Capítulo 5 #2
Fue las dos cosas al mismo tiempo: la quietud precisa de alguien que sabe exactamente lo que quiere… y la urgencia cruda de algo que ha esperado demasiado.
Diego la atrajo hacia él con una mano en su nuca y la otra en su cintura.
La besó como si llevara tres meses memorizando el sabor de su boca y acabara de recordarlo de golpe.
Sus labios se cerraron sobre los de ella con una presión que le robó el aire.
Calientes. Firmes. Hambrientos. Daniela sintió el leve temblor en los dedos de él cuando le sujetó la cara con ambas manos, como si necesitara confirmar que seguía ahí, que no se iba a evaporar.
Ella respondió con la misma intensidad.
Le agarró el pecho, los dedos cerrándose sobre la tela de la camisa, sintiendo el corazón de Diego latirle desbocado bajo la palma.
El beso se profundizó. Él inclinó la cabeza, abrió un poco más la boca, y el sabor de él —café, algo limpio, algo solo suyo— se le metió hasta el fondo del pecho.
Un sonido bajo, casi un gruñido contenido, le vibró en la garganta cuando ella le mordió suavemente el labio inferior.
El sol de marzo entraba a raudales por la cristalera, cálido y dorado, iluminándolos como si el mundo hubiera decidido, por una vez, no ser indiferente.
Madrid seguía ahí afuera: coches, gente, la vida normal de un lunes.
Pero a diecisiete metros de altura, en ese despacho, solo existían la respiración entrecortada de los dos, el calor de sus cuerpos pegados y el ruido sordo de tres meses rompiéndose de una vez.
Cuando por fin se separaron, lo hicieron despacio, como si les costara.
Seguían tan cerca que compartían el mismo aire. Diego tenía la frente apoyada en la de ella, los ojos cerrados, la respiración irregular. Sus pulgares le acariciaban las mejillas con una ternura que contrastaba de forma brutal con la intensidad del beso.
—Cenar —dijo. La voz le salió ronca, casi rota.
—¿Esta noche?
—Esta noche. Sin trabajo. Sin Casal. Sin el texto.
Daniela levantó la vista. Sus labios todavía hormigueaban. El corazón le latía tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo.
—¿Adónde?
—Al italiano de Chueca. —Una pausa. Sus ojos se abrieron, oscuros, completamente presentes—. Sigo yendo. Desde enero.
Daniela lo miró. Algo se le apretó en el pecho.
—¿Solo?
—Solo.
Había demasiado en esa palabra. En la imagen de Diego sentado solo en la misma mesa donde habían cenado el miércoles antes de que todo se rompiera. Semana tras semana. Tres meses enteros. Sin decirlo, sin pedir nada, simplemente volviendo al único sitio donde todavía quedaba rastro de ella.
No hizo falta verbalizarlo.
Los dos lo entendieron.
—A las ocho —dijo Daniela. La voz le tembló apenas.
—A las ocho —confirmó Diego.
Ella recogió el portátil, el bloc y el bolígrafo de siempre con manos que todavía no estaban del todo firmes.
Él cogió el abrigo del respaldo de la silla.
Bajaron juntos en el ascensor. El silencio entre ellos era distinto: ya no era distancia.
Era expectativa. Era el eco del beso todavía resonando en la piel.
En el vestíbulo, el guarda de seguridad los vio salir juntos. No dijo nada. Solo asintió una vez, con la expresión discreta de quien lleva semanas esperando exactamente ese momento y por fin lo ve llegar.
En la acera, el sol de marzo ya estaba bajo. Madrid se teñía de naranja y gris. Diego puso la mano en la parte baja de su espalda, firme, posesiva, cálida. Daniela no dijo nada. Solo se inclinó un milímetro hacia ese contacto.
Caminaron hacia el aparcamiento con el frío de la tarde rozándoles la cara, las luces de la ciudad empezando a encenderse… y tres meses enteros de distancia quedando, por fin, exactamente donde debían estar:
Detrás.
El italiano de Chueca estaba igual.
Las mesas juntas, la luz baja, el ruido de lunes que era más tranquilo que el de los viernes pero igual de cálido. El mismo camarero que los había atendido en diciembre, que los reconoció con la naturalidad de quien ve volver a la gente que volvió.
Se sentaron en la misma mesa del fondo.
Diego pidió el mismo vino.
Daniela pidió algo diferente al menú porque tres meses eran suficientes para cambiar lo que una pide en un restaurante aunque no fueran suficientes para cambiar otras cosas.
—Sofía —dijo Daniela cuando el camarero se fue.
Diego la miró.
—¿Qué pasa con Sofía?
—Me escribió el sábado.
Diego procesó eso con la expresión de quien no sabe exactamente lo que está procesando todavía.
—¿Qué te dijo?
—Que estabas raro. Más callado de lo normal. —Pausa.— Aunque normal para ti ya es bastante callado.
La comisura de la boca de Diego.
—¿Eso te dijo?
—Textualmente.
—¿Y qué le respondiste?
Daniela lo miró.
—Le dije que lo que tenía que decirte a ti te lo diría a ti. —Pausa.— Y que valía la pena que esperara.
Diego la miró durante tres segundos.
—¿Y tú cómo tienes su número?
—Me lo dio en enero. El sábado de los crepes. —Daniela cogió su copa.— No lo había usado hasta el sábado.
—¿Por qué el sábado?
—Porque me escribió ella primero.
Diego procesó todo esto con el orden metódico de siempre: cada dato en su lugar, cada implicación catalogada.
—Mi hija —dijo al final.
—Tu hija —confirmó Daniela.
—Que habla con Carmen.
—Eso me dijo.
—Y que revisó mi calendario.
—También.
Diego miró su copa.
—Es una persona muy invasiva para tener doce años.
—Es una persona muy lista para tener doce años. —Daniela lo miró.— Y te quiere mucho.
Diego levantó la vista.
En su cara había algo que Daniela no había visto antes exactamente así: no la expresión abierta de los últimos días ni la del mirador de Lisboa sino algo más tranquilo, más asentado, la cara de alguien que está exactamente donde quiere estar y lo sabe.
—Ya. —Una pausa.— Dice que me pareces bien.
—Me lo dijo.