Capítulo 5 #3
—¿Qué más te dijo?
Daniela sonrió.
—Que era hereditario.
Diego la miró.
—¿Qué era hereditario?
—Ser un poco cotilla.
Algo cruzó la cara de Diego. El antecedente de sonrisa que Daniela conocía, pero esta vez llegó más lejos, se convirtió en la cosa real, pequeña y completa y completamente suya.
—No soy cotilla —dijo.
—Carmen sabe dónde está la cafetería de mi barrio.
—Eso es información logística.
—Diego.
—Daniela.
Y los dos se quedaron mirándose al otro lado de la mesa con las copas y la luz baja y el ruido del restaurante alrededor, y Daniela pensó que esto era exactamente lo que había intentado no perderse cuando decidió no ir a Londres y que los tres meses habían sido el precio de algo que ahora estaba de vuelta y que esta vez, lo sabía, ninguno de los dos iba a dejar que se enfriara.
La comida llegó.
Comieron.
Hablaron de Sofía y de Casal y del texto y de lo que venía en las dos semanas siguientes y de una cosa pequeña que Diego había visto en el AVE a Barcelona el domingo, un hombre leyendo el mismo libro en papel que su vecino leía en digital y ninguno de los dos lo sabía, y que le había parecido la imagen más honesta de cómo dos personas pueden estar en el mismo sitio sin saberlo.
Daniela lo escuchó contar eso con la atención completa.
—¿Por qué honesta? —dijo.
Diego la miró.
—Porque ninguno de los dos lo buscó. —Pausa.— Simplemente estaban ahí.
Daniela lo miró.
No dijo nada.
No hacía falta.
Salieron a las once menos cuarto.
Madrid de lunes por la noche, más tranquila que los fines de semana, con el frío de marzo y las calles casi vacías de Chueca.
Caminaron hacia el aparcamiento. Diego con la mano en su espalda, Daniela sin decir nada sobre ello porque ya no había nada que decir.
En el coche, antes de arrancar, Diego se giró hacia ella.
—Daniela.
—¿Sí?
—El fin de semana que viene Sofía viene a Madrid. —Pausa.— Si quieres venir a cenar el sábado.
Daniela lo miró.
—¿Se lo dijiste a ella?
—Todavía no.
—¿Y si digo que sí?
—Entonces se lo digo esta noche cuando la llame.
Daniela lo miró tres segundos.
—Dile que sí.
Diego asintió. Arrancó.
Condujeron en silencio por Madrid de lunes con las luces y el frío y la ciudad tranquila alrededor.
En su calle, su portal, la acera de siempre.
Diego paró el motor.
—Daniela.
—Ya sé —dijo ella.
—¿Qué sabes?
—Que esta vez no va a haber silencio. —Lo miró directamente.— Que si algo pasa lo decimos. Que si algo asusta lo decimos. Que si algo duele también.
Diego la miró.
—Sí —dijo.
—Sí —confirmó ella.
La besó.
Brevemente.
Con la mano firmemente apoyada en su nuca, los dedos rozándole el pelo. Con la misma quietud precisa de siempre… pero con algo nuevo debajo. Algo más profundo. La certeza tranquila, sin ninguna urgencia, de que esto ya no era el principio de algo que podía no llegar a ninguna parte.
Era el principio de algo que ya había llegado.
Solo necesitaba que los dos se quedaran.
Cuando se separaron, Diego no apartó del todo la mano. El pulgar le acarició la piel sensible detrás de la oreja un segundo más. Daniela sintió el calor de su respiración contra su boca. El coche olía a él: canela, colonia cara, y el leve rastro de la cena.
—Buenas noches —dijo ella, la voz más baja de lo habitual.
—Buenas noches.
Salió del coche. El frío de la noche le golpeó la cara de inmediato. En el portal se giró. Diego la miraba desde el asiento del conductor, con la ventanilla bajada y esa expresión limpia, abierta, que solo le había visto en las últimas horas. Sin capas. Sin distancia.
—Diego.
—¿Sí?
—Llama a Sofía.
La comisura de su boca se movió. Esta vez la sonrisa llegó completa, pequeña y real, iluminándole los ojos de una forma que le apretó el pecho a Daniela.
—La llamo ahora mismo.
Ella asintió. Entró al portal.
La puerta de cristal se cerró a su espalda con un clic suave. Subió las escaleras sin esperar el ascensor, sintiendo todavía el eco de sus labios y el peso cálido de su mano en la nuca.
En su piso no se detuvo en el recibidor.
No se apoyó contra la puerta.
No fue a la ventana a mirar Madrid.
No contempló el techo blanco e inútil.
Fue directamente a la cocina.
Abrió el grifo. Llenó un vaso. Bebió el agua de un trago, sintiendo el frío bajarle por la garganta. Luego se quedó quieta en la oscuridad, con el vaso vacío entre las manos y una sonrisa lenta, privada, extendiéndose por su cara.
Madrid seguía ruidosa al otro lado de la ventana.
El sábado con Sofía estaba por delante.
Casal. El texto. Las dos semanas de trabajo intensas que venían.
Y aun así…
Pensó que quedarse era exactamente esto.
No la ausencia de complicaciones.
No la garantía de que todo saldría bien.
No la promesa de un final perfecto.
Sino esto:
La copa de agua en la cocina oscura.
La certeza tranquila de que mañana, a las ocho y cuarto, habría un mensaje de Diego. Algo mundano. Algo sobre el calendario de la semana, o una pregunta precisa sobre el texto, o simplemente un “buenos días” escrito con su estilo seco y exacto.
Y que eso —exactamente eso— era lo que había elegido.
Era suficiente.
Más que suficiente.
Era todo.