Mi año de sexo y relajación 16
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Mis películas de amor favoritas son aquellas que no terminan en un final feliz.

Son las que me parecen más reales. El amor es un asunto demasiado frágil; solo se puede ser feliz viviendo en el engaño de su eternidad o asumiendo su caducidad desde el principio.

¿Jota era feliz? No lo sé. Lo que sí intuía era que estaba enamorado.

Pero feliz y enamorado no necesariamente van de la mano.

Ahora estaba viajando de vuelta a Melbourne con Jota, directo a los brazos de él, mi familia. Ese era el asunto. Con Pololo lo complicado no era irme y dejarlo; el problema era volver y que no estuviera.

El comienzo del segundo semestre me obligaba a hacer una síntesis del primero.

Conocí a Jota en un momento en que Pololo y yo dábamos manotazos de ahogado para seguir juntos.

Jota llegó no solo a mi vida, sino que a la nuestra, y se instaló en medio de los dos como una madre que acerca a sus dos gemelos hacia sí.

Quiere que nos llevemos bien y que todo esté en calma, y lo logra.

Ya no me quejo con Pololo por nuestra falta de sexo.

Ya no busco cometer errores para ver si él hace lo que yo no sería capaz de hacer: terminar.

Ya no abuso de la oreja de Pololo, porque para Jota escucharme angustiada acerca del futuro es una novedad, y hasta me da la impresión de que le gusta.

Le gusta verme triste porque le gusta que me acurruque en sus brazos para escuchar sus soluciones.

Presiento que se siente importante, necesario.

Trascendental en mi vida. Me pregunto si su mamá también es atadosa.

La mamá de Pololo lo era. En la juventud cocinó su cerebro con LSD y vivió una vida nómada con una hija chica hasta que conoció al papá de Pololo, quien la salvó al darle dos hijos y la metió en su iglesia evangélica para enrielarla.

Cuando la conocí, nos llevamos bien de inmediato.

Con Pololo llevábamos unos meses saliendo y decidió presentarme a su madre, que venía de visita a la ciudad.

Fuimos a un restaurante marroquí, por sugerencia de ella.

Pedimos lo mismo. Hasta la bebida. Nos divirtió.

Comparamos dietas: similares. Las dos nos desubicamos la misma cantidad de veces durante el almuerzo.

Pololo comenzó a poner la misma cara que debí poner cuando me di cuenta de que mi papá pronunciaba la letra «s» igual que toda la gente que me atraía sexualmente.

Desde ese día comenzaron las comparaciones. Un día íbamos al supermercado, salí rápido y al bajarme me di cuenta de que me había olvidado de ponerme calzón.

«Es algo que mi mamá haría.»

Si decía algo fuera de lugar, en vez de decirme que estaba en desacuerdo, que le molestaba o divertía, solo expresaba: «Es algo que mi mamá diría», sin aclararme si eso estaba bien o mal.

El comienzo del fin fue cuando, en 2020, en medio de la escritura de mi libro Carmen , hice algo que su mamá hizo mucho durante su infancia, y si pudiera apuntar al momento exacto en que en vez de seguir en línea ascendente empezamos a ir en línea recta —y por momentos a caer— sería este:

Me deprimí.

Año 2020.

Justo antes de cambiar de piel, las serpientes se vuelven frágiles.

Los ojos se les ponen opacos. Se forma una capa líquida entre la piel vieja y la nueva, lo que les hace ver mal.

Se vuelven irritables y temerosas. Están a punto de quedar expuestas.

A mí me estaba pasando algo similar. Estaba escribiendo un libro que me iba a obligar a rajar mi piel con las uñas acrílicas y convertirme en la persona que, bien en el fondo, siempre supe que debía ser.

Pero dejar mi antiguo ser no fue nada fácil.

Estaba acostumbrada a tener un gran secreto.

Estaba acostumbrada a no intentar nada, porque, por sobre todo, no estaba acostumbrada a fallar.

Hacerme trampas para sabotearme cada vez que intentaba hacer algo que implicaba ser vista era mi patrón.

Si no intentaba nada, entonces no fallaba en realidad.

Ese limbo era mi verdadero lugar seguro.

Entonces, cuando llegó la hora de, al fin, hacer algo y mostrarme, mi piel vieja se resistió con todas las armas que pudo usar en mi contra, incluyendo la más poderosa: mi mente.

«No puedo hacer esto.»

Me repetí esa frase hasta que «esto» se expandió a todo lo que implicaba un mínimo esfuerzo. Un día, simplemente no pude hacer nada. Ni siquiera salir de la casa.

¿Cómo se siente la agorafobia? Se siente en el cuerpo.

Cada paso fuera de tus cuatro paredes se siente como un terremoto interno.

El corazón, la garganta, el pecho. Las piernas, las manos.

Los dos ojos. El estómago. Todo le grita a tu alma que se devuelva a su casa, que ahí afuera no es seguro.

Recuerdo lograr salir con Gaby un día y caminar por alrededor del río.

La caminata de ida no la recuerdo. La de vuelta sí, porque fue cuando me dije que no valía la pena vivir así.

Que mi cerebro, cansado, por fin había cedido y se había roto para siempre.

Era hora de utilizar el comodín de retirada.

Tenía que aclararle a Pololo que no era nada personal, que necesitaba avisarle que podía ser que me suicidara si las cosas no mejoraban.

Sin tanto escándalo, porque el suicidio nunca no fue una opción.

A mí nadie me consultó si yo quería vivir.

Me parece lógico que, como seres humanos, tengamos derecho a rendirnos.

Lo intenté, me decía. De verdad que lo intenté.

Esa noche, sentados en el sillón rojo después de comer, le dije, muy calmada:

—No voy a vivir más así. Me estoy desesperando.

Al corregirme a mí misma y decir que «no me estoy desesperando, sino que estoy desesperada», rompí en un llanto eterno que pareció abrir pequeños orificios en la armadura que me había construido y, a la fuerza e impulsados por las lágrimas, salieron los reales miedos.

Ser vista. Ser leída. Ser escuchada. Ser juzgada.

En fin, ser yo y descubrir que ser yo no es suficiente.

La psiquiatra que comencé a ver a la semana siguiente me salvó la vida. Ella y Pololo comenzaron un trabajo en conjunto para lograr sacarme del vacío existencial. Ella me medicaba y me tranquilizaba. «No tienes esquizofrenia, no estás loca. No ERES agorafóbica, ESTÁS agorafóbica.» Etcétera.

Pololo, mientras, se convirtió en mi cuidador a tiempo completo.

Debía tener cautela hasta en lo que comía.

Nada de cafeína, nada de procesados, nada de alcohol.

No podía leer nada muy denso ni ver nada que me fuera a sacar de onda.

Se bancó que solo pudiéramos ver monitos animados por un tiempo.

Me acompañó a hacer un rompecabezas de mil piezas tras otro.

En fin, me cuidó como tal vez alguna vez también cuidó a su mamá en su adolescencia.

Claro: terminé de recordarle a su madre. Y nadie quiere culiar con su madre.