Capítulo 2
Daniela se despertó a las seis y cuarto sin alarma, que era lo que le pasaba cuando tenía algo que resolver: el cuerpo decidía que dormir era un lujo que no podía permitirse todavía.
Se duchó. Se vistió con más cuidado del que usaba normalmente para una reunión de trabajo, lo que notó y decidió no analizar. El traje gris, no el azul. Los zapatos que no dolían pero que funcionaban igual de bien. El pelo recogido, no suelto.
Profesional. Completamente profesional.
Se lo dijo al espejo del baño con la convicción de alguien que necesita oírlo en voz alta para que sirva de algo.
El espejo no respondió, que era lo correcto.
Llegó al edificio de Santaolalla Group a las nueve cincuenta y ocho.
Se detuvo en la acera.
Lo miró.
Diecisiete plantas. La fachada de cristal que reflejaba el cielo gris de marzo. La puerta giratoria, el vestíbulo, el guarda de seguridad que probablemente ya no la reconocería porque habían pasado tres meses y los guardas de seguridad tenían mucha gente que recordar.
Cogió aire.
Entró.
El guarda sí la reconoció.
—Daniela. —Con la naturalidad de quien no ha notado ninguna ausencia o ha decidido no notarla.— Buenos días.
—Buenos días.
—¿A qué planta?
—Séptima.
Asintió. Le dio el pase de visitante, que era diferente al que había tenido durante dos meses: blanco en lugar de azul, con la palabra VISITA en letras que no dejaban lugar a interpretación.
Daniela lo cogió.
VISITA.
Bien. Eso era lo que era.
Fue al ascensor.
La séptima planta olía igual.
Eso fue lo primero que notó cuando las puertas se abrieron: la moqueta gruesa, el silencio ordenado, el olor específico de dinero y trabajo bien hecho que tenía este piso y ningún otro del edificio.
La asistente de Diego levantó la vista.
No era la misma. Una mujer más joven, veintitantos, con la expresión de quien lleva poco tiempo y todavía está aprendiendo el protocolo.
—Daniela Sánchez —dijo Daniela.— Reunión con el señor Santaolalla. Las diez.
La asistente buscó en el calendario.
—Sí. —Levantó la vista.— Le digo que ha llegado.
—No hace falta.
Daniela fue directamente a la puerta del despacho.
Llamó.
Abrió sin esperar respuesta.
Diego estaba de pie junto a la ventana.
Madrid lluviosa detrás de él, los edificios grises, el cielo sin sol. De espaldas cuando ella entró, con las manos en los bolsillos y la postura de siempre: sin urgencia, ocupando el espacio sin reclamarlo.
Se giró.
La vio.
Tres segundos en que ninguno de los dos dijo nada y el despacho entero contuvo algo que llevaba tres meses acumulándose en el silencio de los mensajes no enviados y las llamadas no hechas y las dos cenas y el sábado con Sofía que habían sido el principio de algo y luego, sin que nadie lo decidiera, no habían sido nada.
Diego no cambió la expresión.
O sí la cambió, pero tan brevemente que solo Daniela, que había pasado dos meses aprendiendo a leer lo que no decía, pudo verlo.
—Daniela —dijo.
—Diego.
Rodrigo llegó treinta segundos después, con dos abogados y una carpeta gruesa que dejó sobre la mesa con el sonido de algo que iba a complicar la mañana.
La reunión empezó.
Daniela se sentó en la silla frente a la mesa. Diego se sentó al otro lado. Rodrigo a la cabecera. Los abogados en los laterales.
La arquitectura correcta. La mesa entre ellos. El trabajo como frontera.
Rodrigo expuso la situación en quince minutos: Casal, las acciones, la licitación de Málaga, los plazos.
Los abogados añadieron la capa legal. Daniela tomó notas con la eficiencia de siempre, preguntó tres cosas que nadie más había preguntado, y cuando Rodrigo terminó tenía el esquema completo en el bloc.
Diego habló poco. Cuando lo hizo fue al punto, sin rodeos, con la misma economía de siempre.
Pero no la miró directamente durante los primeros veinte minutos.
Daniela lo notó y lo catalogó y siguió trabajando.
—El problema no es la licitación —dijo Daniela cuando Rodrigo terminó.— El problema es la relación entre Diego y Casal. Si eso sale antes de que se adjudique el contrato, cualquier cobertura mediática de la licitación se convierte en una historia sobre favores y deudas.
—Exactamente —dijo Rodrigo.
—¿Cuánto sabe la prensa?
—Nada todavía.
—¿Cuánto tiempo tenemos antes de que sepa algo?
Rodrigo miró a Diego.
Diego la miró por primera vez directamente.
—Dos semanas. Quizás tres. —Su voz, igual que siempre. El tono de las reuniones, neutro y preciso.— Casal no es paciente.
—¿Lo fue alguna vez?
Una pausa de un segundo.
—En los años del crédito sí. —Diego sostuvo su mirada.— Ahora tiene prisa.
—¿Por qué ahora?
—Porque tiene sesenta y dos años y un proyecto que quiere ver terminado. —Pausa.— Y porque sabe que yo tampoco voy a esperar indefinidamente a que lo resuelva.
—¿Qué significa eso?
—Que estoy buscando la manera de salir de esto sin darle lo que quiere. —Diego la miró con la expresión de las reuniones pero con algo más debajo, la capa que aparecía cuando hablaba de algo que le costaba.— Pero necesito tiempo para encontrarla. Y tiempo es lo que no tengo.
Daniela asintió. Escribió algo en el bloc.
—El plan —dijo— tiene tres partes. —Levantó la vista.
— La primera es construir una narrativa pública sobre la licitación de Málaga que no dependa de la relación con Casal.
Los méritos del proyecto por sí solos. Datos, impacto local, generación de empleo.
Si la historia ya existe cuando alguien intente escribir otra, la nueva historia tiene que competir con la que ya está establecida.
Rodrigo asintió.
Los abogados tomaron notas.
Diego la miraba.
—La segunda parte —continuó Daniela— es identificar quién puede filtrar la relación con Casal y cuándo. No para pararlo: para anticiparlo. Si controlamos cuándo sale, controlamos el contexto.
—¿Y si sale antes de que estemos listos? —dijo uno de los abogados.
—Entonces tenemos la respuesta preparada antes de que llegue la pregunta. —Daniela pasó la página del bloc.— La tercera parte es Diego.
Diego levantó una ceja. Apenas.
—¿Qué pasa conmigo?
—Necesitas hablar. —Daniela lo miró directamente.
— No en una entrevista preparada. Algo más específico: una declaración pública sobre los veinte años de la empresa y los principios que la han guiado.
Sin mencionar a Casal. Pero con suficiente claridad sobre lo que Santaolalla Group no hace para que cuando salga la historia de Casal, la declaración previa sea el contexto.
—Eso es lo que hicimos con Expansión —dijo Diego.
—No exactamente. —Daniela no bajó la voz.— Expansión fue construir tu imagen. Esto es construir un escudo. —Pausa.— La diferencia es que el escudo tiene que existir antes del golpe.
Diego la miraba con la expresión de evaluación, la de las primeras semanas, la que usaba cuando alguien decía algo que no esperaba y necesitaba decidir qué hacer con ello.
—¿Cuándo empezamos? —dijo.
—Hoy —dijo Daniela.— Si tienes una hora esta tarde.
Silencio de dos segundos.
—A las cinco —dijo Diego.
—A las cinco.
La reunión terminó a las once y cuarto. Rodrigo y los abogados salieron con tareas y plazos. La asistente nueva cerró la puerta.
El despacho quedó con Diego y Daniela.
Igual que tantas otras veces.
Diferente de todas las maneras que importaban.
Daniela recogió sus papeles. Diego fue a su silla pero no se sentó: se quedó de pie detrás de ella con las manos en el respaldo, la postura de alguien que tiene algo que decir y está decidiendo si decirlo.
—Daniela.
Ella no se giró. Siguió recogiendo.
—Diego.
—Rodrigo no debería haberte llamado.
—Rodrigo hizo lo correcto. —Cerró el bloc.— Necesitabas a alguien para esto y yo soy la persona correcta.
—No por eso.
Daniela se detuvo.
Se giró.
Diego la miraba desde el otro lado de la mesa con esa expresión nueva, la que no era ninguna de las anteriores: más tensa, más cerrada, con algo debajo que Daniela reconoció como la versión de él que existía cuando algo le importaba demasiado para manejarlo con calma.
—¿Por qué entonces? —dijo Daniela.
—Porque no es justo pedirte que vuelvas aquí después de lo que pasó. —Una pausa.— Después de lo que yo dejé pasar.
Daniela lo miró.
Era la primera vez que lo nombraba. No Morales, no el consejo, no la votación de marzo. Lo que yo dejé pasar.
El silencio que siguió.
—Diego —dijo Daniela.
—No tienes que decir nada. —Su voz, más quieta que en la reunión, la de los espacios entre una cosa y otra.— Solo quiero que sepas que sé lo que hice. Y lo que no hice.
Daniela lo miró durante tres segundos.
Podía decir muchas cosas. Algunas eran las correctas. Algunas eran las que necesitaba decir. Algunas eran las que necesitaba no decir en este despacho a las once y cuarto de un jueves lluvioso de marzo con el trabajo recién empezado y cinco horas hasta las cinco de la tarde.
—A las cinco —dijo Daniela.
Diego la miró.
—A las cinco —confirmó.
Daniela cogió su bolso. Fue hacia la puerta.
En el umbral, sin girarse, dijo:
—Diego. Lo que dejaste pasar. —Pausa.— Lo hablaremos. Pero no hoy.
Salió.
Bajó a la quinta planta.
No había razón para bajar a la quinta. Su despacho ya no era su despacho: era el de quien hubiera ocupado ese espacio en los últimos tres meses. Pero el ascensor se detuvo en el cinco sin que ella pulsara nada porque tenía el reflejo de semanas y los reflejos no preguntan.
Las puertas se abrieron.
El pasillo de la quinta. La moqueta diferente, más fina que la de la séptima. Las puertas de los despachos, algunas abiertas, algunas cerradas.
La suya cerrada.
Daniela no se movió durante dos segundos.
Luego pulsó el botón de planta baja.
Las puertas se cerraron.
Salió al vestíbulo. Pasó por delante de la recepción con el pase de VISITA colgado del cuello. El guarda la saludó. Ella respondió.
En la calle, la lluvia había parado pero el suelo estaba mojado y el aire tenía el olor limpio de después de la lluvia que en Madrid solo duraba una hora antes de que la ciudad lo absorbiera de vuelta.
Caminó media manzana. Se detuvo.
Sacó el teléfono. Llamó a Lucía.
Dos tonos.
—¿Cómo ha ido? —dijo Lucía, que llevaba dos días esperando esta llamada.
—Bien. —Daniela miró el suelo mojado.— Mal. Las dos cosas.
—¿Lo viste?
—Sí.
—¿Y?
Daniela pensó en Diego de pie junto a la ventana cuando ella entró. En los tres segundos antes de que ninguno hablara. En lo que yo dejé pasar dicho con la voz de los espacios entre una cosa y otra.
—Está igual —dijo.
—¿Eso es bueno o malo?
—No lo sé todavía.
—¿Cómo estás tú?
Daniela se detuvo un segundo en la acera.
El edificio de Santaolalla Group se alzaba al fondo de la calle: diecisiete plantas de cristal y acero, la fachada impecable, la puerta giratoria girando con su ritmo constante.
El cielo estaba gris, bajo, cargado de esa humedad típica de Madrid en invierno.
El aire olía a lluvia reciente y a café de algún local cercano.
—Como alguien que acaba de entrar a un sitio que conoce demasiado bien… y sigue sintiéndolo como suyo aunque ya no lo sea. —Hizo una pausa. La voz le salió más baja—. Eso es información relevante sobre mí misma que todavía no sé qué hacer con ella.
Lucía tardó un par de segundos en responder. Daniela pudo oír el leve ruido de fondo al otro lado de la línea: quizás una cuchara contra una taza.
—Dani. ¿Qué quieres que pase?
—Que resolvamos el problema de Casal. —Otra pausa, más larga. El tráfico pasaba a su lado, lejano—. Y luego… ver.
—¿Ver qué?
—Si lo que dejamos sin decir hace tres meses todavía vale la pena decirlo.
—¿Crees que vale?
Daniela levantó la vista hacia el cielo gris. Una gota fría le cayó en la mejilla. No se la limpió.
—Creo que a las cinco tengo una sesión de trabajo con él en su despacho. Y que voy a saber más después de eso que ahora. —Respiró hondo. El aire frío le llenó los pulmones—. Y creo que la respuesta honesta a tu pregunta es sí. Pero que honesta y conveniente no son la misma cosa.
Lucía procesó eso en silencio. Cuando habló, la voz le había perdido toda la ligereza habitual.
—Llámame esta noche.
—Esta noche —prometió Daniela.
Colgó.
Se quedó un momento quieta en la acera mojada, el teléfono todavía en la mano, el edificio de cristal esperándola al fondo. Luego guardó el móvil y siguió caminando. Los tacones sonaban húmedos contra el pavimento. El abrigo le pesaba en los hombros. El cielo seguía gris, indiferente.
Tres meses.
Tres meses de distancia que ya no se sentían exactamente como distancia, sino como el espacio exacto entre donde habían estado… y donde podrían volver a estar. Si ninguno de los dos lo impedía.
O si los dos lo permitían.
Que no era lo mismo.
Daniela lo sabía.
Diego también.
La pregunta ya no era si todavía importaba.
La pregunta era si ambos, al mismo tiempo, estaban dispuestos a dejar de impedirlo.
Eso lo sabrían a las cinco.
En el despacho de la séptima planta.
Con la puerta cerrada.
Y tres meses enteros respirando entre ellos.