Capítulo 9
El chocolate era de una pastelería en la calle Serrano que Daniela había descubierto tres semanas atrás cuando buscaba algo para llevar a una reunión de clientes y que desde entonces había visitado dos veces más sin tener reunión de clientes que justificara la visita.
Tarta de chocolate negro con frambuesa. La dependienta la conocía ya por el pedido aunque no por el nombre, que era el tipo de anonimato que Daniela apreciaba en los comercios de barrio.
Llegó a casa de Diego a las ocho y cuarto con la caja y el portátil y cuatro horas de tarde de trabajo encima que habían sido productivas en la medida en que el cerebro puede ser productivo cuando tiene otra cosa ocupando el segundo plano de manera constante.
Diego abrió antes de que llamara al timbre, lo que significaba que había oído el ascensor o que llevaba tiempo cerca de la puerta, y Daniela decidió no preguntar cuál de las dos.
—Tarta —dijo Diego, mirando la caja.
—Chocolate negro con frambuesa. —Daniela entró.— El plan primero. La tarta después.
—¿Por qué?
—Porque si el plan es tan complicado como insinuaste no voy a poder disfrutar la tarta si la como antes.
La comisura de la boca de Diego.
—Lógica razonable —dijo.
Se sentaron en el salón. Sin mesa de por medio esta vez: el sofá y la mesa baja y el portátil de Daniela y el café que Diego había preparado sin preguntarle si quería porque ya sabía que sí.
—El plan para la renovación —dijo Daniela.
—El plan para la renovación. —Diego apoyó los codos en las rodillas.— Necesito contexto primero.
—Dame el contexto.
—Cuando el consejo votó en marzo, lo que perdí no fue el control operativo completo.
Fue el control de las decisiones estratégicas que requieren mayoría del comité ejecutivo.
—Diego la miró.— Las decisiones del día a día siguen siendo mías.
Los contratos por debajo de cierto umbral, las contrataciones, las operaciones en curso.
—¿Y las decisiones grandes?
—Las grandes necesitan el comité. Y el comité tiene mayoría de Morales. —Pausa.— Pero hay un umbral. Por encima de cincuenta millones de euros, las decisiones necesitan aprobación del consejo completo, no solo del comité.
Daniela procesó.
—¿Y el consejo completo?
—El consejo completo tiene doce miembros. Morales tiene cinco seguros. Yo tengo cuatro. Los tres restantes son independientes. —Diego la miró.— En la votación de marzo, dos de los tres independientes votaron con Morales.
—¿Por qué?
—Porque Morales lleva doce años construyendo relaciones y yo llevo doce años construyendo la empresa. —Una pausa sin amargura, solo como dato.— Son cosas diferentes.
—¿Pueden cambiar esos votos?
—Pueden. Si tienen razones suficientes. —Diego la miró.— Y si la información que tienen sobre la situación real cambia.
Daniela lo miró.
—¿Qué información no tienen?
—Lo de Claudia Vega. —Pausa.— Si los consejeros independientes saben que la presión sobre mi renovación de contrato no viene de una preocupación legítima sobre la dirección de la empresa sino de una estrategia de adquisición de CV Capital Partners, su cálculo cambia.
—¿Por qué?
—Porque son independientes precisamente para proteger los intereses de la empresa frente a movimientos que perjudican a los accionistas.
—Diego la miró.— Y una adquisición hostil que deprime el valor de las acciones para facilitar una compra a precio bajo perjudica a todos los accionistas. Incluido Morales.
Daniela procesó.
—¿Morales sabe lo de Claudia?
—No lo creo. —Diego apoyó la espalda en el sofá.— Morales quiere el control de la empresa. No necesariamente venderla. Si sabe que alguien está usando su posición en el consejo para facilitar una adquisición que él no controla, su problema deja de ser yo.
—Se convierte en Claudia.
—Exacto.
Daniela miró la mesa baja. El café. La caja de la tarta todavía cerrada.
—El plan —dijo— es informar a los consejeros independientes de lo que sabes sobre CV Capital Partners.
—Sí. —Diego asintió.— Pero no directamente. No puedo ir a una reunión del consejo y decir hay una adquisición hostil en marcha sin pruebas documentadas. Me haría parecer paranoico o desesperado.
—¿Cómo entonces?
—Necesito que la información llegue de una fuente que no sea yo. —Diego la miró.— Una fuente con credibilidad propia. Que haya llegado a la misma conclusión de forma independiente.
Daniela lo miró.
—¿Qué tipo de fuente?
—Un análisis externo. —Diego la miró directamente.— Del tipo que hace una consultora de comunicación con acceso a información pública y capacidad para conectar puntos que no están conectados formalmente.
Daniela procesó.
—¿Me estás pidiendo que escriba un análisis sobre CV Capital Partners y su conexión con lo que está pasando en Santaolalla Group?
—Te estoy pidiendo que hagas lo que hiciste anoche en el portal de mi edificio pero de forma documentada y con tu firma encima. —Diego la miró.— No como parte del encargo de Rodrigo. Como trabajo propio de Vértice.
—¿Por qué Vértice?
—Porque Vértice no tiene conflicto de interés visible con Santaolalla Group. —Una pausa.— Y porque si el análisis viene de una consultora externa sin relación formal con la empresa, tiene más peso que si viene de mí.
Daniela miró el portátil.
Pensó en Isabel. En los tres meses construyendo Vértice como algo propio, limpio, sin las sombras del edificio de diecisiete plantas.
Pensó en que esto era exactamente el tipo de trabajo que Vértice debería hacer: análisis estratégico de comunicación con implicaciones corporativas reales.
Pensó también en que su nombre estaría en ese análisis.
Y que su nombre y Diego Santaolalla en el mismo documento iba a generar preguntas.
—¿Has pensado en las implicaciones para mí? —dijo.
—Sí. —Diego la miró directamente.— Por eso no te lo pido como condición. Te lo pido como pregunta.
—¿Cuál es la pregunta?
—Si estás dispuesta a que tu nombre esté en esto sabiendo lo que podría implicar.
Daniela lo miró.
—¿Qué podría implicar?
—Que Claudia Vega sepa que fuiste tú quien conectó los puntos. —Pausa.— Que Morales sepa que trabajaste con información privilegiada de tu acceso a la empresa. —Otra pausa.— Que cualquiera que busque tu nombre y el mío en el mismo contexto encuentre más de lo que quizás convenga encontrar.
Daniela lo miró.
Pensó en Lucía diciendo el miedo es la dirección correcta.
Pensó en su madre diciendo lo que no se resuelve solo es el si.
Pensó en Isabel, que había fundado Vértice porque prefería hacer las cosas bien con menos recursos que hacerlas regular con muchos.
—¿Tienes las pruebas documentadas? —dijo Daniela.— Para el análisis. La conexión entre CV Capital Partners y el fondo luxemburgués. Los registros de la oferta de 2021. La estructura de participaciones de Monreal.
—Rodrigo tiene parte. Los abogados tienen el resto. —Diego la miró.— ¿Es un sí?
Daniela lo miró tres segundos.
—Es un dame los documentos el lunes y veré qué puede construirse. —Pausa.— Que no es un no.
Diego asintió.
—De acuerdo.
—Pero hay una condición.
—Dime.
—Isabel tiene que saberlo. No los detalles. Pero si el análisis sale con el nombre de Vértice, Isabel tiene que saber que existe y que tiene este tipo de implicaciones. —Daniela lo miró.— No puedo comprometer la firma sin que ella lo sepa.
Diego procesó.
—¿Crees que lo aprobará?
—No lo sé. —Pausa.— Isabel tomó los tres clientes de la competencia de Santaolalla Group cuando llegué. Eso dice algo sobre su criterio.
—¿Dice que no le importa el conflicto?
—Dice que le importa el trabajo bien hecho más que la política. —Daniela lo miró.— Puede que sí. Puede que no. Pero tiene que ser su decisión.
Diego asintió.
—De acuerdo.
Daniela cerró el portátil.
—¿Hay algo más en el plan?
—Una cosa. —Diego la miró.— La más complicada.
—¿Más que todo lo que acabas de decirme?
—Diferente. —Pausa.— No es estrategia. Es personal.
Daniela lo miró.
Diego se levantó. Fue a la ventana, el mismo gesto de siempre cuando necesitaba espacio para decir algo difícil. Madrid de noche afuera, las luces, el silencio de Salamanca a las nueve de la noche.
—En la renovación de contrato —dijo— Morales va a usar cualquier argumento disponible. —Pausa.— Incluyendo lo nuestro.
—Ya lo sé.
—Lo que no sé es cómo manejar eso sin que te afecte a ti. —Se giró.— Si llegamos a marzo con Casal resuelto y el análisis de Vértice como contraargumento para los independientes, Morales va a intentar que lo nuestro parezca un conflicto de interés.
—¿Y es un conflicto de interés?
—Legalmente no. —Diego la miró.— Emocionalmente es complicado para quien quiera que sea complicado.
—¿Para Morales?
—Para los consejeros que no me conocen bien. —Pausa.— Que ven a su CEO en una relación personal con la consultora externa que escribe el análisis que lo defiende.
Daniela procesó.
Era el agujero del plan. Lo había visto mientras Diego hablaba y había esperado a que él lo viera también. Lo había visto.
—¿Qué quieres hacer con eso? —dijo Daniela.
Diego la miró.
—No sé qué hacer que no te cueste algo que no quiero que te cueste.
Daniela lo miró.
Era la segunda vez en pocos días que Diego decía esto de formas diferentes. No quiero hacerte daño. No sé cómo hacer esto sin que te afecte. La misma preocupación dicha de maneras distintas.
Se levantó.
Fue hasta él.
Se detuvo frente a la ventana a su lado, con Madrid afuera y las luces y el frío que no entraba porque la ventana estaba cerrada pero que se intuía.
—Diego —dijo.
—Daniela.
—Para. —Lo miró.— Llevo semanas tomando decisiones que tienen costes. El análisis si Isabel lo aprueba. Volver al edificio. —Pausa.— Quedarme en lugar de ir a Londres. —Otra pausa.— Todas esas decisiones tienen costes y las tomé yo. No tú por mí.
Diego la miraba.
—Lo sé.
—Entonces deja de buscar la manera de protegerme de las consecuencias de mis propias decisiones. —Lo miró directamente.— No me ayuda. Me trata como si no pudiera manejar lo que elegí manejar.
Diego procesó eso.
El músculo cerca de la sien. La mandíbula.
Luego algo que se asentó.
—Tienes razón —dijo.
—Ya lo sé.
La comisura de su boca.
—¿Siempre tienes razón?