Capítulo 8 #2
—Sí. —Lo miró directamente.— Llevo dos meses aprendiendo a leer el contorno de lo que no está. —Pausa.— Y tú me enseñaste cómo.
Diego la miró con esa expresión de la comisura de la boca que no llegaba a sonrisa pero que Daniela ya leía como todo lo contrario.
—Yo no te enseñé nada —dijo.— Tú ya lo sabías.
—Me diste práctica.
—Ya. —Diego se levantó.— Tengo que ducharme antes de Casal.
—Bien. —Daniela se levantó también.— ¿A qué hora es la reunión?
—Las once. —Pausa.— ¿Puedes estar cerca?
—¿En el edificio?
—En cualquier sitio con el teléfono encendido. —La miró.— Si algo cambia en la reunión necesito poder llamarte.
—Estaré en la cafetería de la esquina. —Daniela cogió el portátil.— La que Carmen sabe que existe.
La comisura de la boca de Diego.
—A las once —dijo.
—A las once —confirmó Daniela.
Fue hacia la puerta.
—Daniela.
Se detuvo. Se giró.
Diego estaba de pie en el salón con la taza de café en la mano y el sol de marzo entrando por la ventana y el jersey del día anterior y el aspecto de alguien que ha recibido mucha información en poco tiempo y la ha procesado y ha llegado al otro lado de ella sin romperse.
—Gracias —dijo.
Solo eso. Sin especificar el qué porque en el idioma de Diego no hacía falta especificarlo.
—A las once —dijo Daniela.
Salió.
La cafetería de la esquina tenía seis mesas, un expreso decente y la televisión puesta con el volumen bajo en un canal de noticias que nadie miraba.
Daniela llegó a las diez y veinte. Pidió café. Abrió el portátil.
Trabajó.
O intentó trabajar: tenía tres correos de clientes de Vértice que requerían atención y un borrador de estrategia para una empresa tecnológica que Isabel necesitaba antes del lunes. Abrió los correos. Respondió dos. El tercero requería más concentración de la que tenía disponible esta mañana.
Cerró el correo. Abrió el borrador. Escribió una línea. La borró.
Miró el teléfono.
Las diez y treinta y dos.
Veintitrés minutos para las once.
Pensó en Casal. En un hombre de sesenta y dos años con una constructora mediana que llevaba veinte años esperando cobrar un favor con otro favor.
Que no sabía que era una pieza en un tablero más grande.
Que probablemente pensaba que todo esto era simple: una deuda, un contrato, el tipo de transacción que en ciertos sectores se hacía siempre sin que nadie pusiera nombre a lo que era.
Pensó en Diego entrando a esa reunión sabiendo ahora lo que sabía y teniendo que manejarlo sin mostrar que lo sabía. Usando la información sin revelar la fuente. Ofreciendo la salida sin explicar por qué era mejor que el camino que Claudia había diseñado.
Diego era bueno en eso. Mejor de lo que cualquiera que no lo conociera bien podría ver.
Pensó en Claudia Vega.
Buscó su nombre en LinkedIn.
La foto: cincuenta y tantos, pelo oscuro, la expresión de alguien que ha tenido poder suficiente tiempo para no necesitar demostrar que lo tiene. En el perfil: CV Capital Partners, ocho años. Antes, quince en una firma de inversión. Antes, dos en una constructora de Madrid.
La misma constructora donde Diego había aprendido que algunas empresas ganaban contratos corruptos porque nadie hacía nada.
Daniela miró la foto durante un momento.
No era lo que había imaginado. Había imaginado algo más agresivo, más visible. Esta mujer tenía la cara de alguien que ha aprendido a ser paciente. Que construye las cosas despacio.
Tres años era mucho tiempo para ser paciente.
¿Por qué Santaolalla Group específicamente?
El dinero era la respuesta obvia. Pero CV Capital Partners tenía recursos suficientes para encontrar adquisiciones más sencillas. Había empresas en el sector de infraestructuras que habrían cedido sin necesitar tres años de maniobras.
¿Por qué la empresa que Diego dijo que no se podía corromper?
Daniela guardó el teléfono.
Miró la ventana de la cafetería. La calle de Salamanca, la gente pasando, un repartidor con una bicicleta.
Porque Santaolalla Group no se puede comprar de frente, pensó. Y eso, para alguien que hace adquisiciones, es exactamente el tipo de reto que no puede ignorar.
No era solo dinero.
Era demostrar que todo se puede comprar.
Diego había dicho que no una vez.
Claudia Vega llevaba tres años diciéndole que no era así.
El teléfono vibró.
Diego: Casal llegó. Empieza en diez minutos.
Daniela respondió: Bien. Llama cuando salgas.
Guardó el teléfono.
Pidió otro café.
Esperó.
La llamada llegó a las doce y cuarenta.
—¿Cómo fue? —dijo Daniela antes de que Diego hablara.
—Bien. —Una pausa.— Mejor de lo que esperaba.
—¿Le dijiste lo de Claudia?
—No directamente. —Diego hablaba despacio, con el tono de la revisión de hechos.— Le pregunté qué quería en realidad. No en términos de Málaga: en términos del conjunto.
—¿Y?
—Y Casal es un hombre que no soporta que lo subestimen. —Una pausa.— Cuando le sugerí que quizás las personas que lo habían puesto en esto no le habían contado todo el objetivo, tardó treinta segundos en empezar a hablar.
—¿Qué dijo?
—Que su acuerdo era con CV Capital Partners para facilitar una compra que le darían el contrato de Málaga como compensación. —Diego hizo una pausa.— Que no sabía que el precio iba a ser esto.
—¿Qué es esto?
—El daño reputacional. Los artículos sin firma. —Pausa.— Casal quería presión, no destrucción. Hay diferencia para él.
—¿Qué le ofreciste?
—La conversación sobre Málaga. Separada de todo lo demás. Por sus méritos propios, si el proyecto cumple los criterios técnicos. —Una pausa.— Y le dije que si salía del acuerdo con Claudia, yo me aseguraba de que nadie supiera que había estado en esto.
—¿Aceptó?
—Dijo que necesita pensar. —Una pausa.— Pero Rodrigo, que lo conoce de hace años, dice que cuando Casal dice que necesita pensar ya decidió.
Daniela soltó el aire que no sabía que había estado aguantando.
—Bien. —Pausa.— ¿Qué pasa con Claudia cuando Casal salga?
—Pierde la pieza del ruido mediático. Y sabe que yo sé quién está detrás. —Diego habló despacio.— Lo que no sabe es cuánto sé.
—¿Cuánto sabe ella que sabes?
—Que existe la conexión entre Monreal y CV Capital Partners. Nada más. —Pausa.— Lo de la oferta de 2021 lo sabes tú. Yo no lo sabía hasta esta mañana.
Daniela procesó.
—Diego. Eso es importante. Si Claudia sabe que no sabes lo de 2021, tiene una ventaja que cree que tiene y que en realidad ya no tiene.
Silencio de tres segundos.
—¿Me estás diciendo que tengo que dejar que crea que todavía tiene esa ventaja?
—Por ahora sí. —Daniela habló despacio.— Si sabe que sabes lo de 2021, ajustará la estrategia. Si no lo sabe, seguirá el plan que ya tiene y podemos anticipar sus movimientos.
Otro silencio.
—¿Cuánto tiempo podemos sostener eso?
—Hasta marzo. —Pausa.— Si resolvemos Casal y mantenemos a Claudia sin saber que sabemos lo de 2021, llegamos a la renovación del contrato con el tablero diferente.
—¿Qué hace diferente el tablero en marzo?
Daniela miró la ventana de la cafetería.
—Que sin Casal para el ruido mediático y con el texto de Expansión ya publicado, la narrativa de empresa inestable no se sostiene. —Pausa.— Y que si tienes el plan que dijiste que estabas construyendo para la renovación, llegamos con más opciones que Morales.
Diego procesó.
—El plan para la renovación —dijo.
—El que dijiste que necesitaba tiempo.
—Sí. —Una pausa.— Daniela. El plan tiene que ver con algo que no te he contado todavía.
Daniela lo miró, aunque no pudiera verla.
—¿Cuánto de complicado?
—Depende de cómo lo mires. —Pausa.— Esta noche, si puedes.
—Esta noche.
—Mi casa. —Pausa breve.— Y trae postre. Sofía no viene hasta el sábado pero hay cosas que se procesan mejor con algo dulce.
Daniela miró la ventana.
Sonrió sola en la cafetería de la esquina.
—¿Chocolate? —dijo.
—Chocolate —confirmó Diego.
Colgó.
Daniela cerró el portátil. Dejó el dinero en la mesa.
Salió a la calle de Salamanca con el sol de marzo y el mediodía y la semana que seguía siendo complicada pero que tenía forma ahora, contorno visible, bordes que se podían trabajar.
Y esta noche el plan de Diego para marzo.
Algo que no le había contado todavía.
Daniela caminó hacia Vértice pensando en los últimos días y en lo que cada uno había ido contando al otro en el orden que podía, con el miedo que tenía y la valentía que encontraba.
No siempre se tienen las respuestas, había dicho esta mañana.
Esta mañana la tengo porque no dormí.
Pero había otra razón que no había dicho en voz alta todavía y que se le estaba haciendo más evidente con cada hora que pasaba:
Que tenía las respuestas porque había alguien que valía la pena tenerlas.
Y que eso, exactamente eso, era la diferencia entre trabajar bien y trabajar con todo.