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Fiji es eso que imaginan: hermoso, paradisíaco, etcétera. No tengo ganas ni tiempo de describirlo. Me urge decir lo que pasó el tercer día de nuestra semana de vacaciones. Contra todo pronóstico y sin ninguna expectativa o presión en lo absoluto, Pololo y yo tuvimos sexo.
Había perdido la cuenta de cuánto tiempo llevábamos sin orgasmear juntos.
¿Qué pasó ese día que nos dio por culiar?
Nada en particular. Solo nos calentamos al mismo tiempo al darnos un piquito de buenas noches.
Sexo tierno y deseoso. Orgánico. No por cumplir sino por querer.
Dormí con una sonrisa pequeña y así mismo desperté.
Lista para creer en que todo lo que baja puede volver a subir.
Como si hubiera olido que todo en mi vida estaba bien, y desaprovechando una oportunidad única de escapar de nosotros, Jota decidió volver a aparecer.
Recuerdo lo que hacía cuando vi que me había escrito.
Estaba comiendo pescado en la playa. Uno que recién habíamos pescado como parte de las actividades del hotel en un bote en medio del mar.
Ahí nos dejaron para que Pololo y yo nadáramos de vuelta con el equipo de snorkel.
Me da miedo el ancho mar y más si yo estoy bajo la superficie, Pololo lo sabe y valora mi valentía.
Sabía que era porque ayer culiamos. Hay esperanza en nosotros, entonces hoy tenemos que hacer que nuestro día sea extrahermoso.
Para lograr eso estoy dispuesta a desregular mi cortisol.
Bajo el mar vemos todo tipo de flores y animales.
El mar es lo que debería estar arriba y no abajo, pienso.
Ahí uno debería habitar. En la belleza y el silencio.
Tomados de las manos vamos avanzando lento, escuchando solo el gggggggggggg de los millones de sonidos que vibran al mismo tiempo y se unen a nuestras respiraciones, moviendo las piernas como tijeras, como Pololo me dijo que se hacía cuando me enseñó a nadar de la manera correcta.
Me sorprendo relajada, disfrutando. No hay nada que me pueda matar en este océano y Pololo es un excelente nadador.
Nada puede salir mal. Estoy bajo el mar en Fiji viendo pececitos de colores con mi partner 4 lyfe .
Si tuviera que elegir un momento de mi vida para estar presente y disfrutar del ahora, tendría que ser este.
Me relajo.
Jota se fue solo, sin que lo echaran. Pololo y yo tuvimos holiday sex . Tengo comida fresca y ahumada esperando en la playa y un frasquito de Valium en la habitación.
De pronto veo los ojos de Pololo a través de la máscara abrirse y mirarme fijo.
Me hace un gesto para que lo mire y enseguida me dice con la mano extendida frente a mi cara que me detenga.
Alterna ese gesto con otro, el del pulgar para arriba.
Cuando me detengo me jala del brazo para que sigamos avanzando.
Entiendo que no me estaba pidiendo que me detuviera sino que me calmara.
«Tranquila, todo bien, tranquila, todo bien», dice con su mano mientras me mira fijo.
Asiento. Entonces y solo entonces estira el dedo índice apuntando algo a mi derecha.
No soy experta en animales del mar, y mi mascarilla está un poco empañada por la respiración, pero me parece que lo que veo nadando a mi lado es un tiburón.
Compruebo que sí es uno, cuando se lo pregunto con los ojos al abrirlos y Pololo asiente con una sonrisa.
Algo me posee en ese momento y es la misma sensación que tuve para mi cumpleaños número veintitrés, cuando con mi hermana y unas amigas tratamos de cruzar a una isla en medio de la noche en un bote chico que fundió su motor en la mitad del camino y demasiado tarde nos dimos cuenta de que no había remos.
Pasamos horas «al garete» y aunque teníamos cervezas y marihuana no se bebió ni un solo sorbo y ningún pito fue enrolado.
No había señal de teléfono, solo pánico.
Teníamos que esperar que la corriente nos empujara a alguna playa, a cualquiera, porque —menos mal— vivíamos en un archipiélago.
Pero para eso había que tener paciencia.
La espera podía ser muy larga. Algunas se pusieron a rezar.
Yo, contrario a lo que pensé toda mi vida ante una situación de este tipo, permanecí en la más absoluta calma.
No recé ni grité. Me dediqué a sacar agua del bote con un cántaro cuando veía que se acumulaba en el fondo. Hasta que llegamos a una orilla.
Siempre me he preguntado por qué ante esa emergencia mi mente permaneció en calma y, en cambio, cuando estoy a punto de salir a una fiesta muy divertida, donde veré a todos mis amigos, entro en un pánico inexplicable e infundado.
No sé si es la misma abnormality de esa vez, pero al ver el tiburón y pensar que estábamos bastante lejos de la orilla nadando, mi mente entró en un estado de calma.
Quizás fue la sonrisa de Pololo bajo el agua y su mano apretando fuerte la mía.
En cualquier caso, mi vida no pasó ante mis ojos sino que mis ojos pasaron delante de todo lo que estaba a mi alrededor y experimenté una felicidad que todavía siento si me concentro muy bien.
Oh, my fucking god !, dijimos al unísono apenas, jadeando, nos sacamos el snorkel y caminamos al revés con la dificultad que presentan las grandes aletas que se usan en los pies.
— It was a shark !
— It was a reef shark .
— It was a shark !
— It was a small one .
— It was a shark !
— Yes...it was a shark .
Bebimos un vino blanco mientras comíamos en la playa frente a la fogata. Habíamos vivido algo hermoso. Yo había mantenido la calma y había sabido apreciarlo. La vida era buena y tranquila.
«Demasiado», debió pensar Jota en ese mismo instante a cuatro mil ciento cincuenta kilómetros lejos de mí.
«La vida está demasiado tranquila, voy a traer el caos a mí otra vez», debió estimar cuando me escribió, a juzgar por lo que pasó después.
Sentada en la playa leí su mensaje. El primero que me enviaba desde que nos separamos en el uber, después del restaurante.
Decía así:
¿Podemos hablar?
r
No respondí hasta que volvimos a Melbourne. Después de pensarlo bastante decidí que sí quería volver a hablarle. No sé por qué. Quizás necesitaba una explicación, o quizás después de ese viaje, también necesitaba dinero. O tal vez tampoco me gusta la tranquilidad y quise traer de vuelta el caos.
Puedo hablar, pero primero deposita mil dólares en mi cuenta. Se llama compensación por daños emocionales. Si accedes, te puedo ver este martes. No sexo. Solo conversar.
En menos de cinco minutos me llegó la notificación del banco. You have been paid $1,000 in your account number 905xxxx .
—¿Qué pasó ese día? —le pregunté justo después del «hola, hola, ¿cómo estás?, bien» que corresponde cuando no has hablado con alguien por un tiempo. Estábamos sentados frente a frente en Grill Americano. Yo pedí un Martini y él una Coca-Cola. Eso quería decir que estaba manejando.
— Well, first of all , te quiero pedir disculpas
—...
—He pensado bastante en qué fue lo que pasó esa noche. Tengo varias teorías.
—...
—No había tenido días libres hacía mucho. Estaba súper estresado y cansado, después de esa noche no trabajé por unos días y me di cuenta de que tengo que tomar breaks. Siempre me decías eso, yo nunca te escuchaba porque me gusta trabajar, tú sabes.
—...
—Bueno, además estaba dejando el vape. Andaba irritable. Ahora me compré estos chicles de nicotina — continúa, mientras saca del bolsillo un paquete.
—...
—Y había bebido toda la tarde, estaba súper borracho. No debí escribirte.
—Sí debiste, pero al otro día, para disculparte.
—Pensé que no querías volver a saber de mí. Pensé que te iba a molestar si te escribía.
—A nadie le molesta una explicación. Y una disculpa siempre es bienvenida.
—No sabía qué decir.
—¿Qué pasó?
—No sé.
— Well ...
—Lo siento.
—Eras una persona completamente diferente.
—Lo sé. No entiendo. Me pongo así cuando...
—¿Cuando qué?, ¿qué pasó?
—No sé...
—Bueno, si no sabes qué pasó ni por qué, entonces no sabes si va a volver a pasar. No puedo confiar así.
—No va a volver a suceder.
—No puedo acostarme con una persona en quien no confío (mentira).
—Lo sé (sabe que es mentira).
Terminé mi Martini y nos separamos. Ofreció darme un lift a mi casa, pero dije que no, «prefiero caminar». Afuera de Grill Americano nos despedimos con un abrazo.
Lo vi desaparecer en la esquina. Con su caminar lento y su espalda ancha. Pensé en lo imposible que resulta a veces separar la racionalidad y el deseo.
r
Fue como una lluvia de verano. Un oasis en el desierto.
Una lágrima salada en una cara ardiente.
Pololo y yo regresamos de nuestro viaje y nuestro deseo por el otro volvió a esfumarse entre el cotidiano y la rutina.
Así, de vuelta al trabajo a tiempo completo (para los dos esta vez) y con Lana del Rey de fondo, pasó un mes.
Con la ausencia de Jota llegó la presencia de una chica francesa que Pololo conoció por medio de amigos.
Estaba casada, tenía treinta y cinco adecuados años, le gustaba cocinar quiche y Pololo.
Tenía un matrimonio abierto, incluso vivían en casas separadas.
Pololo y ella comenzaron a verse y por más que le pedí que me mostrara una foto suya, nunca accedió. Debía ser hermosa.
Cuando un día anunció que iba a llegar tarde esa noche porque acompañaría a la francesa a un tributo a Pink Floyd, supe que debía gustarle.
A Pololo le gustaban bandas como Ween y The Brian Jonestown Massacre.
Nada de rock clásico. Arrugaba la nariz cada vez que yo intentaba poner a los Beatles de fondo mientras cocinábamos.
Ahora, no solo iba a ver un tributo a una banda que no podía importarle menos, sino que lo hacía un día laboral, cuando llevaba todo el año diciendo que no podía hacer nada entre semana.
Se acostaba temprano porque debía funcionar perfecto en el trabajo, que es lo único que le daba propósito en el último tiempo.
Lo que sentí no fueron celos. Era algo distinto.
Estaba demasiado aware que los cimientos que se necesitan para dar seguridad en una relación de poliamor deben ser fuertes y los nuestros eran de cholguán.
Por primera vez sentí miedo de ser reemplazada.
Le dije, en broma pero bastante en serio: «Si te vas, me voy con ustedes».
No supe de Jota durante todo ese mes. Sabía que cuando se trataba de mí no tenía tanta fuerza de voluntad, así que supuse que después de la noche que nos juntamos para conversar y cada uno partió por su lado, para no tentarse, debió borrar mi número de teléfono.
Por mi parte, decidí tomar la oportunidad de dejarnos en paz.
Renunciamos en el momento exacto en que las cosas podían haber terminado mal o, al menos, tristes.
Algún día volvería a escribirle. Cuando pasen los años.
«Hola, soy Romina, ¿te acuerdas de mí?» Imaginaba que Jota estaría casado.
Con tres hijos en tres años, porque me parecía que era de esos hombres que o todo o nada.
Un jueves en la noche, camino al trabajo, me sorprendí con un mensaje:
¿Trabajas hoy? ¿Está mal si te voy a ver al club?
Pasaron varias cosas por mi cabeza.
1. Jamás borró mi teléfono. Cuando se trataba de
mí, Jota tenía más fuerza de voluntad de la que
yo pensaba. 2. Ambiente del club, un terreno neutral para
conversar sin emocionalidades. 3. Eso de que sabíamos estar juntos. Asunto en el
que no había parado de pensar.
Sin pensarlo demasiado, le respondí que fuera.
El club estaba lleno, como nunca. Había un evento deportivo ese fin de semana, así que la gente había viajado desde todos los rincones del país.
Cuando llegué, a las ocho cincuenta, ya había muchas chicas en bailes privados.
Estaba, como decimos con la Gaby, «llegar y llevar».
Yo llegué, pero no llevé a nadie. Fui al camarín, me puse un traje ajustado y me senté en la primera mesa que daba a la entrada, a esperar.
No tengo alma de tóxica porque físicamente no puedo.
Mi ansiedad no me permite romantizar situaciones que me hacen daño.
El cuerpo me avisa de inmediato si tengo que arrancar de algo que me da mala espina o no me hace bien.
Dolor de cabeza o de estómago, palpitaciones, falta de aire, temblor de labios o de ojos.
Cuando vi a Jota subir por las escaleras no sentí nada más que unas ganas enormes de lanzarme a sus brazos.
Tenía puesta ropa que yo no conocía. Me saludó como si fuéramos desconocidos y me preguntó si estaba libre para un baile.
Le dije que sí. Bajamos las escaleras en silencio, él detrás de mí.
Cuando llegamos donde la persona que cobra y le preguntó cuánto tiempo íbamos a estar, respondió: «tres horas».
— We can do it properly this time . Estrictamente negocios, como cuando empezamos. Quiero conocer a alguien, quiero tener una polola. Quiero que me ayudes con eso. Aconsejarme, asesorarme, etcétera. Y... que sigamos teniendo sexo. No voy a volver a ser raro, lo prometo.
Así pasamos la primera hora del booking .
Jota tratando de convencerme de algo a lo que mi corazón ya había accedido desde que le dije que fuera al club.
Hacía como que lo consideraba, por placer.
Me gustó eso de que quisiera conocer a alguien y yo pudiera ayudarlo.
Podía ser una especie de mentora. Le vetaría las desreguladas y las desordenadas y lo dejaría con una persona que lo pudiera hacer reír y que tuviera caderas anchas para los tres hijos que le vislumbraba.
Estábamos en eso cuando recordé a Teodora Inostroza y su libro Faramalla .
En él, una trabajadora sexual de servicio completo ejerciendo en Chile confecciona un contrato de prestación de servicios sexuales.
Recordaba que era un contrato formal, firmado por ella y la persona quien, en este caso, iba a ser un sumiso.
«Yo (nombre del cliente) me comprometo a pagar a (nombre de fantasía de Teodora) una suma de ______ por equis cantidad de tiempo, por servicios prestados de índole sexual. Fecha, hora, firma de ambos, duración del contrato.»
Usando mis notas del teléfono, ideé uno que nos convenía a ambos. Jota tendría una rebaja, pero se comprometía a verme semanalmente, lo que me daba un ingreso asegurado; y yo volvía a ser su juguete, lo que me daba un inmenso placer de solo tipearlo.
A él le pareció excelente. A mí me pareció justo.
Se lo envié y me lo devolvió firmado con Paint en ese mismo instante, puso sus iniciales y todo.
Nos dimos la mano y el resto de las horas me las pasé desnuda, bailando en su regazo mientras él me observaba con esos ojos de que todo podía arder a mi alrededor y que mientras las llamas no me alcanzaran, no se daría cuenta. Esos ojos que yo tanto había extrañado.