Mi año de sexo y relajación 17
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Jamás voy a encontrar

un hombre que se le iguale .

Yo

Pololo. A los tres meses del primer beso que nos dimos yo ya tenía tatuado su nombre (mi primer y único tatuaje).

Es que, desde el primer momento, sentí que sería amor.

El amor bueno que yo merecía, después de puros fracasos y a la adecuada edad de treinta años.

Ese amor que dicen te ayudará a crecer, con ternura o a la mala.

¿Conocen ese dicho: «pan para hoy, hambre para mañana»?

Yo siempre he sido de comerme todo el pan hoy, porque ahora tengo hambre, mañana veré que hago.

No me importa sufrir, si al menos, por un momento, seré muy feliz.

En Pololo había encontrado alguien con quien quedarme quieta.

Nos queríamos. «Todo el resto de los hombres pueden desaparecer», pensé una mañana al verlo dormir con mi polera, abrazado a mi hombro.

No recordaba haber sentido de esta manera, así que me quedé tranquila.

«No hay forma de que esto muera», en ese momento supuse que, si uno quería algo con tanto fervor, como yo nos quería a nosotros, nada podría fallar.

Me cuesta un montón escribir esto. Me cuesta escribirlo porque terminamos.

Porque ya no somos. O sea, somos. Yo soy, él es, pero no juntos.

La idea era seguir esta historia en el mismo orden en el que acontecieron los hechos.

Es decir: al principio tenía un Pololo, en algún momento tuve dos, en la mitad hubo (dos) días que no tuve ninguno, y al final me quedé sola.

Pero creo que este es uno de esos casos en donde la historia se puede spoilear.

Si estoy sufriendo hoy, quiero que sufran conmigo.

Si tengo que hablar de cuando fuimos felices, sepan que lo hago estando triste.

Partimos casual, pero no por mucho rato.

Partimos casual hasta que él me preguntó si quería ver el primer capítulo de la última temporada de una serie que nos gustaba a ambos, y yo le respondí, hincada en mi cama, haciéndole un nudo a la almohada que tenía en las rodillas, que solo vería ese primer capítulo con él, si veíamos todo el resto de la temporada juntos. Cada capítulo. Hasta el final.

—Bueno.

Eso, en Australia, es comprometerse.

También nos demoramos poco en decidir irnos a vivir juntos.

Era un departamento en la playa. A una cuadra del mar, en la misma calle que el hombre más millonario de Western Australia (al que vi una sola vez), que vivía en dos mansiones, una al lado de la otra, mientras nosotros vivíamos en un block de una habitación, sin aire acondicionado, en los cuarenta grados a la sombra del verano de Perth.

Sí que éramos felices. Nos gustaba cocinar, nadar, leer el mismo libro, dormir abrazados, decir que vamos a tomar menos y seguir tomando igual, porque borrachos éramos los mismos pero un poquito más felices.

Nunca peleábamos. Aprendimos a querer las películas de terror una mala noche de sueño a la vez, hasta que dejamos de tener que dormir con la luz prendida después de una.

Nos hicimos valientes juntos, yo para publicar mi libro, él para volver a la universidad y terminar sus estudios pausados durante tres años.

Él pretendía que le gustaba el reggaetón por mí, yo pretendía que me gustaba acampar.

Él trabajaba preparando cócteles en un barcito romántico.

Yo trabajaba de stripper en el mejor club de la ciudad.

Antes de mis shifts 6 pasaba por Mrs. Brown, así se llamaba el bar.

Pololo me preparaba un Martini sucio mientras yo terminaba mi maquillaje en la barra, conversando con él de cualquier cosa que se nos había olvidado conversar durante el día y la noche anterior.

Solo queríamos estar juntos. Solo queríamos nunca tener hijos, nunca adoptar un perro, nunca comprar una casa.

«No quiero terminar como nadie que conozco.» Eso me dijo un día. Yo menos quería. Sabíamos ser y hacernos felices. Yo lo hacía reír, él nunca me hacía llorar. Por un tiempo muy largo eso nos fue suficiente.

(A veces me gustaría volver a conocerlo. Volver a enamorarnos. Tal vez no terminaríamos. Ya estoy más equilibrada, ¿sabes? Ahora soy mejor.)

No pasaron muchas semanas después del retorno a Melbourne cuando debimos regresar a Perth, esta vez juntos.

Se casaba Gaby. Ese fue el momento en que me di cuenta de que, quizás, yo también me estaba desencantando.

En la ceremonia mi amiga leyó sus votos.

Yo recordé los míos, olvidados en una nota de teléfono.

Hace un año habíamos ido juntos a Bali y mientras veíamos el atardecer, tomando cervezas de un dólar, medio pensé en que quería casarme con Pololo.

No por la ceremonia ni por los regalos o el vestido. Quería envejecer con él.

Los votos que nunca logré decir en voz alta dicen así:

I knew we were meant to be together. It took u a few months longer than me to see it, but when u knew you knew and as strongly as I did. If there’s a multi universe I don’t wanna know it. I’m here and I’m happy, baby. I love every bit of u . 7

Los escribí en ese momento de extrema felicidad, cuando el atardecer le daba en los ojos verdes y pensé que podría gritar de tanto que me gustaba. Cuando sospechaba que en cualquier momento me pediría casarme con él y yo le diría que sí con todo el cuerpo.

Mientras Gaby recitaba sus votos yo pensaba en los míos, y por primera vez me di cuenta de que no quería que me preguntara si quería casarme con él, porque por primera vez me pareció que tal vez terminaría diciendo que no.

Mi superpoder es saber cuándo es tiempo de abandonar una fiesta.