Capítulo 7 #2
—Los puntos débiles del consejo. Los nombres de quien podía comprar. Los plazos de la renovación de mi contrato. —Diego apoyó los codos en la barra.— Cosas que cualquiera en el sector podría deducir pero que yo le di sin que tuviera que deducirlas.
Daniela miró la mesa.
Procesó en silencio durante varios segundos.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
—Porque cuando llegaste a esto ya era tarde para cambiar lo que había pasado en el café. Y porque— —Diego se detuvo.
—¿Porque qué?
—Porque hay cosas de mi pasado que no son fáciles de contar a alguien que empieza a importarte. —Su voz, más quieta.— Especialmente cuando esa persona ya tiene suficientes razones para complicarse la vida sin añadir las tuyas.
Daniela lo miró.
Era la respuesta más honesta y más vulnerable que le había dado.
No la más grande en términos de riesgo o consecuencias: la más desnuda, la que decía me importas y por eso callé lo que callaría para no asustarte aunque ese cálculo fuera exactamente el tipo de protección que los dos habían acordado no usar.
—Diego —dijo Daniela.
—Lo sé. —Antes de que ella continuara.— Lo sé. Debería habértelo dicho antes. Es exactamente lo que acordamos no hacer.
—Sí.
—Sí. —Una pausa.— ¿Estás enfadada?
Daniela lo miró.
Pensó en la respuesta honesta. La buscó. La encontró.
—No estoy enfadada. —Pausa.— Estoy pensando en cómo afecta esto a lo que ya tenemos encima.
Diego la miró.
—¿Solo eso?
—Y un poco en que llevas veinte años construyendo algo y la persona que te prestó el dinero para empezarlo puede ser la que lo está desmantelando. —Daniela lo miró directamente.— Eso es mucho para procesarlo en una noche.
Diego asintió despacio.
—Sí.
Silencio.
El comedor. Las luces. La calle de Salamanca afuera.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Daniela.
—Sí.
—Claudia. ¿Hay algo ahora? ¿Además de esto?
Diego la miró con la directness que usaba cuando la pregunta merecía exactamente eso.
—No. —Sin pausa, sin elaboración.— Hace catorce años terminó algo. No terminó mal pero terminó. —Pausa.— Lo que hay ahora es una persona que tomó información que le di y la usó para hacer daño a algo que construí. —Otra pausa.— Eso no tiene nada que ver con lo que fue.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
Daniela lo miró tres segundos.
—De acuerdo.
Diego se apartó de la barra.
—Daniela.
—¿Sí?
—¿Sigues aquí?
La pregunta. La misma que llevaba meses haciendo de formas diferentes, directa o en código, con la voz de las decisiones o la de los espacios entre una cosa y otra.
Daniela lo miró.
—Sigo aquí —dijo. Por quinta vez. La que ya no necesitaba ni el contexto ni la confirmación porque era simplemente el estado de las cosas.
Diego cruzó el comedor.
Se detuvo frente a ella.
La miró con esa expresión limpia, sin capas, la más real de todas.
—Hay que resolver a Claudia —dijo.
—Hay que resolver a Claudia —confirmó Daniela.
—Y a Casal mañana.
—Y a Casal mañana.
—Y a Morales en marzo.
—Y a Morales en marzo.
Diego la miró.
—¿Y nosotros?
Daniela lo miró.
—Nosotros resolvemos lo demás y luego tenemos el sábado con Sofía —dijo.— En ese orden.
La comisura de la boca de Diego. La sonrisa pequeña y real que Daniela había aprendido a reconocer como la más suya de todas las que tenía.
—En ese orden —confirmó.
La besó.
Brevemente, con la mano en su cara, con la quietud de siempre.
Cuando se separó Daniela tenía los ojos en los de él.
—Mañana Casal —dijo.
—Mañana Casal.
—¿Quieres que prepare algo esta noche?
—No. —Diego la miró.— Esta noche ya está hecho el trabajo de esta noche.
Daniela lo miró.
—¿Qué trabajo es ese?
—Decirte lo de Claudia. —Pausa.— Y que sigues aquí.
Daniela asintió.
—Sí. —Recogió el bolso.— Las dos cosas están hechas.
Diego la acompañó hasta la puerta.
En el umbral, antes de salir, Daniela se giró.
—Diego. Claudia Vega. ¿Sabes qué quiere en realidad?
Diego la miró con la expresión de quien ha pensado mucho en una pregunta y todavía no tiene la respuesta completa.
—No todavía —dijo.— Pero voy a saberlo.
—¿Cómo?
—Porque mañana Casal me va a decir más de lo que cree que me dice. —Pausa.— Y lo que no diga Casal lo dirá lo que no diga.
Daniela lo miró.
—El contorno de lo que no está —dijo.
—Aprendí de alguien que sabe leerlo.
Daniela salió.
Bajó en el ascensor.
Cuatro pisos.
Veinte segundos exactos.
El tiempo justo para que las piezas empezaran a encajar con un clic metálico y frío dentro de su cabeza.
Claudia Vega.
El café de hace seis meses.
La deuda de cincuenta mil euros devuelta con intereses, limpia, sin explicaciones de más.
Y la pregunta que no había querido hacerse hasta ahora: por qué alguien que ya había recibido lo que le correspondía volvía veinte años después a cobrar algo más.
El ascensor llegó a planta baja con un suave ding. Las puertas se abrieron. Él no salió de inmediato. Se quedó quieto en el umbral, con el olor a madera encerada del portal y la oscuridad discreta del vestíbulo envolviéndolo.
Sacó el teléfono.
La pantalla iluminó su cara desde abajo. Escribió con el pulgar tenso:
Claudia Vega firma de inversión Madrid
Los resultados aparecieron en menos de dos segundos.
Leyó el primero.
El segundo.
El tercero.
El peso de la información le cayó encima como una losa. Se quedó inmóvil en el portal oscuro, el teléfono todavía encendido entre los dedos, mientras todo lo que creía saber sobre los últimos meses —y sobre ella— se reordenaba con una precisión brutal.
Porque Claudia Vega no era solo alguien del pasado de Diego.
No era solo una mujer a la que había ayudado hace veinte años.
Era la directora de la firma de inversión que había intentado comprar Santaolalla Group tres años atrás.
La misma que Diego había rechazado con esa calma cortante que usaba cuando algo le importaba demasiado.
Antes de que él dijera que no.
Antes de que ella buscara otra manera.
Más lenta. Más paciente. Más personal.
Esto no era una deuda antigua.
No era nostalgia.
No era un reencuentro casual.
Era una adquisición hostil que llevaba tres años en marcha.
Y Diego Santaolalla todavía no lo sabía.
El teléfono se le enfrió en la mano.
Fuera, Madrid seguía ruidosa e indiferente.
Dentro del portal, el silencio se volvió casi ensordecedor.
Guardó el móvil.
Empujó la puerta de cristal.
Y salió a la calle con la certeza fría y absoluta de que el tablero acababa de cambiar… y de que ninguno de ellos estaba preparado para lo que venía.