Mi Billionaire (Santaolalla nº 2) Capítulo 14
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Capítulo 14

Daniela había pasado la mañana en Vértice con la concentración dividida entre dos clientes reales y el reloj que avanzaba hacia un momento que podía ser muchas cosas dependiendo de cuatro palabras al otro lado de una línea.

A las once y cuarenta y dos vibró el teléfono.

Número de Claudia.

Daniela cogió.

—Daniela.

—Claudia.

—Tengo una respuesta.

—Te escucho.

Silencio de dos segundos. Del tipo calculado.

—Acepto las condiciones. —Una pausa.— Con una modificación.

—¿Cuál?

—Casal sale limpio. Monreal sale antes de marzo.

Y las posiciones cortas no llegan a ningún regulador en seis meses.

—Pausa.— La modificación es que los seis meses no son negociables.

Si en seis meses algo cambia en la situación de Santaolalla Group que haga que la salida limpia que buscas no sea posible, el acuerdo caduca.

Daniela procesó.

Era una salvaguarda razonable. Claudia se dejaba una puerta de salida si en seis meses las condiciones eran tan diferentes que el acuerdo ya no le convenía.

—Acepto la modificación —dijo Daniela.— Con una condición propia.

—Dime.

—El acuerdo existe entre tú y yo verbalmente. Pero Rodrigo Peña tiene los documentos de las posiciones cortas en custodia con instrucciones de que si algo le pasa a Diego, a mí, o a Vértice en los próximos seis meses, los documentos van a la CNMV automáticamente.

Silencio.

—Eso es una amenaza.

—Es una garantía. —Pausa.— Para las dos partes.

Otro silencio.

—De acuerdo —dijo Claudia al final.

—¿Cuándo sale Casal?

—Esta semana. Ya hablé con él ayer. La conversación fue más fácil de lo que esperaba. —Una pausa que Daniela leyó como reconocimiento implícito de que Casal había reaccionado exactamente como Diego había predicho.— Está más interesado en que nadie sepa que estuvo en esto que en cualquier otra cosa.

—¿Y Monreal?

—Monreal tiene una reunión con Diego el lunes. —Pausa.— Le presentará su dimisión como consultor. Las acciones del fondo se transfieren en los próximos quince días.

—¿Voluntariamente?

—Monreal es inteligente. Sabe cuándo una posición es insostenible. —La voz de Claudia, sin calor.— Y sabe que si no lo hace voluntariamente, los documentos existen.

Daniela procesó.

—De acuerdo. —Pausa.— Claudia.

—¿Sí?

—Una cosa más. Que no es parte del acuerdo.

Silencio breve.

—Dime.

—¿Por qué Santaolalla Group? —Daniela lo dijo directamente.— Hay otras empresas en el sector. Con mejores condiciones de adquisición, sin la resistencia de Diego. —Pausa.— ¿Por qué esta empresa específicamente?

El silencio que siguió fue diferente a todos los anteriores. Más largo. Con una textura que Daniela no había oído en toda la conversación.

—¿Eso importa para el acuerdo? —dijo Claudia al final.

—No. Pero importa para entender si los seis meses son reales o si esto es una pausa táctica.

Claudia tardó.

—Diego construyó algo que no se puede corromper —dijo al final.— En un sector donde todo se puede corromper. —Pausa.— Eso tiene un valor que no está en ningún balance.

—¿Valor para CV Capital Partners?

—Valor para lo que CV Capital Partners quiere ser. —Claudia habló despacio.— No todas las adquisiciones son para desmantelar, Daniela. Algunas son para preservar algo que de otra manera desaparece cuando su fundador ya no está.

Daniela lo procesó.

Era una respuesta que podía ser verdad o podía ser la versión que Claudia quería que creyera.

O las dos cosas al mismo tiempo, que era como solían ser las respuestas de las personas que habían tenido poder suficiente tiempo para aprender que la verdad y la estrategia no siempre eran excluyentes.

—Seis meses —dijo Daniela.

—Seis meses —confirmó Claudia.

Colgó.

Daniela se quedó con el teléfono en la mano en su despacho de Vértice con el sol de viernes entrando por la ventana.

Luego llamó a Diego.

Dos tonos.

—Daniela.

—Aceptó. —Pausa.— Las condiciones con una modificación menor que acepté.

Silencio de tres segundos.

—Cuéntame.

Le contó. Todo. La modificación, la garantía de Rodrigo, los plazos de Casal y Monreal.

Y lo último, lo de valor para preservar algo que de otra manera desaparece cuando su fundador ya no está.

Diego escuchó en silencio hasta el final.

—¿La crees? —dijo.

—No lo sé. —Daniela miró la ventana.— Creo que hay algo de verdad. No sé cuánto.

—¿Cambia algo?

—Para los seis meses, no. El acuerdo es el acuerdo. —Pausa.— Para lo que viene después, quizás.

—¿En qué sentido?

—En el sentido de que si en seis meses Claudia demuestra que la salida limpia era real, la conversación sobre Santaolalla Group en el futuro es diferente. —Daniela lo miró, aunque no pudiera verla.— No ahora. No en seis meses necesariamente. Pero a largo plazo.

Diego procesó.

—¿Me estás diciendo que quizás hay una versión donde Claudia Vega no es solo el problema?

—Te estoy diciendo que hay versiones que todavía no vemos. —Pausa.— Pero eso es el futuro. Ahora mismo tienes a Monreal saliendo el lunes y a Casal fuera esta semana y seis meses para la renovación sin la presión que había.

Diego asintió. Daniela lo supo aunque no pudiera verlo: el asentimiento tranquilo de alguien que recibe información que confirma la dirección correcta.

—Rodrigo —dijo Diego.

—Le llamo ahora. Necesita saber el acuerdo para que los documentos tengan las instrucciones correctas.

—De acuerdo.

Pausa.

—Daniela.

—¿Sí?

—Esta semana. —La voz de Diego, quieta.— Todo esto. Casal, Claudia, el análisis, la reunión del miércoles. —Pausa.— Hiciste algo que yo no habría sabido hacer.

—¿Qué?

—Negociar con alguien que me conoce de antes que yo supiera que lo hacía. —Pausa.— Sin que eso te afectara de manera que afectara al resultado.

Daniela lo pensó.

—Me afectó —dijo.— Saber que Claudia te conocía de antes y que había algo ahí que yo no podía ver del todo. Me afectó.

—¿Cómo lo manejaste?

—Me pregunté si importaba para lo que necesitaba hacer. —Pausa.— Y la respuesta era no. Así que seguí.

Diego tardó.

—¿Y ahora? —dijo.— ¿Importa?

Daniela lo pensó honestamente.

Claudia Vega. Cincuenta y dos años. Dos que habían durado dos años antes de que existiera la empresa. Catorce de silencio. Un café hace seis meses. Tres años de maniobras.

¿Importaba?

—Me hace curiosidad —dijo Daniela.— No importa de la manera que quizás estás preguntando. Pero hay algo en cómo habló de ti que todavía no entiendo del todo.

—¿Qué cosa?

—Lo de preservar algo que de otra manera desaparece cuando su fundador ya no está. —Pausa.— ¿Qué te parece a ti?

Diego tardó más que de costumbre.

—Que Claudia siempre fue más honesta sobre sus motivaciones de lo que la situación hacía parecer. —Una pausa larga.— Que en eso no cambió en veinte años.

Daniela procesó eso.

Era mucha información en una frase. La forma de Diego de decir algo sin decirlo todo.

—De acuerdo —dijo Daniela.— El lunes, cuando salga Monreal, llámame.

—Te llamo.

—Y Diego.

—¿Sí?

—Esta noche no tengo energía para nada más que el sofá y algo que no requiera pensar.

Una pausa.

—Ven —dijo Diego.— Hay lichis todavía.

Daniela sonrió sola en su despacho.

—A las ocho.

—A las ocho.

Los lichis resultaron ser mejor de lo que esperaban.

Daniela los trajo en un bol del frigorífico al sofá y los dos los comieron con la televisión puesta en algo que ninguno siguió realmente, con el volumen bajo y las luces bajas y el viernes de marzo terminando de la única manera que un viernes como ese podía terminar decentemente.

En silencio.

En el buen sentido.

El tipo de silencio que existe entre personas que han pasado una semana entera diciéndose cosas importantes y que ahora tienen el permiso tácito de no decir nada.

A las diez y media Daniela se quedó dormida en el sofá con la cabeza en el hombro de Diego.

No fue una decisión. Fue el cuerpo decidiendo que ya podía.

Diego apagó la televisión.

No la despertó.

Se quedó quieto con ella dormida en su hombro y Madrid afuera y el acuerdo de Claudia y los seis meses y Monreal el lunes y todo lo que vendría después de eso.

Pensó en lo que había dicho Claudia.

Preservar algo que de otra manera desaparece cuando su fundador ya no está.

Y pensó en que quizás Claudia, con sus tres años de maniobras y sus motivaciones que nunca eran solo una cosa, había dicho algo verdadero.

Que lo que había construido necesitaba seguir más allá de él.

Que la empresa no era él aunque él la hubiera hecho.

Y que quizás, en seis meses, cuando hubiera tiempo para pensar en ello sin la presión de todo lo demás, esa conversación tendría sentido.

No ahora.

Ahora Daniela dormía en su hombro y eso era suficiente.

Más que suficiente.

Diego apoyó la cabeza en la suya.

Cerró los ojos.

Fuera, Madrid seguía siendo Madrid.

Indiferente a todo lo que pasaba aquí dentro.

Como siempre.

Claudia Vega, después de colgar con Daniela, se quedó en su despacho de CV Capital Partners con la vista fija en la pantalla y los seis meses enteros desplegados delante de ella.

Había aceptado las condiciones.

No porque no tuviera alternativas.

Sino porque Daniela Sánchez había hecho algo que ninguna persona en los tres años anteriores había conseguido: entrar a una negociación conociendo el tablero completo y pedir exactamente lo que era justo… no lo que era posible arrancar a la fuerza.

Y eso, para alguien que llevaba décadas moviéndose en un sector donde todo el mundo pedía lo máximo que podía exprimir, era profundamente inusual.

Lo suficientemente inusual como para hacerla reconsiderar algunas cosas.

No el objetivo. Todavía creía que Santaolalla Group necesitaba lo que CV Capital podía ofrecerle.

Pero quizás la manera de llegar hasta ahí era distinta a la que había estado usando durante los últimos tres años.

Cogió el teléfono. Llamó a su abogado.

—Necesito revisar los estatutos de CV Capital. —Una pausa. La voz le salió más baja, más reflexiva—. La estructura de las adquisiciones. Cómo se vería una entrada como socio estratégico en lugar de como adquisición pura.

El abogado tardó un momento en responder.

—¿Estás hablando de una sociedad? ¿No de una compra?

—Estoy hablando de explorar qué significa preservar algo… sin necesitar controlarlo del todo. —Claudia miró la pantalla, donde seguían abiertos los números de Santaolalla Group—. Dame las opciones el lunes.

Colgó.

Se quedó mirando Madrid desde la ventana de su despacho. Las luces de la ciudad parpadeaban a lo lejos. Pensó en Diego a los veintidós años, en la misma constructora, diciéndole con esa convicción quieta y absoluta que iba a montar algo que no necesitara corromperse para sobrevivir.

Ella no lo había creído entonces.

Veinte años después, la empresa existía.

Y quizás eso decía más sobre Diego de lo que ella había estado dispuesta a admitir.

O sobre ella misma, que había tardado dos décadas en mirarlo de frente.

Lo que Diego no supo ese viernes por la noche fue esto:

El primer consejero independiente que había leído el análisis de Daniela había convocado una reunión informal con los otros dos para el lunes por la mañana.

Sin notificar a Morales.

Sin notificar al comité ejecutivo.

Solo los tres, con el análisis de Vértice y los documentos que Rodrigo había adjuntado, para hablar de lo que habían leído… y de lo que eso significaba para su voto en marzo.

Rodrigo lo supo el viernes por la tarde.

Y decidió decírselo a Diego el lunes, después de la reunión con Monreal.

Para que la semana empezara con las noticias en el orden correcto.

Lo que los dos sí supieron, el sábado por la mañana, fue esto:

Daniela se despertó en el sofá.

Había una manta sobre ella que no estaba cuando se había quedado dormida.

Gruesa, de lana gris oscuro, con el leve olor a canela que ya asociaba solo con él.

La luz de marzo entraba limpia por las ventanas del salón.

Desde la cocina llegaba el sonido suave de una cafetera y el aroma inconfundible de café recién hecho.

Diego estaba de pie frente a la encimera, en jersey negro y pantalones de chándal, el pelo todavía húmedo de la ducha. Cuando la oyó moverse, se giró. No sonrió del todo. Pero algo en su cara se suavizó de una forma que solo ella había aprendido a reconocer.

—Café —dijo, simplemente. Y le tendió una taza exacta: con leche, a la temperatura que a ella le gustaba.

Daniela se incorporó, todavía envuelta en la manta, y aceptó la taza. El calor le subió por los dedos.

Los seis meses que venían iban a ser complicados.

Marzo iba a ser una batalla, aunque Monreal saliera.

Claudia Vega seguía siendo una variable que no estaba completamente resuelta.

Todo eso era verdad.

Y era manejable.

Y formaba parte de lo que cada uno había elegido.

Pero el sábado por la mañana, con el café caliente entre las manos, el sol de marzo entrando a raudales y la manta que él había puesto sobre ella durante la noche… eso también era verdad.

Y esta mañana, al menos, era más grande que todo lo demás.