Mi Billionaire (Santaolalla nº 2) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

—Bien —dijo Daniela, leyéndolo por última vez. La palabra le sabía a más cosas de las que debería.

—¿Cuándo es la segunda sesión?

—El lunes, si puedes. —Cerró el portátil con un clic suave. El sonido fue definitivo—. Necesito refinarlo este fin de semana y volver con preguntas más específicas.

—El lunes a las cinco.

—Bien.

Recogió sus cosas con movimientos precisos, aunque notaba el leve temblor residual en los dedos. Diego no se movió de su silla. Seguía con los codos sobre la mesa, las manos juntas, esa postura suya de cuando estaba tomando una decisión que no iba a verbalizar todavía.

Daniela cogió el bolso. El cuero le crujió bajo la palma. Fue hacia la puerta.

—Daniela.

Se detuvo.

Una.

Dos.

Se giró.

Diego la miraba con esa expresión limpia, sin capas, la más real de todas las que tenía. La misma del mirador de Lisboa. La misma del despacho el día del primer beso. La que le decía, sin palabras, que los tres meses no habían borrado nada.

—Esta tarde —dijo, la voz baja y ronca— ha sido como antes.

No era una pregunta.

Era una observación.

La forma exacta de Diego de decir algo importante sin pedirle que lo confirmara… aunque los dos sabían que esperaba que lo hiciera.

Daniela lo miró tres segundos largos. El corazón le latía con un ritmo lento y pesado. El aire entre ellos estaba cargado otra vez, como si los meses de distancia no hubieran existido.

—Sí —dijo al fin. La palabra salió clara, sin escudo—. Ha sido como antes.

Diego asintió una sola vez. Despacio. Como si esas cuatro palabras le hubieran quitado un peso que llevaba semanas cargando.

—El lunes —dijo.

—El lunes —confirmó Daniela.

Salió.

Cerró la puerta con cuidado.

En el pasillo vacío, con el olor a canela todavía impregnado en la memoria y el eco de su voz resonándole en el pecho, se permitió un solo pensamiento prohibido:

Había vuelto.

Y esta vez, ninguna de las dos partes estaba fingiendo que no importaba.

En el ascensor, bajando, Daniela miró su reflejo en las puertas metálicas.

El traje gris. El pelo recogido. La expresión de alguien que ha pasado dos horas en el mismo despacho con la misma persona y ha mantenido la línea que se había trazado con esfuerzo suficiente para que se notara en los hombros.

Como antes.

Lo había dicho él. Ella lo había confirmado.

El problema era que como antes no era neutral. Antes había sido semanas de tensión construida y el mirador de Lisboa y para mí es real y la mano en la mejilla y el beso quieto del despacho de la quinta planta.

Antes era exactamente el problema.

Las puertas se abrieron en planta baja.

Daniela cruzó el vestíbulo. Devolvió el pase de VISITA en recepción.

Salió a la calle.

Madrid de noche, frío de marzo, las luces de siempre.

Caminó hacia el metro con las manos en los bolsillos y el borrador de ochocientas palabras en el portátil y algo más en el pecho que llevaba tres meses dormido y que esta tarde, en ese despacho, había empezado a despertar con la inevitabilidad específica de las cosas que nunca se fueron del todo.

Eso era un problema.

Un problema que tenía exactamente la forma de Diego Santaolalla.

Y que el lunes a las cinco volvería a estar en la misma silla frente a ella.

Daniela bajó las escaleras del metro.

El lunes, se dijo.

Primero el trabajo.

Luego lo demás.

Aunque lo demás, lo sabía, no iba a esperar indefinidamente.

Las cosas reales nunca esperan.

Lo que Daniela no supo esa noche fue esto:

Diego se quedó en el despacho después de que ella saliera.

No trabajando.

De pie junto a la ventana, con las manos en los bolsillos del pantalón y Madrid extendiéndose a sus pies: luces frías, tráfico lejano, el mismo paisaje que había mirado cientos de veces.

Exactamente igual que cuando ella había entrado a las diez de la mañana.

Exactamente igual que llevaba haciendo desde enero, cuando el despacho había dejado de tener el ruido correcto porque faltaba algo que no era un sonido… sino una presencia.

Pensó en los tres meses.

Pensó en las tres semanas posteriores, cuando habían intentado ver si lo que había entre ellos sobrevivía fuera de las paredes de cristal de la empresa.

Las dos cenas. El sábado con Sofía. La forma en que Daniela había reído con su hija como si llevara años conociéndola.

Y después, el silencio que él mismo había dejado crecer.

No porque no quisiera hablar.

Porque no sabía cómo decir lo que necesitaba decir sin que sonara a excusa. Y las excusas eran exactamente lo que Diego Santaolalla no daba. Las consecuencias eran suyas. Las cargaba solo. Siempre había sido así.

Pero esta tarde Daniela había estado sentada en esa silla durante dos horas. Había trabajado con él con la misma precisión de siempre. Había corregido su texto sin miedo. Y al final, con esa voz directa que nunca había bajado por él, había dicho:

Ha sido como antes.

Diego apoyó la frente un segundo en el cristal frío.

Entendió, con una claridad que le apretó el pecho, que “como antes” no era una pared.

Era una puerta.

Una puerta que ella dejaba entreabierta.

Lo suficiente para que él decidiera si tenía el valor de cruzarla.

Apagó las luces del despacho.

El silencio se volvió absoluto.

Cogió el abrigo del perchero. El tejido todavía olía ligeramente a la colonia que ella había dejado impregnada en el aire durante las dos horas.

Salió.

En el ascensor, bajando, miró su propio reflejo en las puertas metálicas. Pensó en lo que había dicho esa tarde —lo que yo dejé pasar— y en la respuesta de ella:

Lo hablaremos. Pero no hoy.

No hoy.

El lunes.

El ascensor llegó a la planta baja. Las puertas se abrieron. Diego salió a la calle. El frío de marzo le golpeó la cara, seco y limpio. Caminó hacia el aparcamiento con las manos en los bolsillos y una certeza tranquila —sin urgencia, aunque la urgencia estuviera ahí— creciendo dentro del pecho:

El lunes no iba a ser solo trabajo.

Y esta vez, no iba a dejar pasar lo que no debía dejar pasar.

Eso también era información sobre él mismo.

La más importante de los últimos tres meses.