Mi Billionaire (Santaolalla nº 2) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

—No. Pero cuando la tengo lo sé. —Daniela lo miró.— ¿Qué necesitas de mí para marzo? En términos reales. No en términos de lo que te preocupa que me cueste.

Diego la miró durante un momento.

—El análisis si Vértice lo aprueba. —Pausa.— Y que cuando Morales use lo nuestro como argumento, no dejes que te afecte de una manera que cambie lo que decides.

—¿Lo que decido sobre el análisis?

—Lo que decides sobre todo. —Su voz, quieta.— No quiero que marzo sea la razón de que cambies algo que quieres porque resulta incómodo para alguien que está tratando de usar esa incomodidad como arma.

Daniela lo miró.

Era lo más directo que le había dicho sobre ellos en el contexto de todo lo demás. No lo que hay entre nosotros, no el código de dos palabras. Lo que quieres. Lo que decides.

—No voy a cambiar nada —dijo Daniela.

—¿Segura?

—Sí. —Lo miró.— ¿Y tú?

Diego frunció el ceño levemente.

—¿Yo qué?

—¿Vas a cambiar algo por marzo? ¿Por Morales? ¿Por Claudia?

Diego la miró.

—No.

—Entonces estamos de acuerdo.

Diego asintió una sola vez.

Daniela se giró hacia la mesa baja.

—La tarta —dijo.

Diego la siguió.

Se sentaron en el sofá con las dos porciones que Daniela cortó con la eficiencia de alguien que ha cortado tartas antes y Madrid afuera y el plan encima de la mesa metafóricamente con todos sus bordes afilados.

Comieron en silencio durante un momento.

—Está buena —dijo Diego.

—Serrano tiene la mejor pastelería del barrio.

—¿Cómo lo sabes?

—Trabajo a siete minutos de aquí. —Daniela lo miró.— Llevo tres semanas sabiéndolo.

Diego la miró.

—¿Tres semanas?

—Sí.

—¿Cuándo descubriste que vivía aquí?

Daniela lo miró inocentemente.

—Cuando Rodrigo me mandó la dirección para la reunión del jueves pasado.

Diego procesó.

—Y no dijiste nada.

—No había nada que decir. —Pausa.— Hasta que lo hubo.

Diego la miró con la expresión de la comisura de la boca que esta vez llegó a ser sonrisa completa. Pequeña, real, completamente suya.

—Siete minutos —dijo.

—Siete minutos —confirmó Daniela.

Y en el silencio que siguió, con la tarta y el café y Madrid afuera y el plan para marzo encima de la mesa y Casal y Claudia y Monreal y todo lo que venía, había algo que era más quieto que todo eso.

Algo que no necesitaba nombrarse porque estaba ya nombrado en cada decisión que cada uno había tomado en las últimas semanas.

En el sigo aquí dicho cinco veces.

En el café a las siete de la mañana.

En la tarta de chocolate negro con frambuesa porque Sofía había dicho que si era de chocolate mejor.

En los siete minutos que Daniela había sabido durante tres semanas sin decirlos.

Y que ahora eran simplemente el espacio entre los dos sitios donde estaban.

Pequeño.

Suficiente.

El tipo de distancia que no hace falta recorrer porque ya se está en los dos sitios al mismo tiempo.

A las once y media Daniela no recogió el portátil.

Estaban en el sofá con los platos vacíos y el café terminado.

Madrid brillaba afuera, completamente indiferente.

La conversación había ido de Claudia a marzo, a los siete minutos de distancia, y a las once y media había dejado de ser sobre cualquiera de esas cosas.

Solo quedaban ellos dos y el silencio denso, cálido, que se había instalado entre sus cuerpos.

Diego tenía la mano sobre la de ella, apoyada en el cojín del sofá.

No con urgencia. Con la calma absoluta de algo que llevaba un rato ahí sin que ninguno lo hubiera nombrado.

Su pulgar trazaba círculos lentos sobre el dorso de la mano de Daniela.

El contacto era ligero, casi distraído, pero cada movimiento le enviaba una corriente lenta y caliente por el brazo hasta el pecho.

—Daniela —dijo. La voz le salió baja, ronca por las horas de conversación y por todo lo que no habían dicho todavía.

—¿Sí?

—Son las once y media.

—Lo sé.

—El metro. —Una pausa. Sus ojos oscuros la sostuvieron sin parpadear—. O puedes quedarte.

Daniela lo miró.

No lo había dicho como una proposición cargada. Lo había dicho como lo que era: una pregunta con dos respuestas igualmente válidas, sin presión en ninguna dirección. Solo la verdad quieta de un hombre que por fin había aprendido a esperar.

Ella giró la cabeza hacia la ventana. Madrid de noche.

Las luces de Salamanca. El piso de Diego con su librería entera, los techos altos, la cocina donde Sofía le había enseñado a hacer pasta el fin de semana anterior.

El olor a canela que impregnaba el aire —su colonia, su piel, su casa— se mezclaba con el rastro más dulce y ácido que ella misma llevaba encima: cereza.

El perfume que se había puesto esa tarde sin pensar demasiado en por qué.

Miró a Diego otra vez.

—¿Hay café para mañana por la mañana?

—Sí.

—¿Y algo de comer?

—Huevos. —Una pausa mínima. La comisura de su boca se movió—. El dominio de los básicos.

Daniela sintió una sonrisa lenta subirle a los labios.

—De acuerdo —dijo.

Diego asintió una sola vez. Se levantó. Recogió los platos con la eficiencia silenciosa de siempre y desapareció hacia la cocina.

Daniela escuchó el agua correr, el leve tintineo de la cerámica.

Cogió el portátil y lo dejó sobre la mesa de la entrada, junto a su bolso y su abrigo.

Fue al baño. Se miró en el espejo un segundo: los ojos más oscuros de lo normal, la boca ya ligeramente entreabierta. Se lavó las manos. Volvió.

Diego estaba apagando las luces del salón una por una, con el orden exacto de alguien que lleva años haciéndolo en la misma secuencia. Cuando se giró y la vio todavía de pie en el pasillo, la miró con esa expresión limpia, sin ninguna capa, la más real de todas las que tenía.

—Daniela.

—Diego.

Fue hasta ella. Despacio. La misma forma contenida de siempre… y al mismo tiempo completamente distinta. Se detuvo a un paso. Levantó una mano y le rozó la mejilla con los nudillos, apenas un contacto. Daniela cerró los ojos un segundo, inhalando. Canela. Piel caliente. Él.

Luego la besó.

No fue breve.

No fue contenido.

Fue el final de tres meses de distancia y de todas las semanas anteriores en las que se habían rozado sin cruzar del todo la línea.

Sus labios se cerraron sobre los de ella con una lentitud deliberada que contrastaba con la urgencia que vibraba debajo.

Calientes. Firmes. Daniela sintió el momento exacto en que él dejó de controlarlo todo: un leve temblor en la mano que le sujetaba la nuca, un sonido bajo y ronco que le vibró en la garganta cuando ella abrió la boca y lo invitó a profundizar.

El beso se volvió más hondo. Más húmedo.

Diego inclinó la cabeza y la exploró con una atención casi reverente, como si estuviera memorizando cada textura, cada respuesta.

Su lengua rozó la de ella, lenta, profunda, y Daniela sintió que las piernas le flaqueaban.

Se agarró a su pecho, los dedos cerrándose sobre el punto fino del jersey, sintiendo el corazón de él latirle desbocado bajo la tela.

El olor a canela la envolvió por completo.

El suyo a cereza se mezcló con el de él hasta crear algo nuevo, más denso, más íntimo.

Diego la empujó suavemente hacia atrás hasta que la espalda de Daniela tocó la pared del pasillo.

No fue brusco. Fue inevitable. Una de sus manos bajó a su cintura, la otra siguió en su nuca, los dedos enterrándose en su pelo.

La besó como si tuviera todo el tiempo del mundo y al mismo tiempo como si el mundo se fuera a acabar en cualquier segundo.

Daniela gimió contra su boca cuando él le mordió suavemente el labio inferior.

El sonido pareció romper algo en los dos.

—Ven —murmuró Diego contra sus labios. La voz le salió casi irreconocible.

La tomó de la mano. La guió por el pasillo oscuro hasta el dormitorio.

La luz de la calle se filtraba por las cortinas entreabiertas, dibujando franjas plateadas sobre la cama de matrimonio, amplia, hecha con precisión militar.

Diego no encendió ninguna lámpara. Solo la miró un segundo, pidiéndole permiso sin palabras.

Daniela respondió desabrochándole el primer botón del jersey.

Él bajó la cabeza y la besó otra vez mientras ella seguía abriendo botones.

Cuando el jersey cayó al suelo, Daniela pasó las manos por su pecho desnudo: piel caliente, músculos tensos, el leve vello oscuro que se perdía hacia abajo.

Diego tembló bajo sus dedos. Dejó que ella lo explorara un momento antes de sujetarle las muñecas con suavidad y besarla con más hambre.

Le quitó la blusa despacio. Cada botón era una decisión.

Cada centímetro de piel revelado era un descubrimiento.

Cuando la prenda cayó, Diego se quedó mirándola.

La luz de la calle le dibujaba los hombros, el encaje negro del sujetador, la curva de sus pechos.

Inhaló hondo. El aroma a cereza le subió directo a la cabeza.

—Hueles a cereza —dijo, la voz ronca.

—Y tú a canela —susurró ella.