Capítulo 10
Daniela se despertó antes que Diego.
Seis y cuarenta y dos. La luz de marzo entrando por las persianas entreabierta en franjas horizontales sobre el techo. El ruido de Salamanca despertándose: un camión de basura, una moto, alguien con tacones en la acera de abajo.
Se quedó quieta un momento.
El techo de la habitación de Diego era más alto que el suyo. El blanco tenía una textura diferente, más antigua, de los que se hacían para durar. Sin respuestas tampoco este, pero con la calidad específica de los techos que no necesitan darlas.
Diego dormía a su izquierda con la respiración lenta de alguien que duerme bien cuando no hay nada sin resolver.
La mandíbula relajada, el cuello, el perfil que Daniela había aprendido a leer de lejos y que de cerca era diferente: más quieto, más joven de alguna manera, sin la temperatura construida encima.
Lo miró durante treinta segundos.
Luego salió de la cama en silencio.
La cocina tenía el orden de alguien que cocina poco pero limpia siempre. La cafetera, los vasos, los huevos en la nevera junto a tres cosas más y un resto de tarta de chocolate que Daniela no había visto la noche anterior porque estaban en el salón.
Hizo café.
Se sentó en el taburete de la barra con la taza y el teléfono y la mañana de sábado entrando por la ventana de la cocina.
Tres mensajes:
Lucía, de las doce de la noche: ¿Estás bien? No has contestado. Y luego a la una: Supongo que sí entonces. Llámame mañana.
Su madre, de las nueve de la noche: Buenas noches cariño.
Isabel, de las ocho de esta mañana, que era sábado y que Isabel trabajaba igual: Cuando puedas esta semana necesito hablar contigo. Sin urgencia. El lunes sirve.
Daniela respondió a los tres: a Lucía esta tarde, a su madre buenos días, a Isabel el lunes a las diez si te viene bien.
Guardó el teléfono.
Bebió el café.
Pensó en el lunes. En la conversación con Isabel sobre el análisis. En los documentos que Rodrigo mandaría durante el fin de semana. En Casal, que según Diego había dicho que necesitaba pensar y que probablemente ya había decidido.
En Claudia Vega que no sabía que Diego sabía lo de 2021.
En marzo y la renovación y los consejeros independientes.
Y en el sábado por la noche, que era esta noche, cuando Sofía llegaba a Madrid.
Mucho en el mismo fin de semana.
Daniela se preguntó si debería irse antes de que Diego se despertara. No por incomodidad: por el tipo de consideración que existe entre personas que están aprendiendo las geometrías nuevas, los espacios que se comparten y los que no, el ritmo que todavía no tiene nombre.
Decidió que no.
Decidió quedarse y hacer los huevos.
Si Sofía le había enseñado pasta, alguien tenía que poder enseñarle a hacer huevos revueltos decentes.
Diego entró a la cocina a las siete y veintitrés con el pelo de dormir y el jersey de ayer y la expresión de alguien que se ha despertado y ha notado que algo era diferente antes de abrir los ojos del todo.
Miró la cafetera.
Miró los huevos en la sartén.
Miró a Daniela.
—Buenos días —dijo.
—Buenos días. —Daniela no se giró del todo.— ¿Con queso o sin queso?
Diego procesó la pregunta con la deliberación de alguien que no esperaba que la primera cosa que le dijeran a las siete de la mañana fuera sobre queso.
—Con queso —dijo.
—Bien.
Diego fue a la cafetera. Se sirvió. Se quedó de pie junto a la barra mirando a Daniela en su cocina con la sartén y el queso y la concentración de quien está haciendo algo en territorio nuevo pero no va a admitir que es territorio nuevo.
—¿Sabes hacer huevos revueltos? —dijo.
—Aprendo rápido.
—Eso ya lo sé. —Una pausa.— ¿Has cocinado antes?
—Cosas básicas. —Daniela removió.— El dominio de los básicos, según alguien que conozco.
Diego bebió su café con la comisura de la boca.
—¿A qué hora te despertaste? —dijo.
—A las seis y cuarenta y dos.
—¿Y no podías dormir?
—Podía. —Daniela levantó la vista de la sartén un momento.— Preferí hacer café.
Diego la miró.
—¿Pensando en Claudia? ¿En el análisis?
—En parte. —Volvió a los huevos.— Y en otras cosas.
—¿Qué otras cosas?
Daniela lo miró directamente.
—En que el techo de tu habitación es más alto que el mío y en que los techos altos son buenos para pensar.
Diego la miró con la expresión de quien sabe que eso no es toda la respuesta y ha decidido que la respuesta parcial es suficiente por ahora.
—¿Conclusiones? —dijo.
—Que el lunes tengo mucho trabajo. —Pausa.— Y que los huevos están casi listos.
Diego cogió dos platos del armario sin que ella los pidiera, lo que significaba que había estado prestando atención a lo que hacía, y los puso sobre la barra.
Desayunaron.
Los huevos eran decentes. No perfectos pero decentes, que era un resultado razonable para territorio nuevo.
Diego lo dijo con la honestidad directa de siempre: —Están bien.
—No están perfectos.
—No. Pero están bien.
—La próxima vez mejor.
Diego la miró con esa expresión de la comisura.
—¿Hay próxima vez?
Daniela lo miró.
—Depende de si hay huevos el lunes.
—Habrá huevos el lunes.
—Entonces hay próxima vez.
Sofía llegó en el AVE de las tres y cuarto con una mochila grande, un libro en la mano que no había terminado en el tren, y la expresión de alguien que sabe exactamente a dónde va y lo que va a encontrar cuando llegue.
Diego la recogió en Atocha.
Daniela no fue. Habían hablado de eso por la mañana, brevemente, con la pragmática de dos personas que saben que algunas cosas se hacen mejor con espacio.
—Ve tú solo —había dicho Daniela.— Tengo que pasar por Vértice a buscar unos documentos de todas formas.
—¿A las tres de un sábado?
—Isabel me dio acceso. —Pausa.— Y Sofía debería llegar a casa de su padre sin que haya alguien que no conoce del todo todavía esperándola en la puerta.
Diego la había mirado.
—La conociste en enero.
—Un sábado con crepes no es conocer del todo. —Daniela lo miró.— Dale tiempo de llegar, de instalarse. Yo aparezco a las siete para la cena.
—¿Estás segura?
—Sí. —Una pausa.— Y Diego. No le digas que estoy llegando a las siete.
—¿Por qué?
—Porque si lo sabe va a estar pendiente del reloj y yo quiero que esté relajada cuando llegue. —Daniela cogió su bolso.— Déjalo como algo que pasa.
Diego la había mirado durante un momento.
—¿Cómo algo que pasa? —había dicho.
—Como lo que es. Que su padre invitó a alguien a cenar y que es normal. —Pausa.— Que no es un evento.
Diego había asintido.
—De acuerdo.
Daniela pasó por Vértice. Recogió los documentos que necesitaba para el análisis de Claudia. Se quedó una hora leyendo en el silencio de la oficina vacía de sábado.
A las seis y media cogió el metro.
Siete minutos.
Llegó al portal de Diego a las seis cuarenta y ocho. Pulsó el código.
Subió en el ascensor.
Llamó al timbre a las seis y cincuenta.
Sofía abrió la puerta.
Doce años, el pelo oscuro de Diego y los ojos de Cristina, con el libro todavía en la mano y la expresión de alguien que ha calculado exactamente cuánto tardaba en llegar desde Vértice si salías a las seis y media y no tenías problemas en el metro.
—Llegaste puntual —dijo Sofía.
Daniela la miró.
—¿Sabías que venía?
—Mi padre lleva dos horas cocinando. —Sofía se apartó para dejarla pasar.— Mi padre cocina pasta o huevos. Esta noche es pasta con salsa de tomate casera que tarda noventa minutos. —Pausa.— Para él solo no habría hecho salsa casera.
Daniela entró.
Desde la cocina llegaba el olor a tomate y ajo y algo más que Daniela no identificó de inmediato pero que olía a cena de verdad.
—Sofía —dijo Diego desde la cocina, sin asomarse.— ¿Quién es?
—Tu invitada —dijo Sofía, con la neutralidad perfecta de quien lleva doce años aprendiendo a no decir más de lo necesario.
Diego asomó.
Vio a Daniela.
Algo en su cara, rápido.
—Daniela.
—Diego.
Sofía los miró a los dos. Los miró mirarse. Y con la precisión de alguien que ha decidido que su presencia en este momento concreto es innecesaria, dijo:
—Voy a terminar el capítulo. La cena en veinte minutos.
Desapareció por el pasillo.
La cena fue pasta con salsa de tomate casera que efectivamente había tardado noventa minutos y que estaba notablemente bien para alguien cuyo dominio de los básicos era la descripción oficial.
Daniela se lo dijo.
—Está buena —dijo, igual que él había dicho sobre los huevos.
—¿Solo buena? —dijo Sofía.
—Está muy buena. —Daniela la miró.— El tomate especialmente.
—Le enseñé a pochar el tomate con paciencia. —Sofía pinchó la pasta.— Antes lo hacía demasiado rápido y quedaba ácido.
—¿Cuándo le enseñaste?
—Hace tres años. —Sofía la miró con los ojos directos de Cristina.— Cuando me di cuenta de que si no le enseñaba yo no iba a aprender nadie.
Diego la miró con la expresión de padre que ha recibido este tipo de comentario suficientes veces para haber dejado de intentar defenderlo.
Daniela sonrió.
—¿Qué otras cosas le enseñaste? —dijo.
Sofía consideró.
—A no trabajar los domingos por la mañana. —Pausa.— O al menos a no contestar el teléfono los domingos por la mañana, que no es lo mismo pero es un avance.
—¿Lo cumple?
—Más o menos. —Sofía miró a su padre.— Este año mejor que el anterior.
—Eso es progreso —dijo Daniela.
—Eso es que tiene razones para desconectar —dijo Sofía, con la precisión devastadora de doce años.
El comedor quedó un momento en silencio.
Diego miró su pasta.
Daniela miró a Sofía.
Sofía los miró a los dos con la expresión serena de quien ha dicho exactamente lo que quería decir y no necesita añadir nada.
—¿En qué parte del libro estás? —dijo Daniela.
Y la conversación se movió, naturalmente, hacia el thriller de espionaje que Sofía había terminado en el AVE y que le parecía extraordinariamente realista aunque probablemente no lo fuera.
Hablaron durante noventa minutos.
De libros, de Madrid, de Barcelona, del puente en Asturias que Marta tenía adelantado dos semanas, del instituto de Sofía donde había una profesora de historia que explicaba el siglo XX como si fuera una serie de televisión con mala escritura pero mucho presupuesto.
Diego habló más que en cualquier reunión de dirección.
Sofía habló más que nadie.