Mi año de sexo y relajación 18
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Presiento dos cosas: o quiere dejar de pagarme o en este tiempo que he estado fuera de la ciudad ha conocido a alguien.

Nos vemos en el hotel como en los primeros días (volver a los inicios es signo del final).

No hablamos de aquello que tiene que decirme porque de inmediato después de saludarnos de beso en la cara nos ponemos a culiar.

Estaba acostada, él arriba de mí. Producto del movimiento terminé con la mitad superior del cuerpo afuera de la cama, colgando.

La pérdida de voluntad fue absoluta. Estaba entregada a mi parte inferior, así que seguimos sin que me importara (o en realidad sintiera) la incomodidad por no sé cuánto rato, pero debió ser tan largo como para que a él le quedara impreso en aquel lugar donde una imagen deja una huella permanente.

Le voló la cabeza. No paró de repetirlo cuando después de terminar nos bañamos y fuimos a cenar.

En el restaurante, por primera vez nos sentamos uno al lado del otro, como hace la gente que no puede dejar de tocarse ni para comer.

Tuve ganas de tomarle la mano, jugar con su oreja y darle un beso tierno todo el appetizer , pero me aguanté.

Cuando llegó el plato principal había ahogado ese impulso remplazándolo por otro más coherente con nuestro acuerdo.

Cuando se trataba de sexo, con Jota hacíamos más que teorizar, pero después de ese momento de pérdida de control y su entusiasmo al respecto, me aventuré a preguntarle cuáles eran sus fantasías.

No me dijo nada curioso ni memorable, porque Jota es un hombre de acciones y palabras fortuitas.

Supongo, a partir de la conversación posterior, que me dijo algo como «darte placer», lo que derivó en preguntar cómo podría darme (aún) más.

Le confesé algo que había pensado desde que dejó la cabaña donde vivía y se cambió a un departamento solo y pude ver cómo era en realidad que habitaba sus espacios.

Le dije que tenía ganas de que me llevara a su casa, que solía estar siempre desordenada, y ser un objeto más que había dejado tirado en esa alfombra sucia.

—Quiero ser un objeto. Hazme sentir como un objeto que tiraste de manera descuidada en el piso después de trabajar.

Quiero que me tires en el piso sucio de tu habitación boca abajo y que hagas lo que quieras conmigo.

Que no me permitas emitir sonido más que para suspirar.

Que te demores lo que te gusta demorarte, que normalmente me ofusca, pero esta vez no, porque tu deseo es más importante que el mío y ese deseo y solo tu voluntad me hacen persona.

Una que solo existe si tú lo decides. Quiero que pares justo antes de acabar y vuelvas a meterla hasta que estés a punto y te detengas de nuevo, muchas veces, porque el control sobre mí también se expande a ti.

Demuéstrame que eres digno de mi sumisión.

Al final, quiero que cuando te hayas cansado de jugar conmigo, termines en mi boca y me observes no escupir.

Cuando le pregunté qué era lo que quería decirme, me respondió: «Nada importante».

Volvimos al hotel y, en vez de ponerme en el piso, que estaba demasiado limpio para sentirme un objeto descuidado, me puso en la cama y me dijo que pusiera las manos contra la pared.

Yo de rodillas, él por detrás, hincado. Me la metió muy despacio como siempre que empieza, mientras me rozó los pezones con las yemas de sus dedos ásperos ensalivados.

Cuando empezó a agarrar ritmo, me tomó del pelo y la cadera para controlar sus movimientos y comunicarme sin decirlo cómo quería que yo estuviera.

Cuando entendí mi posición, me puso la mano en la cara y dos de sus dedos jugaron con mi lengua.

Sentí la saliva correr por mi mentón y no me la limpié porque Jota puso mis dos manos en el gran respaldo de la cama y comprendí que ahí debían quedarse.

De pronto, me dijo con esa voz profunda y débil que le salía cuando se volvía el hombre que me consumía, que me estaba culiando como culean los perros.

Que si eso me parecía suficiente hasta que lográsemos la fantasía real.

Me preguntó si me gustaba, y utilizó el tono de quien es dueño de un animal obediente.

A su pregunta no pude responder, porque las perras no hablan, solo gimen.