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El libro que estaba escribiendo gracias a mi (J)oven benefactor llega a un punto de estancamiento que no sé cómo atravesar.
Por más que lo intento, no puedo avanzar en el relato.
No es un acontecimiento nuevo. Con Carmen me pasó lo mismo en el mismo punto del proceso de escritura; es cuando me doy cuenta de que lo que había imaginado en un principio cambia a medida que el libro va tomando forma.
En Carmen la idea original era hablar sobre mi vida como stripper.
Qué significaba para mí, la gente que conocía, las cosas que veía y eso.
Abrir la ventana (o la mirilla, como Severine en la película Belle de Jour ) a un mundo oculto y que a mis ojos era tan interesante como urgente de mostrar.
Pronto me di cuenta de que no podía hablar de anécdotas del club sin contar un poco acerca del personaje principal que las vivía: yo.
Después me di cuenta de que no podía hablar de mí sin hablar de mi circunstancia: estar casada.
Luego había que entender qué me había llevado a casarme tan rápido y a tratar de formar una familia en el lugar más lejos de mi casa que pude encontrar.
Entonces, no había manera de hablar de eso sin hablar de mi familia, y no podía hablar de valentía sin admitir mis ansiedades.
Crisis. Demasiada información, no solo para un eventual público, también para mí. Hay cosas que solo entendí al ponerlas en papel.
Mi segundo libro pretende tratar de mi infancia en Calbuco.
De nuevo, anécdotas, esta vez desde la perspectiva de la niña que fui.
Pero pronto se transforma, tal como Carmen , en algo más profundo.
Para describir la luz de mi infancia debía admitir que también existió la oscuridad.
Esa oscuridad me obliga a hurgar en mis miedos.
Significa que tengo que hablar de mí. Pero para hablar de mí tengo que hablar de mi madre.
Debo tratar de descifrar su imagen y para entenderla a ella tengo que entender también a su madre, mi abuela.
Crisis. De nuevo demasiada información, y esta vez ni siquiera mía.
De pronto mi proyecto se vuelve tan difícil de abordar que me desequilibra y debo volver al psicólogo para entender si acaso estoy haciendo bien al hacer algo que me hace sentir tan mal.
Mientras me hago a la tarea de dilucidar eso con la ayuda de Mariela, mi psicóloga, intento de forma paralela con otros métodos.
«Cuando te estanques al escribir, lee clásicos», me dijo una vez Camila Gutiérrez.
El clásico que elijo es Cumbres borrascosas .
Como he estado llorando durante toda la mañana y Jota lo sabe, me dice que vaya a una librería y que elija la copia más linda, que me la regala.
Elijo una celeste estilo rococó. La edición es de Penguin Classics y viene además con una biografía de Emily Brontë, su autora.
Según lo que leo en las primeras páginas, Emily no tuvo amores que se le conocieran y murió de tuberculosis a la edad de treinta años en el sillón de su casa.
A medida que avanzo en el libro me cuesta entender cómo es que alguien que no conoció en carne propia el tormento de amar puede describir esa angustia tan bien.
Me parece que yo solo sé hablar de las cosas que conozco.
Se sabe poco de Emily. Entre las migajas que se han recolectado, la más llamativa es su soledad y su obsesión por el páramo.
Se me ocurre que esa pasión silenciosa y su caminar melancólico por esos parajes grises es la que la inspira a imaginar una historia de amor tan triste.
Nada esperanzador podía salir de ahí, pienso.
Nada es eterno, solo las cumbres. Testigos de tanto grito ahogado que el viento camufla.
Si tuviera que trasladar los páramos de Emily a Calbuco, tendría que evocar al mar, «la mar», cuya imagen no me transmite calma ni inmensidad sino un profundo sentimiento de ahogo.
Tal vez por eso siempre ando dando mi corazón con tanta facilidad, a ver si alguien más me saca del naufragio.
Todavía no me siento capaz de nadar y aventurarme sola.
Hacer el ejercicio de reconstituir la memoria me cuesta tanto, porque significa volver a sentir la angustia de la prisión de agua salada que significó crecer en una isla.
Pienso que después de este libro debería intentar escribir uno de fantasía.