22 #2
—Desde hace un montón. Siempre pensé que lo sabías y que te acomodaba la dinámica.
Que te calentaba y eso. Pero si me decías hace ocho meses que ya no podías pagar, es probable que hoy estuviéramos en este mismo restaurante tomando el mismo vino en vaso.
No. No tienes que pagarme. Sí, si eres suficiente.
Levanté el vaso en el medio de nosotros y le hice el gesto de que debía hacer lo mismo.
—Te libero del contrato. Salud.
Al otro día se fue muy temprano y yo me quedé en el hotel hasta que fue tiempo de hacer check out.
Con una sensación de ansiedad en el pecho y garganta, que atribuí a la resaca de los dos carafes de vino que compartimos la noche anterior, pero cuando llegué a la casa de Gaby, la sensación se intensificó hasta que comencé a desesperarme.
Cuando vi a mi amiga y la abracé, rompí en un llanto sin explicación.
Esa noche fui a trabajar pero solo pude quedarme tres horas en el club.
Estaba lleno de posibles clientes. Noches de llegar y llevar y eso, que ya he descrito.
En medio de hablar con la gente comencé a disociarme.
¿Se han disociado? Si no, intentaré explicar.
Es sentir que lo que sucede a tu alrededor es una película que tú estás protagonizando pero que no es real.
Tu mente funciona pero se ha separado de tu cuerpo y todo se siente como un eco de lo que es vivir.
Moverse y hablar de manera coherente resulta muy difícil.
Como intentar correr en un sueño. Si no entiendes que lo que sucede es que el cerebro, de tanto sobrepensar, ha decidido irse de vacaciones un rato y es una sensación terrible, pero que eventualmente se acaba, puede ser aterrador.
Como yo entiendo de qué se trata, no es aterrador pero sí molesto.
Sobre todo si estás trabajando y en medio de una disociación aceptas hacer un baile y esa persona está borracha y probablemente drogada y espera de ti que hables y hables tanto como él.
Pagó por una hora. Quizás fue la idea de estar en esa situación por toda una hora la que desencadenó un gran ataque de pánico.
De nuevo, un ataque de pánico es el sistema nervioso tratando de liberar el estrés que has acumulado y sabes que no te vas a morir y que eventualmente se acaba, pero puede ser muy aterrador.
Como yo entiendo de qué se trata no es aterrador pero sí incómodo.
Sobre todo si tienes que hablar y tiemblas y la voz no te sale y tienes inmensas ganas de escapar de donde sea que estés.
En mi caso en un baile que aún duraría otros cuarenta y cinco minutos.
Entiendo, por cómo había venido el día, que no era de esos casos donde puedo encerrarme en el baño y hacer un ejercicio de respiración (inhalar por la nariz hasta cinco, sostener cinco, botar por la boca hasta ocho o diez segundos); necesitaba irme y eso hice.
Fingí un dolor de útero fulminante y devolví la plata del borracho.
La manager, que jamás había visto a una bailarina devolver trescientos dólares, no dudó en que el dolor debía ser intenso así que me dejó ir.
¿Por qué no le dije que era un ataque de pánico?
Me parece que ante una situación así la mayoría de la gente no sabe cómo actuar.
Dicen cosas tan inútiles como «respira» o «tranquila» o, peor, «estás muy pálida», que no ayudan y más bien empeoran la situación.
Lo mejor es decir que te duele otra cosa.
Lo peor para un cerebro colapsado es más información.
Me fui. Logré calmarme. Logré dormir. En la mañana abrí el bolso que había usado para la minivacación con Jota y me encontré con su desodorante.
No fui a trabajar esa noche, ni la siguiente.
El lunes me devolví a Melbourne, a los brazos y la calma que me daba Pololo.
Su sola presencia, un bálsamo para mi alma.
Ese día pedí hora de emergencia con mi psicóloga chilena que solo podía muy temprano en la mañana para mí, por diferencia horaria.
La tomé. Me desperté a las seis de la mañana, después de soñar que me embarazaba.
En el sueño estaba feliz porque, en cualquier caso, si la guagua era de mi Pololo o de Jota, todo iba a estar bien.
Pensaba que los dos serían buenos padres.
Francamente, me daba lo mismo de quién fuera.
En la ecografía, la doctora me miraba con cara de pena y me decía:
—Estás embarazada.
Yo le respondía:
—Ya lo sé.
Entonces ella señalaba la pantalla y, en lugar de un feto, lo único que aparecía era la palabra REENCARNACIÓN.
Mientras tecleo esto, una guagua llora en la calle a grito pelado.
«Mucho de los placeres y poco del sacrificio.»
Eso le dije a mi terapeuta para describirme. Lo recuerdo porque fue lo último que dije antes de que soltara el típico:
—Bueno, se nos acabó el tiempo... ¿te parece si continuamos la próxima semana?
Me preguntó por Jota al principio de la sesión. Me tembló el labio el resto de la hora.
—Creo que hablar de él me pone mal —le digo.
—¿Por qué?
—Supongo que me da miedo que pienses que soy una mala persona.
—¿Por qué habría de pensar eso?
—Porque en nuestra relación hay un claro desbalance de poder.
—¿Porque te paga?
—No, porque él es él y yo soy yo.
Hizo una pausa. Oscureció en Santiago y amaneció en Melbourne. Vi desde su ventana el color del cielo que tanto extrañaba. Ese azul-morado-rosado que tiene Santiago y que, supongo, se debe a la contaminación.
—¿Quieres dejar de verlo?
—No. Pero no quiero hacerle mal. O que me haga mal a mí. O hacerle mal a Pololo.
—Habla con él. Dile todo lo que me dijiste hoy a mí.
Pero no fue necesario. A mi mensaje de «¿cuándo te veo?
», no respondió jamás. Cuando lo liberé del contrato y ya no debía pagarme, sino que podíamos vernos simplemente porque queríamos, decidió desaparecer.
Al menos, unas semanas después, tuvo la decencia de hacerme saber que iba a estar «muy ocupado».
No sabía hasta cuándo. Eso, en cualquier parte del mundo, en Santiago, Calbuco, Perth o Melbourne, es terminar.