Mi año de sexo y relajación 20
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Al principio tenía un Pololo, casi al final tenía dos, pero hubo dos días en septiembre en que no tuve ninguno.

Septiembre.

Oscar Wilde se ha convertido en mi gay favorito.

Leo por primera vez El retrato de Dorian Grey y siento igual que sentí con Emily Brontë: cómo llegué tan lejos en la vida sin esta gente.

A diferencia de Emily, que no me daría bola, creo que Oscar y yo seríamos muy amigos.

Me baso en que pienso que la voz de Lord Henry Wotton es, en definitiva, el mismo Oscar hablando si hubiera nacido en la high society .

Sly , manipulador, inteligente. Deja la zorra por aburrido y aristócrata y se lava las manos.

No hay conciencia, porque cuando tienes tanto dinero, la conciencia estorba.

Escupo de risa el cosmopolitan que estoy bebiendo al costado de la piscina en una de las islas de Fiji, al leer el mejor insulto de la literatura.

Pololo está a mi lado, leyendo El graduado y bebiendo una cerveza local. Una fiji bitter.

—¿Qué pasó?

—Uno de los personajes del libro, lord Henry (Oscar), está pelando a una vieja insoportable y la describe así —tomo el libro y leo—: «She is a peacock in everything, but beauty». 10

—Clever —me comenta siguiendo con su lectura sin tanta impresión.

—¿Clever? Genial —digo volviendo a mi libro.

Estamos en Fiji pero deberíamos estar en Japón.

No estamos en Japón porque cuando compré los pasajes olvidé poner mi segundo apellido.

Olvidé poner mi segundo apellido porque los compré arrebatada.

Hace tres días llegamos al aeropuerto y al hacer el check in en Japan Airlines me lo hicieron saber, al dejarnos abajo del avión y despegar sin nosotros.

Pololo no se enoja como debía enojarse por mi descuido, porque hace una semana atrás terminó conmigo mientras hacía su rutina de skincare en el baño y yo veía la serie Yellowjackets sentada en la cama.

—Estoy deprimido, Romina.

—¿Es por nosotros?

—Puede ser. No sé. Creo que sí.

—¿Quieres terminar?

—Puede ser. No sé. Creo que sí.

Así nomás. Dije «ok», mientras Christina Ricci lo daba todo actuando en la pantalla de mi laptop.

Abrí el cajón de mi velador y tomé una pastilla para dormir.

Cabeceé mirando el show hasta cerrar los ojos.

En la mañana me desperté y bajé al living.

Debajo de la escalera estaban las maletas vacías.

Cuando Pololo despertó yo estaba empacando mis cosas valiosas.

Mi cocktail shaker , los negativos de las fotos que he tomado en el club, los libros que me costaron caro o que vienen dedicados.

—¿Qué haces?

—Corro una maratón. ¿Qué te parece que hago?

— Wait, calm down . Hablemos.

—Ahora no, en la tarde. Ahora tengo que salir.

—Tengo esa comida del trabajo en la noche.

—Entonces mañana. Hablemos mañana. ¿Ok?

Salí de la casa sin decir nada más. Si estaba dispuesto a perderme bien podía empezar a comprender cómo era no tenerme.

Antes de tomar la pastilla, buscando consuelo, le escribí a Jota:

Me parece que me acaban de terminar.

Su respuesta no llegó hasta la tarde del día siguiente:

Ouch. Hope u are ok .

Los dos hombres de mi vida andaban indolentes. «Quizás doy la impresión de que se me puede tratar así», le expongo a mi amigo Sergio mientras almorzamos. Nada mejor que un gay en momentos en que necesitas odiar a los hombres.

—Dime, ¿doy esa impresión? Que Pololo me diga que parece que ya no quiere estar conmigo mientras se pone su sérum nocturno (que yo le regalé), siguiendo los pasos que yo le escribí en el espejo para que haga su rutina de manera correcta; y que Jota no se moleste en responder hasta el día siguiente, con algo que parece un monosílabo.

Que no ofrezca verme y saber si estoy entera.

¿En una pieza? Ya son las cuatro de la tarde.

—Así son.

«Así somos», pienso. Así he sido yo también. Solo queda comprar ropa y hacerme un facial. Mañana será otro día.

Compro un top que no me hace sentir mejor. Camino por las calles del centro de Melbourne y entro por fin al spa que siempre veo y me tienta. Me ofrecen hacerme un microneedling en vez de un facial, que está en promoción. No usamos anestesia, eso sí.

Duele un poco.

Perfecto.

Justo lo que necesito. Cuando te duele una parte del cuerpo tienes que hacer que te duela otra para repartir el sufrimiento.

Mientras estoy acostada en la camilla, sometiéndome a un dolor que se parece al de un tatuaje, pienso en mis próximos pasos.

Sospecho que Pololo no ha pensado bien su improvisado término.

No creo que en realidad lo haga. Pero ¿no debería aprovechar este momento y cambiar mi vida?

No estoy deprimida, pero tampoco soy feliz.

Las agujas me duelen como me dolería si en la conversación de mañana Pololo todavía quisiera separarse.

Cuando me levanto de la cama después de la sesión de self inflicted torture tengo por fin un mensaje de Jota.

Voy a estar cerca de tu casa hoy. Voy a ver un rapero. ¿Quieres comer algo antes?

Voy al baño para comprobar si estoy en condiciones de ver a alguien hoy. No lo estoy. Parece que me hubieran quemado con un soplete en toda la cara, menos en los ojos.

Me hice un tratamiento. No puedo.

Show me .

Le envío una foto desde la calle.

No es tan terrible. Te paso a buscar a las ocho. Vamos al italiano cerca de tu casa.

Cuando llego a mi casa y veo que sí es bastante terrible, pienso en que Jota me quiere ver porque me quiere hacer sentir mejor y está dispuesto a salir en público conmigo viéndome así, sabiendo que no puede ni siquiera besarme.

Me pregunto si en realidad tiene un concierto o solo quiere sacarme a comer porque quiere hacerme sentir mejor.

Le perdono los monosílabos. Me pongo una camisa de seda verde musgo y me hago una cola.

Me miro al espejo. Me veo asquerosa. Me pasa a buscar en un uber y no en su BMW porque ha estado bebiendo.

— You look terryfinggggg!! ! —menciona apenas me subo al auto.

— Shut up, I told you !

—No nos van a dejar comer en el restaurante, vas a asustar a los comensales.

Llegamos. Me pongo una capa invisible de personalidad y pretendo que no me importan las risitas y las miradas, ni la cara del mesero al ofrecer un appetizer .

Cuando nos sentamos me doy cuenta de que Jota está ebrio.

— So ... ¿cómo estás?

—Estoy.

—Te ves flaca.

—Gracias.

—Muy flaca.

—¡Gracias!

—...

—Oh, ¿es una crítica?

—Me compré un teléfono nuevo y no lo entiendo. ¿El ticket para el concierto está acá se supone? En «wallet», pero no sé dónde «wallet» está.

—¿Es tu primer iPhone? —le pregunto tomando su teléfono para mostrarle cómo se accede a «wallet», pero me lo quita de manera brusca.

—¡Hey!, es privado.

—No quería ver nada, te iba a ayudar...

—No tengo mucha hambre, ¿tú?

—Sí.

—¿Quieres compartir una pasta?

—Ok.

Pedimos el plato ese, en Amiconi, donde puedes combinar tres pastas a tu elección.

Yo elegí una, Jota las otras dos. Para cuando llega la comida me ha dirigido solo monosílabos y comentarios pasivo-agresivos.

Comemos en silencio y se preocupa de comer del lado del plato que yo debería comer, porque es la pasta que yo elegí.

Las otras tienen sundried tomato y él sabe que no soy fan del sundried tomato . Lo tomo como una declaración de guerra.

—¿Qué te pasa? ¿Estás bien?

—¿A mí? Nada.

—Estás raro.

—¿Sí?

—Sí. Como pesado, o ausente, no sé.

—¿Ausente? —se ríe—, suenas como mi exnovia.

En ese momento me paré y fui al baño. Cuando me vi en el espejo, mi rostro me sorprendió. Con toda la incomodidad había olvidado mi situación estética. Toda mi cara estaba en carne viva. Ahí me dio rabia. Yo había salido de la casa así por él. ¿Y para qué?

Cuando regresé a la mesa tenía la vista en el teléfono, como casi toda la noche, con la excusa de intentar entenderlo. Me senté y no levantó los ojos de la pantalla, tenía una leve sonrisa en el rostro.

—¿Por qué te estás comportando así? No pareces tú, ¿te pasó algo?

* Eye roll *

— What? You are rolling your eyes ?

En ese momento hizo algo que jamás esperé de Jota. Jamás lo había visto actuar así frente a nadie. O con nadie, menos conmigo. Conchasumadre, no puedo ni escribirlo.

Ok. Aquí voy.

Sin levantar la vista de su teléfono, me remedó.

Cuando llegué a mi casa me di cuenta de que ni siquiera me había preguntado por mi ruptura con Pololo.

Me pregunté si estaba actuando así por esa razón.

Como ahora podía estar con él, quizás quería dejarme en claro que él no estaba disponible como reemplazo.

Subí el ascensor a punto de llorar y me contuve.

Todavía no podía derramar una lágrima, tenía que esperar a estar en mi casa.

Después de que me remedara, lo miré y le dije: «Me voy». Salí del restaurante y tomé el teléfono para pedir un uber. Abrí la aplicación y la cerré sin pedirlo. Entré de vuelta al local.

—No pienso gastar de mi bolsillo. Pídeme el auto tú.

Pagó la cuenta y esperamos, a cuatro metros de distancia entre nosotros y en silencio, los cinco minutos que se demoró. Cuando me subí, se subió. Lo miré inquisidora y me dijo: «Puse dos paradas. Te paso a dejar en mi camino al concierto».

Esperé en vano que dijera algo que explicara su comportamiento de esa noche.

Cuando ya íbamos llegando a mi casa, volteé la cabeza hacia la ventana lo más que pude para dejar escapar la lágrima que hacía demasiado rato quería salir.

Cuando por fin brotó, se sintió como un ácido en mi piel expuesta.

Literal, fue sal en la herida. Cuando llegamos a mi esquina le dije sin mirarlo: «Thanks for dinner», y cerré la puerta despacio, porque si bien quería que lo último que escuchara de mí (juré no

volver a verlo) fuera el sonido de un portazo, qué culpa tenía el señor que nos llevó en su vehículo.

Cuando abrí la puerta de mi departamento, Pololo aún no había vuelto de su comida. Subí las escaleras y me tendí boca abajo en la cama con la cabeza fuera. Las lágrimas cayeron directas desde mis ojos a la alfombra, sin tocar la piel.

It ain’t over till is over .

—No estoy listo. No puedo —me dice mientras me abraza.

La noche anterior dormí como una momia boca arriba para no pasar a llevar mi cara ardiente. No lo sentí llegar. Ya me había quedado dormida cuando regresó. Cuando estamos enojados dormimos juntos pero sin tocarnos. Eso pasa porque no tenemos otra habitación, y ninguno quiere dormir en el sillón.

Esta vez no estábamos enojados sino que habíamos terminado, que es peor.

Desperté con un brazo rodeándome el cuerpo, y su cabeza resting on my chest .

Respiré aliviada. I’m not ready, I can’t , repite Pololo.

Respiré hondo porque yo tampoco estaba lista para dejarnos.

Lo rodeé con mis dos brazos y lo apreté contra mí.

Ese gesto quiere decir que lo entiendo. Que no necesita explicar.

No estábamos listos para separarnos. En vez de casarnos o decidir tener una guagua, compramos pasajes a Japón.