24
Las semanas siguientes lloramos mucho. Lloramos juntos.
Lloramos solos. Yo con mis amigos, a veces con mis clientes.
Lloré con su hermana. Lloré en los brazos de Jota, que fue muy atento y comprensivo con mi situación de mierda.
No tenía plan. Teníamos que dejar ese departamento en algún momento.
¿Me quedaría en Melbourne? ¿Volvería a Perth?
No sabía. Yo decía que sí a todo lo que la gente me sugería hacer.
¿Quieres un poco de cocaína, Romina? Sí.
¿Quieres ir al cine con nosotras? Sí
¿Quieres ir a Sydney por el fin de semana, solo a pasear?
Sí, vamos. Sí, hagamos. Sí, jalemos. Sí, lo que sea para no estar en mi casa, que había sido nuestro hogar en una historia que tenía los días contados.
Qué tortura vernos, dormir juntos, aún abrazados, porque no tenía caso a esas alturas privarnos del último gran placer que nos iba quedando.
Ver pelis abrazados hasta que alguno de los dos se quedara dormido, el otro cerrara el laptop, le diera un beso en el cuello y se le acurrucara hasta dormirse también.
Cuando se inventó la comida agridulce debió ser inspirada en terminar con la pareja en buenos términos y seguir viviendo juntos.
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Un día Jota ofreció cuidarme. «Ven a mi casa y te cocino y te regaloneo y vemos esos reality shows que te gustan y culiamos hasta que te sientas menos triste, ¿vale?»
Vale.
Cuando llegué a su casa me tenía un regalo para «mi vida nueva», lo que en realidad quería decir: para mi nueva situación de soledad. Hicimos todo lo que prometió en su invitación, y luego nos sentamos en el sillón a conversar. «¿Y?, ¿te quedas acá, en Melbourne? ¿Es Perth una gran posibilidad?»
«Perth es una gran posibilidad», respondí.
Me miró con cautela al decirme que no había una oficina de su empresa en Perth pero que él podría crearla.
No me pareció una mala idea. Me parecía que podíamos lograrlo.
No estar juntos, pero sí acompañarnos de alguna forma.
Hasta que dije algo sin querer, algo que cambió todo.
«No quiero volver a tener un pololo en mucho tiempo. Quizás años. Llevo demasiado en pareja.»
Eso no fue lo que dije que lo cambió todo. Eso no tuvo relevancia. Lo que dije a continuación, eso sí le hizo cambiar la cara:
«Quiero estar sola. Aprender a estarlo. Tener diez pololos, todos puertas afuera.»
Ahí. Eso bastó.
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No dijo nada ese día, pero sí al día siguiente. Mientras caminaba por el parque, me llamó. Casi nunca me llamaba. Yo amaba su voz por teléfono.
—¿Qué quisiste decir con eso de que quieres estar sola pero que quieres tener diez pololos?
—Quise decir que debería mantenerme soltera un rato. He estado en pareja desde los veinte años, prácticamente sin breaks. Necesito estar sola.
—Sí, eso lo entiendo. Pero ¿y los diez pololos?
—No es literal. Quiero decir que quiero salir con gente, pero sin emparejarme.
—Pero ¿vas a salir con mucha gente al mismo tiempo?
—Jota, no sé. Voy a estar soltera. Supongo que voy a conocer gente.
Listo. No había considerado que mientras estuviera con Pololo, Jota se sabía mi número uno. Eso le gustaba. Sabía que Pololo era mi compañero de vida, pero él era mi hombre. ¿Se entiende? El único. Al estar sola, las posibilidades se ampliaban y su papel protagónico se veía en peligro.
—No sé si puedo hacer esto.
Recordé la penúltima vez que nos vimos. Estábamos en su auto, manejaba mientras me sostenía una mano. De pronto me dijo:
—¿Sabes que soy bueno para percibir cosas?
—Sí.
—Como cuando supe que no tenías cáncer. Ese lunar que te mandaste a chequear y estabas nerviosa.
—Sí.
—Presiento que no nos queda mucho tiempo.
—¿Y qué vas a hacer al respecto?
—Voy a llorar... ¿tú?
—Voy a escribir un libro.
Y así terminamos. Sin tanto llanto ni escándalo. A su «no puedo hacer esto», respondí, después de un silencio seguido de un gran suspiro:
—Ok.
—¿Ok?
—Sí. Ok.
Ya no quería más guerra. Volví a mi departamento después de ese llamado telefónico.
Envié un mensaje a dos personas. Primero, a mi amiga Lou:
¿Puedo usar tu casa mientras estás en Tailandia?
Sí.
Luego a Expololo:
Me voy a Perth por una semana. Creo que los dos necesitamos espacio.
Hice una maleta de mano y me fui al aeropuerto. Llegué a la casa de mi amiga esa noche. Abrí la puerta con la llave que estaba en el escondite de siempre y me quedé ahí, sola, por siete días.