Mi Billionaire (Santaolalla nº 2) Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

Sonrió. Una sonrisa pequeña, casi vulnerable.

Luego se inclinó y le besó el cuello, justo debajo de la oreja.

Daniela arqueó la espalda. Sus labios bajaron por la línea de su garganta, por la clavícula, hasta el borde del sujetador.

Lo desabrochó con una sola mano, con esa precisión que usaba para todo.

Cuando la prenda cayó, Diego se quedó un segundo quieto, mirándola, antes de bajar la cabeza y tomar un pezón en su boca.

Daniela soltó un gemido bajo. Sus dedos se enterraron en el pelo de él.

Diego la lamió, la chupó con una lentitud deliberada, alternando entre un pecho y el otro mientras su mano libre bajaba por su costado, por su cintura, hasta el borde de la falda.

La deslizó hacia abajo junto con el underwear en un solo movimiento.

Daniela quedó desnuda frente a él. El aire fresco de la habitación le erizó la piel.

Él se quitó el resto de la ropa sin apartar los ojos de los de ella.

Cuando estuvieron los dos desnudos, Diego la levantó con facilidad y la depositó sobre la cama. Se colocó entre sus piernas, apoyado en los antebrazos, y la miró desde arriba. La luz plateada le marcaba los pómulos, la boca hinchada, los ojos completamente negros.

—Dime si quieres que pare —dijo. La voz le temblaba apenas.

—No pares —respondió Daniela.

La besó otra vez mientras su mano bajaba entre los cuerpos.

La encontró ya mojada. Gimió contra su boca cuando los dedos de él se deslizaron entre sus pliegues, explorándola con una lentitud casi cruel.

Un dedo entró. Luego otro. Daniela arqueó las caderas, buscando más.

Diego la estimuló con precisión, el pulgar trazando círculos exactos sobre su clítoris mientras sus dedos se curvaban dentro de ella.

El olor a cereza y a excitación llenó el aire.

Daniela sintió el orgasmo construirse rápido, demasiado rápido, después de meses de tensión contenida.

—Diego…

—Ya sé —murmuró él contra su cuello—. Déjate ir.

Se corrió con un gemido largo y tembloroso, las uñas clavándose en sus hombros, las piernas cerrándose alrededor de su cintura. Diego la sostuvo a través de cada espasmo, besándole la sien, la mejilla, la comisura de la boca, hasta que ella se relajó debajo de él.

Solo entonces se acomodó entre sus muslos.

El calor de su erección rozó su entrada.

Daniela abrió más las piernas. Él entró despacio, centímetro a centímetro, dejando que ella sintiera cada pulgada.

Cuando estuvo completamente dentro, se quedó quieto, la frente apoyada en la de ella, respirando con fuerza.

—Joder —susurró. La palabra le salió rota.

Empezó a moverse. Lento al principio. Profundo.

Cada embestida era deliberada, como si quisiera grabar la sensación en la memoria de los dos.

Daniela lo miró a los ojos todo el tiempo.

Vio el control resquebrajándose. Vio el momento exacto en que Diego dejó de pensarlo todo y simplemente sintió.

El ritmo aumentó. El sonido de sus cuerpos encontrándose llenó la habitación.

El olor a canela y cereza y sexo se volvió espeso.

Daniela sintió otro orgasmo acercarse cuando él cambió el ángulo y empezó a golpear ese punto exacto dentro de ella.

—Mírame —pidió él, la voz destrozada.

Ella lo miró. Se corrieron casi al mismo tiempo: ella con un gemido ahogado, él con un sonido bajo y gutural, enterrándose hasta el fondo mientras se derramaba dentro de ella.

Durante largos segundos solo se oyeron sus respiraciones agitadas.

Diego se dejó caer a un lado con cuidado, sin salir del todo, y la atrajo contra su pecho.

Una mano le acariciaba la espalda en círculos lentos.

La otra le sujetaba la nuca. Daniela escuchó el corazón de él latiéndole todavía rápido bajo la oreja.

El olor a canela era más fuerte ahora, mezclado con el sudor limpio de su piel.

Se quedaron así un rato largo. Sin hablar. Solo existiendo.

Después Diego se levantó, fue al baño y volvió con una toalla húmeda y tibia.

La limpió con una ternura que contrastaba de forma casi dolorosa con la intensidad de lo que acababan de hacer.

Cada movimiento era cuidadoso. Reverente.

Cuando terminó, dejó la toalla a un lado, se metió otra vez en la cama y la atrajo contra su cuerpo.

Daniela apoyó la cabeza en su pecho. Él le besó el pelo.

—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.

—Sí. —Ella dibujó círculos distraídos sobre su abdomen—. Más que bien.

Diego asintió. Su mano siguió acariciándole la espalda. El silencio que se instaló entonces no era el silencio de antes. Era el silencio de dos personas que por fin habían dejado de correr.

Daniela cerró los ojos. Sintió el calor de él, el peso de su brazo sobre su cintura, el aroma a canela que ahora también era un poco suyo. Pensó en el café de mañana. En los huevos. En Sofía el sábado. En que se había quedado.

Y que esta vez, quedarse no daba miedo.

Solo era real.

—Duerme —murmuró Diego contra su pelo—. Estoy aquí.

Ella sonrió en la oscuridad.

—Lo sé.

Y por primera vez en mucho tiempo, lo sabía de verdad.