Capítulo 3
A las cuatro y cincuenta y ocho Daniela estaba en el ascensor de la séptima planta.
Había pasado la tarde en una cafetería a tres manzanas del edificio trabajando en el esquema de la declaración pública. Dos horas y media con el bloc y el portátil y el café mediocre de un sitio que no tenía máquina buena ni nadie que le dijera dónde estaba la máquina buena.
Había sido productivo.
También había sido las dos horas y media más largas de los últimos tres meses.
Las puertas del ascensor se abrieron.
La asistente nueva la miró con la expresión de quien ha recibido instrucciones específicas.
—Pase directamente.
Daniela pasó directamente.
Diego estaba sentado esta vez. No junto a la ventana ni junto a la librería: en su silla, detrás de la mesa, con el ordenador abierto y dos documentos impresos delante que Daniela reconoció como el expediente de la licitación de Málaga.
Había preparado. Eso significaba algo.
—Daniela. —Se levantó cuando entró, lo que no hacía en las reuniones de dirección, lo que era un gesto que pertenecía a otro contexto.
—Diego. —Se sentó en la silla frente a él sin esperar a que lo dijera.— Vi el expediente de Málaga esta tarde. Hay tres puntos que necesito entender antes de escribir nada.
Diego se sentó.
—Cuáles.
—El primero: la relación con Casal. —Daniela abrió el bloc.— Necesito saber exactamente qué pasó en los años del crédito. No la versión legal. La real.
Diego la miró.
—Eso es personal.
—Todo lo útil lo es. —Daniela levantó la vista.— Ya lo aprendimos con Expansión.
El músculo cerca de la sien. Pero asintió.
—Casal tenía una constructora mediana. Trabajo decente, no brillante. —Diego juntó los dedos sobre la mesa.— En el tercer año, cuando la empresa estaba a punto de cerrar, me ofreció un contrato de subcontratación. Suficiente para pagar el crédito de ese trimestre y mantener al equipo.
—¿Condiciones?
—En ese momento, ninguna. —Pausa.— O eso creí.
—¿Qué creíste después?
—Que Casal nunca hace nada sin condiciones. Las suyas simplemente tienen fecha de vencimiento larga. —Diego la miró.— Tardó veinte años en presentar la factura.
Daniela escribió. Despacio.
—¿Hay documentos de ese contrato?
—Sí. Los abogados los tienen.
—¿Hay algo en esos documentos que pueda usarse en contra?
Diego tardó un segundo.
—No legalmente. —Pausa.— Pero Casal tiene una manera de contar las historias que hace que lo legal parezca secundario.
—¿Qué manera?
—La de quien hizo un favor cuando nadie más lo haría. —La voz de Diego, más quieta.— Y que espera que eso cuente para algo.
—¿Cuenta?
Diego la miró directamente.
—Contó durante veinte años. —Pausa.— Ya no.
Daniela sostuvo su mirada.
Había algo en esa frase que no era solo sobre Casal. Daniela lo oyó y lo guardó en el sitio de las cosas que necesitaban tiempo.
—Segundo punto —dijo.— La licitación de Málaga. ¿Quiere Santaolalla Group ese contrato independientemente de Casal?
—Sí.
—¿Por méritos propios?
—Tenemos el mejor expediente técnico de los cuatro candidatos. —Diego abrió uno de los impresos.— Rodrigo tiene los números. La oferta económica es competitiva. No necesitamos a Casal para ganar esto.
—¿Entonces por qué es un problema?
—Porque si Casal filtra la historia de los años del crédito mientras estamos en proceso de licitación, la adjudicación se politiza.
—Diego cerró el impreso.— Málaga es contrato público.
Cualquier sombra de influencia indebida y el proceso se paraliza.
Y aunque se demuestre que no hay nada irregular, el daño reputacional ya está hecho.
—El tercer punto. —Daniela levantó la vista del bloc.— ¿Qué quiere hacer tú con Casal?
Diego frunció el ceño levemente.
—¿Qué significa eso?
—Significa que hay una diferencia entre gestionar la narrativa pública y resolver el problema real. —Daniela lo miró.— Yo puedo hacer lo primero. Lo segundo lo tienes que hacer tú. Y necesito saber en qué dirección vas para que las dos cosas sean coherentes.
Diego procesó.
—Quiero salir de esto sin darle lo que quiere —dijo— y sin deberle nada más de lo que ya le debo.
—¿Qué le debes?
—El reconocimiento de que en un momento difícil hizo algo que ayudó. —Pausa.— Nada más.
—¿Se lo has dicho?
—No en esos términos.
—¿En qué términos?
Diego la miró con la expresión de quien está decidiendo cuánto abrir.
—En ninguno todavía. —Una pausa.— No hemos hablado directamente desde que Monreal compró las acciones.
—¿Por qué no?
—Porque hablar con él ahora sería negociar bajo presión. Y Casal sabe leer eso mejor que nadie.
Daniela cerró el bloc.
—Entonces tenemos dos semanas para construir el escudo antes de que tengas esa conversación. —Lo miró.— Y cuando la tengas, necesitas que ya exista una narrativa pública tan sólida que lo que diga Casal sea una versión alternativa de una historia que ya está establecida.
Diego asintió.
—¿Puedes construir eso en dos semanas?
—Puedo. —Daniela abrió el portátil.— Pero necesito algo de ti que no está en ningún expediente.
—¿Qué?
—La versión de los veinte años que solo tú puedes contar. —Lo miró.— No Expansión. Más específica. Más sobre los principios que guiaron cada decisión difícil.
—¿Otra entrevista?
—No una entrevista. Un texto tuyo. En primera persona. —Pausa.— Algo que pueda publicarse en el momento correcto y que establezca quién eres antes de que Casal intente decir quién eres.
Diego la miraba.
—¿Yo escribiendo?
—Con mi ayuda. Como siempre.
El despacho estaba quieto.
Como siempre.
Las dos palabras flotaron entre ellos con el peso de todo lo que significaban y que ninguno había nombrado todavía.
Diego se levantó. Fue a la ventana. Madrid de tarde, las luces encendiéndose, el cielo entre el gris y el azul oscuro de marzo.
—¿Cómo está Vértice? —dijo.
Daniela lo miró.
Era la primera pregunta que no era de trabajo. Dicha de espaldas a ella, con la vista en Madrid, con el tono de alguien que lleva tiempo queriendo preguntar algo y ha encontrado la entrada menos directa.
—Bien —dijo Daniela.— Isabel es buena jefa. El equipo aprende rápido.
—¿El trabajo?
—Interesante. Diferente a esto. —Pausa.— Más pequeño en escala. Más limpio en otros sentidos.
Diego asintió. Siguió mirando Madrid.
—¿Echas algo de menos? —dijo.
Daniela lo miró de perfil. La mandíbula, el cuello, el jersey oscuro de hoy que no era tan diferente al del sábado en la cafetería de Malasaña.
—Sí —dijo.
Diego se giró.
La miró con la expresión abierta de los últimos días del Libro 1, la que existía cuando no había capas.
—¿Qué? —dijo.
Daniela sostuvo su mirada.
Había una respuesta honesta y una respuesta conveniente y esta vez, a diferencia de otras, la distancia entre las dos era más pequeña de lo que debería ser para que fuera seguro.
—La máquina de café de la sala de reuniones de la quinta —dijo Daniela.
Algo en la comisura de la boca de Diego.
—Carmen también —añadió Daniela.— Y Marta. Y el equipo.
—¿Solo eso?
Daniela lo miró.
—Diego.
—Daniela.
El despacho. El silencio. Las luces de Madrid encendiéndose afuera.
—Todavía no —dijo Daniela.— Hay trabajo primero.
—Ya.
—No porque no quiera. —Lo miró directamente.— Sino porque si mezclamos las dos cosas ahora no haremos bien ninguna de las dos.
Diego procesó eso. La mandíbula, el músculo cerca de la sien, la postura que tenía cuando recibía algo que era verdad aunque no fuera lo que quería.
—De acuerdo —dijo.
—Bien.
—Pero después del trabajo —dijo Diego— hay que hablar.
—Después del trabajo —confirmó Daniela.
Diego asintió. Volvió a su silla. Abrió el ordenador.
—El texto —dijo.— ¿Por dónde empezamos?
Trabajaron dos horas.
El despacho olía a café frío y a la lluvia que golpeaba los cristales.
La luz de la tarde, ya casi nocturna, entraba sesgada y dejaba sombras largas sobre la mesa de cristal.
Daniela preguntaba. Diego respondía. Ella escribía, reformulaba, devolvía.
Él corregía con la precisión de siempre: una palabra aquí, un matiz allá.
El mismo proceso de las sesiones de preparación de hacía meses…
pero con dos meses de empresa y tres de ausencia entre medias que lo cambiaban todo.
El ritmo era distinto.
Más rápido en algunos sitios.
Más cuidadoso en otros.
Y más honesto en casi todos.
Porque Diego, Daniela lo notó desde los primeros minutos, hablaba diferente.
No con más palabras.
Con menos distancia entre las palabras y lo que realmente significaban.
Como si los meses de silencio hubieran raspado una capa de control que antes le servía de armadura.
O como si hubiera algo pendiente entre ellos y supiera —igual que ella— que la única forma de resolverse era dejando de esconderse detrás de las frases perfectas.
—Aquí —dijo Daniela, señalando un párrafo en la pantalla. El dedo le tembló un milímetro—. Dices «tomamos decisiones difíciles». ¿Quién es el nosotros?
Diego levantó la vista. La miró con esa atención concentrada que siempre le había puesto la piel de gallina.
—El equipo.
—¿Siempre?
Una pausa. El músculo de su mandíbula se tensó apenas.
—No siempre.
—Entonces di «yo». —Daniela sostuvo su mirada sin parpadear—. El nosotros diluye la responsabilidad. En este texto necesitas ser tú. Solo tú.
Diego bajó los ojos a la pantalla. El cursor parpadeaba. El silencio se estiró, denso, cargado del ruido de la lluvia y de todo lo que no estaban diciendo.
—Tomé decisiones difíciles —repitió en voz baja, probando el peso de la frase. Como si cada sílaba le costara algo.
—Sí.
—Es más expuesto.
—Sí. —Daniela no apartó los ojos de él. La voz le salió más suave, pero no menos firme—. Por eso funciona.
Diego la miró un segundo más. Luego asintió una sola vez. Daniela hizo el cambio. El teclado sonó demasiado alto en el silencio del despacho.
Siguieron trabajando.
A las siete y media tenían un borrador de ochocientas palabras que era mejor de lo que Daniela había esperado para una primera sesión.
Tenía la voz de Diego: directa, sin adorno, con esa honestidad seca que no busca simpatía porque no la necesita.
Y, debajo, algo más nuevo. Algo más cerca de la superficie.