Mi año de sexo y relajación 22
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Le tomé unas fotos lindas para su app de citas. Le arreglé la biografía, que era demasiado fome, y le saqué la foto del perro de su tío que tenía en una de las slides .

«Tú no tienes un perro, no necesitas poner eso para atraer falsamente. Utiliza lo que sí tienes: plata. Tómate una foto en el auto, donde no se note la marca pero sí el interior», en fin, lecciones de sutileza.

También empezamos a ir de shopping para mejorar su look.

Estaba arreglando a un hombre para que se lo llevara otra y me daba cero celos.

Me sentía una mujer noble, llena de buenos sentimientos y buenas intenciones.

Estaba haciendo el bien mirando a quién.

El día que hizo match con una jovencita que accedió a una cita y me lo comunicó emocionado herví de rabia.

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Abro Instagram y descubro que se murió la mamá de una amiga de la infancia.

Recuerdo ese cumpleaños donde la mamá le regaló un Furby, que era el mono que todas queríamos.

Tipié cuatro mensajes distintos de condolencias y terminé por no mandar ninguno.

No supe qué decir. De repente llegué a la edad en la que se nos empiezan a morir los padres y no es una tragedia.

Tan solo es triste. Y ante esa tristeza triste, que también me llegará algún día, no tengo palabras.

Anoche salí a comer con Pololo y tuvimos una de esas salidas hermosas donde cuatro horas se pasan volando entre caminatas y appetizers y traguito, postre en otro lado y más caminata, y donde la conversación fluye como solo puede hacerlo con la persona con la que existe esa complicidad de ver pasar los años juntos.

De vuelta en casa, quise mostrarle una canción y abrí Spotify.

Como usamos la misma cuenta pude ver que el último podcast que había escuchado era el que esa misma tarde había puesto Jota mientras estábamos en el sillón de su casa, él recostado encima de mí, yo haciendo algo que denota más intimidad que culiar; sacarle los puntos negros de la cara.

Evito mencionar a Jota cuando estoy con Pololo.

Salvo para avisar que lo voy a ver tal día o que pasó alguna anécdota que necesito compartir, no lo nombro.

Es casi como si no quisiera que se diera cuenta de que está ahí, aunque sé que lo sabe muy bien.

Las cosas están tan bien con ambos, que no quiero que pase nada que lo pueda poner en peligro.

Pero esta vez, de la nada, pensé algo que jamás, jamás, imaginé que iba a querer, y menos aún que lo diría en voz alta.

—¿Te gustaría conocer a Jota?

Silencio. Reformulo la pregunta.

—O sea, quiero decir... ¿estarías dispuesto a conocerlo? Lo digo porque, además de a mí, pienso que tienen mucho en común. Como intereses y eso... No sé. Podría ser entretenido.

Terminé la frase y me arrepentí de inmediato de todo lo que acababa de decir.

Qué poco tacto. Qué desubicada. Qué desgracia la mía, esa manía arrebatada de siempre hablar sin pensar primero.

—Sí, creo que sí. Quizás no ahora... pero si esto perdura...creo que sí, lo conocería.

Aprendo de mí y solo digo: Mmm, that’s cool . Y cambio el tema. Le muestro la famosa canción mientras en mi cabeza proceso lo que acaba de pasar. ¿De verdad quiero juntarlos? ¿De verdad Pololo podría ser tan abierto? ¿Y qué diría Jota?

Estamos viendo una serie, así que llegamos al departamento directo a sentarnos en la alfombra y poner el capítulo siguiente.

Nos sentamos pegaditos con las piernas entrelazadas.

De pronto imagino ahí, al otro lado de mí, a Jota sentado.

Los tres, tomando un trago. Viendo una serie antes de dormir.

Recuerdo que Jota solo toma ron. Con Pololo jamás tomamos ron.

No nos gusta de manera particular, así que nunca lo hemos comprado.

Quizás ron (Jota) es lo que a nuestra barra (vida) perfecta le falta.

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Pololo me informa en la mañana que está triste y no sabe por qué. Tenía planes de pasar el día con su hermano y ya no tiene ganas de hacer nada. «Quizás me voy a enfermar.»

Dice que va a comprar cosas para hacer la comida de la semana y quedarse en la casa todo el día.

«No tengo ganas de nada», me repite. «No sé lo que me pasa.

» Vuelve de las compras con el mismo ánimo y le digo que se acueste, que descanse y yo por mientras haré aseo general.

Lavar la loza, aspirar la alfombra, guardar las compras.

Algo me dice que debo check on Jota. La intuición. «Estoy triste», me responde cuando le pregunto cómo está. No sabe bien qué le pasa. Está desganado. Tenía planes con un amigo y los va a cancelar.

Al guardar las cosas del supermercado descubro que Pololo compró cepillos de dientes nuevos y en el pack venían tres. Verde, azul y rosado.

Otra coincidencia: Pololo compró las mismas cervezas japonesas que tomé el día anterior en la casa de Jota, que tenía una caja de veinticuatro.

Pololo compró solo un six pack. En días grises como hoy deberíamos juntarlas todas y pasar la tristeza los tres.

Pololo le enseñaría a Jota a mezclarlas con Fanta, como yo le enseñé a Pololo cuando nos conocimos.

La canción de Radiohead que se titula «2+2 son 5» habla de los regímenes autoritarios.

De la manipulación y creer de manera ciega en lo que nos dicen las autoridades aunque no tengan lógica.

Dos más dos son cuatro, pero en el libro 1984 , George Orwell escribió que si la autoridad dice que son cinco, entonces serán cinco.

Para mí siempre se trató de otra cosa, y ahora lo compruebo. Pololo y yo somos dos, Jota y yo somos dos. Creo que si juntáramos nuestros pares crearíamos un nuevo monstruo. Uno de tres piernas, perfecto e indestructible.

Hoy creo que dos más dos sí podrían ser cinco.

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Los meses de noviembre y diciembre son, al menos en Australia, la época del año donde las bailarinas exóticas hacemos el grueso de nuestro annual income .

11 Es la denominada «silly season», llamada así por la capacidad que tiene todo el país de pretender que fin de año equivale al fin del mundo y DEBEN gastar todo su dinero y pasarlo increíblemente bien.

Sobre todo en diciembre. Todo se hace y todo se perdona.

Mi club en Melbourne se llenaba el doble que en abril, por ejemplo.

Pero mi club en Perth triplicaba su público en esas fechas.

Con una maleta de treinta kilos, porque no sé empacar ligero, partí a la casa de Gaby.

Me quedaría tres semanas y trabajaríamos juntas.

Una maratón de despertar tarde, ir a la playa, dormir siesta, bañarnos, arreglarnos, trabajar, dormir y repetir.

Llevaba casi dos semanas en esa rutina y la plata estaba súper.

Todo iba de acuerdo con el plan. Con Pololo hablábamos seguido, Jota me escribía todos los días.

Un día equis, ofreció ir de visita. Respondí que no era buena idea, había ido a trabajar.

Quería enfocarme. «Pagaré por esos días en que no estarás trabajando», respondió.

Llegó un lunes y se quedó hasta el jueves. Cubrió los shifts del martes y miércoles, que me perdí de trabajar por estar con él. Volvería a trabajar el jueves en la noche, hasta el domingo y me devolvería a Melbourne el lunes. Ese era el plan.

Jota eligió una casa cerca de la playa. Partimos bien. Seguimos mejor. Terminamos en una nota altísima. Lo paradójico de esta trágica historia es que todo salió tan bien que terminó mal. ¿Se entiende?

Es decir, nos reímos mucho, comimos rico, culiamos increíble (mejor que nunca) y paseamos de la mano por la ciudad cuando el calor lo permitía.

Fuimos hasta al cine. Como se acercaba mi cumpleaños me regaló una cámara digital y comencé a grabar pequeños videos de las cotidianidades de esos días.

Jota quebrando la parte dura de la crème brûlée con una cucharita.

Jota mirando el atardecer desde nuestro balcón.

Jota cocinando su famoso penne al vodka mientras sonaba mi música jazzera de fondo.

Todo bien. «Demasiado», debió pensar a juzgar por lo que pasó después.

Miércoles en la noche. Último día suyo en Perth.

—Ojalá pudiera quedarme.

—Quédate.

—¿En serio?

—Sí.

—¿Y el trabajo?

—No voy.

—¿Te lo cubro?

—No.

—¿No?

—No.

No podíamos quedarnos en el mismo lugar así es que decidimos movernos al centro de la ciudad.

Un hotel con una piscina en la terraza que usamos apenas llegamos.

Yo leyendo mientras bebía un limoncello spritz y él viendo sus videos de sardinas con una lata gigante de cerveza japonesa.

Había extendido su pasaje un día más y yo había cancelado trabajar el jueves en la noche.

Pasamos la tarde abrazados en la cama con el aire acondicionado a veintitrés grados.

Cuando tuvimos ganas de comer le dije que en vez de una cosa fancy, prefería mostrarle el restaurante que frecuentaba con mis amigas y donde vendían pastas baratas y ricas y el vino se servía en vaso, como le gustaba a mi abuelita.

Nos sentamos frente a frente. De pronto, de la nada, y en medio de la comida, Jota me dice lo siguiente.

—Mientras esté contigo nunca voy a conocer a nadie.

Lo miré. Había salido con un par de chicas, pero no llegaba con ninguna a ningún lado.

No por falla suya, sino todo lo contrario.

Eran de su edad y él estaba acostumbrado a mí.

Diez años mayor. Se aburría, me decía. Le tocó una que creía que podía ser abducida por los aliens en cualquier momento, esa fue la única graciosa y de manera no intencional.

—Quizás —continuó— no atraigo a nadie que me vaya a gustar de verdad porque mi autoestima...

—¿Qué le pasa a tu autoestima?

—Tal vez pienso que la única forma de tener a alguien que me guste de verdad es pagando. ¿No crees que eso le hace mal a mi autoestima? Debe ser, ¿verdad? Debe mandarle un mensaje a mi inconsciente de que solo así puedo estar con alguien. Que no soy suficiente.

—Eso no es verdad, lo sabes.

—Creo que no lo sé.

—Sabes que te seguiría viendo sin que me pagues, ¿cierto?

—No.