Mi Billionaire (Santaolalla nº 2) Capítulo 6
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Capítulo 6

El martes a las ocho y dos minutos llegó el mensaje.

El texto necesita una cosa más antes de distribuirlo. ¿Puedes a las once?

Daniela lo leyó con el café en la mano y el pelo todavía húmedo y sonrió sola en su cocina porque era exactamente lo que había pensado la noche anterior: mundano y suyo y completamente suficiente.

Respondió: A las once.

Tres minutos después: Bien. Y Sofía dice que el sábado que traigas postre.

Daniela miró el mensaje.

¿Qué tipo de postre?

Dice que tú decides. Pero que si es de chocolate mejor.

¿Y tú?

Pausa de cuatro minutos. Más larga de lo habitual para Diego, que respondía rápido cuando tenía el teléfono en la mano.

Yo con lo que traigas.

Daniela dejó el café, fue al baño a terminar de arreglarse, y pensó que Diego Santaolalla llevaba cuarenta y cuatro años sin necesitar que nadie le trajera postre y que la frase yo con lo que traigas era, en su idioma, el equivalente de algo considerablemente más grande.

Lo guardó en el mismo sitio donde guardaba las cosas que valían.

La reunión de las once fue en la sala pequeña de la séptima, no en el despacho. Mesa redonda, cuatro sillas, luz natural. La asistente nueva les dejó café y desapareció con la discreción que probablemente Diego le había pedido expresamente.

La cosa que faltaba en el texto era una frase sobre los años de crisis.

—Aquí —dijo Diego, señalando el párrafo en el impreso.— Habla de los cuatro años en que la empresa estuvo al borde pero no dice nada de lo que pasó realmente.

—¿Qué pasó realmente?

—Que hubo un momento en que estuve a punto de aceptar un contrato que no debería haber aceptado. —Diego miró el papel, no a ella.— Un encargo de una empresa que luego resultó estar vinculada a un fondo de inversión con procedencias opacas. Lo detecté antes de firmar.

—¿Cuánto tardaste en detectarlo?

—Demasiado. —Pausa.— Tres semanas de negociaciones. Necesitaba ese dinero y lo sabía y eso nubla la visión.

Daniela escribió en el bloc.

—¿Por qué quieres incluirlo?

Diego la miró.

—Porque si Casal cuenta la historia de los años del crédito, alguien puede intentar sugerir que no siempre tomé las decisiones correctas. —Pausa.— Si yo cuento primero que hubo un momento en que estuvo cerca y lo paré, controlo el matiz.

—Es arriesgado. —Daniela levantó la vista.— Reconocer que estuviste cerca de hacer algo cuestionable, aunque no lo hicieras, da munición.

—La da si no tengo el contexto establecido. —Diego sostuvo su mirada.— Si el texto ya existe cuando salga la historia de Casal, ese párrafo es honestidad. Si sale después, es defensa.

Daniela lo miró.

—Aprendiste mucho en dos meses de Expansión.

—Aprendí de alguien que sabe lo que hace. —La miró directamente.

Daniela bajó la vista al bloc.

Escribió la frase.

Se la leyó.

Diego escuchó con los codos en la mesa y los ojos en ella, no en el papel.

—Bien —dijo.

—¿Cambias algo?

—Una palabra. —Señaló.— Detecté en lugar de vi. Más activo.

—De acuerdo.

Hicieron el cambio.

El texto estaba listo.

Daniela cerró el portátil.

Diego no se levantó todavía.

—¿Cuándo distribuimos? —dijo.

—Esta semana, si quieres empezar a construir el escudo antes de que Casal se impaciente. —Daniela lo miró.— Pero hay algo que necesito saber primero.

—¿Qué?

—Monreal. —Daniela apoyó los codos en la mesa.— Lleva tres semanas en la empresa como consultor. Tiene acciones indirectas a través de Casal. Asiste a reuniones del comité ejecutivo. —Pausa.— ¿Qué sabe del texto?

Diego la miró.

—Nada.

—¿Puede saberlo antes de que se publique?

—Si alguien se lo dice. —Pausa.— ¿Por qué?

—Porque si Monreal sabe que estamos construyendo una narrativa preventiva puede intentar adelantarse. Filtrar la historia de Casal antes de que el texto esté publicado. —Daniela lo miró.— Necesito saber si hay alguien en la empresa que pueda hablar con él.

Diego procesó.

—Rodrigo no. —Una pausa.— La asistente nueva no sabe lo suficiente. —Otra.— Carmen...

—Carmen no filtra nada que no quieras que se filtre —dijo Daniela.

—No. Pero Carmen sabe que estás aquí. Y Monreal es inteligente.

—¿Puede atar cabos?

—Puede atar cualquier cosa si tiene tiempo suficiente. —Diego la miró.— ¿Cuánto tiempo necesitas?

—Cuatro días para distribuir el texto a los medios correctos y asegurarme de que sale antes del viernes. —Daniela cerró el bloc.— Si lo tenemos publicado el jueves, el viernes podemos tener la conversación con Casal desde una posición diferente.

—¿Quieres estar en esa conversación?

Daniela lo miró.

—No en la sala. Pero quiero prepararte para ella igual que preparé Expansión. —Pausa.— Y quiero que me cuentes todo lo que pase después.

Diego asintió.

—De acuerdo.

—¿Puedes mantener a Monreal fuera de esto hasta el jueves?

—Puedo mantener a Monreal fuera de cualquier cosa que decida mantenerlo fuera. —La voz de Diego, sin arrogancia, solo como dato.— Sigue siendo mi empresa aunque el comité ejecutivo diga lo contrario.

Daniela lo miró.

Había algo en esa frase. No amargura: determinación. La diferencia era de Diego, la que existía entre alguien que ha perdido algo y se lamenta y alguien que ha perdido algo y está calculando cómo recuperarlo.

—¿Tienes un plan para marzo? —dijo Daniela.

—¿Para la renovación?

—Sí.

Diego la miró directamente.

—Tengo el principio de uno. —Pausa.— Necesita más tiempo.

—¿Cuánto tiempo?

—Después de Casal.

—De acuerdo. —Daniela se levantó.— Una cosa a la vez.

Diego se levantó también.

Estaban los dos de pie junto a la mesa redonda con el texto en el portátil y el sol de marzo entrando por la ventana y la semana entera por delante.

—Daniela.

—¿Sí?

—Gracias. —Una pausa.— No por el trabajo. Por volver.

Daniela lo miró.

—No volví por el trabajo —dijo.

—Ya lo sé.

—Bien. —Cogió el portátil.— Entonces estamos de acuerdo en lo que es esto.

Diego la miró con esa expresión limpia de las últimas horas.

—Estamos de acuerdo.

Daniela salió de la sala.

En el pasillo, camino del ascensor, pasó por delante de la puerta del despacho de Diego que estaba entreabierta y vio, sin buscarlo, la vista de Madrid desde la ventana de la séptima planta.

La misma vista de siempre.

Diferente de todas las maneras que importaban.

Monreal llegó a la séptima planta a las once y cuarenta, veinte minutos después de que ella bajara en el ascensor.

Venía de una reunión del comité ejecutivo en la sexta. Subió por las escaleras, que era su costumbre: le gustaba moverse por el edificio sin que el ascensor anunciara su planta de destino.

En el pasillo de la séptima vio la sala pequeña con la puerta entreabierta.

Dos tazas de café. Dos sillas con las huellas de haber sido usadas. Un impreso sobre la mesa con anotaciones en los márgenes, la letra apretada y vertical que reconocía como de Diego.

Entró.

Cogió el impreso.

Lo leyó en treinta segundos.

No era el texto completo: era la última página con el párrafo nuevo añadido a mano. Suficiente para entender de qué se trataba. Suficiente para saber que Diego estaba construyendo algo.

Dejó el impreso exactamente donde lo había encontrado.

Salió.

En el pasillo sacó el teléfono.

Escribió un mensaje a un número que no tenía nombre en sus contactos sino solo una inicial: C.

Tiene algo. Texto para medios. Esta semana.

La respuesta llegó en dos minutos.

¿Cuánto sabe ella?

Monreal miró el pasillo vacío de la séptima planta. La moqueta gruesa. El silencio ordenado.

Pensó en Daniela con el pase de VISITA colgado del cuello. En las dos horas de reunión del jueves. En el ascensor bajando juntos el lunes por la tarde.

Escribió: Todo.

Otra pausa. Más larga.

Entonces hay que ir más rápido.

Monreal guardó el teléfono.

Bajó por las escaleras.

La inicial C no era Casal.

Era alguien más.

Alguien que Diego conocía desde antes de la empresa.

Desde los años del crédito.

Desde los cuatro años en que todo falló.

Y que había esperado veinte años para cobrar una deuda que Diego todavía no sabía que tenía.

El miércoles Daniela distribuyó el texto.

Tres medios: Expansión, El País Negocios, y un medio digital especializado en infraestructuras que tenía la audiencia exacta que necesitaban. No simultáneamente: escalonado, con un día de diferencia, para que la historia tuviera vida propia antes de que llegara la siguiente versión.

Expansión primero, el jueves por la mañana.

Daniela lo confirmó con Tomás Vega el miércoles por la tarde. Tomás, que recordaba la entrevista de noviembre con el interés específico de los periodistas buenos hacia los sujetos que les dan material real, aceptó en diez minutos.

—¿Hay algo más detrás de esto? —dijo Tomás.

—Siempre hay algo más detrás de todo —dijo Daniela.— Pero el texto habla solo. Lee el párrafo de los cuatro años.

Silencio de Tomás mientras leía.

—Esto es nuevo —dijo.

—Sí.

—¿Por qué ahora?

—Porque es el momento correcto. —Pausa.— El texto es lo que es. El contexto te lo dejo a ti.

Tomás procesó.

—Daniela. —Su voz con el tono de los periodistas cuando están leyendo entre líneas.— ¿Hay algo que va a pasar esta semana que haga que esto sea importante tener publicado antes?

—El texto es importante por sí solo.

—Ya. ¿Y?

Daniela sonrió sola en su despacho de Vértice.

—El jueves, Tomás.

—El jueves —confirmó él.

El jueves a las nueve de la mañana el texto estaba en la web de Expansión.

Daniela lo leyó en su teléfono en el metro, de pie, con el ruido del vagón alrededor. Tomás lo había tratado bien: lo había publicado tal cual, con una introducción breve que lo contextualizaba sin interpretarlo, dejando que las palabras de Diego hicieran el trabajo.

Construir algo que dure requiere saber cuándo parar de construir y empezar a cuidar lo que ya existe.

La última frase. La que Diego había subrayado. La que había dicho que quería exactamente así.

Daniela guardó el teléfono.

El metro llegó a su parada.

Subió las escaleras hacia la calle con el sol de marzo y pensó en que esa frase la había escrito ella pensando en el trabajo y que Diego la había subrayado pensando en otra cosa y que las dos interpretaciones eran verdad al mismo tiempo.

Eso era escribir con alguien que te conoce.

O que está aprendiendo a conocerte.

O las dos cosas.