Mi año de sexo y relajación 23
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Entendía que se acercaba el final entre Pololo y yo.

Pero aunque lo entendía, no lo quería asumir.

Seguía esperando el milagro. Para el Año Nuevo habíamos preparado una cena.

Descorchamos el vino especial para acompañar nuestro corte favorito de carne.

Sentados frente a frente, rodeados por la luz de las velas de miel que había comprado cuando recién llegamos a vivir a ese departamento que compartimos por tres años, brindamos mientras nos decíamos: «¿Será este, ahora sí, nuestro último Año Nuevo?

». Reímos como lo hacíamos siempre que hablábamos de eso. El humor como alivio del dolor.

Sería nuestro último Año Nuevo.

Y así pasó fin de año. Navidad, mi cumpleaños y Año Nuevo.

Pasó la vida y yo la vi pasar desde mi balcón.

No me moví mucho de entre ese lugar y mi cama durante aquellas semanas.

Estaba deprimida. Así pasé también los primeros días de enero, hasta mi viaje a Chile.

Iba a pasar febrero ahí, sin Pololo. Jota volvió justo antes de irme, en forma de mensaje de texto:

Hi.

No respondí. Me fui a Chile con Gaby y volví a sentirme yo, o una versión mía que había abandonado ese año donde mi vida giró entre dos personas que valían la pena (o al menos algunas penas). Ese viaje, la suspensión de mi cotidianidad, me permitiría poner las cosas en orden.

Jota volvió a aparecer en medio de mi viaje a Chile, esta vez en forma de mensaje de voz:

Perdóname. Te extraño. Me asusté, me deprimí. El trabajo estuvo intenso. Mi hermana se enfermó. El perro se comió mi tarea. ¿Dónde estás?

¿Cuándo vuelves? ¿Podemos hablar? Perdóname. Te extraño.

A mi regreso volví a verlo. Esta vez sin contrato ni cash ni juegos de roles.

Sin hoteles, ni maquillaje, ni regalos, ni conveniencia.

Como Jota y Romina. Y se sentía bien. Lo otro había sido divertido, pero casi nos había roto a los dos.

Y la realidad, después de todo, era igual de atractiva.

Diferente, pero bien. Andar en su pijama de mapaches por su casa.

Aburrirnos. Pelear. Reconciliarnos. Empezar a decirnos te quiero.

Pololo, mientras tanto, seguía en el mismo lugar donde lo había dejado.

En los «te amo», en el regaloneo de todos los días.

Esperarlo con comida si trabajaba hasta tarde.

Salir a conquistar la ciudad juntos, de fiesta, solos o con amigos.

Bailar hasta las cinco de la mañana y drogarnos cuando ameritaba.

Cuidarnos. Preguntarnos: «Voy al súper, ¿necesitas algo?

». En fin, en ser los de siempre, hasta que ya no se pudo más.

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Alone again, naturally .

Pololo había estado triste y callado. La última vez que estuvo así fue en septiembre, cuando me dijo que ya no quería seguir en esta relación. Que no lo hacía feliz.

Terminamos. Volvimos a los dos días porque aún no imaginaba la vida sin mí.

Mi depresión durante diciembre me llevó incluso a cancelar el cumpleaños.

Mi cumpleaños, evento anual que me da vida, que siempre celebro con entrega absoluta, con afirmación vital.

Arrojo con el que mitigo el sufrimiento de ver pasar los números y sentirme más vieja, que en mi mundo, en mi trabajo, significa el término de una era.

Envejecer es colgar los tacos: dejar de ser stripper, que de un tiempo a esta parte se ha convertido en casi toda mi identidad.

Como estaba llorando sin tener ningún motivo en lo absoluto, cancelé la felicidad, sin saber que solo la había postergado. En mayo volví a estar bien y decidí celebrar mis treinta y siete. La semana previa a mi fiesta de falso cumpleaños, Pololo comenzó a decaer en ánimo.

«Me va a terminar, me va a terminar», fue todo lo que pensaba.

«Está esperando que pase mi celebración porque no quiere que la cancele de nuevo», fue lo que pensé toda la semana.

«Está esperando que pase el sábado, porque tiene amigos suyos invitados, también viene su hermano.

Seguro el domingo me va a decir que tenemos que hablar. »

El viernes tengo que trabajar pero no me siento con ganas, así que cancelo.

Pololo también se queda en la casa porque, como mañana es la gran fiesta, prefiere guardarse.

Pasamos el día cada uno haciendo lo suyo.

Planeamos encontrarnos en el living a eso de las siete, pedir una pizza y ver una peli.

Me pregunto si logrará sobrevivir la noche sin patearme o si lograré pasar la película sin preguntarle qué le pasa.

Siempre hemos visto tele abrazados, con las piernas entrelazadas, o con su cabeza apoyada en mis piernas mientras le toco la oreja.

Esta vez pongo dos cojines en el suelo y me siento en uno.

Él se sienta en el sillón, atrás de mí. Llega la pizza y pausamos la película.

A la vuelta me siento en el sillón y él, esta vez, se sienta en el suelo, ocupando el cojín que había dejado en la alfombra.

«No digas nada», «no digas nada», «no es el momento», me repito, apenada por dentro.

Pero la pena no es mía, es pena ajena. Pienso en la lucha de Pololo contra sí mismo y sus ganas y esperanzas de envejecer juntos. Imagino que terminar con ese proyecto es un dolor tan grande, que no logra entrelazar mis piernas con las suyas. Yo jamás he dudado de su cariño.

Vamos a la cama y se da vuelta hacia su lado. It’s over , pienso. Debo ser valiente.

— Hey —me dice de repente—. I’m sorry .

—¿Mmm?

—Perdón. He estado distante. Tengo demasiado en la cabeza. Mi familia, el trabajo...

Siento que quiere decir «nosotros», pero se detiene. Solo dice «trabajo» y alarga la pausa.

—Perdóname —insiste.

—Está bien —le digo, muy tranquila—. No te preocupes.

Está acostado de lado y solo dobla la cabeza hacia mí. Pienso en el simbolismo de su cuerpo alejado de mí, pero con los ojos aún buscándome.

—Hey. Sé que tienes muchas cosas en la cabeza.

Tu papá, tu mamá, el trabajo nuevo, todo lo que ha pasado con el auto...

y... ( don’t, don’t ,don’t ), y NOSOTROS.

Me imagino que estar en una relación que es complicada también debe ser una carga en estos momentos.

Supongo que el pensar siquiera en separarnos te produce una desolación de alma, como a mí.

Se da vuelta con el cuerpo hacia mí y se sienta. Abre los ojos y mira al techo. No lo niega. No puede decir: «No, no es así, Romina. Estás equivocada».

Desde hace mucho tiempo que ya no somos amantes, pero sí somos amigos. Muy amigos. Esa amiga que soy le pone la mano en un brazo y le dice que vamos a estar bien.

Pase lo que pase, vamos a estar bien. Mientras estemos juntos, mientras si te vas, te ayude a empacar yo y, juntos, busquemos tu nueva casa.

Mientras nos llamemos llorando porque nos extrañamos y prometamos volver a juntarnos cuando seamos más grandes, aunque sepamos que es mentira, porque cada uno formará su propia nueva historia.

Mientras el día de tu matrimonio me invites y yo pueda tener una pieza de alojados en el hogar que soñamos juntos.

Mientras vayas a Chile de vacaciones conmigo y yo pueda visitar a tu hermana.

Mientras sigamos siendo amigos, vamos a estar bien.

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Es viernes en la tarde y Pololo llega del trabajo.

Son las seis y media. Maneja una hora de ida y una de vuelta de lunes a viernes.

Siempre llega cansado y, sin embargo, se hace ánimos para ir al gimnasio y, si estoy en la casa, pasar tiempo juntos.

Cocinamos y vemos algo en la tele, o pedimos pizza y conversamos.

Hoy llega y se sienta en la alfombra sin siquiera sacarse la chaqueta ni los zapatos.

Está exhausto. Le pregunto cómo estuvo su día, me responde que ha sido una semana muy difícil.

No necesita decirme por qué. También la mía lo ha sido.

Hace una semana tuvimos esa conversación en la que nos planteamos terminar.

Ya no somos amantes, somos mejores amigos, los dos lo sabemos.

Pero somos amantes de nuestra amistad. Más que eso. Somos familia.

La conversación de la semana pasada cuelga en el aire y lo vuelve pesado.

Pasamos siete días sin querer volver a tocar el tema, por si ocurriera un milagro.

Pero llevamos mucho tiempo esperando que ocurra y nada cambia, solo nos ponemos más tristes.

Hace un mes tengo una migraña de estrés.

La cabeza me pesa, literal, y es como si tuviera una roca colgando en mi nuca.

Mientras lo veo ahí, sentado en la alfombra, me masajeo las sienes.

Le pregunto si va a ir al gimnasio. Me dice que no.

Después de un silencio dice: «Siento que mi función cognitiva no está al cien.

No estoy siendo bueno en el trabajo estos días».

Pienso en eso y en la piedra que cuelga sobre mi cabeza como el aire pesado que venimos respirando.

Todos son el mismo problema: nosotros y nuestra porfía de no separarnos.

No digo nada, solo lo pienso. No me quiero quedar sin él. Nunca voy a ser yo la que lo deje, lo sé. Sería como cortarme un brazo, y de ser así sería el izquierdo donde, a un mes de estar juntos, me tatué su nombre.

—El problema es que siempre llegamos al mismo lugar y después no hacemos nada —masculla mirando al suelo.

Le veo la cara que hace un tiempo ya no es la de antes. Seguro que la mía también está llena de ansiedad. No hay nada más tranquilizador que dormir abrazados. Somos miserables, pero no hay nada mejor que pasar la mañana de Navidad solos los dos.

—Y vamos a seguir así hasta que alguno de los dos se atreva a tomar la decisión —afirma.

Me doy cuenta de que tampoco va a ser él. Entonces, de la nada y sin pensarlo, levanto la mano.

—Yo. Yo lo voy a hacer. Tenemos que terminar. I will call it. I’m doing it . Tenemos que separarnos.

Levanta la mirada y sus ojos me agradecen. Nos miramos y reímos con tristeza porque sabemos que no hay vuelta atrás.

De pronto extiende los brazos.

—¿Me puedes abrazar? —exclama con voz pequeña.

Me siento en la alfombra y escucho en mi oído las palabras que mi ahora Expololo me susurra: «Vamos a estar bien». Vamos a estar bien. Todo va a estar bien.

Es extraño, pero nadie llora. Donde debiera haber llantos hay una sensación nueva. Entiendo que es el aire aliviándose, mientras seguimos abrazados.

—¿Quieres ver The Last of Us ? —pregunta.

Asiento.

—¿Quieres tomar un vino?

—Por favor —me responde.

Salgo tan rápido que olvido que es Melbourne y hace tanto frío que, al venir solo con un polerón, tengo que ponerme a correr la cuadra que separa mi edificio de la botillería.

Corro y corro y el aire me congela la cara.

No me importa y corro más rápido porque siento esa misma sensación que tuve cuando me subí a un taxi con mis maletas la última vez que terminé una relación, que fue un matrimonio.

Algo en mi interior me dice que lo que viene será difícil, pero excitante.

La libertad de lo desconocido y esas mierdas que uno se inventa para consolarse.

Solo que durante esa cuadra y esa corrida, la sentí real.

Volví con el vino. Vimos la serie, nos lavamos los dientes y dormimos como todas las noches, haciendo cucharita por turno. Somos como un asado. Vuelta y vuelta. Cuando me despierto, Expololo ya se fue a trabajar. Y lo primero que hago es recordar que terminamos.

Donde estaba la felicidad de la libertad ahora hay cuchillos que me rajan desde la garganta al estómago con todos los planes que teníamos juntos y que ya no van a ser.

Pasan como imágenes de una película: la casa que nos íbamos a construir en el sur, envejecer en el occidente de Australia, adoptar el perro que vitrineábamos todas las semanas, el anillo de compromiso que nunca me regaló, nuestra gran fiesta de matrimonio con todos nuestros amigos en un bote.

«No se ha muerto», me repito, «no se ha muerto». Podría ser peor.

Voy a decir una calamidad, pero no basta con saberlo vivo si no está conmigo.

Casi que sería mejor. Tendría otra emoción a la que aferrarme: el duelo. Aún mejor, si me hubiera dejado por complicada, tendría el rencor. Y en el mejor de los casos, si me hubiera engañado y dejado por alguien más joven y hermosa, el odio, que es el sentimiento más fuerte para ayudar a avanzar.

Pero no hay otra emoción a la que aferrarme. Solo hay tristeza. Una tristeza fome y triste. Dolor e incertidumbre.

Me siento en la cama, miro la habitación y comprendo que ahora estoy sola.

—Voy a estar bien —expreso en voz alta. Nadie responde. Después de seis años he vuelto a ser solo yo.

Al darme cuenta de eso, el miedo me desespera y quiero volver en el tiempo para bajar esa mano que quizás no debí levantar.