Capítulo 15
El lunes Monreal llegó a las nueve y cuarto a la séptima planta.
Diego lo supo porque Carmen le avisó con la neutralidad de siempre: El señor Monreal subió por las escaleras. Lleva carpeta.
La carpeta era detalle innecesario pero Carmen nunca daba detalles innecesarios.
Significaba que Monreal venía preparado para una conversación formal. Que no llegaba a improvisar.
Diego esperó en su despacho.
Monreal entró a las nueve y veinte. Cerró la puerta. Se sentó sin que Diego lo invitara, que era siempre su forma de establecer que la conversación era entre iguales.
Diego lo dejó.
—Diego. —La sonrisa fácil de siempre, aunque esta mañana tenía algo debajo que no era exactamente comodidad.— Quería hablar contigo antes de la reunión del comité.
—Te escucho.
Monreal abrió la carpeta. Sacó una carta. La puso sobre la mesa.
—Mi dimisión como consultor. Con efecto a partir de hoy. —Pausa.— Y la transferencia de las participaciones del fondo que gestiono en la empresa. En los próximos quince días, como acordé con las partes relevantes.
Diego miró la carta sin cogerla.
—¿Por qué?
Monreal lo miró.
—¿Por qué la dimisión o por qué lo que pasó antes de ella?
—Los dos.
Monreal cerró la carpeta.
—La dimisión porque la situación se ha vuelto insostenible para todos. —Una pausa.— Lo que pasó antes porque tomé decisiones que en su momento me parecieron razonables y que resultaron ser parte de algo que no era lo que me dijeron que era.
—¿Claudia te mintió?
—Claudia seleccionó la información que me dio. —Monreal la miró sin hostilidad.— Que no es lo mismo pero el resultado es parecido.
Diego procesó.
—¿Cuándo lo supiste?
—Que había algo más detrás. El miércoles pasado, cuando Claudia me llamó para decirme que había aceptado ciertas condiciones. —Una pausa.— Fue la primera vez que me explicó el objetivo completo.
—¿Y?
—Y no es el objetivo que yo habría aceptado si me lo hubieran explicado así desde el principio. —Monreal la miró directamente.— Diego. No soy tu aliado. Pero tampoco soy tu enemigo. Soy alguien que fue mal utilizado y que sale limpio porque tiene la inteligencia de reconocerlo.
Diego la miró durante un momento.
—¿Qué quieres a cambio de la salida limpia?
—Nada. —Monreal se levantó.— La salida limpia es su propio beneficio. —Pausa.— Pero hay algo que puedo darte que no está en ningún acuerdo formal.
—¿Qué?
—Información sobre qué tres personas del consejo están en contacto regular con Morales fuera de las reuniones oficiales. —Monreal la miró.— Para marzo.
Diego la miró.
—¿Por qué me das eso?
—Porque puedo. —Una pausa breve.— Y porque Daniela Sánchez negoció con Claudia de una manera que me hizo reconsiderar quién en esta historia tiene criterio real y quién tiene solo posición.
Diego procesó eso.
—¿Cuándo?
—Esta tarde. Te mando los nombres por correo cifrado. —Monreal cogió su carpeta.— Y Diego.
—¿Sí?
—La mujer que tienes. —Pausa.— No la subestimes. Ni tú ni nadie más.
Fue hacia la puerta.
Diego lo miró irse.
Monreal salió sin añadir nada más, con la discreción de alguien que ha dicho exactamente lo que quería decir.
Rodrigo llamó a las doce.
—La reunión de los tres consejeros fue esta mañana. —Su voz con algo que no intentaba ocultar.— Dos horas. Sin Morales.
—¿Y?
—El primero quiere más información sobre la estructura de CV Capital Partners. El segundo hizo tres preguntas sobre las posiciones cortas. El tercero no dijo nada durante noventa minutos y al final preguntó si el análisis tenía respaldo legal.
—¿Qué les dijiste?
—Que el análisis era de Vértice y que Daniela podía responder cualquier pregunta técnica. —Pausa.— ¿Puede?
—Puede.
—¿Se lo dices tú o lo hago yo?
—Lo hago yo —dijo Diego.
Colgó.
Llamó a Daniela.
Un tono.
—Diego.
—Los consejeros quieren más información. —Directo al punto.— El primero sobre la estructura de CV Capital. El segundo sobre las posiciones cortas. El tercero sobre el respaldo legal del análisis.
Daniela procesó en silencio durante tres segundos.
—¿Cuándo?
—Esta semana si es posible. Rodrigo puede organizar una reunión informal con los tres.
—De acuerdo. —Pausa.— Diego.
—¿Sí?
—¿Las posiciones cortas? El acuerdo con Claudia es que no llegan a ningún regulador en seis meses. Una reunión informal con consejeros no es un regulador.
—No.
—Pero si el segundo consejero hace preguntas, la conversación puede ir en una dirección que yo no pueda controlar.
Diego lo pensó.
—¿Qué propones?
—Que hablo con los tres pero dejo las posiciones cortas en el área de hay información adicional que está siendo verificada legalmente. Sin detalle. Sin confirmar ni negar.
—¿Crees que lo aceptarán?
—Si el análisis es sólido en todo lo demás, sí. —Pausa.— Los consejeros independientes no necesitan la bala más grande para tomar una decisión diferente en marzo. Solo necesitan suficiente para justificar que cambiaron de posición.
Diego procesó.
—De acuerdo.
—¿Monreal salió bien?
—Sí. —Una pausa.— Y dio algo más.
—¿Qué?
—Tres nombres del consejo que están en contacto regular con Morales fuera de las reuniones oficiales. —Pausa.— Esta tarde los tengo.
Daniela lo procesó.
—Con eso y los consejeros independientes moviéndose, ¿cuántos votos tienes en marzo?
Diego calculó.
—Cuatro seguros más los tres independientes si el análisis hace el trabajo. Siete de doce. —Pausa.— Mayoría simple.
—¿Es suficiente?
—Para la renovación, sí. Para lo que viene después de la renovación, depende de cuánto trabajo queda con cada uno.
Daniela asintió.
—Esta semana con los consejeros. La semana que viene el texto de El País Negocios. Y llegamos a marzo con el tablero diferente.
—Sí.
Pausa.
—Diego.
—¿Sí?
—Monreal dijo algo.
—¿Qué dijo?
—Lo que me contaste. Que tomó decisiones que en su momento le parecieron razonables. —Pausa.— ¿Le crees?
Diego lo pensó honestamente.
—Creo que Monreal es exactamente lo que parece: alguien inteligente que se dejó usar y que sale cuando el coste supera el beneficio. —Pausa.— No es un aliado. Pero esta mañana fue honesto.
—¿Y los nombres del consejo?
—Son información real. Rodrigo los verificará.
—Bien. —Pausa.— Diego.
—¿Sí?
—¿Cómo estás?
No sobre el trabajo. No sobre Monreal ni los consejeros. La misma pregunta directa que él le hacía a ella.
Diego tardó un momento.
—Bien. —Pausa.— Más tranquilo que el viernes pasado.
—¿Por qué?
—Porque el tablero tiene forma ahora. —Pausa.— Y porque el viernes dormiste en mi sofá y eso es el tipo de cosa que pone las demás cosas en perspectiva.
Daniela lo miró, aunque no pudiera verla.
—¿La manta eras tú?
—Sí.
—¿Por qué no me despertaste?
—Porque estabas dormida. —Pausa.— Y porque podías.
Daniela procesó eso.
Porque podías.
Era de Diego: exacto, sin adorno, con todo el peso específico de las cosas que dice cuando las dice de verdad.
—Esta semana es larga —dijo Daniela.
—Sí.
—Pero tiene forma.
—Sí.
—Bien. —Pausa.— Esta noche tengo cena con Isabel. Le cuento la reunión con los consejeros.
—De acuerdo.
—Mañana, si puedes.
—Mañana.
Colgó.
La cena con Isabel fue en un restaurante de Chueca que Isabel conocía y que Daniela no había estado antes.
Llegaron a las ocho y media. Pidieron vino. Isabel escuchó la actualización sobre los consejeros con la atención calibrada de alguien que ha dirigido muchas situaciones complejas y sabe cuándo una está llegando a su resolución.
Cuando Daniela terminó, Isabel bebió vino.
—¿Cómo te sientes? —dijo.
—Bien. Cansada. Las dos cosas.
—¿Qué parte fue más difícil?
Daniela lo pensó.
—La reunión con Claudia. —Pausa.— No porque fuera técnicamente difícil. Sino porque había cosas en esa sala que no eran solo estrategia.
—¿Qué cosas?
—Claudia conoce a Diego de hace veinte años. De antes de que existiera la empresa. —Daniela miró su copa.— Hay algo en eso que todavía no entiendo del todo. La relación entre los dos, lo que Claudia quiere realmente, por qué esta empresa específicamente.
Isabel la escuchó.
—¿Afectó a cómo negociaste?
—No. —Pausa.— Pero estuvo ahí. Como ruido de fondo que tuve que decidir ignorar.
—¿Lo ignoraste?
—Lo puse en un cajón para después. —Daniela la miró.— Que no es lo mismo que ignorarlo.
Isabel asintió.
—¿Lo abrirás?
—El cajón. —Pausa.— Cuando haya tiempo.
—¿Cuándo habrá tiempo?
—Después de marzo.
Isabel bebió.
—Daniela. Una cosa.
—Dime.
—El análisis de Vértice y la reunión con los consejeros esta semana. Todo eso está bien documentado, tiene la metodología correcta, fue hecho con rigor. —Pausa.— Pero hay una línea donde el trabajo profesional y lo personal se cruzan de una manera que ya es visible para quien quiera verla.
—Ya lo sé.
—¿Estás bien con eso?
—Sí. —Pausa.— No porque sea cómodo. Sino porque lo elegí con los ojos abiertos.
Isabel la miró.
—¿Él también?
Daniela pensó en Diego con la manta y el café del sábado y porque podías.
—Sí —dijo.— También.
Isabel asintió.
—Bien. —Cogió el menú.— Entonces comemos y no hablamos de Santaolalla Group por el resto de la noche.
—¿De qué hablamos?
—De cualquier cosa que no sea una adquisición hostil o una votación de consejo. —Isabel la miró.— Cuéntame del gato de tu madre.
Daniela sonrió.
—Se llama Borges.
—¿Por el escritor?
—Mi madre dice que es una aspiración.
Isabel la miró con algo que era completamente diversión.
—Tu madre y yo nos llevaríamos bien.
La semana fue de trabajo real.
Martes: reunión con los tres consejeros independientes en una sala neutral que Rodrigo había reservado en un hotel de Recoletos.
Daniela presentó el análisis, respondió las preguntas del primero sobre CV Capital con documentación adicional que había preparado el lunes por la noche, manejó las preguntas del segundo sobre las posiciones cortas con la fórmula que había acordado con Diego: información adicional en proceso de verificación legal, y el tercero, que había estado en silencio, al final preguntó no sobre el análisis sino sobre Vértice.
—¿Cuánto tiempo lleva la firma? —dijo.
—Ocho meses.
—¿Y cómo llegó este encargo a ustedes?
—A través de Rodrigo Peña. —Pausa.— Y a través de mi trabajo previo en el departamento de comunicación de Santaolalla Group.
El consejero la miró.
—¿Hay una relación personal con Diego Santaolalla?
Daniela sostuvo su mirada.
—Sí. —Sin pausa, sin elaboración.— El análisis es verificable con independencia de esa relación. Las fuentes son públicas. La metodología está documentada. Pueden verificarlo con cualquier otro analista.
El consejero procesó.
—¿Lo haría si se lo pidiera?
—Sí. —Daniela lo miró directamente.— Porque el análisis es correcto y no tengo razón para evitar que lo verifiquen.
El consejero asintió.
No añadió nada más.
Rodrigo, que había estado presente en silencio, miró a Daniela con la expresión de quien ha visto algo manejado correctamente y lo reconoce.
La reunión terminó a las doce y media.
En el taxi de vuelta a Vértice, Rodrigo dijo:
—El tercero es el que importa.
—¿Por qué?
—Porque los otros dos ya estaban casi convencidos. El tercero es el que Morales cree que tiene seguro. —Pausa.— Y acaba de hacerte la pregunta más difícil y no te moviste.
Daniela miró el tráfico de Madrid.
—No había razón para moverme.
—No. —Rodrigo la miró.— ¿Sabes qué dijo Diego cuando te contrató?
—No me contrató él. Me contrató el consejo.
—Ya. Pero cuando te vio en la presentación. —Rodrigo la miró.— Le dije que la nueva directora de comunicación parecía buena y dijo: parece alguien que no baja la voz cuando debería bajarla.
Daniela lo miró.
—¿Eso fue un cumplido?
—Viniendo de Diego, era la descripción más alta que podía dar. —Rodrigo miró el frente.— Que conste.
Miércoles: el texto de El País Negocios, que había estado esperando el momento correcto, salió a las nueve de la mañana.
Tomás Vega lo había publicado en Expansión. El periodista de El País era diferente: más analítico, menos perfil personal, con el interés en las implicaciones sectoriales más que en Diego como figura.
El texto funcionó diferente al de Expansión: donde el de Expansión había construido la imagen del hombre, este construía la imagen de la empresa. Los principios, la trayectoria, la posición en el sector.
Sin mencionar Casal. Sin mencionar CV Capital. Solo la empresa y lo que representaba.
Daniela lo leyó en el metro con el café y pensó que era exactamente lo que necesitaban: no defensa sino presencia. No argumento sino existencia sólida.
Diego le mandó un mensaje a las nueve y veintitrés.
Bien.
Daniela respondió: Sí.
Y luego: Esta semana está funcionando.
Diego tardó cuatro minutos.
Sí. —Pausa.— Gracias a ti.
A los dos.
A los dos, confirmó Diego.
Jueves y viernes fueron de trabajo normal.
Clientes de Vértice, correos, una reunión con Isabel sobre dos proyectos nuevos. La semana de Santaolalla Group seguía en el fondo, con los plazos y los consejeros y el lunes próximo que traería más información, pero sin la urgencia de las semanas anteriores.
El jueves por la noche Diego llamó.
—¿Estás libre mañana por la noche?
—Sí.
—Sofía viene el sábado. Esta vez sabe que vienes el sábado a cenar. —Pausa.— Quería avisarte antes.
—¿Me avisas o me preguntas?
Silencio de dos segundos.
—Te pregunto.
—Sí —dijo Daniela.
—Bien. —Pausa.— El viernes entonces. Sin trabajo.
—Sin trabajo.
—¿Pasta o algo diferente?
Daniela lo pensó.
—Enseñame a hacer la salsa de tomate.
Silencio de tres segundos.
—¿Por qué?
—Porque el sábado con Sofía quiero poder hacerla yo y no que parezca que viniste tú a una cena en tu propia casa.
Diego procesó eso.
—¿Te importa que parezca eso?
—No me importa que lo sea. Me importa el matiz de quién cocina para quién. —Pausa.— Que probablemente es una distinción más importante para mí que para Sofía.
Diego tardó.
—Noventa minutos de salsa —dijo.— El viernes a las seis entonces.
—A las seis.
—Daniela.
—¿Sí?
—Es una salsa de tomate. No requiere clase magistral.
—Lo sé. —Pausa.— Pero me gusta aprender cosas que cuestan tiempo.
Diego no respondió de inmediato.
Cuando lo hizo fue tan despacio que Daniela tuvo que escuchar con atención.
—Ya lo sé —dijo.— Por eso lo propuse.
Colgó.
Daniela se quedó con el teléfono en la mano en su piso del viernes por la tarde.
Pensó en ya lo sé.
En que Diego había propuesto enseñarle la salsa de tomate porque sabía que Daniela era el tipo de persona que aprende cosas que cuestan tiempo.
Que había notado eso de ella. Que lo había guardado. Que lo había usado para proponer algo que era a la vez mundano y completamente no mundano.
Eso era Diego.
Eso era lo que había estado aprendiendo a leer desde el primer día.
Daniela fue a la cocina.
Bebió agua.
Sonrió sola con el viernes por delante y el sábado después y la semana entera que había funcionado.
No perfectamente.
Pero funcionado.