Capítulo 7
La casa de Diego estaba en Salamanca.
Barrio de Salamanca.
A siete minutos andando de la oficina de Vértice.
Durante tres meses habían trabajado a siete minutos el uno del otro.
Sin saberlo… o sabiéndolo y no diciéndolo.
Llegó a las ocho menos dos.
El edificio era de los años cincuenta, de ladrillo visto y líneas sobrias, bien conservado.
Tenía esa solidez discreta de las cosas que se construyen para durar décadas, no para impresionar.
Marcó el código. El portal se abrió con un zumbido suave.
Dentro, el vestíbulo olía a madera encerada y a algo limpio, casi austero.
Cuarta planta.
Miró las escaleras. En otro día las habría subido. Esta noche tomó el ascensor. Necesitaba esos veinte segundos exactos: para ordenar lo que sabía, lo que no sabía, y lo que estaba a punto de cruzar.
El ascensor subió en silencio.
El corazón le latía con un ritmo lento y profundo.
Llegó.
El pasillo era amplio, con suelo de mármol y una única puerta al fondo. 4º A. Llamó al timbre.
Quince segundos.
Diego abrió.
Llevaba un jersey oscuro de punto fino, cuello redondo, las mangas subidas hasta media altura.
Sin chaqueta. Sin la armadura del traje.
El pelo ligeramente desordenado, como si se hubiera pasado la mano por él demasiadas veces.
Tenía el aspecto de alguien que había estado en casa el tiempo suficiente para dejar de ser el CEO…
pero no el suficiente para dejar de pensar en cada palabra que iba a decir.
Sus ojos la recorrieron una vez, rápidos, intensos.
—Daniela.
—Diego.
La voz de él salió más baja de lo habitual. La de ella, más contenida de lo que sentía.
Se hizo a un lado.
La dejó pasar.
Daniela cruzó el umbral.
El click de la puerta al cerrarse a su espalda sonó demasiado definitivo.
Dentro, el piso olía a él: canela, madera, algo limpio y caro. La luz era cálida, baja. Había una lámpara encendida en el salón y el resto de la casa en penumbra. Y por primera vez desde que se conocían, no había mesa de cristal entre ellos, ni sillas de reunión, ni un ascensor a punto de abrirse.
Solo estaban los dos.
En su casa.
Con todo lo que eso significaba.
El piso era lo que había esperado y diferente de lo que había imaginado.
Grande, con los techos altos del edificio.
Muebles oscuros y buenos, sin exceso, con la misma economía que él aplicaba a todo: lo necesario y bien elegido, nada para llenar espacio.
Una librería entera en el salón, los mismos libros leídos de verdad que en la oficina.
Una ventana grande con vista a la calle y las luces de Salamanca afuera.
En la cocina, algo en el fuego.
Daniela lo miró.
—¿Estás cocinando?
—Intentándolo. —Diego fue a la cocina sin disculparse por ello.— Pasta. No requiere más de dos pasos.
Daniela lo siguió hasta el umbral de la cocina. Diego con una cuchara de madera frente a una olla, con la concentración de alguien que no hace esto habitualmente pero ha decidido hacerlo esta noche sin explicarlo.
—¿Quieres ayuda? —dijo Daniela.
—No. —Una pausa.— Siéntate.
Daniela se sentó en uno de los taburetes del lado de la barra que separaba la cocina del salón.
Lo observó.
Había algo en verlo así: sin el despacho, sin la mesa de reuniones, sin la séptima planta. Solo un hombre con una cuchara de madera en su cocina un jueves por la noche cocinando pasta que no requería más de dos pasos para alguien a quien iba a contarle algo complicado.
—¿Cuándo aprendiste a hacer pasta? —dijo Daniela.
—Sofía. —Diego removió sin girarse.— Le gusta cocinar. Me enseñó cuando tenía nueve años porque dijo que era inaceptable que su padre no supiera hacer nada de comer.
Daniela sonrió.
—¿Solo pasta?
—Pasta y huevos revueltos. —Una pausa.— El dominio de los básicos, según Sofía.
—Es una persona muy práctica para tener doce años.
—Heredado.
—¿De quién?
Diego se giró. La miró con la comisura de la boca.
—De los dos.
Cenaron en la mesa del comedor con las luces bajas y el ruido de la calle de Salamanca entrando por la ventana entreabierta.
La pasta era buena, mejor de lo que dos pasos deberían permitir, lo que Daniela dijo y Diego recibió con el mismo gesto de quien recibe cualquier cosa que le importa: sin exageración, con una atención quieta.
Hablaron poco durante la cena.
No con incomodidad: con el tipo de silencio que existe entre personas que han aprendido que no todo necesita llenarse y que la cena es también una forma de estar juntos sin que nada lo justifique excepto querer estarlo.
Cuando terminaron Diego recogió los platos con la eficiencia de siempre.
Daniela se levantó para ayudar.
—No —dijo él.
—Diego.
—Siéntate.
—Eso es lo que me dices cuando vas a decirme algo que no quieres interrumpir.
Diego se detuvo con los platos en la mano.
La miró.
—Sí —dijo.
—Entonces deja los platos y cuéntame.
Diego dejó los platos en el fregadero. Se giró. Apoyó las manos en la barra y la miró con la expresión de las decisiones, la de los codos sobre la mesa y los ojos directos.
—La inicial C —dijo.
—La inicial C.
—No es Casal.
Daniela lo miró.
—Ya lo supe cuando me lo dijiste por teléfono. Casal es la C visible. —Pausa.— ¿Quién es la otra?
Diego cogió aire.
—Claudia Vega.
El nombre no le dijo nada de inmediato. Daniela lo procesó: Claudia Vega, sin contexto, sin cara, solo el nombre y la inicial y el peso que Diego le daba al decirlo.
—¿Quién es? —dijo.
—La persona que me prestó el dinero para el crédito. —Una pausa.— Antes de Casal. Antes de que existiera nada.
Daniela lo miró.
—¿El crédito del banco?
—El banco me dio parte. —Diego la miró directamente.— Claudia me dio el resto. Sin intereses. Sin condiciones escritas. —Pausa.— Sin condiciones escritas.
Daniela procesó las tres palabras separadas.
—¿Cuánto?
—Cincuenta mil euros. En el primer año, cuando el banco no quería dar más y la empresa necesitaba tres meses más de margen para ver si funcionaba.
—¿Quién es ella?
Diego no respondió de inmediato.
Fue a la nevera. Sacó dos botellas de agua. Le dio una a Daniela. Se quedó de pie junto a la barra.
—La conocí cuando tenía veintidós años —dijo.— Trabajábamos en la misma constructora. La que me enseñó que las empresas que ganaban contratos corruptos seguían ganándolos porque nadie hacía nada. —Pausa.— Nos fuimos los dos. Por razones diferentes.
—¿Qué razones?
—Ella porque le ofrecieron algo mejor. —Diego miró el agua en su mano.— Yo porque no podía seguir ahí.
—¿Y el dinero?
—Cuando monté la empresa, Claudia llevaba tres años en una firma de inversión. Tenía capital propio. —Pausa.— Me lo ofreció.
—¿Por qué?
Diego tardó.
—Porque me conocía. —Una pausa más larga.— Y porque en ese momento había algo entre nosotros que no era solo amistad.
El comedor de la casa de Diego. Las luces bajas. Madrid afuera.
Daniela lo miró.
—¿Cuánto tiempo? —dijo.
—Dos años. Antes de que existiera la empresa. —Diego la miró directamente.— Terminó bien, en el sentido de que terminó sin que ninguno de los dos hiciera daño al otro de manera que no se pudiera reparar. —Pausa.— O eso creí.
—¿Y el dinero?
—Lo devolví. Todo. En el sexto año, cuando la empresa empezó a funcionar. Con intereses aunque ella dijera que no hacía falta.
—¿Y ella lo aceptó?
—Lo aceptó. —Diego dejó la botella sobre la barra.— Y no volví a saber de ella durante catorce años.
Daniela procesó el número.
—¿Catorce años de silencio?
—Catorce. —Diego la miró.— Hasta hace seis meses.
Daniela se quedó quieta.
—¿Cuándo la votación de marzo?
—Tres meses antes. —Diego asintió.— Me llamó. Dijo que quería tomar un café. Ponerse al día. —Pausa.— Acepté porque catorce años es tiempo suficiente para que cualquier cosa que hubiera sea solo historia.
—¿Y?
—Y tomamos un café. Fue bien. Normal. —Otra pausa.— O eso creí entonces.
—¿Qué crees ahora?
Diego la miró con la expresión de alguien que ha llegado a una conclusión que no le gusta y la dice de todas formas porque la verdad incómoda es más útil que la comodidad de no decirla.
—Creo que Claudia sabía lo que iba a pasar con el consejo antes de que pasara. —Pausa.— Creo que el café fue para ver en qué estado estaba yo. Si era vulnerable.
—¿Y eras vulnerable?
—Lo era. —Diego no bajó la voz.— La situación con Morales llevaba meses construyéndose. La empresa estaba en un punto delicado. —Otra pausa.— Y tú acabas de llegar y todo lo que había entre nosotros empezaba a complicarse de una manera que no sabía todavía cómo manejar.
Daniela lo miró.
—¿Le hablaste de mí?
—No. —Diego fue directo.— Pero hablé de la empresa. De la situación con el consejo. Más de lo que debería haber hablado con alguien que llevaba catorce años sin aparecer.
—¿Por qué lo hiciste?
Diego tardó.
—Porque era fácil. —Una pausa que valía.— Era alguien que me conocía de antes. Que sabía quién era yo antes de que existiera todo esto. —Otra pausa.— Y en ese momento eso era una cosa que me faltaba.
Daniela procesó eso.
Antes de que existiera todo esto.
Antes de la empresa, antes de Morales, antes del crédito y Casal y los veinte años.
Cuando era solo alguien de veintidós años en una constructora que hacía cosas que no le parecían bien.
—¿Qué hizo Claudia con esa información?
—No lo sé con certeza. —Diego la miró.— Pero Monreal apareció tres semanas después del café. Y el fondo de inversión que está detrás de las acciones de Monreal tiene conexiones con la firma donde Claudia trabajaba hace catorce años.
—¿Sigue en esa firma?
—No. Montó la suya propia hace ocho años. —Pausa.— Especializada en adquisiciones y reestructuraciones corporativas.
Daniela lo miró.
—Diego.
—Sí.
—¿Qué quiere?
Diego la miró directamente.
—No lo sé todavía. —Pausa.— No es el dinero.
El dinero lo devolvió cuando lo devolví.
No es Casal, que es una pieza que ella mueve pero que no explica el objetivo final.
—Otra pausa.— Lo que sé es que lleva seis meses construyendo algo y que yo fui lo suficientemente estúpido para darle información en ese café que probablemente usó como mapa.
—¿Qué tipo de información?