Capítulo 12
El viernes llegó con el análisis enviado a los tres consejeros independientes.
No directamente: a través de Rodrigo, que los conocía, con una nota de cobertura que explicaba el origen del documento y su carácter independiente. Sin Diego en copia. Sin Morales en conocimiento.
Daniela lo mandó a las nueve de la mañana desde Vértice y pasó el resto de la mañana trabajando en los clientes de Isabel con la concentración específica de alguien que ha hecho lo que tenía que hacer y ahora espera.
A las doce y cuarenta y tres llegó un mensaje de Diego.
¿Esta tarde?
Daniela lo miró.
No era sobre el trabajo. O no era solo sobre el trabajo. Era la pregunta corta de alguien que tiene el idioma aprendido ya y sabe que ¿esta tarde? lo dice todo.
Sí, respondió. ¿A qué hora?
Cuando puedas. No hay prisa.
Las seis.
Las seis.
Llegó a las seis menos cinco.
Diego abrió antes de que llamara.
La miró. Miró su cara. Leyó lo que había en ella de la misma manera que Daniela había aprendido a leerle a él: sin palabras, por el contorno de lo que no se decía.
—El análisis salió —dijo Diego.
—Esta mañana.
—¿Cómo estás?
—Bien. —Entró.— Aliviada de que esté fuera. Y un poco a la espera de qué pasa cuando llegue a los consejeros.
—Rodrigo dice que el primero ya lo leyó.
—¿Cuándo?
—Esta tarde. —Diego fue a la cocina.— Dice que tardó cuarenta minutos. Que hizo tres preguntas.
—¿Qué preguntas?
—Que si las fuentes eran verificables. Que si Vértice tenía acceso a documentos no públicos. —Pausa.— Y que quién era Daniela Sánchez.
Daniela lo miró desde el umbral de la cocina.
—¿Qué le dijo Rodrigo?
—Que la directora de comunicación que había llevado el departamento el trimestre pasado. —Diego se giró.— Y que su análisis era independiente y verificable.
—¿Preguntó por la relación?
—No directamente. —Diego la miró.— Pero lo va a preguntar.
—Ya. —Daniela se apoyó en el umbral.— ¿Qué vas a decirle?
—La verdad. —Diego la miró directamente.— Que hay una relación personal y que el análisis es verificable con independencia de eso.
—¿Crees que lo aceptará?
—Lo acepta o no lo acepta. —Pausa.— Pero el análisis es lo que es. Si las pruebas están y las conexiones son reales, la relación personal no las deshace.
Daniela lo miró.
—Eso es lo que esperaba que dijeras.
—¿Lo dudabas?
—No. —Una pausa.— Pero es diferente oírlo.
Diego la miró con la expresión de la comisura de la boca.
—¿Café? —dijo.
—No.
Diego levantó una ceja.
—¿No?
—No quiero café. —Daniela lo miró directamente.— Ha sido una semana larga y el análisis está fuera y los consejeros lo tienen y esta semana no hemos tenido un momento que no sea trabajo o Casal o Claudia o marzo.
Diego la miró.
Procesó lo que Daniela no había dicho directamente pero que estaba en las palabras como el contorno de lo que no está.
—¿Qué quieres? —dijo.
Daniela lo miró tres segundos.
—Esto —dijo.
Y cruzó el umbral de la cocina.
Las otras veces habían tenido el peso de todo lo que precedía: la tensión construida durante semanas, la primera vez con su historia de meses detrás, el sábado con la certeza nueva de lo que era.
Esta era diferente.
Era solo el viernes y Diego en su cocina y una semana larga terminando de la manera correcta.
Sus manos, las que tamborileaban una vez cuando algo era ineficiente y que Daniela había catalogado desde el primer día, eran exactamente lo que había aprendido: precisas, sin nada innecesario, con toda la atención que Diego le daba a todo lo que importaba.
Y Daniela, que había aprendido a no irse antes de que algo terminara, se quedó.
Completamente.
Más tarde, mucho más tarde, con la ventana de la habitación de Diego mostrando Madrid de noche y las luces de Salamanca entrando en franjas, Daniela estaba despierta.
Diego a su izquierda, la respiración lenta, dormido.
Daniela miraba el techo.
El tercer documento.
Rodrigo y sus dos semanas.
La cosa que no le había dicho todavía y que Diego había aceptado no saber con la confianza específica de alguien que está aprendiendo a soltar el control en las cosas que no puede controlar.
Confío en tu criterio sobre cuándo decírmelo.
Daniela lo había guardado en el sitio de las cosas que valían.
Pero esta noche, con el techo alto y Madrid afuera y Diego dormido a su izquierda, el peso de saberlo ella sola era más pesado que antes.
No porque fuera a decírselo ahora.
Sino porque guardarlo empezaba a tener la textura de exactamente lo que Diego le había pedido que no hiciera.
Calcular qué información doy y cuándo para no provocar reacciones que compliquen las cosas.
Daniela cerró los ojos.
Dos semanas, se dijo. Rodrigo necesita dos semanas.
Era la razón correcta.
Y aun así.
Aun así.
Se quedó dormida con el pensamiento a medias, que era la única manera de que algunos pensamientos dejaran de crecer.
El domingo desayunaron tarde.
Las nueve y cuarto, que para Diego era tarde y para Daniela era razonable y que los dos habían llegado por caminos diferentes sin acordarlo.
Huevos revueltos otra vez. Esta vez Daniela añadió sal en el momento correcto y el resultado fue mejor que el sábado anterior.
Diego lo dijo.
—Mejor que la semana pasada.
—Albahaca la próxima vez —dijo Daniela.
—Los huevos no llevan albahaca.
—La pasta tampoco lleva noventa minutos de salsa y aquí estamos.
Diego la miró con la comisura.
Comieron con el sol de domingo entrando por la ventana de la cocina y el ruido de Salamanca despertándose, más lento que los días de semana, con el ritmo específico de la gente que puede permitirse tomar el tiempo.
—El lunes —dijo Diego.
—El lunes.
—¿Qué esperas de los consejeros?
—Que el segundo y el tercero lean el análisis durante el fin de semana si el primero ya lo tiene. —Daniela bebió el café.— Y que Rodrigo reciba respuesta antes del miércoles.
—¿Qué tipo de respuesta?
—Preguntas. Si hacen preguntas el análisis les importa. Si no hacen preguntas o hay silencio, o lo desestimaron o lo están llevando a alguien más arriba.
—¿A quién más arriba?
—A Morales o a sus asesores legales. —Pausa.— Lo que en realidad significaría que les importó demasiado para manejarlo ellos solos.
Diego procesó.
—¿Cualquiera de las dos opciones es buena?
—Las dos mueven el tablero. —Daniela lo miró.— Lo que no quiero es silencio total. El silencio total significa que no llegó o que alguien lo interceptó.
—Rodrigo se aseguró de que llegara directamente.
—Ya. —Pausa.— Diego.
—¿Sí?
—¿Cuándo es la siguiente reunión del comité ejecutivo?
—El martes.
—¿Estará Monreal?
—Siempre está.
Daniela pensó.
—¿Puedes observar si cambia de comportamiento esta semana? No de manera obvia. Solo si hay algo diferente.
—¿Qué tipo de diferente?
—Más precaución. Menos. —Pausa.— Si recibe información de que el análisis existe cambiará algo en cómo se mueve.
Diego la miró.
—¿Estás usando el comité ejecutivo como barómetro para saber si Claudia sabe lo del análisis?
—Sí.
—A través de Monreal.
—A través de Monreal. —Daniela lo miró.— Si Claudia lo sabe antes de que lo sepa Morales, se moverá rápido. Necesito saberlo antes de que se mueva.
Diego procesó.
—De acuerdo. —Bebió su café.— ¿Y si Claudia contacta directamente?
—¿A ti o a mí?
—A cualquiera de los dos.
—Si contacta a ti, me lo dices inmediatamente. —Daniela lo miró.— Si me contacta a mí, también. Sin calcular si es información que el otro necesita. Solo lo dices.
Diego la miró.
—Sí.
—Bien.
El desayuno terminó con los platos en el fregadero y el sol subiendo en el ventana y el domingo todavía entero por delante.
Daniela se quedó hasta las dos.
No porque hubiera razón específica para quedarse hasta las dos y no hasta las once o las cuatro. Sino porque el domingo a las dos era el momento natural en que las cosas terminaban y el lunes empezaba a tomar forma en la cabeza.
Diego la acompañó al portal.
En la acera, el sol de marzo ya con algo de calor.
—Esta semana —dijo Diego.
—Esta semana.
—¿Miedo? —dijo él.
Era la primera vez que preguntaba eso directamente, usando esa palabra.
Daniela lo miró.
—Algo. —Pausa.— ¿Y tú?
—También. —Una pausa.— Pero ya aprendí que el miedo es información, no instrucción.
Daniela lo miró.
—¿Quién te enseñó eso?
—Alguien que sabe lo que hace.
Daniela lo miró tres segundos.
—Cuídate esta semana.
—Tú también.
La besó. Brevemente, en la acera del domingo, con el sol y la gente con bolsas de mercado y un perro atado a un banco.
Daniela caminó hacia el metro.
Siete minutos.
En su piso, en el salón, con el portátil y el teléfono y la semana por delante, se sentó y pensó en el tercer documento.
En Rodrigo y sus dos semanas.
En Diego diciendo confío en tu criterio.
Y en que confiar en alguien no era solo recibir su confianza.
Era también ser digna de ella.
Dos semanas, se repitió.
Abrió el portátil.
Empezó el lunes con un día de anticipación, que era la única manera que conocía de llegar a la semana siguiente con algo más que lo que tenía ahora.
El lunes a las tres de la tarde sonó el teléfono con un número desconocido.
Daniela estaba en Vértice, sola en su despacho, con el análisis de un cliente tecnológico a medias y el oído puesto en cualquier señal de los consejeros que todavía no había llegado.
Cogió.
—Daniela Sánchez —dijo.
Una pausa de dos segundos. Suficientemente larga para ser calculada.
—Daniela. Soy Claudia Vega.
El despacho de Vértice. La calle del barrio de Salamanca fuera. El sol de lunes de marzo.
Daniela no cambió la expresión aunque no hubiera nadie que pudiera verla.
—Claudia —dijo.
—Supongo que sabes quién soy.
—Sí.
—Bien. —Pausa.— Eso simplifica las cosas.
—¿Qué cosas?
—Me gustaría que tomáramos un café. —La voz de Claudia: directa, sin el calor que la gente pone en los bordes para parecer accesible. La misma cualidad que Diego, Daniela notó, pero con algo diferente debajo. Más calculado.— Esta semana si puedes.
—¿Para hablar de qué?
—De Santaolalla Group. —Pausa.— Y de lo que sabes sobre él.
Daniela miró la ventana.
La calle. Un taxi. Una mujer con un carrito de bebé.
—¿Por qué hablarías conmigo sobre eso?