25
¿Qué es lo que me asusta de la soledad?
Que nadie me cuide. Que se me pierdan las llaves de mi casa y que no haya nadie adentro que me abra la puerta.
No tener a quien cocinarle algo especial un domingo por la tarde.
Tener que hacer planes para no pasar sola la mañana de Navidad, pese a que no me gusta mucho ver gente ese día.
No poder ver una película de terror. Que justo el día en que tengo que levantarme a las cinco de la mañana para ir al aeropuerto, mi alarma no funcione y que nadie haya puesto una segunda alarma de precaución.
Caerme en la ducha, desmayarme y que nadie me encuentre.
O que nadie apague la estufa o la plancha que en el ajetreo de la mañana dejé prendida.
Me da miedo que pasen los años y jamás vuelva a estar acompañada.
Que nadie me elija. No elegir a nadie. Volverme huraña y mañosa.
Amargada. No tener amor de pareja y, entonces, tener que aprender a amarme.
Abrazar mis luces y mis sombras. Estar obligada a cuidarme a mí misma como cuidaría a alguien que amo.
Viví esa semana enfrentando el silencio al que tanto temo. El silencio que tapo con ruido, cualquier ruido, y sobreviví.
Quizás podría vivir sola después de todo.
Y, quizás, la mejor forma de volver a empezar es justo donde todo comenzó.
Nunca lo había pensado: volver a Chile. Nunca como una posibilidad real.
Porque, habiendo estado siempre en pareja, se me hacía poco posible, pero ya no.
Tampoco sabía en qué trabajaría. Antes solo había sido una stripper, pero ya no.
Nunca había comprado un sillón. Ni una cama ni un mueble hermoso, porque no sabía dónde iba a tener un hogar permanente.
De pronto sentí la necesidad de comenzar a armar un lugar que fuese mío, donde pudiera sentirme segura. El mejor lugar para eso es donde había comenzado por primera vez a sentir la valentía que da la libertad: Santiago.
«Vuelvo a Chile», dije un día. Al poco tiempo me encontraba arriba de un avión probando cómo se sentía volver. Se sintió justo como lo que había que hacer.
r
Dos meses después volví a Australia. Tenía que buscar mis cosas importantes.
Libros, ropa, una aspiradora Dyson y un hervidor Smeg.
Cancelar mi seguro médico y mi plan de teléfono.
Comprar aspirinas efervescentes que no existen en Chile.
El jabón Aesop, que tampoco. Despedirme de mis clientes regulares.
Despedirme de los lugares que me vieron llorar, reír, enamorarme.
Abrazar a la familia que formé a lo largo de catorce años, mis amigos.
Decir goodbye no es lo mismo que «chao». Goodbye es un adiós, pero uno más amable. En mi caso, lo siento como un hasta pronto. Nos vemos luego. No un «voy y vuelvo», pero sí un «voy y volveré siempre».
También tenía que darle un abrazo a Pololo y despedirme de Jota.
Pololo se había mudado de Melbourne, de vuelta a Perth. Todo nuestro círculo era el mismo, entonces verlo sería, no solo fácil, sino inevitable. Jota en cambio...
There’s things I wanna say to you
but I’ll just let you leave
Después de la última conversación no habíamos vuelto a hablar. Apenas las ruedas tocaron el suelo del aeropuerto de Melbourne, saqué mi teléfono de modo avión y le escribí: «Me gustaría verte, o hablar por teléfono. Dime si puedes. Un abrazo».
Esperé en vano los tres días que estaría en Melbourne antes de volar de vuelta a Perth, donde pasaría mis últimos meses en Australia junto a Gaby, trabajando en mi club regalón.
Jota jamás me escribió de vuelta. Después de casi dos meses, y viendo en el calendario que ya no me quedaba tanto tiempo, le envié un mensaje que, en caso de no estar bloqueada, le haría escribirme de vuelta:
No one fucks me like you do.
Mientras me maquillaba para salir a trabajar, me llamó.
— I was trying so hard not to call you .
—¿Por qué?
—Porque te extraño.
—Perdón, pensé que te haría feliz saber eso.
—Bueno... hizo feliz a una gran parte de mi cuerpo.
— Well ... es verdad.
—Romina... no quiero verte. Ni siquiera debería estar hablando contigo. Se lo prometí a mi mamá, a mi psicóloga... a mí mismo.
—Entiendo. Solo quería despedirme. Quería decirte que me voy a vivir de vuelta a Chile.
Silencio.
—Siempre quise decirte... que pensaba que deberías hacer eso...pero nunca lo dije, no quería que te fueras. Me alegro por ti. ¿Estás contenta?
—Sí. Es raro. Dejar acá y todo, poner mis cosas en un container... pero estoy emocionada. Tengo... ¿fe? No sé. ¿Y tú, cómo estás?
—Bien. Estuve de cumpleaños hace poco.
—Lo sé. Veintiocho. ¿Cómo te sientes?
—Me siento de veintiocho.
Así era él en esencia. De palabras y acciones precisas. Tenía eso que a mí me faltaba.
—Bueno, quería hablar contigo para decirte que espero que todo esté bien...
y que lo siento. Si te hice daño, no fue con intención.
Mirando las cosas con la perspectiva que da el tiempo, estaba pasando por un año de cambios...
y, en gran parte, lo sobreviví gracias a ti.
Espero que lo sepas, y espero que dentro de las cosas malas también rescates las buenas, como yo lo he tratado de hacer.
—Hubo mal y hubo bien. Aprendí mucho... al final. A veces, cuando pienso en ti, me gusta pensar que estás orgullosa de mí...
—¿Por qué?
—Por saber decir adiós.
De Pololo me despedí muchas veces. Demasiadas. La primera, al dejar nuestro departamento en Melbourne. Un abrazo en el lobby mientras esperaba el uber que me llevaría al aeropuerto, a ese primer viaje a Chile.
La última noche fuimos a comer ramen a nuestro japonés favorito.
Tomamos la cerveza negra que nos gustaba, después de pasar el día recorriendo la ciudad del brazo.
Nos compramos las mismas zapatillas (que nunca he usado) y maletas.
Terminamos de limpiar. Dejamos las llaves en la mesa de lo que fue nuestro bar.
Cuando llegó el auto nos dimos un último abrazo y un beso en la boca.
Lloré al subirme, y mientras me alejaba lo vi parado afuera de nuestro departamento mirando hacia otro lado.
Seguro que escondiendo las lágrimas que había visto acumularse en sus ojos mientras bajábamos en el ascensor.
La segunda fue cuando, después de pasar unos meses en Perth, debía volver a Chile.
Nos habíamos visto varias veces. Salimos a comer solos y en grupo, pasamos las fiestas, pero no era lo mismo.
Yo estaba triste porque pensé que podría abrazarlo con los dos brazos, como antes.
Pero los abrazos de Expololo ahora eran con solo uno, al que le había agregado una palmadita en la espalda.
Mi última noche en Perth salí a comer con una amiga.
Había evitado a Expololo esos días porque no sabía si podría soportar esta nueva iteración del abrazo, se me hacía insoportable la palmadita.
Tampoco quería otra despedida. Pero me envió un mensaje mientras comíamos:
—Porfi, déjame ir a despedirme.
Llegó. Yo estaba triste, ansiosa, emocionada.
Todo era una sopa de sentimientos encontrados.
Cuando mi amiga se fue al baño y nos quedamos solos, me preguntó cómo estaba mi papá.
¿Que cómo está mi papá? Eso es como que me hablen del clima.
Era nuestro último momento a solas y yo quería que me diera un abrazo como los de antes, que me dijera que me extrañaba, que aunque no quiere volver conmigo y está feliz, igual me ama y siempre lo hará.
Eso fue lo que grité afuera del restaurante, mientras me respondía con una mirada de confusión.
Había sido un gran Expololo en su mente.
¿Qué le reclamaba? Ese es el problema de las expectativas frente a la realidad, pensaba, mientras me iba llorando con la cabeza apoyada en el hombro de mi amiga.
Expololo se quedó ahí en la calle, con el brazo estirado y su mano dándole palmaditas al aire.
La despedida final fue hoy, mientras afinaba los últimos detalles para enviar este libro al horno.
Quería corroborar que lo que habíamos visto bajo el agua en Fiji había sido en realidad un tiburón de arrecife.
Desde ese día en el restaurante no habíamos hablado mucho. Cosas puntuales, nada más. Le escribí.
—Sí, creo que era un tiburón de arrecife de punta negra.
—¡Gracias!
—¿Es para el libro?
—Sí.
—¿Cómo va eso?
—Catártico. Entretenido. Difícil. Bonito.
—Yo también te escribí. Es una canción. La voy a tocar este fin de semana.
—¿Qué dice?
—Te la mando cuando la grabemos.
—¿Me puedes enviar la letra?
—Sí, te la envío al mail. Dame cinco minutos. Oye...
—Qué.
—Tengo que decirte algo.
—Dime.
—Tengo polola.
—Wow.
—Pasó recién. No quería que te lo dijera otra persona.
— Well ... te deseo lo mejor. De verdad.
—Lo sé. Gracias. Te quería decir otra cosa también...
—¿Qué?, ¡¿está embarazada?!
—Ja, ja, no. ¡Recibí mi aprobación hoy! Soy oficialmente un psicólogo clínico.
—¡Felicidades! Largo camino.
—Sí... no habría sido posible sin ti. Yo un psicólogo clínico, tú una artista. ¡Míranos! ¿Estamos bien, verdad?
—Estamos bien.
Abro el mail. Ahí está la canción.
May all those near and dear to you always be well
May fortune follow you in happiness and health
May all the words you write and all your love be true
And I hope you’re better off than when I found you
I hope the water from your well is pure and clean
I hope the demons stay away from all my dreams
And when you taste the fruit you sowed, I hope it’s sweet
And when I feel the soil, I hope I’m squelching it beneath my bare feet
These silly little words
These silly little songs
These silly little spells that I’m singing
Incantations, now you’re gone
Now you’re gone
Now you’re gone
Singing incantations
Now you’re gone
Leo las palabras y me recuerdan a una de las ocasiones en que nos vimos, mientras bebíamos un Martini. En respuesta a la pregunta de si lamentaba que hubiéramos fracasado como pareja, me respondió:
—No creo que hayamos fracasado. Creo que nos dejamos mejor de lo que nos encontramos, y esa es una relación exitosa. Creo que triunfamos.
Derramo un par de lágrimas y cierro el computador.
Abro las ventanas de mi departamento diminuto y hermoso que arrendé para vivir sola, por primera vez en mi vida, ubicado en un lugar llamado Bellas Artes.
Dejo entrar el ruido de la calle y la brisa de los árboles del cerro Santa Lucía.
Elijo mi vestido más lindo y los zapatos más incómodos.
Tomo los dos juegos de llaves que tengo.
Dejo uno escondido por el edificio por si se me pierde el que tengo en la cartera, y me saco a comer.
Que todos los que están cerca y son queridos por ti estén siempre bien
Que la fortuna te acompañe en felicidad y salud
Que todas las palabras que escribas y todo tu amor sean verdaderos
Y espero que estés mejor que cuando te encontré
Espero que el agua de tu pozo sea pura y limpia
Espero que los demonios se mantengan lejos de todos mis sueños
Y cuando pruebes el fruto de lo que sembraste, espero que sea dulce
Y cuando sienta la tierra, espero estar hundiendo mis pies descalzos en ella
Estas pequeñas y tontas palabras
Estas pequeñas y tontas canciones
Estos pequeños y tontos hechizos que estoy cantando
Encantamientos, ahora que ya no estás
Ahora que ya no estás
Ahora que ya no estás
Cantando encantamientos
Ahora que ya no estás