Mi Billionaire (Santaolalla nº 2)
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Capítulo 1
Tres meses después, Daniela Sánchez trabajaba para la competencia.
La diferencia importaba. Diego seguía siendo accionista mayoritario. Seguía teniendo su nombre en la puerta. Pero las decisiones estratégicas pasaban ahora por un comité ejecutivo nuevo, diseñado por Morales, presidido por alguien que no era Diego.
Daniela había presentado su dimisión el mismo día.
No porque Diego se lo pidiera. Porque quedarse habría sido imposible de otra manera: trabajar en una empresa donde lo que había entre ellos era ahora público, documentado, la razón oficial aunque no declarada de una reestructuración de poder.
Quedarse habría sido convertirse en el argumento que Morales había construido.
Diego no la había llamado para pedirle que se fuera.
Tampoco para pedirle que se quedara.
Eso también importaba.
La empresa nueva se llamaba Vértice Comunicación.
Boutique, doce personas, clientes del sector tecnológico y financiero.
La había fundado una mujer llamada Isabel Roca que había pasado quince años en grandes grupos y había decidido que prefería hacer las cosas bien con menos recursos que hacerlas regular con muchos.
Daniela llevaba ocho semanas. El trabajo era bueno. El equipo era inteligente. Isabel la dejaba trabajar con la autonomía que en Santaolalla Group había tardado semanas en negociar.
Era exactamente lo que necesitaba.
Excepto por lo que no era.
La oficina de Vértice estaba en el barrio de Salamanca, cuarta planta de un edificio de piedra sin ascensor, con ventanas grandes y suelos de madera que crujían de una manera que al principio resultaba peculiar y después resultaba familiar.
Daniela llegaba a las ocho y media. Café de la máquina que era mediocre pero tenía la ventaja de ser suyo, sin nadie que le dijera que había una mejor en otro sitio. Correos. Reuniones. El trabajo que siempre había sabido hacer y que aquí podía hacer sin el peso de las otras cosas encima.
Sin el peso de Diego.
Sin Diego.
Tres meses y lo pensaba todavía con esa precisión específica: sin Diego, como si fuera una condición del aire que respiraba, presente en su ausencia de la misma manera que lo había sido en su presencia.
Lo habían intentado. Eso era lo que nadie sabía y que Daniela no había contado a nadie excepto a Lucía y parcialmente a su madre.
Tres semanas después de la votación de marzo, cuando la polvareda había asentado lo suficiente para que pudieran verse sin que fuera noticia, habían intentado ver si lo que había entre ellos sobrevivía fuera del contexto de la empresa.
Dos cenas. Un sábado por la mañana con Sofía, que había resultado ser exactamente como Diego había dicho: directa, curiosa, con una forma de preguntar los porqués que efectivamente le recordaba a alguien.
Y luego el silencio de Diego.
Gradualmente, con la lentitud de algo que se enfría sin que nadie decida apagarlo: los mensajes más espaciados, las cenas que se postergaban, una semana que se convirtió en dos y luego en tres sin que ninguno de los dos pusiera el nombre correcto a lo que estaba pasando.
Daniela no había llamado.
Diego no había llamado.
Y aquí estaban: tres meses después, en ciudades distintas metafóricamente aunque Madrid siguiera siendo Madrid y el edificio de Vértice estuviera a doce minutos en metro del edificio de Santaolalla Group.
El martes de la semana nueve llegó la llamada.
Daniela estaba en una reunión con Isabel y dos clientes nuevos cuando vibró el teléfono. Lo miró de reojo.
Número desconocido. Madrid.
Lo ignoró.
A los diez minutos, cuando la reunión hizo una pausa, lo comprobó.
Un mensaje de voz. Treinta y siete segundos.
Salió al pasillo. Lo puso en el oído.
La voz no era Diego.
Era Rodrigo.
Daniela. Soy Rodrigo Peña. Sé que no tengo razón de llamarte pero lo hago de todas formas porque Diego no va a hacerlo y alguien tiene que.
Hay una situación. La persona que financió las acciones de Monreal ha movido ficha otra vez.
Esta vez va a por Diego directamente, no a través del consejo.
Necesita a alguien que sepa manejar esto desde fuera.
Isabel Roca trabaja con tres de nuestros competidores directos.
Si aceptas el encargo, Vértice tiene el contrato. Si no, lo entiendo. Pero llámame.
Daniela bajó el teléfono.
Lo miró durante diez segundos.
Volvió a la reunión. Terminó. Despidió a los clientes. Esperó a que Isabel se fuera a su despacho.
Luego llamó a Rodrigo.
—Cuéntame todo —dijo Daniela.
Rodrigo habló durante veinte minutos.
La persona que había financiado las acciones de Monreal se llamaba Ernesto Casal. Sesenta y dos años. Constructor. Había trabajado con Diego en los primeros años, cuando Diego todavía no era lo que era y Casal era el hombre que le daba contratos mientras aprendía.
La deuda que Diego no sabía que tenía era esta: en los años del crédito, cuando todo fallaba, Casal había pasado un encargo a Santaolalla que había salvado la empresa. Sin ese encargo no había empresa. Sin empresa no hay veinte años. Sin veinte años no hay nada de lo que Diego había construido.
—¿Y la deuda? —dijo Daniela.
—Casal nunca la cobró. —Pausa de Rodrigo.— Hasta ahora.
—¿Qué quiere?
—Un proyecto. Grande. Infraestructuras en el sur. Hay una licitación pública en Málaga que vale trescientos millones. Casal quiere que Santaolalla Group se la dé.
—¿Y si Diego no se la da?
—Entonces Casal usa su posición de accionista indirecto a través de Monreal para bloquear cualquier movimiento de Diego en el consejo. —Pausa.— Y Diego pierde lo poco que le queda de control.
—¿Por qué necesita comunicación externa?
—Porque la licitación de Málaga es pública. Si Santaolalla Group se adjudica ese contrato y hay alguna filtración sobre la relación entre Diego y Casal, la empresa tiene un problema que va más allá del consejo. —Rodrigo habló despacio.— Hay que gestionar la narrativa antes de que exista.
Daniela miró la ventana de su despacho en Vértice. El barrio de Salamanca, los árboles sin hojas todavía de marzo, el cielo gris.
—¿Diego sabe que me estás llamando?
Silencio de tres segundos.
—No.
—¿Lo sabrá?
—Cuando aceptes.
—¿Y si no acepto?
—Entonces no lo sabrá nunca y buscaremos a otro. —Pausa.— Pero no habrá otro como tú para esto, Daniela. Lo sabes.
Daniela lo sabía.
También sabía otra cosa: que si aceptaba se sentaría en la misma mesa que Diego Santaolalla después de tres meses de silencio y tendría que hacer su trabajo con todo lo que no se había dicho entre medias.
Eso era un problema.
Un problema grande.
O exactamente la razón para aceptar, dependiendo de cómo se mirara.
—Dame veinticuatro horas —dijo Daniela.
—Las tienes.
Colgó.
Se quedó en su despacho de Vértice con el teléfono en la mano y Madrid afuera y tres meses de distancia calculada a punto de dejar de ser calculada.
Pensó en Diego.
No en el CEO, no en el hombre del despacho de la séptima planta. En el hombre del jersey oscuro en la cafetería de Malasaña un sábado por la mañana preguntando ¿café primero? con el teléfono en la mano como si fuera algo que hacía siempre.
En Sofía preguntando los porqués.
En el teléfono apagado en horas de trabajo.
En el silencio de las últimas semanas que ninguno de los dos había roto.
Daniela abrió el cajón de su escritorio en Vértice.
No había tarjeta de visita. No había bloc con tres palabras en el margen. Era una mesa nueva en una oficina nueva con suelos que crujían.
Pero el número de Rodrigo estaba en el teléfono.
Y Rodrigo tenía razón: no habría otro como ella para esto.
No porque fuera mejor que los demás.
Porque conocía el contorno de lo que no estaba.
Y lo que no estaba, en este caso, era Diego Santaolalla.
Daniela cerró el cajón.
Cogió el abrigo.
Salió a caminar por el barrio de Salamanca con el frío de marzo y la decisión formándose en algún sitio que no era exactamente la cabeza y no era exactamente el corazón sino el espacio entre los dos donde vivían las cosas que todavía no tenían nombre pero que ya tenían dirección.
A las nueve de la noche llamó a Rodrigo.
El teléfono le tembló un segundo en la mano antes de que contestara. El piso estaba en silencio. Solo se oía el leve zumbido del frigorífico y, muy lejos, el ruido sordo de Madrid.
—Acepto —dijo.
Silencio de dos segundos exactos. Daniela pudo imaginar a Rodrigo al otro lado: la ceja arqueada, el bolígrafo detenido a medias sobre algún informe.
—Bien. —La voz le salió contenida, pero había un alivio claro debajo, uno que intentaba no mostrar del todo—. La primera reunión es el jueves.
—¿Dónde?
—Santaolalla Group. —Una pausa mínima, deliberada—. Séptima planta.
Daniela levantó la vista hacia el techo.
Blanco. Liso. Completamente inútil como objeto de contemplación. Exactamente igual que el primer día que se sentó en este sofá mirándolo para no pensar en Diego Santaolalla.
—¿A qué hora? —preguntó. La voz le salió más estable de lo que esperaba.
—Las diez.
—Estaré.
Colgó.
Se quedó con el teléfono todavía caliente entre los dedos, en medio del silencio denso de su piso. La pantalla se apagó. El reflejo de su cara desapareció. Solo quedó la oscuridad suave de la habitación y el peso exacto de lo que acababa de hacer.
Pensó en el jueves.
En la séptima planta.
En el sonido de las puertas del ascensor al abrirse.
En la forma en que Diego Santaolalla levantaría la vista y la vería entrar después de tres meses.
Tres meses de distancia.
Tres meses de silencio.
Tres meses intentando convencerse de que había tomado la decisión correcta… y fallando un poco más cada semana.
No tenía respuesta preparada para ese momento.
No tenía una frase lista, ni una expresión profesional, ni la armadura de siempre.
Por primera vez en mucho tiempo, no tenía ninguna respuesta preparada.
Y eso, decidió mientras el teléfono se enfriaba en su mano, era exactamente la información correcta.
Se levantó.
Dejó el teléfono sobre la mesa.
Fue hasta la ventana y miró Madrid de noche: las luces, el tráfico lejano, la ciudad que seguía moviéndose como si nada hubiera cambiado.
Pero algo había cambiado.
El jueves, a las diez, las puertas del ascensor se abrirían.
Y ella entraría.
Sin red.
Sin marcha atrás.
Sin ninguna respuesta preparada… excepto la única que importaba.