Capítulo 10 #2
Daniela escuchó con la atención que aprendía de Diego y participó con la directness que era suya y en algún momento de la segunda hora de cena notó que el comedor de la casa de Salamanca tenía una temperatura diferente a la de las otras veces que había estado. Más llena. Más real.
El tipo de temperatura que produce una mesa con tres personas que quieren estar en ella.
Después de cenar Sofía se ofreció a fregar.
—No hace falta —dijo Diego.
—Ya lo sé. —Sofía empezó a recoger platos con la eficiencia de quien ha tenido esta conversación antes y ha aprendido que la discusión es innecesaria.— Vosotros tomad el café.
Diego la miró.
—Sofía.
—Papá.
Mirada de doce años que ganaba cualquier discusión por simple determinación.
Diego y Daniela se llevaron el café al salón.
Se sentaron en el sofá. Las luces bajas. La calle de Salamanca afuera con el ruido de sábado por la noche.
El sonido del agua en la cocina y de Sofía cantando algo en voz baja que Daniela no reconoció pero que Diego escuchó con la expresión de alguien que la ha escuchado cantar desde que tenía tres años y todavía lo recibe como algo que no se cansa.
—¿Lo hace siempre? —dijo Daniela en voz baja.
—Siempre que friega. —Pausa.— O cuando cree que nadie la oye.
—¿Y cuando sabe que la oyes?
—Para de cantar y dice que no cantaba.
Daniela lo miró.
—Herencia tuya o de Cristina.
—De los dos —dijo Diego. La misma respuesta de esta mañana pero con algo diferente en el tono. Más tranquilo. Más asentado.
Daniela bebió el café.
—Diego.
—¿Sí?
—Esta noche. —Pausa.— Ha sido como algo que existe. No como algo especial.
Diego la miró.
—¿Eso es bueno?
—Es lo mejor. —Daniela lo miró directamente.— Lo especial se cansa. Lo que existe simplemente sigue.
Diego la miró durante un momento.
—Sí —dijo.
Solo eso. Pero era de Diego y en su idioma era todo.
En la cocina, Sofía terminó de fregar y dejó de cantar.
Asomó por el umbral del salón.
—Voy a leer un rato —dijo.— El siguiente libro es mejor según las reseñas.
—Buenas noches —dijo Diego.
—Buenas noches. —Sofía los miró a los dos.— Daniela, la salsa de tomate se puede mejorar con una hoja de albahaca al final. Por si quieres saberlo para la próxima vez.
Daniela la miró.
—Lo tendré en cuenta.
Sofía asintió con la satisfacción discreta de quien ha transmitido información relevante.
—Bien. —Desapareció por el pasillo.
El salón quedó en silencio.
Daniela miró a Diego.
Diego miró a Daniela.
—Para la próxima vez —dijo él.
—Ya.
—Lo dijo ella.
—Ya.
—¿Estás bien con eso?
Daniela lo miró.
—¿Tú estás bien con eso?
Diego la miró durante tres segundos.
—Sí —dijo.— Completamente.
—Entonces yo también.
Y en el silencio que siguió, con el café y las luces bajas y Sofía leyendo en algún cuarto del fondo y Madrid afuera, había algo que era más grande que el plan para marzo o el análisis de Vértice o Claudia Vega o cualquiera de las cosas que venían.
Era simplemente esto.
Una noche de sábado en el salón de alguien que importa.
Con el ruido de la calle y el café y la albahaca para la próxima vez.
Y la certeza tranquila, sin urgencia aunque hubiera urgencia, de que próxima vez era exactamente la palabra correcta.
Daniela se fue a las once.
No porque tuviera que irse: porque Sofía tenía doce años y mañana era domingo y las noches de sábado con tres personas tienen un ritmo natural que Daniela reconoció cuando llegó.
Diego la acompañó al portal.
En la acera, el frío de marzo, las luces de Salamanca.
—El lunes —dijo Diego.
—Isabel a las diez. Documentos de Rodrigo por la mañana. —Daniela lo miró.— Y la sesión de trabajo si tienes tiempo a las cinco.
—A las cinco.
—Bien.
Diego la miró.
—Daniela.
—¿Sí?
—Esta semana. —Pausa.— Todo esto. Casal, Claudia, el análisis, la tarta, esta noche. —Otra pausa.— Gracias.
Daniela lo miró.
—Ya te dije que no hace falta que me des las gracias por las cosas que elijo hacer.
—Ya lo sé. —La miró.— Las doy de todas formas.
Daniela lo miró tres segundos.
—De acuerdo.
Diego la besó. Brevemente, en la acera, con el frío y las luces y Salamanca alrededor.
Cuando se separó Daniela tenía los ojos en los de él.
—Buenas noches —dijo.
—Buenas noches.
Caminó hacia el metro con las manos en los bolsillos y la semana detrás y la semana por delante y algo en el pecho que era nuevo y no era nuevo al mismo tiempo.
Nuevo porque era esto, exactamente esto, y esto no lo había tenido antes.
No nuevo porque lo había estado buscando, sin saberlo, desde hacía tiempo suficiente para que cuando llegó lo reconociera.
El metro. Siete minutos.
En su piso, en la cocina, bebió agua.
Llamó a Lucía.
—Por fin —dijo Lucía.
—Hola.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿De verdad?
Daniela se apoyó en el fregadero con el teléfono y la cocina oscura y Madrid afuera.
—Sofía me dijo que la salsa de tomate se mejora con albahaca al final —dijo Daniela.
Silencio de dos segundos.
—¿Eso es lo que me estás contando?
—Es lo más importante de esta noche. —Pausa.— Lo demás te lo cuento mañana.
Lucía procesó.
—¿Lo demás es bueno?
—Lo demás es complicado. —Daniela miró la ventana de la cocina.— Y bueno. Las dos cosas.
—¿Al mismo tiempo?
—Al mismo tiempo.
—Dani.
—¿Sí?
—Me alegro.
—Ya. —Pausa.— Yo también.
Colgaron.
Daniela apagó la luz de la cocina.
Fue a la cama.
Pensó en el techo de su habitación, que era blanco y liso y sin respuestas como siempre.
Y pensó que esta noche no necesitaba respuestas.
Solo necesitaba el domingo por delante y el lunes después y la semana que venía con todo lo que traía.