Capítulo 6 #2
A las nueve y cuarenta y siete llegó un mensaje de Diego.
Sin preámbulo: Bien.
Daniela respondió: Sí.
Tres minutos: Casal llamó.
Daniela se detuvo en la acera.
Escribió: ¿Qué dijo?
Que quiere reunirse. Esta semana.
¿Cuándo?
Viernes.
Daniela calculó. El texto en Expansión el jueves. La reunión con Casal el viernes. El escudo construido en menos de cuarenta y ocho horas.
Ajustado. Pero posible.
¿Estás preparado?, escribió.
La respuesta tardó más que las anteriores.
Cuatro minutos.
Para Casal sí. —Pausa.— Para el resto de lo que va a pasar esta semana, también.
Daniela miró el mensaje.
¿Qué más va a pasar esta semana?
El sábado.
Daniela sonrió.
El sábado, confirmó.
Guardó el teléfono y entró a Vértice con el sol de marzo en la espalda y la semana entera por delante y la certeza tranquila de alguien que ha aprendido que quedarse no es el principio del fin sino exactamente lo contrario.
Era el principio del principio.
Y ese principio, esta vez, tenía todo el tiempo que necesitaba.
A las diez de la mañana, una hora después de que el texto de Diego saliera en Expansión, Monreal hizo tres llamadas.
La primera a la inicial C.
La segunda a un periodista de un medio digital de economía que tenía fama de publicar rápido y preguntar después.
La tercera a Morales.
A las doce, el periodista publicó una pieza corta. Sin firma. Sin fuente nombrada. Con el titular:
Santaolalla Group y la licitación de Málaga: ¿deuda antigua o mérito propio?
El artículo mencionaba a Casal. No con nombre: una fuente próxima al sector que había apoyado financieramente a Diego en los primeros años difíciles. Suficientemente vago para no ser denunciable. Suficientemente específico para que quien supiera, supiera.
A las doce y cuarto el artículo tenía cuatrocientas visitas.
A la una, dos mil.
A las dos, lo había recogido otro medio.
Diego lo vio a las doce y veinte.
Llamó a Rodrigo.
—Ya empezó —dijo.
—Lo vi —dijo Rodrigo.— ¿Llamo a Daniela?
Diego miró la pantalla. El artículo. El texto de Expansión publicado hace tres horas. El escudo que todavía estaba construyéndose.
—No —dijo.— La llamo yo.
Colgó.
Marcó.
Daniela cogió al segundo tono.
—Ya lo vi —dijo ella antes de que él hablara.
—¿Cómo?
—Google Alerts. Lo configuré ayer por si acaso. —Pausa.— Diego, el texto de Expansión lleva tres horas publicado. Si alguien lee los dos seguidos, el tuyo gana.
—¿Estás segura?
—El tuyo tiene tu nombre. El otro tiene fuente próxima al sector. —Pausa.— La gente siempre prefiere la fuente con nombre.
Diego procesó.
—¿Qué hacemos?
—Nada todavía. —Daniela habló despacio, con la precisión de siempre en modo crisis.— Si respondemos ahora le damos importancia. Si el texto de Expansión hace su trabajo, el artículo sin firma muere solo en cuarenta y ocho horas.
—¿Y si no muere?
—Entonces tenemos la declaración preparada y la usamos. Pero primero esperamos.
Silencio de tres segundos.
—De acuerdo —dijo Diego.
—¿La reunión con Casal sigue siendo el viernes?
—Sí.
—Bien. —Pausa.— Diego.
—¿Sí?
—¿Sabes quién filtró?
Silencio más largo esta vez.
—Tengo una hipótesis —dijo Diego.
—¿Monreal?
—Monreal es el intermediario. —Una pausa.— Hay alguien detrás.
—¿La inicial C?
Silencio.
—¿Cómo sabes lo de la inicial C? —dijo Diego.
Daniela no respondió de inmediato.
Pensó en decirle que era una deducción lógica. Que había dos C relevantes en el esquema: Casal y alguien más. Que el patrón de los movimientos de Monreal en las últimas semanas sugería una instrucción que venía de fuera del consejo.
Pero Diego le había pedido que si algo pasaba lo dijeran.
—No lo sé —dijo Daniela.— Fue una suposición. ¿Hay una inicial C?
Silencio largo.
Cuatro segundos.
Cinco.
—Sí —dijo Diego al final. Con la voz de alguien que acaba de confirmar algo que esperaba no tener que confirmar.— Hay una inicial C.
—¿Quién es?
—Esta noche —dijo Diego.— Te lo cuento esta noche.
—¿Esta noche?
—¿Puedes a las ocho?
Daniela miró el reloj. Las dos de la tarde. Seis horas.
—A las ocho —dijo.
—En mi casa. —Una pausa.— Hay cosas que son más fáciles de decir sin el edificio alrededor.
Daniela procesó eso.
En mi casa.
Era la primera vez. En todos los meses anteriores habían sido restaurantes, el coche, los despachos. Nunca su casa.
—De acuerdo —dijo.
—Daniela. —Su voz, más quieta.— Lo que voy a contarte esta noche. Es complicado.
—¿Más que lo que ya sé?
—Diferente. —Pausa.— No te lo dije antes porque no sabía si era relevante. Ahora creo que sí.
Daniela miró la pantalla de su ordenador con el artículo sin firma y el texto de Expansión en pestañas paralelas.
—A las ocho —dijo.
—A las ocho.
Colgó.
Se quedó en su despacho de Vértice con el sol de marzo entrando por la ventana y la semana que se estaba complicando de maneras que no había anticipado del todo.
La inicial C.
Alguien que Diego conocía desde antes de la empresa.
Desde los años del crédito.
Es complicado, había dicho.
Daniela cerró el artículo sin firma.
Abrió el texto de Expansión.
Construir algo que dure requiere saber cuándo parar de construir y empezar a cuidar lo que ya existe.
Sí.
Pero primero había que sobrevivir lo que venía.
Y lo que venía esta noche, lo sabía, era el principio de la parte más difícil.