Mi Billionaire (Santaolalla nº 2) Capítulo 16
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Capítulo 16

La salsa de tomate empezaba con aceite y paciencia.

—Fuego bajo —dijo Diego.— Más bajo de lo que parece razonable.

—¿Por qué?

—Porque el tomate necesita tiempo para rendir. Si el fuego está alto, se cocina por fuera y por dentro sigue crudo. —Diego estaba de pie junto a Daniela en la cocina con los dos mirando la sartén.— El calor tiene que ser suficiente para que algo pase. No tanto para que pase rápido.

Daniela miró el fuego.

—¿Cuánto es suficiente?

—Lo sabes cuando el ajo empieza a oler pero no se quema. —Diego señaló.— Ahí.

—¿Cómo sé la diferencia?

—El olor cambia. De crudo a tostado. Hay un punto exacto en el medio que es el correcto. —Pausa.— Si llegas al quemado, empieza otra vez.

Daniela removió.

—¿Sofía te enseñó esto?

—Sofía me dijo que lo que hacía antes era inaceptable. El cómo lo aprendí yo solo. —Diego la miró de reojo.— Hay cosas que se aprenden mejor sin que nadie te diga exactamente cómo.

—¿Y esto me lo estás diciendo tú.

—Esto es la parte técnica. —La miró.— Lo que no puedo enseñarte es el momento. Ese lo encuentras tú.

Daniela miró el ajo en la sartén.

Olía a algo en el límite. Tostado sin llegar a quemado. El punto exacto del que había hablado.

—Ahora —dijo.

—Ahora —confirmó Diego.

Echó el tomate.

El sonido del líquido sobre el calor, el vapor, el olor que cambió de ajo a algo más complejo y más lleno.

—Bien —dijo Diego.

—¿Bien bien o bien cortés?

—Bien bien. —La miró.— Lo encontraste.

Daniela removió.

Diego fue a buscar el vino que había abierto antes y volvió con dos copas. Le dio una.

—Noventa minutos —dijo.

—Noventa minutos —repitió Daniela.

Se apoyaron los dos en la barra de la cocina con las copas y la sartén delante produciendo el ruido lento y constante de algo que se hace bien.

Hablaron.

De la constructora donde Diego había trabajado con veintidós años, que era un sitio más, que era el sitio donde había aprendido que algunas cosas no podían tolerarse aunque todo el mundo las tolerara.

Y de la primera obra que había hecho solo, en Burgos, en invierno, durmiendo en una furgoneta porque el margen no daba para más.

De la madre de Daniela y la farmacia y Borges el gato que dormía en posiciones filosóficas. Y de los veranos de infancia en Valladolid que olían a campo caliente y a tiempo que todavía no sabía que terminaría.

De Sofía a los tres años, según Diego, que había tenido la costumbre de llamar a las personas por su nombre completo en lugar de apodos porque decía que los apodos eran imprecisos.

—¿Y tú? —dijo Daniela.

—¿Yo qué?

—¿Cómo te llamaba?

—Diego Santaolalla. —La comisura.— Siempre los dos apellidos. Durante dos años.

—¿Por qué paró?

—Porque Cristina le explicó que con el padre era suficiente con el primero. —Pausa.— Sofía lo consideró durante tres días y decidió que era razonable.

Daniela lo miró.

—¿La dejasteis pensar durante tres días?

—Sofía necesita tiempo para las decisiones que le importan. —Diego bebió.— Siempre fue así.

—¿Lo heredó de ti?

—De los dos. Cristina es más rápida en las decisiones pequeñas. En las grandes también piensa. —Pausa.— Sofía tomó lo mejor de los dos.

Daniela lo escuchó con la atención que le daba a las cosas que importaban.

—La quieres mucho —dijo.

—Sí. —Sin pausa, sin elaboración.

Era Diego en su forma más directa: una sola palabra para la cosa más grande.

—¿Cuándo la ves la próxima vez después del sábado?

—En dos semanas. Viene a Madrid.

—¿Le preguntaste si quería venir o viene porque le toca?

Diego la miró.

—¿Hay diferencia?

—Para ella sí. Para ti también. —Pausa.— ¿Se lo preguntaste?

Diego lo pensó.

—No directamente.

—Pregúntaselo.

—¿Por qué?

—Porque tiene doce años y puede querer hacer otras cosas un fin de semana. —Daniela lo miró.— Y porque si le preguntas y dice que quiere venir, vale más que si viene porque el calendario lo dice.

Diego la miró durante un momento.

—Sí —dijo.

Solo eso. La respuesta que daba cuando algo le parecía correcto y no tenía nada que añadir porque ya era completo.

La salsa olía a algo que era más que sus partes.

Daniela removió.

—Veinte minutos más —dijo Diego.

—¿Cómo lo sabes?

—El color. —Señaló.— Cuando pasa de rojo brillante a rojo oscuro y el aceite empieza a separarse en los bordes, está listo.

Daniela miró la sartén.

Todavía rojo brillante.

—No está listo.

—No. —Diego la miró.— Pero ya es lo que tiene que ser. Solo necesita el tiempo final.

Daniela removió en silencio.

Pensó en que eso podía decirse de otras cosas.

Que ya eran lo que tenían que ser.

Que solo necesitaban el tiempo final.

No lo dijo en voz alta.

Pero Diego, que llevaba meses aprendiendo a leer el contorno de lo que no estaba, lo miró con la expresión de quien oye lo que no se dijo.

Y asintió una sola vez.

Como si lo hubiera dicho también.

El sábado Sofía llegó con una mochila más pequeña que la semana anterior y el libro nuevo que según las reseñas era mejor que el anterior.

Abrió la puerta antes de que Daniela llamara porque había oído el ascensor.

—Llegaste cuatro minutos antes que la semana pasada —dijo Sofía.

—El metro estaba vacío.

—Los sábados a esta hora siempre está vacío. —Sofía se apartó.— La próxima vez llegas antes todavía.

Daniela entró.

La cocina olía a tomate y ajo y algo que reconoció como la salsa de anoche calentada, porque Diego había dicho que las salsas mejoran de un día para otro con la convicción de quien ha verificado esto personalmente.

Diego estaba con la pasta.

Miró a Daniela cuando entró. El inventario breve de siempre, diferente del profesional aunque desde fuera no hubiera manera de distinguirlos si no lo conocías.

Daniela lo conocía.

—Huele bien —dijo.

—Es la salsa de ayer —dijo Sofía, que había estado en todo.— Mi padre la hizo con Daniela el viernes y dijo que hoy estaría mejor.

Diego la miró.

—¿Cómo sabes lo de ayer?

—Porque la nevera tiene dos recipientes de salsa y hoy es sábado y ayer era viernes. —Sofía fue al salón con el libro.— La lógica es deductiva, papá.

Diego miró a Daniela.

Daniela no dijo nada.

La comisura de Diego.

La cena fue diferente a la de la semana anterior.

Diferente en que esta vez no había la pequeña tensión de la primera vez, la de conocer el ritmo del otro.

Sofía habló del libro, que era mejor que el anterior pero tenía un problema de estructura en el tercer acto.

—¿Cómo sabes que es el tercer acto? —dijo Diego.

—Porque en el primer acto presentan los personajes, en el segundo pasan las cosas, y en el tercero tienen que resolver todo. —Sofía pinchó la pasta.— En este libro el tercero empieza muy tarde y tienen que resolver demasiado en poco tiempo.

—¿Y eso es malo? —dijo Daniela.

—Depende. —Sofía la miró.— Si el lector ya está comprometido con los personajes, sí. Porque quieres más tiempo con ellos, no menos.

—¿Estás comprometida con los personajes?

—Sí. —Sofía cortó un trozo.— Por eso me molesta que el tercer acto sea corto.

Daniela la miró.

—Eso dice algo bueno del libro. Que llegaste al tercer acto queriendo más.

Sofía procesó eso.

—Nunca lo había pensado así. —Pausa.— Tiene sentido.

Diego los miraba a los dos con la expresión quieta de quien está exactamente donde quiere estar.

No lo dijo.

No hacía falta.

Después de cenar Sofía dijo que iba a leer.

—Quiero ver si el tercer acto es tan corto como pensaba o si lo que me parece corto es que quiero más. —Sofió los miró a los dos.— La diferencia es importante según Daniela.

—La diferencia es importante según la lógica —dijo Daniela.

—Que es deductiva —dijo Sofía, y desapareció.

Diego y Daniela en el salón.

Las luces bajas. El ruido de Madrid afuera. El café que Diego preparó sin preguntarle porque ya sabía.

—Sofía —dijo Daniela.

—¿Sí?

—Esta semana. ¿Le preguntaste?

Diego la miró.

—Sí. El jueves por la noche la llamé.

—¿Y?

—Dijo que prefería venir el sábado que el domingo porque el domingo tiene cosas. —Pausa.— No especificó qué cosas.

—¿Le preguntaste?

—No. —La comisura.— Porque a los doce años cosas significa privacidad.

Daniela lo miró.

—Aprendiste rápido.

—Aprendí de alguien que me dijo que preguntara. —Diego la miró directamente.— Eso cuenta.

Daniela bebió el café.

—¿Sabes lo que me preguntó cuando la llamé?

—¿Qué?

—Si ibas a traer postre. —Diego la miró.— No lo especificó pero creo que hay una preferencia establecida.

—Chocolate negro con frambuesa.

—Probablemente.

Daniela lo miró.

—¿Sofía sabe lo que hay entre nosotros?

Diego la miró.

—Sofía sabe lo que ve. —Pausa.— Y lo que no ve lo deduce. —Otra pausa.— Es deductiva.

—Como su padre.

—Como los dos.

Daniela dejó la taza.

—¿Quieres que hablemos con ella?

Diego la miró.

—¿Sobre qué?

—Sobre lo que somos. Para que no tenga que deducirlo. —Daniela lo miró.— No una conversación formal. Pero si hay algo que deba saber, mejor que lo sepa de nosotros.

Diego procesó.

—¿Qué necesitaría saber?

—Que esto es real. Que no es temporal. —Pausa.— Que si viene los sábados y yo estoy aquí, eso va a seguir siendo así.

Diego la miraba.

—¿Está siendo así?

—Eso te lo pregunto yo a ti.

Diego la miró durante mucho tiempo. La luz cálida del salón le dibujaba la mitad de la cara. En sus ojos no había la distancia de siempre, solo una quietud profunda, casi vulnerable.

—Sí —dijo al fin. La voz le salió baja, sincera—. Está siendo así.

—Entonces merece saberlo.

Diego asintió una sola vez. Despacio.

—Sí.

—¿Cuándo?

—Esta noche no. —Giró ligeramente la cabeza hacia el pasillo. Desde el cuarto de Sofía llegaba el suave roce de páginas pasando, el ritmo constante de alguien perdido dentro de un libro—. Está con el tercer acto. —Una pausa—. El próximo fin de semana, cuando venga. Con tiempo. Sin prisas.

—De acuerdo —respondió Daniela.

Cogió la taza otra vez. El café ya estaba tibio, pero el calor residual le reconfortó los dedos. Se acomodó un poco más en el sofá, sintiendo el peso tranquilo de la casa a su alrededor.

En el pasillo, el sonido de las páginas siguió un momento más y luego se detuvo. Un silencio breve. Después, el leve crujido del colchón al cambiar de postura.

Madrid seguía afuera: las luces de Salamanca, el murmullo lejano del tráfico, la ciudad que nunca terminaba del todo.

Dentro, en el salón, solo estaban ellos dos.

El café.

La semana que terminaba.

El mes que venía cargado de decisiones y de batallas todavía sin pelear.

Sin urgencia.

Sin prisa.

Con todo el tiempo que necesitaban para hacer las cosas bien.

El lunes Rodrigo llamó a las nueve.

—Los tres consejeros van a votar diferente en marzo. —Su voz, sin adorno.— El primero me llamó el viernes. El segundo mandó un correo esta mañana. El tercero...

—¿El tercero?

—El tercero llamó a Diego directamente. Esta mañana a las ocho.

Daniela procesó.

—¿Qué le dijo?

—Que había leído el análisis tres veces. —Pausa.— Y que la persona que lo escribió tenía criterio real y no solo posición. —Otra pausa.— Son sus palabras.

Daniela miró la ventana de Vértice.

—¿Y Morales?

—Morales todavía no sabe que los tres van a votar diferente. —Rodrigo habló despacio.— Cuando lo sepa, va a intentar algo. Pero sin Monreal y sin los tres independientes, no tiene los votos.

—¿Cuándo lo sabe?

—Cuando Diego le diga. —Pausa.— O cuando Morales lo calcule solo. Lo que llegue primero.

—¿Cuándo lo dice Diego?

—Eso es decisión de Diego.

Daniela colgó.

Llamó a Diego.

Un tono.

—Daniela.

—Rodrigo me contó.

—Ya lo sé. Lo llamé antes de que te llamara a ti. —Pausa.— Los tres consejeros.

—Sí.

—¿Cuándo le dices a Morales?

Diego tardó.

—Hoy. —Una pausa.— Esta tarde.

—¿Quieres preparar algo?

—No. —Su voz, directa.— Esta conversación no necesita preparación. Solo necesita decirse.

—De acuerdo.

Pausa.

—Daniela.

—¿Sí?

—El análisis hizo el trabajo.

—El análisis y todo lo demás.

—Sí. —Una pausa.— Todo lo demás también.

Daniela lo entendió.

—¿Esta noche?

—Esta noche —confirmó Diego.

Colgó.

Daniela miró la pantalla.

El lunes de la semana que podría ser la última semana de presión antes de marzo.

Tres consejeros.

Sin Monreal.

Sin Casal.

Con el texto de El País Negocios publicado y el de Expansión establecido y el análisis de Vértice en manos de las personas correctas.

El tablero era diferente.

No ganado todavía. Pero diferente.

Daniela abrió el correo.

Había un mensaje de Claudia Vega.

Sin asunto. Una línea:

Vi el análisis de Vértice. Es bueno. — C.V.

Daniela lo leyó dos veces.

No respondió.

Lo guardó.

Y siguió con el lunes.

Diego llamó a las seis y cuarenta y siete.

Daniela estaba en Vértice todavía, con el ordenador y el café de las cinco que ya estaba frío.

—¿Cómo fue? —dijo.

—Bien. —La voz de Diego, quieta y sin el peso de las últimas semanas.— Le dije que tenía los votos para la renovación en marzo. Que los tres independientes votarían conmigo. Que Monreal había salido.

—¿Cómo reaccionó?

—Con silencio. —Pausa.— Morales es inteligente. Sabe calcular. Cuando hizo el cálculo y vio que no tenía los votos, no peleó algo que ya había perdido.

—¿Qué dijo?

—Que esperaba que la empresa siguiera en la dirección correcta. —Diego habló con algo que no era exactamente ironía pero se le acercaba.— En su boca eso es reconocer que el otro ganó la mano.

—¿Y la renovación?

—Votación en marzo, como estaba previsto. Con los números que ahora tengo. —Pausa.— El contrato se renovará.

Daniela soltó el aire.

No fue dramático. Solo el aire que uno suelta cuando algo que ha estado apretado durante semanas deja de estarlo.

—Diego.

—¿Sí?

—Fue una semana muy larga.

—Varias semanas muy largas.

—Sí. —Pausa.— ¿Cómo estás?

La misma pregunta de siempre. La que no era sobre el trabajo.

Diego tardó.

—Bien —dijo.— De la manera que uno está bien cuando algo que parecía muy grande resulta ser manejable. —Pausa.— Que no significa que no fuera grande. Solo que era manejable.

Daniela lo escuchó.

—¿Esta noche?

—Esta noche. —Pausa.— Trae algo.

—¿Pasta o postre?

—Lo que quieras.

—Diego.

—¿Sí?

—La próxima vez que preguntes, dime lo que quieres tú.

Silencio de tres segundos.

—Postre —dijo Diego.

—¿Chocolate?

—Chocolate.

—A las ocho.

—A las ocho.

Colgó.

Daniela cerró el ordenador.

Cogió el abrigo.

Salió a la calle del barrio de Salamanca con el atardecer de marzo y siete minutos por delante y la semana terminada de la manera que una semana larga y complicada merece terminar.

Con algo dulce.

Y con alguien que lo espera.