Mi Billionaire (Santaolalla nº 2) Capítulo 8
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Capítulo 8

Daniela no durmió bien.

No porque la información fuera incomprensible sino porque era demasiado comprensible: cada pieza encajaba con una claridad que hacía que el cuadro completo fuera exactamente tan malo como parecía.

Tres años atrás Diego había dicho que no a una oferta de adquisición.

El no había costado: seis meses de presión del consejo, dos directores que renunciaron, una caída del veinte por ciento en el valor de las acciones que tardó un año en recuperarse.

Lo que nadie había publicado, porque nadie lo había sabido, era quién estaba detrás de esa oferta.

Daniela lo supo a las once de la noche en el portal oscuro de la casa de Diego.

Se fue a su piso. Se sentó en el sofá. Buscó más.

Encontró más.

CV Capital Partners había participado en cuatro adquisiciones en los últimos ocho años. Tres habían funcionado. Una no: Santaolalla Group, 2021. La única vez que Claudia Vega había fracasado.

Y tres años después estaba de vuelta.

No con una oferta directa. Con algo más lento y más difícil de ver: Monreal, Casal, el consejo, la renovación del contrato. No comprar la empresa. Debilitar al hombre que la controlaba hasta que las condiciones fueran diferentes.

Daniela apagó el teléfono a las doce y media.

Se fue a la cama.

Durmió mal.

A las seis y cuarenta y cinco estaba en la cocina con el café y el teléfono y la decisión de cómo y cuándo decírselo a Diego.

Antes de Casal.

Tenía que ser antes de Casal.

Diego tenía que entrar a esa reunión sabiendo que Casal no era el origen del problema sino la herramienta de alguien que llevaba tres años intentando lo mismo por otro camino.

Escribió: ¿Estás despierto?

La respuesta llegó en cuarenta segundos.

Sí. ¿Qué pasa?

Necesito contarte algo antes de la reunión. ¿Puedo ir a las ocho?

Pausa de un minuto.

Ven ahora.

Daniela miró el reloj. Las seis cincuenta y dos.

Son casi las siete de la mañana.

Ya lo sé. Ven.

Daniela dejó el café a medias. Cogió el abrigo y el portátil y salió.

Diego abrió la puerta con el jersey del día anterior y el café en la mano y la expresión de alguien que ha dormido poco y lo sabe y ha decidido que no importa.

La miró.

Leyó su cara.

—¿Qué encontraste? —dijo.

—¿Cómo sabes que encontré algo?

—Porque si fuera solo lo de Claudia me lo habrías dicho anoche. —Se apartó para dejarla pasar.— Entra.

Se sentaron en el salón. Daniela con el portátil abierto en los artículos. Diego con el café y la atención completa que le daba a todo lo que importaba.

Daniela le contó en diez minutos. Sin rodeos, sin suavizar los ángulos: CV Capital Partners, la oferta de 2021, el fondo luxemburgués, el patrón de las cuatro adquisiciones, la única que había fallado.

Diego la escuchó sin interrumpir.

Cuando terminó, el salón estaba quieto.

Madrid despertándose afuera. Los primeros ruidos de la calle, el tráfico temprano, una paloma en el alféizar de la ventana.

—¿Cuándo lo encontraste? —dijo Diego.

—Anoche. En el portal de tu edificio, antes de salir. —Daniela lo miró.— Lo busqué en el móvil.

—¿Por qué no me llamaste?

—Porque eran las once de la noche y porque necesitaba leerlo todo antes de contártelo y porque quería estar segura de que lo que veía era lo que era y no una conexión forzada.

—¿Y es lo que es?

—Sí. —Pausa.— CV Capital Partners intentó comprar tu empresa hace tres años. Tú dijiste que no. Claudia Vega tomó nota y buscó otra manera. —Daniela cerró el portátil.— Monreal, Casal, el consejo. No es una deuda personal ni una venganza. Es una adquisición que todavía está en marcha.

Diego miró el café en su mano.

Lo dejó sobre la mesa.

Se levantó. Fue a la ventana. Madrid temprana, el sol de marzo entrando con el ángulo bajo de las mañanas.

Daniela esperó.

El silencio de Diego era diferente esta vez: no el de pensar sino el de alguien que recibe algo que confirma lo que parte de él ya sospechaba pero esperaba que no fuera verdad.

—Tres años —dijo al final.

—Sí.

—El café de hace seis meses. —Su voz, quieta y precisa.— Fue para evaluar en qué punto estaba la empresa. Si seguía siendo un objetivo viable o si las condiciones habían cambiado.

—Sí.

—Y le conté exactamente lo que necesitaba saber para decidir que seguía valiendo la pena intentarlo.

—Sí.

Diego no se giró todavía. Seguía mirando Madrid.

—¿Cuánto tiempo tiene? —dijo.

—¿Para qué?

—Para que esto funcione. La adquisición. Si Morales vota en marzo y mi contrato no se renueva en los términos que quieren, ¿cuánto tiempo antes de que puedan hacer una oferta pública con posibilidades reales?

Daniela lo pensó.

—Seis meses. Nueve como mucho. Necesitan que el valor de las acciones baje lo suficiente para que la oferta sea atractiva para los accionistas minoritarios.

—Pausa.— Para eso necesitan que la empresa parezca inestable.

Que haya ruido mediático, conflicto en el consejo, incertidumbre sobre la dirección.

—Todo lo que está pasando.

—Todo lo que está pasando.

Diego se giró.

La miró con la expresión de las decisiones pero con algo más debajo: no enfado, no miedo. Algo más frío y más determinado. La cara de alguien que ha visto el tablero completo y está calculando los movimientos.

—¿Qué hace Casal en esto? —dijo.

—Casal es la pieza que crea el ruido mediático. La historia de la deuda, la licitación de Málaga, el artículo sin firma de ayer. —Daniela lo miró.— Si la prensa está hablando de favores y deudas cuando llega la oferta de adquisición, la narrativa ya está contaminada.

—¿Y Monreal?

—Monreal es el puente entre Claudia y el consejo. Tiene acciones suficientes para inclinar el voto en marzo pero no suficientes para hacer nada él solo. —Pausa.— Su valor para Claudia es que está dentro y que Diego confió en él lo suficiente para recomendarlo al consejo hace seis meses.

Diego procesó.

—Lo recomendé yo —dijo.

—Lo sé.

—Claudia sabía que lo recomendaría porque conoce mi forma de trabajar. —Pausa.— Sabía que si Monreal tenía credenciales sólidas y yo lo proponía, el consejo lo aceptaría sin cuestionarlo.

—Sí.

Diego miró el suelo.

Daniela lo dejó.

Treinta segundos de silencio que eran necesarios. El tipo de silencio que Diego necesitaba para pasar de recibir información a procesar implicaciones a calcular respuestas.

—Casal no sabe nada de esto —dijo Diego al final.

Daniela lo miró.

—¿Qué te hace pensar eso?

—Porque Casal es viejo y directo y quiere un contrato de infraestructuras. No una adquisición corporativa. —Diego la miró.— Claudia lo usó como lo usó a Monreal: piezas que mueven cosas sin ver el tablero completo.

—¿Y si se lo dices a Casal?

Diego la miró.

La misma idea que había estado en la mente de Daniela desde las once de la noche.

—Si Casal sabe que está siendo usado por alguien que no le va a dar lo que quiere —dijo Daniela— tiene razones propias para no seguir jugando.

—Casal tiene orgullo de hombre que hace sus propios tratos. —Diego asintió despacio.— No va a aceptar bien saber que lo pusieron en esto sin contarle el objetivo real.

—No. —Daniela lo miró.— ¿Puedes usarlo?

Diego la miró un momento.

—¿Cuándo dices usarlo?

—Ofrecerle lo que quiere por vías legítimas a cambio de que salga del tablero de Claudia.

—Daniela apoyó los codos en las rodillas.

— La licitación de Málaga, si el proyecto es sólido, puede ir adelante por sus propios méritos.

Casal no necesita a Claudia para obtener lo que quiere.

Solo necesita saber que la alternativa existe.

Diego procesó.

—Y si Casal sale, Claudia pierde la pieza que crea el ruido mediático.

—Sí. Monreal solo no tiene suficiente. —Pausa.— Y en marzo, si el ruido no existe, la narrativa de empresa inestable no se sostiene.

Diego la miraba.

—¿Cuánto tiempo necesitas para construir eso?

—Tengo el texto de Expansión ya publicado. El escudo existe. —Daniela lo miró.— Si la reunión con Casal esta mañana va bien y puedes darle la conversación sobre Málaga que busca, sin Claudia de por medio, tenemos la base.

—¿Y Claudia?

Daniela lo miró.

—Claudia es el problema de después de Casal. —Pausa.— Un problema a la vez.

Diego la miraba con la expresión de las últimas semanas, la más limpia, pero con algo nuevo encima: el reconocimiento específico de alguien que está viendo a la persona que tiene delante hacer exactamente lo que hace mejor y que ese mejor es más de lo que esperaba.

—Daniela —dijo.

—Diego.

—¿Cómo tienes siempre la respuesta?

—No siempre la tengo. —Lo miró directamente.— Esta mañana la tengo porque no dormí y porque me pasé tres horas leyendo sobre CV Capital Partners y porque la alternativa era no tenerla y eso no es una alternativa.

Diego la miró un momento.

Luego se levantó. Fue a la cocina. Volvió con dos tazas de café.

Le dio una a Daniela.

Se sentó a su lado en el sofá, no frente a ella sino al lado, con la taza en la mano y el hombro a cinco centímetros del de ella.

—Bien —dijo.

—¿Bien qué?

—Bien que no dormiste. Bien que buscaste. —Pausa.— Bien que vinieras a las siete de la mañana en lugar de esperar.

Daniela bebió el café.

—¿Lo habrías encontrado tú? —dijo.

—Probablemente sí. Más tarde. —Pausa.— Pero más tarde puede ser demasiado tarde con Casal en tres horas.

—Sí.

Diego miró su taza.

—Hay algo más —dijo.

Daniela lo miró.

—¿Qué?

—Claudia sabe que estás aquí. —Diego la miró.

— Monreal se lo habrá dicho. Y Claudia sabe quién eres: sabe lo del departamento de comunicación, sabe lo de la dimisión, sabe que volviste para el encargo de Rodrigo.

—Pausa.— Eso significa que sabe que tienes información sobre la empresa y sobre mí que podría ser útil para sus planes.

Daniela procesó.

—¿Crees que intentará contactarme?

—Creo que ya lo está considerando. —Diego la miró.— ¿Lo haría?

—¿Contactarme?

—Intentar usarte.

Daniela pensó en eso.

—Si tiene la inteligencia suficiente para construir esto durante tres años, sabe que contactarme directamente sería un error. —Pausa.— Lo que haría es crear una situación donde yo tuviera algo que ganar yendo hacia ella.

—¿Qué tipo de situación?

—No lo sé todavía. Pero si aparece, lo reconoceré.

Diego la miró.

—¿Estás segura?