Mi Billionaire (Santaolalla nº 2) Capítulo 11
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Capítulo 11

El lunes a las ocho y cuarenta y siete llegó un correo de Rodrigo.

Seis documentos adjuntos. Sin asunto. Solo: Lo que pediste. Más de lo que esperaba encontrar. Llámame cuando los leas.

Daniela los abrió en el metro, de pie, con el bolso apretado contra el costado y el vagón lleno de lunes.

El segundo era el historial de participaciones de Monreal. Limpio en la superficie. Pero dos de las empresas en las que había invertido en los últimos cinco años tenían al mismo fondo luxemburgués en su estructura de capital.

El tercero era algo que Daniela no había pedido y que Rodrigo había incluido con el instinto de quien lleva años viendo lo que hay detrás de los números: un análisis de los movimientos de las acciones de Santaolalla Group en los seis meses previos a la votación de marzo.

La depreciación había empezado tres semanas antes de que Monreal llegara como consultor.

Demasiado puntual para ser coincidencia.

Daniela salió del metro con los seis documentos en la cabeza y la claridad incómoda de quien ha visto el cuadro completo y sabe que es peor que la versión parcial.

Llamó a Rodrigo.

—Los leíste —dijo él.

—En el metro. —Pausa.— El tercer documento.

—Sí. —La voz de Rodrigo con algo que no era exactamente alarma pero se le acercaba.— Alguien vendió posiciones cortas sobre las acciones de la empresa dos semanas antes de la votación de marzo.

—¿Quién?

—No lo sé todavía. Está en un fondo que tiene cuatro capas de estructura. —Pausa.— Pero el timing es demasiado limpio.

Daniela caminó hacia Vértice con el teléfono en la oreja y el frío de marzo y el tráfico.

—Rodrigo. Esto no es solo una adquisición hostil.

—No.

—Alguien apostó dinero a que la empresa bajaría antes de que bajara. —Pausa.— Eso tiene consecuencias legales si se puede demostrar la conexión.

—Sí. —Rodrigo habló despacio.— Por eso no se lo digas a Diego todavía.

Daniela se detuvo en la acera.

—¿Por qué no?

—Porque si lo sabe antes de tener las pruebas completas va a moverse. Y si se mueve antes de que tengamos el caso documentado, Claudia tiene tiempo de cubrir rastros.

Daniela procesó.

—¿Cuánto tiempo necesitas para tener las pruebas completas?

—Dos semanas. Quizás tres. Los abogados tienen que seguir el rastro del fondo.

—¿Y en ese tiempo?

—En ese tiempo necesito que Diego no sepa lo del tercer documento. —Una pausa.— ¿Puedes hacer eso?

Daniela miró la acera.

Era la primera vez que alguien le pedía que ocultara información a Diego.

No información que lo protegía de algo que no podía cambiar. Información que cambiaría exactamente lo que Diego hacía a continuación y que en las manos equivocadas podía deshacer lo que Rodrigo estaba construyendo.

—Dos semanas —dijo Daniela.

—Dos semanas.

—Rodrigo. Si en dos semanas no tienes suficiente, me lo dices y decidimos juntos.

—De acuerdo.

Colgó.

Siguió caminando hacia Vértice.

No se lo digas a Diego todavía.

Era exactamente el tipo de protección que Diego le había pedido que no usara con él. El cálculo de qué información daba y cuándo para no provocar reacciones que complicaran las cosas.

Pero esto era diferente.

Esto no era protegerlo de una verdad que merecía saber.

Esto era darle a Rodrigo y a los abogados el tiempo que necesitaban para que cuando Diego lo supiera tuviera las pruebas, no solo la sospecha.

Daniela llegó a Vértice convenciéndose de que era la misma cosa.

Casi lo logró.

Isabel estaba en su despacho con dos tazas de café preparadas cuando Daniela llegó a las diez.

Buena señal. Isabel preparaba café cuando tenía una conversación importante. Para conversaciones normales usaba la máquina del pasillo.

—Siéntate —dijo Isabel.

Daniela se sentó.

Isabel era una mujer de cuarenta y ocho años con el tipo de cara que lleva los años bien porque no ha intentado no llevarlos. Directa, inteligente, con quince años de empresas grandes detrás que le habían enseñado exactamente cuándo ser flexible y cuándo no moverse.

—El encargo de Santaolalla Group —dijo Isabel.

—Sí.

—Cuéntame.

Daniela le contó. No todo: lo suficiente. CV Capital Partners, la oferta de 2021, el patrón de movimientos de los últimos tres años, el análisis que necesitaba escribir con el nombre de Vértice.

Isabel escuchó sin interrumpir.

Cuando Daniela terminó, Isabel cogió su taza. Bebió. Dejó la taza. Miró a Daniela con la atención calibrada de sus quince años de empresas grandes.

—¿Por qué Vértice? —dijo.

—Porque una consultora externa sin relación formal con Santaolalla Group tiene más credibilidad que el mismo Diego argumentando su caso.

—¿Y la relación informal?

Daniela la miró.

—¿Qué relación informal?

Isabel la miró.

—Daniela. Llevas tres semanas yendo a ese edificio. Rodrigo Peña me llamó personalmente para ofrecernos el encargo, lo que no es como funciona normalmente. Y llevas este lunes con una expresión que no tienes los lunes sin algo diferente en el fin de semana.

Daniela la miró.

Isabel levantó una mano.

—No te pido los detalles. Te pido que me digas si hay un conflicto de interés que Vértice debería saber antes de poner su nombre en un análisis.

Daniela lo pensó.

La respuesta honesta era sí. La respuesta legal era no. La respuesta real era complicada.

—Hay una relación personal —dijo Daniela.— Con Diego Santaolalla. —Pausa.— No afecta al rigor del análisis. Pero existe y tú tienes que saberlo.

Isabel asintió despacio.

—¿Cuánto tiempo?

—Hace meses que se construye. Formalmente, días.

—¿Es estable?

Daniela la miró.

—Sí.

—¿Afecta a tu criterio profesional?

—No.

—¿Puedes garantizarlo?

—Puedo garantizar que el análisis está basado en documentos públicos y registros verificables. —Daniela la miró directamente.— Lo que no puedo garantizar es que alguien no intente usar la relación para cuestionar el análisis.

—¿Lo intentarán?

—Probablemente.

Isabel procesó.

Se levantó. Fue a la ventana de su despacho. Barrio de Salamanca, los árboles, la misma calle que Daniela veía desde su propio despacho dos habitaciones más allá.

—Cuando fundé Vértice —dijo Isabel sin girarse— lo hice porque quería una firma que hiciera las cosas bien aunque fuera incómodo. —Pausa.— El trabajo que describes es exactamente el tipo de trabajo que debería hacer una firma como esta.

Daniela esperó.

—Pero tiene que ser impecable. —Isabel se giró.— Si hay una sola grieta en el análisis, en la metodología, en las fuentes, en la lógica, alguien la va a usar para desacreditar todo. —Pausa.— No el análisis: a ti.

—Lo sé.

—¿Puedes hacerlo impecable?

—Sí.

Isabel la miró durante tres segundos.

—De acuerdo. —Fue a su mesa.— Una condición.

—Dime.

—El análisis lo revisamos juntas antes de que salga. —Isabel la miró.— No para cambiarlo. Para asegurarnos de que las dos vemos lo mismo.

—De acuerdo.

—¿Cuándo lo tienes?

—Esta semana si los documentos de Rodrigo son suficientes. El jueves como tarde.

—El jueves. —Isabel abrió el ordenador.— Y Daniela.

—¿Sí?

Isabel la miró con la expresión de quien va a decir algo que no es parte de la conversación de trabajo.

—Cuídate. —Una pausa.— No el análisis. Tú.

Daniela la miró.

—Lo hago.

—Ya. —Isabel volvió a la pantalla.— El jueves.

La semana fue de trabajo.

El análisis de CV Capital Partners tomó forma a lo largo del martes y el miércoles con la precisión que Daniela le daba a todo lo que importaba: cada conexión documentada, cada inferencia señalada como inferencia y no como hecho, cada fuente verificada dos veces.

El miércoles a las cinco tuvo la sesión de trabajo con Diego.

El texto estaba listo para El País Negocios. Hablaron de los plazos, de la estrategia de distribución, del timing respecto a la reunión del consejo de marzo. Diego habló con la eficiencia de siempre. Daniela respondió con la misma.

Y en ningún momento le dijo lo del tercer documento.

Diego lo notó.

No lo nombró. Pero Daniela vio el momento en la reunión, un segundo entre una pregunta y la siguiente, en que Diego la miró con la atención de alguien que está leyendo el contorno de algo que no está.

Daniela sostuvo su mirada con la misma expresión de trabajo.

Diego no preguntó.

Pero lo notó.

El jueves el análisis estaba terminado.

Dieciséis páginas. Estructura de CV Capital Partners, historial de adquisiciones, conexión documentada con el fondo luxemburgués, cronología de los movimientos respecto a Santaolalla Group. Sin el tercer documento. Con todo lo demás.

Daniela e Isabel lo leyeron juntas durante noventa minutos.

—Es sólido —dijo Isabel.

—Sí.

—¿Hay algo que no está?

Daniela la miró.

—Hay una línea de investigación que Rodrigo todavía está siguiendo. No está suficientemente documentada para incluirla.

—¿Cambia el análisis si aparece?

—Cambia las implicaciones legales. El análisis en sí mismo es completo sin ella.

Isabel procesó.

—¿Cuándo sabrás si aparece?

—Dos semanas.

—¿Esperas o publicas?

Daniela lo pensó.

—Publico. —Pausa.— Si la otra línea aparece, se puede añadir en un documento complementario. Pero el análisis base es válido ahora y en dos semanas Morales puede haber hecho algo que sea más difícil de deshacer.

Isabel asintió.

—De acuerdo. —Firmó la revisión.— Es tuyo.

Esa noche Daniela fue a casa de Diego.

Sin aviso previo esta vez: un mensaje a las siete y media que decía ¿estás en casa? y la respuesta de Diego en dos minutos: Sí.

Llegó a las ocho.

Diego abrió la puerta y la miró con la atención de siempre y con algo más, la capa que existía cuando sabía que algo pasaba y esperaba que ella lo dijera.

—El análisis está listo —dijo Daniela.

—Bien. —La dejó pasar.— ¿Eso es lo que pasaba?

Daniela lo miró.

—¿Qué quieres decir?

—Esta semana. —Diego fue a la cocina, volvió con dos tazas.— Desde el lunes hay algo que no me estás diciendo.

Daniela cogió la taza.

Se sentó en el sofá.

Diego se sentó frente a ella esta vez, no al lado: la postura de quien quiere ver la cara del otro.

—Hay algo en los documentos de Rodrigo que todavía no está suficientemente documentado para incluirlo en el análisis —dijo Daniela.— Rodrigo me pidió que esperara dos semanas antes de contártelo.

Diego la miró.

—¿Por qué?

—Porque si lo sabes ahora y te mueves antes de que esté documentado, Claudia tiene tiempo de cubrir rastros.

Diego procesó.

—¿Qué tipo de cosa?

—El tipo que tiene implicaciones legales si se puede probar la conexión.

El salón estaba quieto.

Diego la miró durante un momento.

—¿Es grave?

—Sí.

—¿Cambia lo que hacemos esta semana?

—No. El análisis es válido sin ello. El plan para marzo tampoco cambia. —Daniela lo miró directamente.— Lo que cambia es lo que puedes hacer después de marzo si las pruebas aparecen.

Diego asintió despacio.

—¿Cuándo me lo cuentas?

—En dos semanas. O antes si Rodrigo termina antes. —Pausa.— Diego.

—¿Sí?

—Sé que te pedí que no hicieras esto. Ocultarme información para protegerme de las consecuencias de mis decisiones.

Diego la miró.

—Ya.

—Y ahora lo estoy haciendo yo.

—Ya. —Pausa.— ¿Es diferente?

Daniela lo miró.

—Sí. —Pausa.— No porque sea yo. Sino porque no es sobre nosotros. Es sobre el caso. Y Rodrigo tiene razón en que necesita tiempo.

Diego la miró durante mucho tiempo.

Daniela sostuvo su mirada sin apartar los ojos.

—De acuerdo —dijo Diego al final.

—¿De acuerdo con qué?

—Con que confío en tu criterio sobre cuándo decírmelo. —Pausa.— Y con que esta vez es diferente.

Daniela lo miró.

—¿Estás seguro?

—No completamente. —La miró directamente.— Pero confío en ti más de lo que me incomoda no saberlo. —Pausa.— Eso también es información nueva sobre mí mismo.

Daniela lo miró tres segundos.

Luego se levantó. Fue hasta donde estaba. Se sentó a su lado.

—Dos semanas —dijo.

—Dos semanas —confirmó Diego.

Y en el silencio que siguió, con el café y el salón y Madrid afuera, había algo que era más difícil que todo lo anterior pero que por eso mismo era más real.

Confiar en alguien con información que no tienes.

Dejar que el otro decida cuándo dártela.

No porque no puedas manejarlo.

Sino porque confías en que sabrá cuándo es el momento.

Eso era nuevo para Diego.

Daniela lo sabía.

Y lo guardó en el sitio donde guardaba las cosas que valían demasiado para examinarlas todavía.