

Sofía cerró el libro. Diego lo supo por el suave sonido de las páginas al juntarse y el leve crujido de la tapa.

—¿Qué pasa? —preguntó ella, ya más presente.

—Quería hablar contigo de algo antes del sábado. —Diego se acercó a la ventana, el mismo gesto de siempre, mirando Madrid sin realmente verla—. Sobre Daniela.

Sofía no dijo nada durante tres segundos exactos.

—¿Algo malo? —preguntó al fin. La voz le había bajado un tono.

—No. Nada malo. —Diego apoyó la frente un momento en el cristal frío—. Quería que supieras que lo que hay entre Daniela y yo es real. Que no es temporal. Que si viene los sábados y está en casa… eso va a seguir siendo así.

Otro silencio.

Más largo esta vez.

Sofía en Barcelona, con el libro cerrado sobre las rodillas y el teléfono apretado contra la oreja. Diego pudo imaginarla perfectamente: la ceja ligeramente arqueada, la misma expresión concentrada que ponía cuando estaba procesando algo importante.

—Papá —dijo al final.

—¿Sí?

—¿Me estás pidiendo permiso?

Diego procesó la pregunta con cuidado.

—No exactamente. —Una pausa—. Te estoy contando algo que mereces saber.

—Hay diferencia.

—Sí.

—¿Cuál es?

—Que si fuera permiso, dependería de ti. —Habló despacio, eligiendo cada palabra—. Y esto no depende de ti. Depende de nosotros. Pero tú eres importante. Y mereces saberlo directamente… no deducirlo.

Sofía tardó varios segundos en responder.

—Ya lo deduje —dijo al fin.

—Ya lo sé.

—Desde enero.

—También lo sé.

—¿Entonces para qué me lo cuentas si ya lo sé?

Diego sonrió apenas, aunque ella no pudiera verlo.

—Porque hay diferencia entre saber algo que dedujiste y saber algo que te dijeron. —Otra pausa—. Las dos cosas son saber. Pero pesan diferente.

Sofía se quedó callada un buen rato. Cuando habló, la voz le había suavizado los bordes.

—Sí —admitió—. Pesan diferente.

—Ya.

Otro silencio, más cómodo esta vez.

—¿Estás contento? —preguntó Sofía.

Diego no respondió de inmediato. Miró las luces de la ciudad, el tráfico lejano, su propio reflejo en el cristal.

—Sí —dijo al fin.

—¿Más que antes?

—Diferente que antes. —Una pausa breve—. Más presente.

Sofía consideró eso.

—Eso es bueno —dijo—. Marta dice que antes eras difícil de estar con… porque siempre parecías estar a punto de irte, aunque no te fueras.

—¿Cuándo hablas con Marta?

—De vez en cuando. Es interesante. —Otra pausa—. Papá.

—¿Sí?

—Me alegra. —La voz de Sofía salió más suave que su tono habitual, casi cuidadosa—. Que estés más presente. Que haya alguien. —Silencio breve—. Daniela es buena.

—Sí.

—Dice cosas directas, pero sin crueldad. —Sofía lo pensó en voz alta—. Es difícil hacer eso. La mayoría de la gente elige una o la otra.

Diego sintió algo caliente y apretado en el pecho.

—¿A quién se lo parece? —preguntó.

Sofía tardó exactamente el tiempo correcto.

—A ti un poco —dijo—. Pero más cálida.

Diego no respondió. Solo respiró.

—No es un insulto —añadió Sofía, con un deje de humor—. Es una observación.

—Ya lo sé.

—Bien. —Una pausa—. ¿Me dejas volver al libro?

—Sí. Hasta el sábado.

—Hasta el sábado. —Otro silencio, más corto—. Papá.

—¿Sí?

—Gracias por contármelo… en lugar de dejar que lo siguiera deduciendo.

Diego asintió, aunque ella no pudiera verlo. La garganta le pesaba un poco.

—De nada.

Colgó.

Se quedó junto a la ventana con el teléfono todavía en la mano y Madrid extendiéndose a sus pies. La conversación se fue asentando dentro de él con el peso exacto de las cosas que se dicen bien, en el momento correcto, sin adornos innecesarios.

Más presente.

Sofía lo había dicho como un dato. Sin dramatismo. Sin exageración.

Diego lo guardó en el sitio donde guardaba las pocas cosas que realmente importaban.

El miércoles Isabel presentó los dos clientes nuevos.

El interesante era una empresa de energía renovable en fase de expansión que necesitaba una estrategia de comunicación para entrar en tres mercados europeos nuevos. Presupuesto serio, proyecto real, seis meses de trabajo mínimo.

El muy interesante era diferente.

—¿Conoces Sinergia Infraestructuras? —dijo Isabel.

Daniela la miró.

—El nombre sí. Son competencia de Santaolalla Group en el sector sur.

—Exacto. —Isabel la miró.— Su directora de comunicación acaba de dejar la empresa. Buscan apoyo externo mientras encuentran al sustituto. —Pausa.— Nos llamaron porque el análisis de Vértice que circuló entre los consejeros independientes llegó a su red de alguna manera.

Daniela procesó.

—¿Saben que el análisis era sobre Santaolalla Group?

—Saben que era sobre el sector. No saben los detalles del cliente. —Isabel la miró.— ¿Es un conflicto de interés?

—Técnicamente Sinergia es competencia de un ex cliente. —Daniela lo pensó.— Si el encargo de Santaolalla terminara formalmente con la votación de marzo, en ese momento no habría conflicto.

—¿Cuándo es marzo?

—Tres semanas.

Isabel lo procesó.

—¿Puedes separar los dos trabajos?

—Sí. —Daniela la miró.— Pero quiero que Diego lo sepa antes de aceptar.

—¿Por qué?

—Porque es la forma correcta de hacerlo. —Pausa.— Y porque si lo acepto sin decírselo y lo descubre después, eso tiene un coste diferente.

Isabel asintió.

—De acuerdo. Habla con él. Si hay acuerdo, la reunión con Sinergia la semana que viene.

Daniela llamó a Diego al mediodía.

Le explicó. Sin rodeos. El cliente, la competencia, el timing respecto a marzo, por qué le importaba que lo supiera.

Diego escuchó.

—¿Cuándo empieza el encargo?

—Si acepto, después de marzo.

—¿La información que tienes de mi empresa?

—La información pública y el análisis de Vértice ya están publicados. —Pausa.— Lo que sé de la empresa más allá de eso no lo usaría en ningún encargo.

—Ya lo sé. —Diego habló sin pausa.— No te lo pregunto por duda. Te lo pregunto para tenerlo claro antes de decirte que sí.

Daniela procesó.

—¿Es un sí?

—Es un sí. —Pausa.— Daniela. Tu trabajo es tuyo. Los clientes que eliges son tuyos. —La voz de Diego, directa.— Que me lo digas antes de aceptar no es pedirme permiso. Sé la diferencia.

—Lo sé. —Pausa.— Pero importaba que lo supieras de mí antes que de otro sitio.

—Sí.

—Bien.

—Bien.

Pausa.

—Esta noche tengo una llamada de Barcelona. —Diego habló despacio.— Cristina quiere hablar sobre el calendario de Sofía para el verano.

—¿Algo que resolver?

—Probablemente no. Sofía tiene opiniones sobre dónde quiere pasar las vacaciones y Cristina quiere que las escuche yo también. —La comisura en su voz.— Es un proceso consultivo.

—¿Sofía ya tiene decidido dónde quiere ir?

—Probablemente. —Pausa.— Lo deduciremos.

Daniela sonrió.

—Mañana si puedes.

—Mañana.

Colgó.

Daniela volvió a la reunión con Isabel.

—Sí —dijo.

Isabel asintió.

—La semana que viene entonces.

El sábado Sofía llegó con el libro nuevo que Daniela había recomendado por mensaje el jueves.

Lo sacó de la mochila antes de quitarse el abrigo.

—Lo empecé en el AVE. —Lo mostró.— Los personajes toman decisiones difíciles por razones complicadas.

—¿Y?

—Y ya en el capítulo tres no sé si me gusta ninguno pero no puedo dejar de leer. —Sofía colgó el abrigo.— Eso es lo correcto, ¿verdad?

—Eso es lo correcto.

Sofía asintió como quien confirma una hipótesis.

La cena fue Daniela haciendo la salsa de tomate.

Diego a su lado, sin intervenir, con el vino y la expresión de alguien que observa algo funcionar correctamente.

Sofía en el taburete de la barra con el libro abierto pero mirando más de lo que leía.

—El ajo —dijo Sofía.

—¿Qué pasa con el ajo?

—Está en el punto correcto. —Sofía señaló.— Huele a tostado sin quemado.

Daniela la miró.

—¿Cómo lo sabes?