Capítulo 12 #2
—Porque llevas semanas siendo la persona más informada de todo esto. —Una pausa.— Y porque creo que tienes información que te convierte en alguien útil para las dos.
—¿Útil cómo?
—Eso es para el café. —Pausa.— Miércoles a las cuatro. El hotel Villa Magna.
Daniela procesó.
El Hotel Villa Magna. A dos manzanas de Vértice. Claudia sabía dónde trabajaba. Había elegido el sitio para que la proximidad hiciera que decir que no fuera más difícil.
Inteligente.
—¿Por qué deberías yo reunirme contigo? —dijo Daniela.
—Porque lo que yo sé sobre ti y Diego Santaolalla podría complicarte la vida si llega a las personas equivocadas. —Una pausa.— Y porque lo que tú sabes sobre la oferta de 2021 podría complicarme la mía.
El despacho. El silencio.
Lo que tú sabes sobre la oferta de 2021.
Claudia sabía que Daniela sabía.
—Miércoles a las cuatro —dijo Daniela.
—Miércoles a las cuatro. —Una pausa.— Daniela. Ven sola. Sin hablar con Diego antes.
Colgó.
Daniela dejó el teléfono sobre la mesa.
Lo miró durante diez segundos.
Luego cogió el teléfono y marcó el número de Diego.
Tres tonos.
—Daniela.
—Diego. —Una pausa.— Acaba de llamarme Claudia Vega.
Silencio de dos segundos.
—¿Qué quiere?
—Un café el miércoles. —Pausa.— Y me pidió que fuera sola y sin hablar contigo antes.
Diego no respondió de inmediato.
Cinco segundos.
Seis.
—¿Qué le dijiste?
—Que sí al café. —Pausa.— Y que no a lo de no hablar contigo.
Otro silencio.
—Daniela.
—Ya sé lo que vas a decir.
—¿Qué iba a decir?
—Que no vayas. O que si voy que no vayas sola. —Daniela lo miró, aunque no pudiera verla.— La respuesta es que voy. Y que voy sola porque si voy acompañada ella no dirá nada útil.
—Puede ser peligroso.
—Es un hotel de cinco estrellas a mediodía. —Pausa.— No es peligroso. Es incómodo. Hay diferencia.
Diego procesó.
—¿Qué quiere de ti?
—No lo sé todavía. Pero dijo que yo tenía información sobre la oferta de 2021 que podría complicarle la vida. —Pausa.— Lo que significa que sabe lo que sé. Y que quiere saber cuánto más sé.
—¿Y cuánto más sabes?
Daniela cerró los ojos un segundo.
El tercer documento.
Rodrigo y sus dos semanas.
Confío en tu criterio sobre cuándo decírmelo.
Las dos semanas acababan de volverse irrelevantes.
—Diego —dijo Daniela.
—¿Sí?
—Hay algo que no te he dicho todavía. Rodrigo me pidió que esperara dos semanas pero Claudia acaba de cambiar los plazos.
Silencio.
—Cuéntame —dijo Diego.
Y Daniela le contó el tercer documento.
Lo oyó en silencio.
Daniela habló durante cuatro minutos. Los movimientos de las acciones, las posiciones cortas, el timing, las implicaciones legales si se probaba la conexión.
Cuando terminó el silencio duró más que antes.
Ocho segundos.
Nueve.
—¿Desde cuándo lo sabes? —dijo Diego. La voz quieta. Más quieta que de costumbre.
—Desde el lunes pasado. —Pausa.— Rodrigo me pidió que esperara porque si te movías antes de tener las pruebas Claudia cubría rastros.
—¿Y aceptaste?
—Acepté porque tenía sentido. —Daniela no bajó la voz.— Y porque en ese momento las dos semanas parecían manejables. Ahora Claudia llamó y los plazos cambiaron.
Otro silencio.
—Diego.
—Estoy pensando.
—Ya lo sé.
Diez segundos más.
—¿Estás enfadado? —dijo Daniela.
—Estoy procesando. —Una pausa.— Hay una diferencia.
—¿Cuál?
—Que enfadado implica que hiciste algo mal. —Pausa.— Y no lo hiciste. Rodrigo tenía razón sobre los plazos. Y me lo dices ahora que los plazos cambiaron. —Otra pausa.— Eso es exactamente lo que acordamos.
Daniela soltó el aire que no sabía que había estado aguantando.
—Sí —dijo.
—Pero la próxima vez. —La voz de Diego, quieta y directa.— Si algo cambia los plazos, me lo dices antes de que lo cambie otro.
—De acuerdo.
—De acuerdo. —Pausa.— ¿El miércoles?
—Miércoles a las cuatro.
—Daniela. —La voz de Diego, más quieta todavía.— Lo que Claudia dijo sobre que podría complicarte la vida.
—Es un farol. —Pausa.— O no lo es del todo. Pero tiene menos que ganar complicándome la vida que ganando mi cooperación.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque si quisiera hacerme daño ya lo habría hecho. Me llamó para negociar. —Pausa.— Lo que significa que yo tengo algo que ella quiere.
—¿Qué?
Daniela pensó.
—No lo sé todavía. Eso es lo que voy a descubrir el miércoles.
Diego procesó.
—Llámame cuando salgas.
—Te llamo cuando salga.
—Antes si algo cambia.
—Antes si algo cambia.
Una pausa.
—Daniela.
—¿Sí?
—Cuidado.
Era la primera vez que Diego le decía eso. No ten cuidado ni sé prudente ni ninguna de las formulaciones que la gente usa. Solo cuidado, directo y sin adorno, con todo lo que eso contenía en el idioma de Diego.
—Siempre —dijo Daniela.
Colgó.
Se quedó en su despacho de Vértice con el teléfono en la mano y el lunes por la tarde y el miércoles a las cuatro en el horizonte.
Claudia Vega.
Que llevaba tres años construyendo algo.
Que había esperado veinte años antes de eso.
Que sabía exactamente cuánto sabía Daniela y había llamado de todas formas.
¿Por qué?
Daniela abrió el portátil.
Buscó el perfil de LinkedIn de Claudia otra vez. La foto, los quince años de empresa grande antes de fundar CV Capital, el historial de adquisiciones.
Tres exitosas. Una fallida: Santaolalla Group, 2021.
La única vez que Claudia Vega había fracasado.
Y había vuelto.
No con una oferta directa. Con algo más lento y más difícil.
¿Por qué Santaolalla Group?
¿Por qué Diego específicamente?
La respuesta obvia era el dinero, la empresa, el valor estratégico de la licitación en el sector de infraestructuras.
Pero había algo más.