Mi Billionaire (Santaolalla nº 2) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

Y Daniela, de pie en la acera del barrio de Salamanca con el Villa Magna detrás y Vértice delante y Diego en el teléfono, le contó todo.

Cada palabra. Cada condición. Cada cosa que había pedido y cada cosa que Claudia había aceptado y lo que todavía estaba por responder.

Diego la oyó en silencio.

Cuando terminó, la pausa fue larga.

—Las posiciones cortas y el argumento sobre mi venta de acciones en 2021 —dijo Diego.

—Sí.

—¿Tiene base?

—Técnicamente no. Pero con el contexto equivocado y alguien con interés en construir el argumento, podría crear ruido suficiente para complicar la renovación de marzo.

—¿Y pediste que Casal y Monreal salieran.

—Sí.

—¿Los dos?

—Los dos.

Pausa.

—¿Y que CV Capital no entre en el consejo?

—Sí. —Pausa.— Diego.

—¿Sí?

—Puede que no acepte. Las condiciones son más de lo que vino a ofrecer.

—Lo sé.

—Si no acepta, los documentos van a Rodrigo y el plan sigue como estaba. —Pausa.— Pero si acepta tenemos algo que vale más que la votación de marzo.

—¿Qué?

—Tiempo. Sin Casal y sin Monreal, sin el ruido mediático y sin el voto que faltaba en el consejo. —Daniela miró la calle.— Morales solo no tiene los votos.

Diego procesó.

—¿Crees que va a aceptar?

—Creo que Claudia Vega ha esperado tres años para esto. Puede esperar seis meses más si las condiciones son razonables. —Pausa.— Y las condiciones que pedí son razonables comparadas con la alternativa.

Silencio.

—Daniela.

—¿Sí?

—Lo que hiciste hoy. —La voz de Diego, más quieta.— Entrar sola a esa reunión. Pedir lo que pediste. Dejar los documentos fuera del análisis hasta tener esto.

—Ya. —Pausa.— ¿Estás enfadado?

—No. —Una pausa.— Estoy pensando en que enviaste el análisis el viernes sin las posiciones cortas porque Rodrigo te pidió tiempo. Y esta tarde fuiste sola porque era la decisión correcta. Y pediste lo que pediste porque era lo que convenía pedir. —Otra pausa.— Todo eso sin consultarme cada paso.

—Te lo conté todo.

—Sí. Después. —Pausa.— Daniela, lo que estoy intentando decir es que confié en tu criterio y el criterio fue correcto. Eso no es algo que la gente diga a menudo en este contexto sin convertirlo en condescendencia.

Daniela lo miró, aunque no pudiera verla.

—Gracias —dijo.

—No es un cumplido. Es un hecho.

—Ya. —Pausa.— ¿Esta noche?

—Esta noche —confirmó Diego.— Trae postre si quieres. O no. Ya tenemos huevos.

La comisura de Daniela.

—A las ocho.

—A las ocho.

Colgó.

Siguió caminando hacia Vértice con las nubes encima y la semana todavía en pie y el viernes por delante.

Pensó en Claudia Vega sentada en el Villa Magna con el té y los tres años de trabajo encima y las condiciones que no esperaba.

Pensó en que había algo que todavía no sabía.

¿Por qué Santaolalla Group específicamente?

El dinero era obvio. La empresa era valiosa. Pero Claudia podía haber buscado otra empresa.

¿Por qué Diego?

La respuesta que tenía era incompleta: que era el único fracaso de Claudia y eso la hacía volver.

Pero había algo más en la manera en que Claudia había hablado de él. No como objetivo. Como algo más personal que eso.

Daniela llegó a Vértice.

Subió las escaleras.

Se sentó en su despacho.

El viernes sabría más.

O no sabría más pero tendría la respuesta de Claudia.

Y con eso, una dirección.

Diego había hecho pasta otra vez.

Con salsa de tomate casera que tardaba noventa minutos, que Daniela notó cuando entró a las ocho porque el olor era el mismo del sábado y porque noventa minutos antes de las ocho significaba que había empezado a cocinar antes de saber si ella venía con postre o sin él.

—No traje postre —dijo Daniela.

—Ya. —Diego no se giró de la cocina.— Hay fruta.

—¿Qué tipo de fruta?

—Naranjas. Y algo que Carmen puso en la nevera el lunes que no he identificado todavía.

Daniela fue a la nevera. Abrió.

—Son lichis —dijo.

—¿Eso es postre?

—Si quieres que lo sea.

Diego se giró. La miró con la expresión de la comisura.

—¿Cómo estás? —dijo.

No sobre el trabajo. No sobre Claudia. Solo la pregunta directa de alguien que quiere saber cómo está la persona y no la situación.

Daniela se apoyó en la nevera.

—Bien. —Pausa.— Cansada de una manera que no es física.

—¿Qué tipo de cansada?

—Del tipo que produce estar en una reunión donde cada palabra tiene doble fondo y tienes que procesar el doble fondo mientras construyes el tuyo propio. —Pausa.— No es agotador en el momento. Es agotador después, cuando el cuerpo decide que ya puede soltarlo.

Diego asintió.

—Cena —dijo.— Y luego no hablamos de Claudia.

—¿De qué hablamos?

—De lo que quieras que no sea Claudia ni marzo ni el análisis ni los consejeros. —Pausa.— De los lichis si quieres.

Daniela lo miró.

—¿Sabes algo de lichis?

—Nada. —La miró.— Por eso es una conversación que puede durar exactamente lo que necesite.

Daniela soltó el aire.

No era risa exactamente. Era el tipo de sonido que produce el cuerpo cuando suelta algo que llevaba apretado sin saberlo.

—De acuerdo —dijo.

Cenaron.

Hablaron de los lichis, que resultaron ser interesantes en términos de origen geográfico aunque no en términos de conversación sostenida, lo que llevó a Sofía y al libro nuevo que había empezado según el mensaje de esa mañana, lo que llevó a Cristina que había llamado el martes por algo del instituto, lo que llevó a Daniela contando que su madre tenía un gato nuevo en Valladolid al que había llamado Borges aunque el gato no hubiera dado ninguna señal de merecer ese nombre.

Diego escuchó con la atención completa que le daba a todo.

—¿Por qué Borges? —dijo.

—Porque es gris y misterioso y duerme en posiciones que sugieren que está pensando algo profundo aunque probablemente solo sea que es viejo.

La comisura de Diego.

—Tu madre le puso nombre de escritor a un gato gris.

—Mi madre le pone nombres de escritores a todo. Mi perro de infancia se llamaba Neruda.

—¿Tenías un perro?

—Hasta los dieciséis años. —Pausa.— Era blanco y nervioso y no tenía nada de Neruda pero mi madre dijo que el nombre era una aspiración.

Diego la miró.

—¿Una aspiración?

—Que algún día el perro encontrara su ritmo. —Daniela sonrió.— Nunca lo encontró. Pero se murió feliz.

Diego la miraba con la expresión de las últimas semanas, la más limpia, con algo añadido que Daniela reconoció como la versión de él que existía cuando estaba completamente presente sin hacer ningún esfuerzo para estarlo.

Solo presente.

—Diego —dijo Daniela.

—¿Sí?

—¿Qué pasará si Claudia no acepta?

Diego la miró.

—Preguntabas que no ibas a hablar de Claudia.

—Ya. —Pausa.— Pero quiero saber lo que piensas tú. No el plan. Lo que piensas.

Diego dejó el tenedor.

—Si no acepta, tenemos los documentos y el análisis y lo que ya sabemos. —Pausa.— Y llegamos a marzo con eso. Con lo que hay.

—¿Es suficiente?

—No lo sé. —Diego la miró directamente.— Pero lo que sé es que si llegamos a marzo con o sin el acuerdo de Claudia, lo que hay entre nosotros no cambia.

Daniela lo miró.

—¿Estás seguro?

—Completamente.

Era la misma respuesta que daba siempre cuando Daniela preguntaba si estaba seguro de algo importante. Sin pausa, sin elaboración. Solo la certeza directa de alguien que no hace promesas que no puede mantener.

—De acuerdo —dijo Daniela.

—De acuerdo.

Recogieron los platos.

No hablaron más de Claudia.

Daniela se quedó.

Y en el silencio de la habitación de Diego con las luces apagadas y Madrid afuera y el viernes por venir con la respuesta de Claudia, había algo que era más tranquilo que toda la semana anterior.

La certeza de que había cosas que no dependían de lo que Claudia decidiera.

Que existían independientemente del tablero.

Que el tablero era el tablero y esto era otra cosa.

Daniela lo sabía.

Diego lo sabía.

Y eso, por esta noche, era suficiente.