Mi Billionaire (Santaolalla nº 2) Capítulo 4
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Capítulo 4

El viernes por la noche Daniela llamó a su madre.

No porque tuviera algo concreto que contar. Sino porque había días en que necesitaba la voz de su madre de la misma manera que necesitaba el café por la mañana: no como lujo sino como condición básica para que el resto funcionara.

Su madre cogió al segundo tono.

—Sabía que llamarías hoy —dijo.

—¿Por qué hoy?

—Porque llevas una semana con algo encima y los viernes por la noche es cuando dejas de aguantarlo.

Daniela se sentó en el sofá con el portátil cerrado y el bloc abierto en la mesa y el piso silencioso de viernes.

—Volví al edificio —dijo.

Su madre no respondió de inmediato. Tres segundos, el tiempo que necesitaba para decidir qué preguntar primero.

—¿Cómo fue?

—Bien. —Pausa.— Complicado. Las dos cosas.

—¿Lo viste?

—Sí.

—¿Cómo está?

Daniela pensó en Diego junto a la ventana cuando ella entró. En lo que yo dejé pasar dicho con la voz de los espacios. En ha sido como antes a las siete y media de la tarde con las luces de Madrid encendiéndose afuera.

—Igual —dijo.— Y diferente. —Pausa.— Más... abierto. Como si los meses hubieran quitado algo que antes llevaba encima.

—¿Eso es bueno?

—Depende de lo que quiera hacer con ello.

—¿Y qué quieres hacer con ello?

Daniela miró el bloc abierto. Las notas de la tarde, el borrador de ochocientas palabras, los tres puntos del esquema.

—Trabajo primero —dijo.

—Eso no es una respuesta a lo que pregunté.

—Lo sé. —Pausa.— Mamá.

—Dani.

—¿Cómo sabías? —dijo Daniela.— Con papá. ¿Cómo sabías cuándo parar de intentarlo?

Silencio largo. El tipo de silencio que su madre hacía cuando la pregunta merecía una respuesta real y no una rápida.

—Cuando me di cuenta de que seguir intentándolo era por mí —dijo su madre al final.— No por nosotros. Por el miedo a lo que significaba parar. —Pausa.— Y cuando eso pasó, ya no había nosotros que salvar.

Daniela procesó eso.

—¿Y si no es así? —dijo.— ¿Y si el miedo no es a parar sino a empezar otra vez?

Su madre tardó.

—Eso es diferente —dijo.— Eso es saber que algo vale la pena y tener miedo de que no salga bien.

—Sí.

—¿Y lo vale?

Daniela miró el techo.

—Sí —dijo.

Su madre no dijo nada durante cinco segundos.

—Entonces ya sabes lo que tienes que hacer, cariño.

—Ya. —Daniela cerró los ojos.— El problema es el cuándo.

—El cuándo siempre se resuelve solo —dijo su madre.— Lo que no se resuelve solo es el si.

Colgaron veinte minutos después, con la farmacia de Valladolid y el frío de allá y la risa de su madre que empezaba despacio y terminaba grande.

Daniela se quedó en el sofá con el teléfono en la mano.

El cuándo siempre se resuelve solo.

El lunes a las cinco.

Eso era un cuándo.

El sábado por la mañana llegó un mensaje que Daniela no esperaba.

Era de un número que reconoció después de mirarlo dos veces porque solo lo había tenido una semana, el sábado de enero con el café y los crepes en la cocina de Diego y Sofía preguntando por qué las empresas de construcción necesitaban comunicación cuando las construcciones hablaban solas.

Hola. Soy Sofía. Tengo el número de mi padre. Espero que no te importe que escriba.

Daniela miró el mensaje durante diez segundos.

Luego respondió: Hola Sofía. No me importa.

La respuesta llegó en treinta segundos, que era la velocidad de alguien de doce años con el teléfono en la mano.

Mi padre está raro estos días. Más callado de lo normal. Aunque normal para él ya es bastante callado.

Daniela se mordió el interior de la mejilla para no sonreír.

¿Raro cómo?

No sé. Como cuando tiene algo que resolver pero no sabe cómo. Lo conozco bien.

¿Y tú qué crees que tiene que resolver?

Pausa más larga esta vez. Quince segundos.

Creo que tiene que hablar con alguien que no soy yo. Pero él no habla con nadie que no sea yo o Rodrigo o Carmen. Y Rodrigo y Carmen no cuentan porque son trabajo.

Daniela leyó eso dos veces.

¿Por qué no cuentan?

Porque con ellos habla de soluciones. No de lo que le preocupa de verdad.

Daniela se quedó con el teléfono en la mano pensando que Sofía Santaolalla tenía doce años y veía las cosas con una claridad que muchos adultos tardaban décadas en desarrollar.

¿Y tú sí cuentas?

Yo soy su hija. Cuento diferente. —Pausa.— Tú también cuentas diferente.

Daniela no respondió durante un momento.

¿Por qué me escribes esto, Sofía?

La respuesta tardó más esta vez. Casi un minuto.

Porque el sábado de enero cuando desayunamos los tres era la primera vez en mucho tiempo que lo veía así. Y luego desapareció. Y no sé qué pasó pero sé que tuvo que ver contigo porque es lo único que cambió.

¿Te dijo algo?

Mi padre no dice las cosas. Las hace notar.

Daniela se levantó del sofá. Fue a la ventana. El barrio de Malasaña un sábado por la mañana, la gente con bolsas de mercado, un niño en bicicleta con ruedines.

Sofía. ¿Sabe tu padre que me estás escribiendo?

No.

¿Se lo vas a decir?

Depende de lo que me respondas.

Daniela miró la calle.

¿Qué quieres que te responda?

Si vas a volver.

Tres palabras. Directas, sin rodeos, con la precisión de alguien que ha aprendido de su padre que las preguntas correctas son las que no dejan espacio a la evasión.

Daniela tardó en responder.

No porque no supiera qué decir. Sino porque lo que quería decir era demasiado real para mandarlo por mensaje a una niña de doce años antes de haberlo dicho en voz alta a la persona que correspondía.

Sofía. Esa es una conversación que tengo que tener con tu padre antes que contigo.

Lo sé. Por eso pregunto.

¿Para saber si merece la pena que él la tenga?

Para saber si merece la pena que yo espere.

Daniela cerró los ojos.

Doce años. La precisión de su padre y el corazón abierto de alguien que todavía no ha aprendido a protegerlo demasiado.

Vale la pena que esperes, escribió Daniela.

El check azul apareció en segundos.

Luego, después de una pausa:

Bien. —Y después:— No se lo digas todavía. Deja que sea él.

De acuerdo.

Daniela.

¿Sí?

El lunes tiene reunión contigo. Lo sé porque revisé su calendario. —Pausa.— Sí que soy un poco cotilla.

Daniela soltó una carcajada en el silencio de su piso. Completa, espontánea, la misma que había soltado cuando Diego le dijo que Carmen sabía dónde estaba la cafetería de su barrio.

Un poco, escribió.

Es hereditario, respondió Sofía.

Eso me lo creo.

Hasta luego, Daniela.

Hasta luego, Sofía.

Daniela dejó el teléfono sobre la mesa.

Se quedó de pie junto a la ventana con el sol de sábado entrando y la conversación más inesperada de la semana asentándose con el peso específico de las cosas que confirman lo que ya sabías pero necesitabas oír de otra manera.

Vale la pena que esperes.

Lo había escrito para Sofía.

También era para sí misma.

El domingo Diego fue a Barcelona.

No era el fin de semana de Sofía, que era el siguiente, pero había cogido el AVE de las ocho de la mañana porque a veces necesitaba verla aunque no fuera su fin de semana y Cristina, que había aprendido a leer ese tipo de necesidad en él, le había dicho que sí sin preguntar por qué.

Comieron los tres en un restaurante cerca del piso de Cristina.

Sofía habló durante casi toda la comida sobre el libro que estaba leyendo, un thriller de espionaje que le parecía extraordinariamente realista aunque probablemente no lo fuera, y Diego escuchó con la atención completa que le daba a todo lo que importaba.

Después de comer, Cristina se fue a hacer recados con la discreción de alguien que sabe cuándo sobra.

Diego y Sofía caminaron por el Born con el frío de marzo y las manos en los bolsillos.

—Papá —dijo Sofía a las dos manzanas.

—¿Sí?

—¿Vas a hacer algo o vas a seguir esperando?

Diego la miró.

Sofía lo miraba con la expresión de su madre: directa, sin margen para la evasión, con la paciencia de alguien que ha hecho la pregunta correcta y puede esperar la respuesta correcta todo el tiempo que haga falta.

—¿Hacer algo sobre qué? —dijo Diego.

—Papá.

—Sofía.

—Sabes sobre qué.

Diego miró el pavimento del Born. Los adoquines, la gente, las tiendas con las puertas abiertas.

—Hay trabajo de por medio —dijo.

—El trabajo siempre es de por medio. Llevas veinte años con trabajo de por medio.

—Este es diferente.

—¿Por qué?

Diego la miró.

—Porque si hago algo mal y sale mal no soy el único que pierde.

Sofía procesó eso con la seriedad de doce años que a veces pesaba más que la de cuarenta y cuatro.

—¿Y si no haces nada? —dijo.

Diego no respondió de inmediato.

—Entonces tampoco soy el único que pierde —dijo al final.

Sofía asintió.

—Exacto. —Siguió caminando.— El lunes tienes reunión.

—¿Cómo sabes lo del lunes?

—Carmen.

Diego miró a su hija.

—¿Cuándo hablas con Carmen?

—De vez en cuando. —Sofía lo miró con la inocencia calculada de quien ha heredado la capacidad de no decir más de lo necesario.— Es muy interesante.

Diego procesó el ecosistema de información que era aparentemente Carmen y ahora también su hija de doce años.

—El lunes —dijo— hay trabajo.

—Ya. —Sofía se detuvo frente a una heladería cerrada por temporada baja.— ¿Y después del trabajo?

Diego la miró.

Sofía lo miraba con los ojos de Cristina y la terquedad de él y algo más que era completamente suyo: la certeza tranquila de alguien que sabe lo que quiere ver pasar y está esperando que el mundo adulto se ponga al día.

—Después del trabajo —dijo Diego— hay que hablar.

Sofía asintió.

—Bien. —Siguió caminando.— Ya era hora.

Diego caminó a su lado por el Born con el frío de marzo y el AVE de vuelta a las ocho y la reunión del lunes a las cinco y la certeza, que llevaba semanas siendo certeza aunque él no la hubiera nombrado, de que Daniela Sánchez había entrado en su despacho el jueves con el pase de VISITA colgado del cuello y que ese pase era lo más provisional que había visto en mucho tiempo.